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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA POLACA*

Martes 5 de febrero de 1991

 

Distinguido señor presidente:

1. Doy la cordial bienvenida a la casa pontificia al presidente de la III República polaca, a mi compatriota; saludo a su esposa, al señor ministro de Asuntos Exteriores y a todas las personas de su séquito. No hay modo de expresar aquí, aunque sea en un largo discurso, lo que siento y lo que en este momento quisiera decirle a usted y, por su intermedio, a toda mi patria. Por eso, quiero que el horizonte de este discurso sea todo lo que dije a Polonia y de Polonia durante los doce años de mi pontificado; también todo lo que, como sacerdote y obispo, dije y escribí antes de ser llamado a la cátedra romana de san Pedro. Deseo que la perspectiva de este discurso sea todo lo que a lo largo de los siglos dijo e hizo la Sede Apostólica y lo que dijo e hizo la Iglesia en Polonia. En efecto, no se trata de retórica, sino de la existencia de la nación, que vivió periodos de esplendor, pero también periodos de condena a muerte por parte de los países vecinos, a veces no sin culpa propia; se trata de la existencia de una nación que, gracias a la fe en Cristo y al sentido de la propia dignidad e identidad, no solo ha sobrevivido, sino que además se ha inscrito definitivamente en la obra de la formación de la cultura y de la civilización del mundo de hoy.

2. Señor presidente, el momento es histórico y es histórica la visita, así como lo fue su visita al Vaticano en enero de 1981, cuando le di la bienvenida como presidente del sindicato autónomo independiente Solidaridad, que entonces congregaba a los trabajadores y a todos los que amaban su propia dignidad, la dignidad del hombre y de la nación, la libertad y la soberanía de la patria.

La valentía, la determinación, el deseo y, digámoslo claramente, la oración, han dado frutos.

Hoy usted visita el Vaticano en su carácter de presidente de la nueva República polaca.

Aquí conviene recordar el espíritu de todos los que lucharon por esta causa, todos los que sufrieron y dieron su vida por ella en todas partes y en toda circunstancia. Que Cristo los acoja, y que los hombres de nuestro tiempo no olviden su sangre y sus sacrificios.

3. Como representante de 38 millones de compatriotas, elegido por vez primera -después de un largo periodo- mediante elecciones libres y democráticas, usted ha querido que sus primeros pasos «hacia el exterior» lo llevaran hacia la tumba de Pedro y hacia su Sucesor. En cierto sentido, se trata de la peregrinación del presidente de una nación cristiana a los inicios de su historia.

Quiero agregar que la visita de este día, que señala el comienzo de la misión que le ha sido confiada por la nación, es también la primera visita de un presidente de Polonia desde la reconquista de la independencia en 1918.

Seguimos, por tanto, las huellas de los más profundos procesos que han formado nuestra nación y que han constituido los fundamentos de su historia. La histórica jornada de hoy corresponde a toda la lógica de la historia de Polonia, desde sus albores hasta nuestros días. Los hechos son conocidos y muchos documentos y libros los registran. Pero ante todo viven y producen frutos en el hombre de hoy y en la sociedad contemporánea. Nuestra generación es testigo, pero sobre todo protagonista de su propia historia.

4. Desde sus comienzos, Polonia se ligó estrechamente a la Sede de san Pedro. El príncipe Mieszko I, cuando decidió que toda la nación recibiera el bautismo en el año 966, hizo que nuestra historia entrará en la corriente de la historia de la salvación y unió el país de los polacos a la cultura cristiana occidental, haciéndolo al mismo tiempo miembro de la gran comunidad de la Iglesia católica. Después de más de diez años, ese mismo príncipe colocó a su pueblo, a sus súbditos, la tierra del principado y la capital, Gniezno y sus alrededores, bajo la protección de san Pedro. Nos habla de ello el misterioso documento «Dagome iudex». El príncipe de Polonia lo hizo en consideración a los valores cristianos en los que veía una garantía para el nacimiento del Estado y destino de nuestra patria. Los lazos con la Sede Apostólica, que favoreció la corona real de los Piast, constituyeron un insustituible apoyo moral para nuestra nación en medio de las vicisitudes. Significa, de hecho, que Polonia se dejará guiar por los principios de orden espiritual y moral que impregnarán nuestra historia y serán garantía de unidad y fidelidad a lo largo de su existencia.

Polonia, que en los albores de su historia busca la luz del Evangelio en Roma, se convertirá muy pronto en sujeto de evangelización y en defensora del cristianismo, de Europa y de su cultura contra la invasión de los pueblos extranjeros, y por ello merecerá el titulo honorario de «antemural de la cristiandad», «antemurale christianitatis».

En esta perspectiva no resulta extraño el gesto profético del rey Juan Casimiro, manifestado en sus votos, cuando encomendó nuestra nación y el país a la protección de la Madre de Dios, proclamándola reina de Polonia. Su ejemplo y su intuición de la fe dieron frutos particulares en nuestro país.

