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VIAJE APOSTÓLICO A ZIMBABUE, BOTSUANA,
LESOTO, SUAZILANDIA Y MOZAMBIQUE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO
ACREDITADO ANTE EL GOBIERNO DE ZIMBABWE*

Sábado 11 de septiembre de 1988

 

Excelencias,
señoras y señores:

1. Me causa gran placer poder reunirme con ustedes distinguidos jefes de misión y personal diplomático acreditado ante el Gobierno de Zimbabwe. Les agradezco la cortesía de vuestra presencia, y saludo a cada una de las naciones y pueblos que representan.

Como saben, mis visitas a los diversos países son sobre todo visitas del Obispo de Roma, cabeza de la Iglesia católica, a las comunidades católicas extendidas por el mundo. La tarea del Papa es proclamar el Evangelio de Jesucristo, confirmar la fe de los miembros de la Iglesia y promover la causa de la unidad católica. Pero hay también otro aspecto de la misión que la divina Providencia ha confiado al Obispo de Roma.

2. La Santa Sede, cuyo territorio está constituido por el pequeño enclave independiente en el corazón de Roma, llamado Ciudad del Vaticano, es un miembro reconocido y activo de la comunidad internacional. La Santa Sede trata con la comunidad internacional y con cada uno de sus miembros con un espíritu de respeto y de sincera preocupación por el bienestar de los pueblos, comprendiendo la complejidad y gravedad de los problemas con que se enfrentan los responsables de la vida pública. La naturaleza especial del servicio de la Santa Sede a la familia humana, correspondiente a la misión religiosa y moral de la Iglesia, requiere que su función en la familia de las naciones no sea de tipo técnico o puramente político. Es más bien una participación concreta y sensible en las legítimas aspiraciones de los pueblos, en sus esperanzas y ansiedades, en sus esfuerzos prácticos por promover la paz y la justicia, por defender la dignidad humana y los derechos humanos fundamentales.

Efectivamente, la Santa Sede trata de ser un compañero de viaje de la familia humana, en su camino hacia una existencia más humana y más llena de verdad. Hace este viaje sin fácil optimismo, pero confiada en que la familia humana es capaz de responder a la verdad de las cosas, antes de que esa verdad sea transformada o subyugada a los juegos de poder o a la ideología. La gente es capaz de percibir la innata «verdad de las cosas», que el Creador ha inscrito en las profundidades de su ser, y es capaz de responder a esa verdad de un modo racional y moral. Aquí está la base de la esperanza de un futuro mejor para el mundo.

3. En el servicio a la familia humana, la Santa Sede considera a la comunidad diplomática como un interlocutor especialmente cualificado. Cada uno de vosotros está al servicio de los intereses de su propio país. Pero la misma naturaleza de vuestra profesión, y vuestra experiencia personal de otros países y culturas os hace tener conciencia de un cuadro más vasto, la solidaridad de la entera raza humana, que se expresa en un proceso irreversible de interdependencia, de modo que el bienestar de cada parte depende del bienestar del todo. En eso compartimos un reto común: debemos ser constructores de la paz internacional, servidores del bien común, promotores de comprensión y diálogo en todas partes.

Semejante tarea no es fácil hoy en día. Hay muchos puntos de tensión. Vastos sectores de la humanidad están oprimidos por condiciones de vida insoportables. Y, aunque se da ya mucha colaboración y ayuda fraterna de un país a otro y a través de las organizaciones internacionales, hay ciertamente espacio para un esfuerzo más general, más coordinado y determinado, para aliviar las trágicas situaciones de hambre, miseria, enfermedad y analfabetismo, en que se ven prisioneros cientos de millones de personas. Las conciencias de muchos se sienten justamente perturbadas, y existe una creciente opinión pública que piensa que hay que hacer más para resolver esos problemas.

4. Permitid, distinguidos señoras y señores, que representan a diversos países del Norte, Sur, Este y Oeste, y a organizaciones internacionales al servicio de la comunidad mundial; permitid que ante ustedes me refiera a la situación dramática de las regiones de África afectadas por la sequía y la escasez. En esas regiones dominan inexorablemente el hambre, la desnutrición crónica y la muerte.

En mi primera visita pastoral a África en mayo de 1980, hice en Uagadugú una vehemente solicitación de ayuda de emergencia para los pueblos necesitados de la región del Sahel. Esa llamada se dirigía a las organizaciones internacionales, para que continuaran e incrementaran el notable trabajo que hacen de llevar ayuda a los necesitados y remediar las causas de la escasez; a los Jefes de Estado, para que ayudaran generosamente; a las organizaciones no-gubernamentales, para que inspiraran a los individuos y a los grupos una ulterior generosidad y servicio; a los hombres y mujeres dedicados a la ciencia y la investigación, para que enfocaran su trabajo a combatir la desertificación y la escasez (cf. Homilía en Uagadugú, 10 de mayo de 1980, n. 7).

