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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE TAILANDIA ANTE LA SANTA SEDE
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Martes 19 de noviembre de 1991

 

Señor Embajador:

Me da mucho gusto aceptar las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario del Reino de Tailandia. Su presencia aquí hoy me ofrece la feliz oportunidad de subrayar y reafirmar los lazos de amistad y buena voluntad que caracterizan las relaciones entre su País y la Santa Sede. Le agradezco los saludos que me ha transmitido de parte de Su Majestad el Rey Bumibol Adulyade. De buen grado correspondo a esos saludos expresando mis mejores votos por la salud y felicidad de su majestad y de la Familia Real, así como mis oraciones por el bienestar de todos sus compatriotas.

El pueblo tailandés se siente orgulloso de la antigua tradición de libertad religiosa, cuyos garantes son los mismos monarcas. Aunque la comunidad católica en Tailandia es pequeña en relación con los seguidores de las demás religiones tradicionales, gozan de libertad religiosa, no sólo para cumplir sus deberes cristianos, sino también para compartir incondicionalmente la vida y los problemas de la nación. Los católicos se preocupan mucho por el progreso y el desarrollo de la sociedad tailandesa.

Su Excelencia ha mencionado la vasta actividad de la Iglesia en el campo de la educación, la asistencia sanitaria y el servicio a los necesitados. En mayo de este año tuve la alegría de encontrarme con los obispos de Tailandia aquí en el Vaticano, con ocasión de su quinquenal visita ad limina. Me dieron a conocer los esfuerzos que realizan sus comunidades para defender y fortalecer la vida familiar, asistir a los pobres y enfermos, en particular a los minusválidos y a los afectados por la enfermedad de Hansen y el Sida, y educar a los jóvenes como miembros responsables de la sociedad. Los católicos estamos convencidos de que los padres son los educadores primarios y principales de sus hijos y que los demás organismos, incluyendo las instituciones civiles y religiosas, tienen la responsabilidad de ayudarlos a que cumplan este deber y asegurarles el libre ejercicio de sus derechos fundamentales en este campo (cf. Gravissimum educationis, 3). Una coordinación efectivamente creciente, junto con la importancia de lo que ya ha sido puesto de relieve claramente en diferentes declaraciones internacionales, sólo puede surgir de la cooperación y el diálogo continuo entre todos los interlocutores (cf. Discurso a los Obispos tailandeses en visita «ad limina», 24 de mayo de 1991, 4). El bienestar de una nación depende en gran medida de la educación integral en los valores éticos y morales, así como en el respeto a la dignidad y a los derechos humanos.

En su búsqueda por construir una sociedad justa y desarrollada, los católicos tailandeses procuran acrecentar el diálogo y la cooperación con los seguidores de las demás religiones, a fin de evitar equívocos y, sobre todo, identificar áreas de compromiso común. La fe religiosa es una fuerza poderosa para el bien de la vida de los creyentes y de la sociedad en su conjunto. Espero fervientemente que la armonía siga caracterizando !as relaciones entre todos los creyentes de Tailandia, de manera que se sirva efectivamente al bien común.

Como vecino de Camboya y país huésped del mayor número de refugiados de ese país, Tailandia ha sido un interlocutor activo en las negociaciones que han conducido a la firma del tratado de paz de París del pasado mes de octubre. Semejante tratado proporciona las bases para el restablecimiento de la paz en esa nación duramente probada. Precisamente ahora ha comenzando un período de transición en el que los representantes de los diversos grupos del país están comprometidos en trabajar, junto con las Naciones Unidas, con instrumentos políticos, para crear un organismo de reconciliación responsable de las aspiraciones de independencia, paz y desarrollo del pueblo de Camboya por mucho tiempo postergadas. Durante este período, Camboya necesitará el apoyo político y económico de la comunidad internacional, especialmente el de los países de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), que han participado directamente en ese proceso de paz, con el objetivo de superar la herencia terrible de los años de sufrimiento y violencia, y establecer una nueva cultura de libertad y cooperación.

Entre los principales beneficiarios de la paz debemos considerar a los cientos de miles de refugiados que ahora están reunidos en su país. Han perdido no sólo sus casas y bienes, sino también sus seres queridos y, como sucede a menudo en estos casos, su misma dignidad. Recuerdo mi visita a Phanat Nikhom en mayo de 1984. Allí encontré a miles de hombres, mujeres y niños comp1etamente desamparados y en estado de total dependencia de los demás para procurarse comida, vestido y refugio, e imposibilitados de tomar cualquier tipo de decisión acerca de su futuro. Tal como dije durante mi estancia en su país: «La historia recordará el sentido de la hospitalidad, el respeto a la vida y la generosidad profundamente arraigada que ha mostrado el pueblo de Tailandia» (cf. Discurso al Cuerpo Diplomático, Bangkok, 11 de mayo de 1984). Su Majestad y el Gobierno de Tailandia, junto con la Alta Comisaría para los refugiados, de las Naciones Unidas y numerosas organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, incluyendo la COERR (Oficina católica para las ayudas de emergencia a los refugiados), así como también muchos voluntarios, merecen nuestro elogio y gratitud por sus esfuerzos incansables. Ahora se necesitan nuevos recursos y un mayor compromiso para asegurar que la tragedia de los refugiados acabe con su regreso seguro y voluntario a casa y con la oportunidad de que sus vidas comiencen nuevamente en condiciones de estabilidad y libertad.

La nueva situación en Camboya y la reducción de algunas tensiones en el mundo como resultado de las recientes transformaciones muestran que la paz y la estabilidad del sudeste asiático son ahora una perspectiva más real. Todavía no se han solucionado todos los problemas, pero en el nuevo orden de cosas el antiguo deseo de la ASEAN de crear una zona de paz, libertad y neutralidad está cada vez más cerca. La Santa Sede se alegra de ver prosperar semejante iniciativa. De hecho, el desarrollo exige que se acrecienten la comprensión y la buena voluntad entre los países, y supone un mayor intercambio cultural, social, educativo y científico. Todo esto es imposible si existen conflictos y rivalidades. El desarrollo, al liberar a los seres humanos de los efectos negativos de la pobreza que degrada y de la falta de educación, es un factor esencial de promoción para una sociedad más justa y abierta a la naturaleza espiritual y trascendente de la vida humana.

En este momento en que usted empieza su misión, deseo ofrecerle, Señor Embajador, mis mejores deseos de éxito en su trabajo. Tengo confianza en que su dedicación conduzca a un ulterior robustecimiento de las buenas relaciones que ya existen entre Tailandia y la Santa Sede. Invoco abundantes dones divinos sobre Sus Majestades, el Rey y la Reina, sobre toda la Familia Real y sobre el amado pueblo tailandés.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española, n.51, pp.21, 24 (pp.741, 744). 



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