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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE IRAK
ANTE LA SANTA SEDE
*

Viernes 27 de junio de 1986

 

Señor Embajador:

Me complace recibiros hoy aquí y aceptar las Cartas Credenciales que os acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Irak ante la Santa Sede. Agradezco los saludos que me habéis transmitido de parte de Su Excelencia el Presidente Saddam Hussein y os pido, a mi vez, que le aseguréis mis continuas oraciones al Dios Altísimo por el bienestar del pueblo iraquí.

En la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II, que fue promulgada hace unos 20 años, pero cuyo mensaje sigue siendo hoy tan relevante como entonces, leemos que «la paz no es la mera ausencia de guerra, ni se reduce al sólo equilibrio de las fuerzas adversarias... Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una justicia cada vez más perfecta, han de llevar a cabo» (Gaudium et spes, 78).

A la luz de esta enseñanza renuevo, Señor Embajador, mi llamada a la reconciliación en vuestra área geográfica. No pierdo la esperanza en que Dios Omnipotente llevará a cuantos están implicados a utilizar todos los medios posibles para negociar una paz auténtica y duradera, basada en la justicia y apoyada en el amor y el respeto fraternos.

Recordando los sufrimientos de quienes se ven implicados en las actuales hostilidades, deseo aseguraros mi preocupación por todo vuestro pueblo. En este sentido, la misión humanitaria del cardenal Roger Etchegaray entre las prisioneros de guerra de ambas partes, en diciembre y enero pasados, fue expresión de mi preocupación sincera por todos los que están sufriendo en cualquier modo los efectos de la guerra o que, como consecuencia de ella, se hallan separados de su casa y de su familia. Pido ardientemente al Señor que el mundo llegue a sentir una aversión cada vez mayor por las terribles injusticias que conlleva necesariamente cualquier situación de conflicto armado y que, de este modo, la vía de la negociación y del diálogo aparezca como el camino cada vez más urgente y apropiado.

En esta ocasión, mis pensamientos se dirigen a los miembros de la comunidad católica iraquí. Junto con sus conciudadanos musulmanes, los cristianos iraquíes se dedican a trabajar por la concordia. Su fe cristiana y sus valores religiosos les animan a nutrir un espíritu de respeto mutuo, que se enorgullece de su identidad nacional y se interesa por el progreso y el bien común de su País. En este contexto, deseo afirmar una vez más que actualmente el diálogo entre cristianos y musulmanes es más necesario que nunca. La Iglesia Católica declara que todos los hombres y mujeres deben respetarse mutuamente, eliminar todo tipo de discriminaciones y servir a la fraternidad universal. De igual modo, todos los Gobiernos tienen la responsabilidad de asegurar que la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley no sea nunca violada por razones religiosas, de forma abierta o subrepticia.

Señor Embajador: al asumir vuestras funciones diplomáticas como Representante de la República de Irak ante la Santa Sede, os aseguro la plena cooperación de la Santa Sede para el buen éxito de vuestra misión. Invoco las bendiciones de Dios Omnipotente sobre Vuestra Excelencia a fin de que podáis contar siempre con la asistencia divina en vuestras actividades y experimentéis la plenitud en vuestros deberes y responsabilidades en nombre de vuestro Gobierno. Que vuestras actividades ayuden a lograr la tan deseada paz en vuestra región.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 37, p.10.

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

 



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