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VIAJE APOSTÓLICO A ZIMBABUE, BOTSUANA,
LESOTO, SUAZILANDIA Y MOZAMBIQUE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE SU VISITA AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE MOZAMBIQUE*

Maputo, Mozambique
Viernes 16 de septiembre de 1988

 

Excelentísimo Sr. Presidente,
Excelentísima Señora,
Excelencias,
Señoras y Señores:

1. Agradezco, ante todo, las cordiales y deferentes palabras de bienvenida que el Señor Presidente acaba de dirigirme, en nombre propio, del Gobierno y de todo el pueblo mozambiqueño. Agradezco también la presencia de Vuestra Excelencia y de los más altos responsables de la Nación en el aeropuerto, a mi llegada.

Es grande la alegría con la que vengo a Mozambique y con la que visitaré este pueblo, cuya hospitalidad y cordialidad me eran conocidas y quedan ahora bien patentes.

En la persona de Vuestra Excelencia, deseo saludar cordialmente a todos los mozambiqueños, de Rovuma a Maputo, particularmente a los más pobres y a los que más sufren en el cuerpo o en el espíritu.

Me encuentro hoy aquí, Señor Presidente, aceptando la amable invitación de Vuestra Excelencia y la de mis hermanos en el Episcopado. Lo agradezco de manera sencilla, pero sinceramente, con un ¡muchas gracias! ¡Muchas gracias!

2. Vengo a vosotros como Obispo de Roma y como Vicario del Príncipe de la Paz, Jesucristo, para Quien todo hombre es un hermano que debe ser amado, respetado y amparado. Es, por consiguiente, una visita pastoral, como las que vengo haciendo a tantos otros pueblos, que amo con y en el amor de Cristo.

Mis palabras e intervenciones se dirigen en primer lugar a los fieles de la Iglesia Católica, para confirmarlos y estimularlos en el empeño consciente de vivir como hijos de Dios, comprometidos en esta sociedad. Pero se dirigen también a todos los mozambiqueños, sin distinción, para repetirles el mensaje: el amor existe; ninguno puede vivir bien sin amor; es posible la civilización del amor.

Enriquecida por su experiencia en humanidad, la Iglesia ve en el hombre su camino. Y en nombre y en la fidelidad a Cristo Redentor, quiere contribuir al desarrollo integral y auténtico del propio hombre, también aquí en Mozambique, como hizo, está haciendo y continuará haciendo en todos los países del mundo, en la medida en que se le permite. Y esta contribución suya va en beneficio de todos y de cada uno, pues la Iglesia considera a cada persona un valor y a cada comunidad un cuerpo; y que ambas han de ser liberadas y nunca oprimidas. Y la Iglesia precisamente fundamenta la motivación y la perseverancia para ello en la «semejanza» divina del hombre y en su vocación a la ‘inmortalidad (cf. Sollicitudo rei socialis, 29).

3. Sé, Señor Presidente, por haberlo oído a Vuestra Excelencia, durante su visita al Vaticano, en mayo pasado, y por lo que me refirió mi Enviado especial en agosto del mismo año –como ya oyera de su ilustre y añorado predecesor Presidente Samora Machel–, que en la Patria Mozambiqueña persiste la guerra, con todas sus consecuencias de sufrimiento, luto y desolación. Muchos hombres, mujeres y niños sufren porque les faltan hogar, alimentación suficiente, escuelas donde instruirse, hospitales para tratar su salud, iglesias donde reunirse para rezar y campos donde desarrollar su trabajo. Muchos millares de personas se ven obligados a desplazarse en busca de seguridad y medios para subsistir; otros se refugian en países vecinos. Frente a estas lamentables condiciones, cuando se presentó la ocasión, no he dejado de repetir: ¡No a la violencia y sí a la paz!». Y han contado siempre con mi apoyo las diligencias de mis hermanos obispos mozambiqueños en favor de la paz.

Deseo aquí formular votos de que el sentimiento profundamente humanitario, valor distintivo de los pueblos africanos, haga converger en el hombre todas las partes interesadas, de manera que se puedan resolver pacíficamente los graves problemas actuales.

4. Los valores peculiares del pueblo mozambiqueño encierran la característica relevante de la estima en que tienen a las dimensiones espirituales de la persona humana. La Iglesia Católica, como a su manera también las demás Confesiones religiosas, ven en el hombre mozambiqueño una amplia y profunda apertura a lo Trascendente; una necesidad vital de creer; una aptitud a pautar su comportamiento moral y a orientar su vida por valores éticos universales. Es una característica que lo ha sostenido en duras pruebas.