Nuestros padres abusaron muchas veces del sentido de libertad, que degeneraba en el placer y acababa en la esclavitud. De esta manera se llegó a la división de Polonia. Pero también entonces las reliquias de san Estanislao en la catedral de Wawel hablaban de la unidad y de Polonia. Ellas impidieron que olvidáramos el pasado, que dejáramos de pensar en un futuro digno.

No olvidemos que Polonia reconquistó su independencia en noviembre de 1918 y en marzo del año siguiente el Papa envió allí a su representante. En este cuadro vale la pena mencionar que la Sede Apostólica ya contaba en 1555 con un representante permanente en Polonia, y que la nunciatura polaca es una de las más antiguas de Europa.

Recordaré una vez más los sufrimientos y la tragedia de la segunda guerra mundial, así como sus consecuencias.'

Nuestro país fue devastado y se intentó destruir la nación, privarla de su espíritu, de su fe y de su identidad, reducirla a la esclavitud. Pero esta tragedia ha demostrado cuán grande – sin precedentes – era la determinación de los ciudadanos de la república en la lucha que libraban por su propia dignidad y libertad, por la famosa «libertad vuestra y nuestra».

En el mensaje a la Conferencia episcopal polaca, con ocasión del 50. aniversario del comienzo de la segunda guerra mundial, escribí: «Esta voluntad de defender la independencia del Estado acompañó a los hijos e hijas de nuestra nación, no sólo en el país ocupado, sino también en todos los frentes de mundo, donde los polacos lucharon por la libertad propia y ajena...En el curso de aquella guerra, que enseguida pareció como una defensa irrenunciable de Europa y de su civilización frente a la prepotencia totalitaria, el pueblo polaco cumplió plenamente – puede decirse en forma sobrehumana – sus compromisos de aliado, pagando el más alto precio. (26 de agosto de 1989, L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de septiembre de 1989, Pág. 1).

¡Polonia jamás ha traicionado a Europa! Se sentía responsable de la comunidad europea. Esperaba su ayuda, pero también sabía morir por ella.

5. Después de esa tragedia terrible, llegó otra – que iba a ser el fundamento del orden de la Europa posbélica –: la decisión de la Conferencia de Yalta, que con toda justicia podría calificarse como «la aniquilación de la victoria». Polonia y otros países han pagado las consecuencias dolorosas de la decisión de esa Conferencia; la nación no se reconcilió jamás con dicha decisión y tampoco sucumbió a la ideología y al totalitarismo que le impusieron.

El Papa Pío XII expresó su dolor frente a ese hecho en su famoso mensaje radiofónico: «La consecuencia inevitable de semejante estado de cosas es la división de la humanidad en dos bloques poderosos y opuestos, cuya ley suprema de vida y de acción es una fundamental e invencible desconfianza, que es al mismo tiempo la trágica paradoja y la maldición de nuestro tiempo (...). Por este mismo hecho, una gigantesca muralla se alza para hacer vanos todos los esfuerzos encaminados a devolver a la turbada familia humana los beneficios de una paz verdadera” (Mensaje en la víspera de Navidad de 1947).

En estas circunstancias, nuestra nación defendía su propia dignidad y sus propios derechos con enorme fatiga y a precio de grandes sacrificios que, a la luz de los sacrificios de la guerra, adquirían una dimensión todavía más terrible. Recordemos aquí los sacrificios y las lagrimas de los polacos y de las polacas, de aquellos que luchaban por una Polonia libre: obreros, intelectuales, sacerdotes, religiosos y religiosas, en una palabra, todos. El sindicato Solidaridad, don Jerzy y las cruces de Gdansk y también usted, señor presidente, serán siempre su símbolo.

Ojalà que el mundo no olvide que han sido precisamente los obreros quienes desempeñaron el papel principal en la caída del sistema que debía defenderlos e identificarse con sus intereses.

Todo se ha llevado a cabo con espíritu evangélico, sin violencia ni prepotencia, sin guerra ni revolución, en el diálogo reciproco y con sentido de responsabilidad.

El rostro de la nueva Europa, casa común europea, comenzó a delinearse en Polonia gracias a Solidaridad, y ningún acontecimiento puede ofuscar esta realidad.

En la patria está tomando cuerpo un nuevo orden de cosas; no faltan las dificultades y las tensiones, los prejuicios y la diversidad de opiniones. Corresponde a todos los compatriotas afrontar la ardua tarea de reconstruir todo lo que ha quedado destruido y de construir sobre la base de todo lo noble y valioso que ha quedado en pie.

Todos los polacos deberían unirse ahora en un impulso común con motivo de este «día que el Señor ha hecho para ellos» (cf. Sal 118, 24), olvidando todo lo que puede dividirlos y buscando todo lo que los une. La patria tiene necesidad hoy, como en todos los momentos dramáticos, de la unidad y la colaboración, del sentido de responsabilidad y del diálogo creativo.

Estas son las palabras del poeta: «Que cada uno done a la patria su propio talento, como un don en una gran hucha, secretamente, sin decir cuanto ha depositado. Llegará el día en que la hucha esté llena; el Señor anota cuánto ha ofrecido cada uno» (A. Mickiewicz, El libro de la nación y de los peregrinos polacos).

