Index   Back Top Print

[ EN  - ES  - FR  - IT ]

VISITA PASTORAL A MALTA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE MALTA
EN EL PALACIO DEL GRAN MAESTRE*

La Valeta
Viernes 25 de mayo de 1990

 

Señor Presidente,
Señor Primer Ministro,
Señor Presidente del Parlamento,
Honorables miembros del Gobierno, del Parlamento y de la Magistratura,
Distinguidos miembros del Cuerpo Diplomático,
Señoras y Señores:

1. Me siento muy dichoso de tener esta oportunidad de dirigirme a ustedes al comienzo de mi visita pastoral a Malta. Como primer Papa que ha pisado estas islas, soy consciente del significado de mi visita no sólo para los miembros de la Iglesia Católica, sino también para toda la Nación Maltesa. En los albores de la Era Cristiana sus antepasados recibieron el Evangelio de Jesucristo por la predicación del Apóstol Pablo de camino hacia Roma. En los siglos posteriores, la fe enseñada y profesada en comunión con el Sucesor de Pedro echó firmes raíces en la vida y en la cultura del pueblo de Malta. Tengo la esperanza de que la presencia del Obispo de Roma entre ustedes recuerde la contribución peculiar y secular que la fe cristiana ha prestado, y sigue prestando, para dar forma a su identidad como nación y para alimentar su crecimiento.

Le doy las gracias de todo corazón, Señor Presidente, por sus amables palabras de bienvenida y por haber apoyado la realización de esta visita. Yo me alegro de tener esta ocasión de rendir un homenaje a la fe del pueblo maltés y de proclamar el Evangelio y celebrar la Eucaristía en comunión con los Pastores y fieles de las Iglesias de Malta y de Gozo. Durante mi visita espero poder animar y apoyar a los que, en medio de los desafíos y oportunidades del momento presente, permanecen comprometidos con la impresionante herencia de valores cristianos que su Nación ha recibido de las generaciones pasadas y que continúan siendo la prenda segura de su desarrollo continuo en el futuro. Como portadores de una antigua tradición de fe, a los católicos de Malta se les pide cada vez más, en la vigilia del tercer milenio cristiano, profundizar en la conciencia de esta tradición, aplicando su sabiduría y sus intuiciones a la tarea de construir una sociedad moderna digna de su noble tierra en todos sus aspectos.

2. En nuestro tiempo, existe la opinión cada vez más común, de que la vida social y política de las naciones debe fundarse en un absoluto respeto hacia la dignidad inalienable y los Derechos de toda persona humana, por encima de razas, creencias religiosas u opiniones políticas. En las dos guerras mundiales, así como en los grandes cambios que están teniendo lugar en Europa Central y Oriental, hemos visto a pueblos enteros rechazar estructuras de poder que negaban positivamente o traicionaban sus legítimas aspiraciones a vivir en un orden social marcado por la libertad, la justicia y la paz. Como ustedes saben muy bien, la tarea de establecer ese orden social requiere gran paciencia, clarividencia y madurez moral. Y aún más, pide a cada individuo y grupo social un firme compromiso por lograr el bien común. También se exige una decidida resolución de apoyar un diálogo respetuoso entre todos los sectores de la vida nacional, promoviendo leyes y directrices políticas que salvaguarden la libertad y la dignidad de todos los ciudadanos, con especial referencia a los desfavorecidos y a los más vulnerables, a los derechos de las familias y de los trabajadores. Al final, el compromiso de una nación por estos valores se medirá por sus esfuerzos en verlos asegurados a través de una amplia participación en el proceso democrático, de una justa administración de justicia y de la promoción de un fuerte sentido, de la solidaridad social.

Tengo la confianza de que estos valores seguirán inspirando el futuro desarrollo de su País. Del mismo modo, confío en que los dirigentes de la Nación –legisladores, funcionarios públicos, miembros de la Magistratura y políticos– así como los grupos privados y los ciudadanos, se mantendrán vigilantes para que estos principios no sean nunca sacrificados a las tendencias que pudieran surgir del influjo de ideas o patrones de conducta ajenos a la tradición cristiana de Malta.

