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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LITUANIA ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 11 de julio de  1992

 

Señor Embajador:

1. Su visita de hoy a la sede del Obispo de Roma constituye más que una ceremonia ordinaria de presentación de Cartas Credenciales, pues se trata de un encuentro largamente esperado por la Sede Apostólica y Lituania. Por este motivo, grande es mi alegría al recibirlo con la predilección que la Iglesia ha manifestado siempre por este pueblo de Europa, el último en entrar en la gran familia cristiana, y con la misma emoción que experimentó mi predecesor Benedicto XV en 1918, cuando se alegró por la independencia que su nación había recuperado.

Le agradezco, Señor Embajador, sus palabras llenas de delicadeza y entusiasmo. Al igual que usted, yo también quiero subrayar que no se trata hoy de establecer nuevas relaciones entre Lituania y la Santa Sede, sino más bien de devolverles todo su esplendor, después de casi medio siglo, en el curso del cual el palacio apostólico permaneció abierto siempre para la legación lituana, que mantenía en Roma la presencia fiel de su pueblo tan probado.

Desde el siglo XIII, como usted ha recordado, la historia ha ido acercando a los lituanos al Papado. Los lazos se hicieron más estrechos a partir de la época del bautismo del pueblo, a continuación del de Vytautas y Jagellon. Y, por otra parte, ¿cómo podría dejar de recordar la alianza que se selló entonces entre Lituania y Polonia, y que duraría siglos?

En el curso de los años, el camino recogido por el pueblo lituano se ha convertido frecuentemente en un camino de prueba y de sufrimiento, marcado por la lucha para salvaguardar una identidad a veces a punto de desaparecer y jalonado por mártires de la patria que también fueron mártires de la fe católica. El recuerdo de los últimos decenios es particularmente vivo y doloroso; en ellos Lituania sufrió el asalto destructor de dos ideologías que por la fuerza pretendían imponer a Europa y al mundo concepciones de vida radicalmente contrarias a la vocación del hombre a la libertad religiosa y civil. Conservaremos siempre el recuerdo de los grandes sufrimientos de muchos obispos, de millares de sacerdotes y creyentes, de intelectuales y políticos, de obreros y agricultores, y de familias enteras condenadas a la deportación, casi siempre sin regreso. Muchos de ellos figuran ahora en la gran multitud de perseguidos por la fe. Y la historia no puede olvidar de ningún modo el mismo destino trágico que conoció la comunidad judía de Vilna, y sobre todo la de Kaunas, a causa de un racismo atroz que quería hacerla desaparecer de la faz de la tierra. Entristece recordar que ese funesto destino común de los hijos de su tierra estaba escrito en pactos injustos, cuyo secreto pretendía esconder su carácter tenebroso.

2. Ahora, gracias a la presencia de Su Excelencia en la Santa Sede y a la del Nuncio Apostólico en Vilna, las relaciones entre Lituania y la Santa Sede recuperan su pleno ejercicio en la confianza mutua para un diálogo permanente.

En esta circunstancia, el primer deseo que formulo junto con usted es que Lituania vea su futuro fundado en las garantías que aseguran al hombre una vida libre de todo temor y próspera. Ahora su País debe construir con paciencia su vida nacional y sus instituciones democráticas, sabiendo que todos los logros de la independencia sólo pueden alcanzarse mediante un proceso gradual, más o menos largo. Los diversos cambios que se sucedieron en el curso de la historia han visto, en particular, la presencia de minorías importantes en su territorio. Con satisfacción le he oído decir que los dirigentes de su país se esforzarán por lograr que los diversos grupos salvaguarden sus propias riquezas culturales, con lo cual todos se beneficiarán.

Señor Embajador, en el centro de las libertades recuperadas en su País usted ha puesto la libertad religiosa, que el Consejo Supremo y el Gobierno desean promover. Ésa es la misma posición que tiene la Iglesia, convencida de que la libertad de conciencia y de religión constituye el fundamento de las demás libertades humanas, y que debe ser objeto de un amplio consenso, anterior a las opciones particulares de orden filosófico o religioso.

3. Estoy seguro de que todos los lituanos, y las autoridades que los representan, cuentan con sus compatriotas católicos para que aporten su contribución específica a la vida nacional, comenzando par quienes forman parte de las Cámaras legislativas y del Poder Ejecutivo. Los católicos han de recurrir a la iluminación de la Doctrina Social de la Iglesia, que no ha dejado de enriquecerse después del Concilio Vaticano II. En unión con los creyentes de otras tradiciones y con sus hermanos y hermanas de buena voluntad, los lituanos católicos podrán inspirarse en valores humanos esenciales, como por ejemplo la relación profunda existente entre el desarrollo y la paz, la dignidad del trabajo como condición de la dignidad del trabajador, el destino universal de los bienes de la tierra, la salvaguardia de la creación, el respeto escrupuloso de la dignidad de la persona, las exigencias del amor y la justicia, el honor de la familia como primera célula social y los derechos del hombre, comenzando por el derecho a la vida.

