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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ISLÁMICA DE IRÁN ANTE LA SANTA SEDE
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Jueves 20 de junio de 1991 

 

Excelencia:

1. Me complace darle la bienvenida al Vaticano y aceptar las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República islámica de Irán. Usted representa a una nación con ricas tradiciones históricas, culturales y religiosas, que dan fuerza moral a su pueblo en la tarea de reconstrucción y desarrollo. Le aseguro que ofrezco mis oraciones por la paz y el bienestar de sus compatriotas.

2. La paz es el culmen de las aspiraciones de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Cuando falta, no sólo las personas están sujetas a la muerte y destrucción, como sucedió recientemente en la zona del Golfo Pérsico, sino que también son profundamente heridas en su dignidad única de seres humanos y no pueden proseguir su desarrollo como seres racionales y espirituales. Además, para los creyentes, la paz es un don de Dios, una gracia especial de Dios, puesto que hace posible la realización de todos sus otros dones otorgados a los individuos y a la sociedad.

He manifestado en muchas ocasiones el empeño de la Iglesia en buscar un diálogo profundo y respetuoso con los fieles musulmanes a fin de incrementar el conocimiento y la comprensión mutuos, y así servir mejor a la causa de la armonía y la paz. En efecto, como escribí en la encíclica Centesimus annus, «estoy persuadido de que las religiones tendrán hoy y mañana una función eminente para la conservación de la paz y para la construcción de una sociedad digna del hombre» (n. 60). El fundamento auténtico para restablecer la justicia, alcanzar y fortalecer la paz y promover todos los aspectos del bienestar humano ha de ser un intercambio sincero y de gran alcance entre creyentes cristianos y musulmanes, basado en el respeto del carácter específico de sus respectivas confesiones. El mundo necesita el testimonio unánime de nuestras convicciones comunes acerca de la dignidad del hombre, creado por Dios. Debemos sentir el peso de nuestra responsabilidad, puesto que el Creador confió principalmente a los creyentes «la obra de sus manos», que comprende de modo especial a su criatura por excelencia, el hombre, revestido de una dignidad inalienable.

3. La Santa Sede persigue la defensa y promoción de la dignidad humana a través de su presencia en la comunidad internacional y sus relaciones diplomáticas bilaterales con muchos países. Esta actividad, cuyo único objetivo es servir al bien de la humanidad, se caracteriza por un interés predominante por los aspectos éticos, morales y humanos de las relaciones entre los pueblos del mundo. En esta perspectiva, comparto plenamente el deseo que Su Excelencia ha manifestado de un fortalecimiento mayor de las relaciones entre la Santa Sede y la República islámica de Irán, con miras a asegurar una mayor comprensión y colaboración recíprocas en estas áreas de importancia fundamental.

Los graves problemas que afectan a la humanidad, entre los cuales figuran la pobreza y el hambre, sobre todo entre millones de refugiados; la destrucción de los recursos materiales de la tierra; la explotación de personas y de grupos de personas con fines económicos o políticos; y el sufrimiento provocado por los conflictos armados, son signos de un desequilibrio profundo en el corazón humano. En efecto, la incapacidad del mundo para afrontar estas situaciones con sabiduría y esfuerzos generosos que lleven a su solución, denota una extendida crisis espiritual. En muchos casos, cuando estos problemas no se deben a calamidades naturales o a su falta de respuesta efectiva, son expresión de la ceguera espiritual en el corazón del hombre, que deja de tener presente la voluntad del Creador manifestada en la naturaleza misma de la realidad creada. Deja de ver la imagen de Dios en sí mismo y en los demás, y pierde de esta forma la motivación y la fuerza para promover la dignidad inviolable de todo individuo y la solidaridad necesaria para cuidar a las personas vulnerables y débiles. Si se pretende alcanzar un mundo más justo y pacífico, es necesaria una renovación auténtica de los valores espirituales.

Los factores económicos y políticos por sí solos no pueden explicar los cambios radicales que se están produciendo ahora en las estructuras de muchas naciones, con consecuencias importantes para las relaciones internacionales. No se pueden comprender adecuadamente tales cambios, sin tener en cuenta la exigencia fundamental de una mayor responsabilidad personal en la realización de nuestro destino humano. Nos hablan de que el hombre tiene sed de una auténtica libertad espiritual. Como escribí en el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de este año, «tales cambios rápidos atestiguan de modo muy claro que la persona no puede ser tratada como si fuera un objeto movido exclusivamente por fuerzas ajenas a su control. Por el contrario, ésta, a pesar de su fragilidad, es capaz de buscar y conocer libremente el bien, de detectar y rechazar el mal, de escoger la verdad y de oponerse al error» (n. 1; cf. L'Osservatore Romano, edición en Lengua Española, 21 de diciembre de 1990, pág. 22).

Esta libertad de pensamiento, de conciencia y, consiguientemente, de religión, es el fundamento esencial para la paz. Renuevo la esperanza de que las grandes religiones sigan favoreciendo la comprensión y el diálogo recíprocos, basándose en los muchos valores que comparten, para asegurar la remoción de los obstáculos que impiden que se instaure esta libertad (cf. ib., n. 7). De este modo, siguiendo la ley de la conciencia y los preceptos de su propia religión, los creyentes, aunque tengan puntos de vista diferentes acerca de muchos temas, pueden trabajar juntos para afrontar los problemas urgentes que se presentan a la familia humana.

Con este espíritu, recuerdo también las amadas comunidades cristianas que viven en su País. A la vez que permanecen firmes en sus convicciones religiosas, necesitando así medios y oportunidades para cumplir sus deberes religiosos y profundizar y robustecer su fe cristiana, son también ciudadanos orgullosos de su patria y desean desempeñar su papel frente a los retos que su nación debe afrontar en este tiempo.

Al comenzar Su Excelencia su misión diplomática, le formulo mis mejores votos y le aseguro la cooperación de los diversos organismos de la Santa Sede. Le ruego haga llegar mis saludos al Presidente, al Gobierno y al pueblo de la República islámica de Irán, sobre la que devotamente invoco abundantes bendiciones de Dios Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.32, p.8.



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