Hoy Polonia necesita igualmente la comprensión y la cooperación eficaz de los países ricos. También el problema de su deuda ha de ser tratado con el espíritu de solidaridad internacional y de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia, sobre todo teniendo en cuenta que no se ha beneficiado de las ayudas que han recibido la mayor parte de las sociedades occidentales.

6. Ilustre señor presidente: el camino de la Iglesia es siempre el hombre, «el hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y al mismo tiempo de su ser comunitario y social (...). Este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en cumplimiento de su misión; es el primer y fundamental camino de la Iglesia» (Redemptor hominis, 14).

De ahí que la Iglesia se preocupe de que los derechos humanos sean respetados en todos los países y en todas las sociedades, junto con el derecho a la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural y el desarrollo correspondiente de la dignidad humana. La Iglesia y el Estado se encuentran unidos, en una colaboración armónica, para ayudar al hombre a alcanzar su fin temporal y trascendente. Esta colaboración puede revestir el carácter de contactos espontáneos, pero también puede estar regulada a través de actos jurídicos concordados entre ambas partes.

Durante estos últimos años y meses la Iglesia en Polonia ha dado numerosas pruebas de que para ella los problemas de la nación son objeto de la más importante solicitud. La Iglesia ha sufrido con la nación y ha custodiado los supremos valores morales. Anunciaba el Evangelio, defendía a los hombres y conservaba la tradición de la nación. Aportaba a la vida diaria el optimismo de la fe y era diligente con el hombre y su futuro. Esta disponibilidad de la Iglesia es siempre la misma. La Iglesia sigue deseando, con sus fuerzas comunes, eliminar las consecuencias negativas del sistema ya superado; desea apoyar e incrementar todo lo que es verdadero, bueno y bello en la sociedad polaca, afianzar la solidaridad humana e impregnar la vida diaria con los valores evangélicos. En lucha contra las dificultades y contra los residuos de tiempos pasados, la Iglesia añora colaborar con todos los hombres de buena voluntad.

7. Señor presidente, usted ha de afrontar una enorme y delicada tarea: guiar la nación en la difícil coyuntura actual junto con el Parlamento, el Gobierno, sus instituciones y todos los habitantes de Polonia. En su discurso de fin de año, usted dijo que habían sido suficientes unos pocos días después de ascender al mandato presidencial para darse cuenta de la gravedad de este cometido; pero usted agregó: «Contamos con suficientes fuerzas, fe y posibilidades para transformar a Polonia. Construiremos juntos un nuevo orden económico. Somos capaces de muchas cosas. Que Dios bendiga nuestras luchas». Le ha correspondido a usted la fatiga de la reconstrucción en unión con toda la nación polaca – y esto desde muchos aspectos –, dado que la crisis afecta a la dimensión moral, económica y política; en otras palabras, afecta al hombre entero. Hoy vemos claramente que cada generación debe resolver, con valor y sabiduría, los problemas de su propia época, y que no puede hacerlos recaer en las generaciones venideras.

Los problemas de Polonia me preocupan mucho en estos tiempos de grandes cambios, principalmente ahora que se acerca mi cuarta peregrinación apostólica a Polonia, la nueva y democrática Polonia. Manifiesto esta preocupación en toda ocasión y, sobre todo, en el transcurso de la audiencia de los miércoles, cuando me dirijo a todos mis compatriotas, oro con ellos y por ellos, y recuerdo los principios evangélicos que deberían guiarnos a todos nosotros para asegurar la prosperidad a nuestra patria.

Con este espíritu pongo en sus manos, señor presidente, mis mejores deseos de felicidad para todos los polacos y polacas, prescindiendo de su confesión y de su concepción del mundo. Deseo que la fidelidad a Dios y a las mejores tradiciones, y el amor a la patria, sean luz y señales de camino en el momento de tomar decisiones. Que el celo por el bien de la patria produzca iniciativas sabias y que la necesaria unidad crezca noblemente en el pluralismo. Sabemos que todo esto forma parte de las buenas tradiciones del pasado. Siguen siendo validas las palabras del rey Segismundo Augusto, «no soy el dueño de vuestras conciencias», así como las palabras escritas en una de las aulas de la Universidad de los Jaguellones, «plus ratio quaero vis».Seria un gran delito si algún individuo, o algún grupo, quisiera buscar sus propios intereses, principalmente en este momento en que el organismo de la república está tan débil. Así, pues, que a todos los polacos sirva como luz en su obrar la dedicación al servicio del bien común, que deberían poner en practica con espíritu de sacrificio; sinceridad y apertura, y con valentía moral y política en favor de su propia patria y de toda la familia humana. Usted, a quien la nación ha llamado a ser su presidente, simboliza de manera especial todos estos problemas. Ciertamente usted hará lo posible por ser el presidente de todos los polacos. Es necesario asimismo que Polonia haga todo lo que esté a su alcance para ser la patria de quienes desde hace muchos años, o en los últimos tiempos, se encuentran fuera de sus fronteras. ¡Que Dios nos ayude, señor presidente! ¡Que Dios lo ayude a usted y a todos nuestros compatriotas!


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.7 p.10.



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