3. Habiendo tomado siempre parte activa en la vida de la Nación, la Iglesia Católica desea ofrecer su propia contribución al progreso del pueblo maltés. Emanando de su experiencia secular de servir, tanto a los individuos como a la sociedad, la Iglesia en Malta es perfectamente consciente de su obligación de interpretar los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y de responder a las ocasiones y a los desafíos del momento presente de una manera acorde con su misión religiosa. Como tuvieron ocasión de subrayar los obispos en el Concilio Vaticano II, la Iglesia no se mueve impulsada por ambición terrena alguna (cf. Gaudium et spes, 3), y «no quiere mezclarse de modo alguno en el gobierno de la ciudad terrena» (Ad gentes, 12). Por el contrario, ella está empeñada en llevar a cabo la obra de Cristo, trabajando fielmente por la salvación de toda la Humanidad y de cada individuo, que es «el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad» (Gaudium et spes, 3).

Mientras da testimonio del amor de Jesucristo, la Iglesia lucha por unir a todos los hombres de buena voluntad en un espíritu de respeto mutuo y solidaridad efectiva (ib.). En su ministerio va «curando y elevando la dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la Humanidad de un sentido y de una significación mucho más profundos» (op. cit., 40). Ciertamente, siendo fiel a su identidad y a su propia misión, la Iglesia está convencida de que «por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido más humano al hombre y a su historia» (ib.).

En consecuencia, con vistas al interés de todos, la Iglesia, juntamente con todos los que están sinceramente preocupados por el bien de los individuos y de la sociedad, debería esforzarse por proteger su propia autonomía de acción. Es importante que la Iglesia disfrute de libertad en las esferas institucional y administrativa, y que esté libre de toda presión, obstáculo o manipulación indebidos. En una palabra: es esencial que la Iglesia pueda actuar con eficacia al realizar su misión ante todos los hombres, mostrándose a sí misma como lo que verdaderamente es: la madre de todos los bautizados (cf. Lumen gentium, 64) y, en cierto modo, de toda la Humanidad. Siguiendo las indicaciones del Concilio Vaticano II, la Iglesia, en solidaridad con toda la familia humana, expresa su amor por esa familia entrando en diálogo con ella sobre todos los problemas que la afectan (cf. Gaudium et spes, 3).

A este respecto, no puedo dejar de destacar los resultados positivos derivados de las continuas conversaciones entre el Gobierno maltés y la Santa Sede, que actúa en estrecha cooperación con los obispos de Malta. Hasta ahora, estas conversaciones han producido como frutos unos acuerdos que expresan y promuevan unos valores que son parte esencial del patrimonio histórico, cultural e institucional de Malta, mientras capacitan a la Iglesia para que siga ofreciendo su contribución a ese patrimonio en perfecta sintonía con su peculiar carácter y con los requisitos de su ley universal. Confío en que en cuestiones de interés común, y con respeto a los máximos principios de libertad, justicia y democracia, se firmen pronto otros acuerdos.

4. En medio de la comunidad internacional, Malta es ampliamente respetada por sus iniciativas destinadas a fortalecer el entendimiento, la cooperación, la paz y el bienestar entre los pueblos. Me siento dichoso de poder expresar también el aprecio de la Santa Sede por estas iniciativas.

La presencia entre nosotros de muchos diplomáticos acreditados ante la República de Malta refleja la alta estima de que goza su Nación en la comunidad internacional. Al agradecerles su amable presencia a mi llegada y en esta ceremonia, les pido que transmitan a sus respectivos Jefes de Estado, Gobiernos y pueblos mi cálido saludo y mis mejores deseos. Distinguidos miembros del Cuerpo Diplomático: tengo la ferviente esperanza de que sus esfuerzos por promover unas relaciones armónicas y mutuamente beneficiosas entre sus naciones y la República de Malta ofrecerán una contribución duradera a la seguridad y al progreso, tanto en el área mediterránea como en todo el mundo.

Señoras y Señores: estoy profundamente agradecido por la amabilidad y la hospitalidad con que me han recibido. Al disponerme a continuar mi visita pastoral, invoco de corazón sobre ustedes y sobre todo el querido pueblo de Malta las abundantes bendiciones de Dios Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.23, p.7.



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana