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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ALUMNOS DE LA ACADEMIA PONTIFICIA ECLESIÁSTICA *

Lunes 2 de junio de 1986

 

1. Constituye siempre para mí una alegría encontrarme con vosotros, que, llamados por la Santa Sede de acuerdo con vuestros obispos, os preparáis con laborioso empeño para servir a la misma misión del Sucesor de Pedro en los pueblos y las naciones de las más diversas partes de la tierra.

Os saludo a todos con afecto y con vosotros saludo cordialmente al Presidente, mons. Justin Rigali, que con celo y competencia se ocupa de vuestra formación y de vuestra preparación humana, cultural y espiritual.

2. La tarea para la que os estáis preparando es un servicio puesto bajo el signo de la fe y del amor: fe en Cristo, Redentor del hombre y del mundo, y amor sincero a El y a su Iglesia.

Se trata de una tarea, ante todo eclesial: estáis llamados a colaborar en la construcción de la Iglesia, sirviendo al ministerio de Pedro en las comunidades cristianas a las que seréis enviados. Es también un servicio a los hombres de nuestra época, en ese campo tan delicado que es, como sabéis, la actividad diplomática. Se trata de una actividad que debe ser entendida como participación fiel en las responsabilidades apostólicas universales de la Santa Sede en lo que se refiere a las relaciones con los Estados y los poderes civiles, colaborando en la promoción de los grandes ideales de la justicia, la paz, la solidaridad, valores indispensables para la plena tutela de la dignidad de la persona humana.

3. Vuestro programa de formación, por consiguiente, aún cuando profundice los aspectos culturales y profesionales, no puede dejar de situar en primer plano la maduración de vuestro carisma sacerdotal, con todos los elementos que éste comporta de preparación doctrinal y espiritual, y dedicación generosa e infatigable al servicio de Dios y de la Iglesia, así como a la salvación de las almas.

Vuestra misión, antes incluso de ser un cargo que tendréis que ocupar, ha de ser un servicio de caridad, un ministerio pastoral que tendréis que vivir.

El alimento fundamental y la fuente inagotable de vuestra generosidad y de vuestro esfuerzo serán siempre la unión íntima con Cristo y la participación viva en los misterios de la salvación, de un modo especial en la Eucaristía, en la que tendréis que poner siempre el Centro de vuestra vida y de vuestra actividad.

Aún cuando estéis dedicados a una tarea concreta observando plenamente los deberes que dicha tarea comporta con la competencia que exige, sentíos siempre y ante todo sacerdotes, pastores, apóstoles, dispensadores de los misterios de Dios, guías de las almas y, me atrevería a decir aún más, víctimas de amor con Cristo crucificado. En esta actuación consciente de vuestro ministerio sacerdotal encontraréis el secreto de vuestro éxito, no sólo en el campo espiritual, sino incluso en el diplomático, como verdaderos representantes de la Iglesia y de la Santa Sede.

4. El alma de la actividad incansable de la Iglesia en el mundo, la fuerza misteriosa que le impide verse aprisionada por los acontecimientos y la hace capaz de superar las innumerables pruebas a que la expone la historia, está precisamente en esta unión íntima con su Esposo crucificado y resucitado, mediante la liturgia, que, por consiguiente, como dice el Concilio, es "el culmen hacia el que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que dimana toda su fuerza" (Constitución Sacrosanctum concilium, 10). Si esto es cierto para la Iglesia en general, lo es de forma especial para el sacerdote, cuya "caridad pastoral" nace sobre todo del Sacrificio eucarístico, que, como enseña también el Concilio, "es por ello centro y raíz de toda la vida del presbítero' (Decreto Presbyterorum ordinis, 14).

Desearía por ello recomendaros que procuréis que la Academia Eclesiástica sea una verdadera comunidad sacerdotal, que pone en el centro de sus jornadas la celebración de la Eucaristía, sacando de ella vigor y aliento para las tareas de cada día y haciendo converger hacia ella las fatigas, proyectos, esperanzas, como contribución humana que se une al ofrecimiento de la Víctima divina. La Santa Misa, vértice espiritual de cada una de vuestras jornadas, se convertirá así en el punto de equilibrio que dará unidad y armonía a toda vuestra vida.

Gracias al desarrollo de una auténtica devoción eucarística encontraréis la fuerza y la perseverancia necesarias para aceptar con voluntad y con provecho la disciplina educativa propia de la Academia, con el fin de adquirir aquellas virtudes de disponibilidad, de equilibrio, de prudencia y de sabiduría que os serán tan necesarias en la realización de los encargos, muchas veces delicados, que se os confiarán.

5. Que la Santísima Virgen María, a quien habéis venerado con devoción fervorosa durante el mes de mayo concluido hace poco, os siga en vuestro camino y en vuestra preparación. Ella que, como dice el Concilio, es "tipo" de la Iglesia, de la que es al mismo tiempo Madre y miembro singularísimo, os enseñe aquel profundo amor a la Iglesia, tan necesario y provechoso en la misión que os espera. Su intercesión os permita vivir una comunión profunda y ejemplar, convencida y generosa con la Iglesia y con sus Pastores. Toda vuestra vida está al servicio de la Iglesia. No lo olvidéis nunca.

Con estos deseos y estas exhortaciones, invoco sobre vosotros, sobre vuestros formadores y profesores la abundancia de los dones del Espíritu mientras de corazón imparto a todos una especial y amplia bendición apostólica.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.25, p.9.



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