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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE LIBERIA ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 1 de junio de 1987

 

Señor Embajador:

Es un placer para mí dar la bienvenida a Vuestra Excelencia al presentar usted las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Liberia ante la Santa Sede. Recibo con agradecimiento los buenos deseos que usted me ha transmitido de parte de su Presidente, y le ruego que en respuesta le asegure mis oraciones por la paz y el progreso de todos los ciudadanos de su País.

En esta ocasión recuerdo con satisfacción la cooperación y el entendimiento que han caracterizado las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Liberia en el transcurso de los años, y confío que su misión servirá para fortalecer aún más los lazos de amistad ya existentes.

Como usted ha afirmado, la presencia de la Iglesia en Liberia se remonta al inicio de la historia de su Nación. Ya desde la actividad de los primeros misioneros que predicaron el Evangelio entre su población, la Iglesia, con las palabras del Concilio Vaticano II, ha buscado servir «como fermento y como alma» (Gaudium et spes, 40) en la apasionante tarea de construir la Nación sobre los principios de la justicia y el respeto de los Derechos Humanos de todos. Sobre la Iglesia y la sociedad, el Concilio dice también que «por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido más humano al hombre y a su historia (ib.). A este respecto hay muchos sectores necesitados de una colaboración cada vez más eficaz entre la Iglesia y el Estado.

Observo su referencia a la contribución que está realizando la Iglesia en su País en el área de la educación. Me agrada que las escuelas católicas de Liberia gocen de una excelente fama y que están ayudando a hacer que el Evangelio cristiano sea mejor conocido y aceptado. Al dedicarse a proporcionar una educación de calidad, la Iglesia «ayuda a todos los pueblos a promover la perfección cabal de la persona humana, incluso para el bien de la sociedad terrestre y para configurar más humanamente la edificación del mundo» (Gravissimum educationis, 3).

Aprovecho esta oportunidad para poner una vez más de relieve la dedicación de la Iglesia a trabajar por el bienestar de la sociedad. Para citar las palabras del Concilio Vaticano II, este bienestar «consiste sobre todo en el respeto de los derechos y deberes de la persona humana» (Dignitatis humanae, 6). Y, como usted reconocerá, «pertenece esencialmente a la obligación de todo poder civil proteger y promover los Derechos inviolables del hombre» (ib.). Recordando esto, reitero la preocupación de la Iglesia a fin de que en cada país el respeto de los Derechos Humanos y las libertades democráticas de todos los ciudadanos sea debidamente respetado. Este respeto de la dignidad y bienestar de cada persona lo defiende mejor una administración pública guiada por una sincera preocupación por el bien común. Asimismo, los inviolables Derechos de la persona se ven apoyados por una cooperación cada vez más estrecha entre todos los sectores de la sociedad, incluyendo los miembros de los grupos religiosos. Así, las bases morales de un progreso social que sea verdaderamente completo y que esté al servicio del hombre, quedan firmemente aseguradas.

Señor Embajador: quiero animar a su Gobierno en sus esfuerzos para fomentar las buenas relaciones con todas las naciones del mundo amantes de la paz. El propio trabajo de la Santa Sede por la paz del mundo se basa en la convicción que la Iglesia tiene de la igualdad y dignidad de cada persona humana formada a imagen y semejanza de Dios. Esta común dignidad exige que vivamos en armonía, y no sólo que nos respetemos unos a otros, sino que trabajemos constantemente por el bien de los demás.

En mi Mensaje de este año para la celebración de la Jornada mundial de la Paz, reflexioné sobre las importantes realidades de la solidaridad y el desarrollo como claves para la paz. Dirigiéndome a toda la familia humana, dije: «Abrigo la esperanza de que este Mensaje sea ocasión para que cada uno profundice en su compromiso por la unidad de la familia humana en la solidaridad; que sea un acicate que estimule a todos a buscar el verdadero bien de nuestros hermanos y hermanas en un desarrollo integral que favorezca todos los valores de la persona humana en la sociedad». Éste es precisamente un elemento vital del trabajo diplomático que le ha sido confiado como servicio a su País.

En su toma de posesión, Señor Embajador, le quiero asegurar mis oraciones para la realización fructuosa y feliz de su misión. La Santa Sede está siempre dispuesta a ayudarle en el cumplimiento de sus responsabilidades. Sobre Vuestra Excelencia y el Presidente, sobre el Gobierno y el pueblo de Liberia, invoco las abundantes bendiciones de Dios.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.33, p.11.



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