He sido informado que muchos cristianos, bien arraigados en su fe, han dado pruebas ineludibles de firmeza de sus creencias y de dedicación al bien común; y que muchos otros, hombres y mujeres, obedeciendo a los dictados de la conciencia, en coherencia con lo que creen, han demostrado auténtico heroísmo en la honradez de vida y la solidaridad fraterna.

5. La historia conocida de Mozambique está íntimamente ligada a la presencia de la Iglesia. Aun con limitaciones, ella quiso y quiere contribuir a tejer esa historia. Por su naturaleza, la Iglesia respeta las instituciones y la autoridad (cf. 1 Pe 2, 13 ss.). Ella no aspira a regir los asuntos temporales, ni pretende ligarse a una determinada política. Su contribución específica es siempre la de fortalecer las bases espirituales y morales de la sociedad: es un servicio que pretende infundir en las conciencias y formar, esclareciendo y asentando los imperativos éticos y, si fuese necesario, denunciando los desvíos y atropellos de la dignidad del hombre.

6. Pero la misión de la Iglesia no se confina ni puede ser reducida a un proyecto humano de bienestar y de felicidad temporal. Su función específica y prioritaria es anunciar el Evangelio: un empeño de liberación del pecado, bajo todas sus formas, individuales o colectivas, para la comunión con Dios en Jesucristo. Ella reconoce como deber propio el favorecer las legítimas aspiraciones de paz y justicia; ser señal de reconciliación y de amor contra todas las formas de odio; actuar, en su ámbito, como fermento de comunión, contra todas las formas de división; fomentar una civilización del amor, ajena a toda discriminación de cualquier tipo basada en las convicciones políticas, filosóficas o religiosas, en la diferente situación de riqueza o de poder, en el color o en la raza. Su ley es amar, como Cristo amó, ley que ella se esfuerza por observar, con la certeza de que sólo el amor construye.

Esta posición de la Iglesia no le permite alejarse de la realidad que la circunda. Nada de lo que es humano le puede ser ajeno. Sin embargo, ella no propone un modelo político, económico o social, ni siquiera una «tercera vía» entre sistemas contrastantes y ninguno de ellos en situación de corresponder plenamente a la dignidad personal del hombre o a la índole y cultura de un pueblo (cf. Sollicitudo rei socialis, 41). Esto hace que ella no se sienta extranjera en parte alguna; por consiguiente, tampoco lo es para el querido pueblo mozambiqueño.

7. La presencia y la actividad de la Iglesia en una determinada sociedad nunca son una cooperación o una asistencia venidas de fuera. Antes bien, la Iglesia se empeña en promover desde dentro la participación de las propias personas y energías, en comunión de esfuerzos, en la búsqueda del bien común. Incluso cuando otras fuentes vienen a potenciar las insuficientes capacidades de las Iglesias locales, con personas y medios, es siempre una actividad que se desenvuelve a partir de las mismas y nunca una sobreposición o sustitución. La Iglesia en Mozambique aún necesita sacerdotes, religiosos y religiosas de otros países, que vengan a reforzar el exiguo número de los mozambiqueños dedicados plenamente a las tareas específicas de evangelización; subsiste igualmente la necesidad de recibir auxilios materiales de los cristianos de otras naciones, a fin de poder realizar obras que redunden en promoción, desarrollo y asistencia, que las comunidades católicas, solícitas, aún no consiguen hacer en pro del bien común. Pero es siempre la misma y única Iglesia que actúa localmente.

Aquí, como en todas partes, la Iglesia está presente en la sociedad con sus organizaciones, pero muy especialmente mediante sus fieles. Éstos, comprometidos en la vida social y movidos por los principios de la fe y del amor cristiano, se empeñan con la propia vida en la edificación de la sociedad. Así, es grande la responsabilidad de los cristianos –y en este momento pienso en el laicado católico, hombres y mujeres– en orden a consolidar y elevar el nivel moral y la vida social de sus conciudadanos. Son ellos efectivamente los portadores, con el ejemplo y la acción, de la fuerza del Evangelio, destinada a impregnar «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento y las fuentes inspiradoras de los modelos de vida» tantas veces en contraste con el verdadero bien del hombre y con el designio de salvación de Dios (cf. Evangelii nuntiandi, 19).

