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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE TÚNEZ ANTE LA SANTA SEDE
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Viernes 16 de marzo de 1990

 

Señor Embajador:

Bienvenido al Vaticano, donde hoy tengo el gozo de acoger a Su Excelencia, con motivo de la presentación de las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Túnez ante la Santa Sede.

Soy sensible a las palabras llenas de cortesía que usted me ha dirigido y se las agradezco vivamente. Ha tenido la amabilidad de recordar, entre otras cosas, los esfuerzos de la Sede Apostólica para animar las iniciativas que responden a las preocupaciones esenciales de los seres humanos y que favorecen el establecimiento de un orden internacional cada vez más justo, fundados como usted lo ha destacado, en el respeto por los demás y en la solidaridad entre los hombres. Le agradezco estas reflexiones y me alegro al constatar que, por su compromiso con la promoción del espíritu de diálogo, Túnez, encrucijada de caminos y lugar de intercambio, aporta su contribución a la salvaguarda de los valores de justicia y de paz así como al buen entendimiento entre las naciones.

Su presencia en este lugar, Señor Embajador, manifiesta igualmente la voluntad de su País de respetar, en las relaciones entre los pueblos, las motivaciones de orden religioso. En efecto, si se quiere asegurar relaciones justas y pacíficas entre Estados, es importante que se tome en consideración el campo de los valores espirituales. Y, entre éstos, la conciencia de que todos los hombres son hermanos, que se hace eco del sublime mandamiento del amor al prójimo, tan apreciado por tantos creyentes, ¿no tendría que animar a los responsables del destino de los pueblos en las tareas que les competen?

Las leyes de su País, usted lo ha destacado, garantizan la libertad de conciencia y protegen el libre ejercicio de todos los cultos. Expresándole mi satisfacción, deseo que, en este clima e igualmente gracias a las disposiciones del «Modus vivendi» acordado por el convenio bilateral hace 25 años, cristianos y musulmanes sigan caminando en Túnez por la ruta de la fraternidad, mediante el ejercicio regular de sus actividades propias y un diálogo cada vez más beneficioso entre los herederos de tradiciones espirituales distintas, llamados a trabajar juntos por el bien común.

Permítame, Señor Embajador, que aproveche la ocasión que me brinda este encuentro para dirigir, por su mediación, un saludo cordial a la comunidad católica presente en Túnez y cuyos miembros quieren renovar su dinamismo mediante la celebración de sesiones sinodales. ¡Ojalá que los cristianos sigan tejiendo lazos de sólida amistad allí donde viven y contribuyan, junto con sus conciudadanos musulmanes, a redescubrir objetivos de vida que respondan a las aspiraciones de la población tunecina! ¡Que uno y otros, empujados por sus convicciones religiosas, se conviertan en agentes de unidad, de acercamiento y de entrega responsable al servicio de todos!

Mi pensamiento, que en este momento se dirige a todos sus compatriotas, va en primer lugar a Su Excelencia el Señor Presidente Zine El Abidine Ben Ali, a quien deseo presentar mis deferentes saludos, así como al Señor Primer Ministro Hedi Baccouche, su predecesor en el puesto que usted ocupa ahora. Formulo los mejores deseos por sus personas y por quienes colaboran con ellos en la responsabilidad del Gobierno de la Nación tunecina. Finalmente, expreso fervientes deseos de dicha y prosperidad para todo el pueblo tunecino que continúa su marcha hacia el progreso.

A usted, Señor Embajador, le ofrezco mis sinceros deseos por el éxito de su misión. Tenga la certeza de que aquí encontrará siempre la acogida comprensiva que pueda necesitar. Que el Altísimo le colme, a usted y a los suyos, de sus abundantes bendiciones.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.15, p.8 (p.212).



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