Hay que dar las gracias a todos los que se han interesado en esa gran tragedia humana. Pero el problema no ha desaparecido, y todavía hoy innumerables vidas africanas se ven amenazadas por el hambre.

Desde entonces, nuevas calamidades naturales se han abatido sobre África, la última de las cuales ha causado enormes destrozos en Sudán. De nuevo hace falta una solidaridad mundial. La misma supervivencia de millones de nuestros hermanos y hermanas en el mundo depende de nuestra preocupación por ellos.

5. Me siento también obligado a mencionar otra importante causa de sufrimiento para gran número de gente en diversas partes del mundo, y especialmente aquí en África: se trata del problema de los refugiados y expatriados. Por diversos motivos, algunos de ellos conectados con injusticias o desastres naturales, estos hermanos y hermanas nuestros se ven obligados a huir de su patria, a abandonar todo lo que les era familiar y querido, todo lo que les ofrecía seguridad física y social. Al convertirse en refugiados, se enfrentan a un futuro incierto y temible, muchas veces sin más ayuda que la de su fe en Dios.

Como dije hace algunos años, después de mi visita al campo de refugiados de Phanat Nikhom, en Tailandia: «El triste destino de estas gentes, valientes y desafortunadas, no puede ser ignorado por la comunidad internacional. La humanidad debe tomar cada vez más conciencia de la gravedad de la situación, a fin de que se emprendan acciones rápidas y decisivas orientadas a una solución adecuada” (Discurso al Gobierno y al Cuerpo Diplomático, 11 de mayo de 1984; L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de mayo de 1984, pág. 22).

6. El tema de mi visita es: «Derechos humanos; la dignidad de la persona humana”. El problema del hambre y la difícil situación de los refugiados se relacionan directamente con la cuestión esencial de los derechos humanos. Todos los seres humanos tienen un derecho fundamental a cuanto es necesario para sustentar la vida. Ignorar este derecho en la práctica equivale a permitir una discriminación radical. Es condenar a nuestros hermanos y hermanas a la extinción o a una existencia infrahumana.

Por eso, la situación permanente de hambre en algunas regiones y el creciente número de refugiados en África y en otras partes del mundo deben pesar en la conciencia de todos los que pueden y deben trabajar para remediar tales situaciones. El hambre en el mundo y el polifacético problema de los refugiados son sólo dos aspectos —ambos básicos y muy importantes— de toda la serie de problemas que deben arrostrarse para que el mundo encuentre su justo equilibrio, en un nuevo orden internacional basado en la justicia, la solidaridad y la paz.

7. En estas materias, la comunidad diplomática tiene una función vital que desempeñar. Ustedes y sus colegas pueden atraer la atención de los Gobiernos y de la opinión pública sobre las necesidades de las poblaciones afectadas y sobre la gravedad de las condiciones subyacentes —económicas, sociales y políticas—, en las que se debe intervenir. Por vuestra experiencia de primera mano en África, podéis tratar de persuadir, con simpatía y comprensión, a las instituciones de ayuda a que diseñen sus programas de manera que se adapten a la situación real de las sociedades africanas.

Podéis igualmente justificar la convicción de que los mismos países de África deben hacerse cargo de su propio desarrollo y de su destino histórico. La ayuda externa es urgentemente necesaria; pero sólo será eficaz a la larga, si la fuerza esencial de crecimiento y desarrollo es verdaderamente africana.

En ese sentido, es justo que yo subraye el especial significado del reconocimiento internacional que se da a los logros de Zimbabwe en el área de la producción de alimentos. Igualmente, se puede percibir una creciente preocupación mundial por los refugiados y sus precarias condiciones, así como por los factores sociales y políticos que obligan a la gente a dejar sus patrias. Estos ejemplos son fuente de inspiración y de esperanza.

8. Pido a Dios Todopoderoso que prevalezcan en esta región sudafricana y en todo el continente condiciones de verdadera paz, de manera que los pueblos de África puedan superar el gran desafío del desarrollo del continente. Estoy seguro de que ustedes, como diplomáticos comprometidos, harán todo lo posible para promover el verdadero bienestar de la familia humana, y de que servirán la causa de la paz y de la dignidad humana con toda la fuerza de su inteligencia y buena voluntad.

Que Dios los bendiga, a ustedes y a sus familias! ¡Que proteja a los países y pueblos que representan!


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.41 pp.18, 22.



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