8. Pero están también aquellos que se consagran totalmente al servicio de la Iglesia: los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y otras personas consagradas; éstos desearían corresponder a las exigencias de las situaciones concretas, como las que se viven en Mozambique en este momento, conscientes de que entre la evangelización y la promoción humana, entre la liberación entendida rectamente y el desarrollo, existen lazos profundos, no sólo de orden teológico, sino también antropológico.

En efecto, el hombre llamado a ser evangelizado y ayudado en la línea del desarrollo no es un ser abstracto: es una persona concreta. Y, ¿cómo se podría testimoniar y proclamar a ese hombre «el mandamiento nuevo», sin promover, por los caminos de la paz y la justicia, su auténtico progreso? (Evangelii nuntiandi, 31).

Siendo así, tanto aquellos que partieron de sus países de origen, «dejando todo» aquello que les era más querido (cf. Mc 10, 28) para darse a este pueblo, como aquellos que, cada vez en mayor número, van surgiendo de entre los mozambiqueños para consagrarse a Dios y al servicio de los hermanos, están dispuestos a ayudar, no sólo en el área de la salud y de la educación, de la asistencia a los niños y a los ancianos, de la promoción de la mujer y del auxilio a los que sufren; sino también en el plano de la humanización, elevación cultural y afirmación de los valores éticos, asumiendo cuanto es válido en el patrimonio de la cultura local. El personal religioso y misionero, para trabajar así generosamente con todos y por el bien de todos, necesita espacios de libertad.

9. Quiero aquí expresar mi satisfacción por la existencia de un diálogo, que tiende a ampliarse y profundizarse entre las autoridades del Estado y los responsables de la Iglesia Católica; es ya una señal confortante y esperanzadora de la conjunción de esfuerzos, en orden a salvar a todos los que se encuentran en angustias físicas o morales. Este diálogo permitirá, estoy seguro, dar alguna satisfacción a las legítimas aspiraciones y expectativas de los mozambiqueños. Por lo demás, la paz, la promoción de los Derechos o del desarrollo de los valores de la persona humana son los objetivos que todos, creyentes y hombres de buena voluntad, están llamados a perseguir, con una participación convergente y respetuosa de las diversidades y, en lo posible, fraternal.

Es urgente que todos abracen, por encima de todo, la causa del hombre y se encaucen por los caminos del amor al prójimo y del respeto por todo aquello que éste implica, tanto en el aspecto material como espiritual. Anhelan esto cuantos sufren; pero será un bien para todos que acabe el sufrimiento de los niños sin País, el vagar de las mujeres sin hogar, la soledad de los ancianos sin hijos que los amparen al término de sus vidas. Es tiempo, pues, de que cesen las divisiones, la frialdad y el desamor en el corazón de los hombres, para que se detenga la espiral de violencia, y los instrumentos de guerra y de muerte sean transformados en medios de paz y de vida.

10. La historia no es un mero resultado de la fatalidad; es algo hecho también por las previsiones humanas. La historia de este momento quedará marcada por aquello que nosotros – Iglesia, autoridades políticas, fuerzas religiosas, fuerzas sociales y comunidad internacional – hagamos o dejemos de hacer por la paz y el desarrollo en Mozambique. En estos momentos la Iglesia, aquí como en todas partes, está pronta para responder a los desafíos de hoy y para cooperar con todos aquellos que optan por los caminos de la paz, cuyo nuevo nombre es desarrollo, no sólo económico, sino también social, cultural y espiritual. El hombre y la sociedad no se contentan con sustentar el cuerpo; necesitan igualmente sustentar el alma; y eso es mucho más exigente de cuanto se pueda imaginar, pues supone la delicadeza del amor y del respeto por el otro.

Es por tanto un mensaje de esperanza y al mismo tiempo una exhortación que aquí dejo a todo el pueblo mozambiqueño, dirigiéndome a Vuestra Excelencia, Señor Presidente, y a sus directos colaboradores, ante los cuales se presenta una tarea tan ardua, como importante y bella. Son también los votos de un hombre religioso, servidor de Jesucristo, que viene a encontrarse con vosotros como amigo: ¡votos de paz, progreso y prosperidad!

Y con estos sentimientos, imploro que el Todopoderoso acompañe mi ministerio en medio de vosotros; que Él asista a cada mozambiqueño en sus necesidades y bendiga a Mozambique.

«Hosi Katekisa Mozambique!».


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 44, p.7.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 



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