4. Por su parte, el Episcopado Lituano, junto con su clero, desea comprometerse en un amplio esfuerzo de catequesis, a fin de formar a los cristianos y hacer que la comunidad católica esté cada vez más atenta al mensaje espiritual y social del Concilio Vaticano II. Esas sesiones fundamentales de la Iglesia tuvieron lugar en una época en que numerosos prelados, sacerdotes y fieles se veían obligados a renovar la experiencia de las catacumbas; hoy resulta aún más necesario que se conozca su mensaje en Lituania. La coyuntura histórica actual de la nación parece ser muy favorable para proponer abiertamente las verdades de la fe, incluso a través de los medios de comunicación social, y para que en la vida diaria vuelvan a entrar la solidaridad, el espíritu fraterno, la caridad y el compromiso por la justicia, inspiradas por la fe. Puesto que cree en la encarnación del Hijo de Dios, la Iglesia desea «encarnarse» en todas las realidades que exigen espíritu de servicio y don de sí.

Todo esto supone que el clero y el laicado tracen nuevos caminos para la santificación de las personas y el compromiso fraterno al servicio de todo hombre. Para afrontar las dificultades surgidas como consecuencia de decenios de pruebas, la Conferencia Episcopal, presidida por el venerado Cardenal Vincentas Sladkevitius, está preparando sus nuevos estatutos, a fin de ensanchar y mejorar su acción eclesial y social. Los sacerdotes se abren a formas de apostolado que hasta hace poco se les prohibía realizar. Las Órdenes religiosas masculinas y femeninas están reorganizándose. Los candidatos al sacerdocio ya reciben una formación que los prepara para asumir responsabilidades que antes estaban fuera de su horizonte pastoral. Los grandes Movimientos laicos, con los que la Iglesia ha venido enriqueciéndose en estos últimos años, desean ofrecer su ayuda a sus hermanos lituanos. Así, la Iglesia que está en Lituania se prepara para tomar parte activa en la «nueva evangelización de Europa», tan necesaria después del período atormentado que está llegando a su fin.

5. Señor Embajador, en su País y en el mundo no faltan ciertamente motivos de inquietud, secuelas penosas de los años en que se amordazó la libertad de la nación y se escarneció su dignidad. Hay que abrigar la esperanza de que esas dificultades se resuelvan en un clima de diálogo sincero y constructivo entre los Estados interesados, diálogo que todos desean, comenzando por las Naciones Unidas y las diferentes organizaciones europeas. Por su parte, la Santa Sede confía en la capacidad de diálogo, y siempre está dispuesta a aportar su contribución específica, libre de todo interés temporal, con el objeto de que se logre llegar a una solución rápida y digna de todo país que, democráticamente, procura abrir nuevos caminos a la paz y a la concordia interna e internacional. Abrigo la esperanza de que, en esos diferentes marcos existentes, Lituania dé su contribución original y encuentre los apoyos que necesita para afirmar su economía y garantizar su seguridad, reforzar sus instituciones y desarrollar su vida cultural; en una palabra, para desarrollar su dignidad nacional.

Ciertamente en su País y en el mundo hay motivos para mantener viva la esperanza. Observando bien la realidad, aunque no siempre se nota, los motivos para el optimismo son superiores a los que inspiran pesimismo. En particular, es un buen signo el hecho de que progrese la conciencia de un mundo cada vez más interdependiente y del deber que tiene la comunidad internacional de construir una paz mejor garantizada en la solidaridad. Quedémonos hoy con esta perspectiva, y demos gracias a Dios, pidiéndole que conceda sabiduría, fuerza y valentía a todos los constructores de paz.

6. Como testimonio de la estima y el respeto que siento por Lituania y por los demás países bálticos, sus vecinos geográficos que han soportado las mismas pruebas, me complace aprovechar la oportunidad de la presentación de sus Cartas Credenciales para anunciarle que acepto con mucho gusto la invitación que he recibido de las autoridades eclesiásticas y civiles para realizar una visita pastoral a los Países Bálticos. Esta invitación, que acaba de renovarme en nombre del Presidente del Consejo Supremo y de sus compatriotas, hace realidad un anhelo que atesoraba desde mucho tiempo, como lo manifesté especialmente en 1984, con ocasión del quinto centenario del bautismo de San Casimiro, patrono de Lituania, y en 1987, con ocasión del centenario del «bautismo» de Lituania. Con la ayuda de Dios, espero poder ir a los tres países el año próximo, en septiembre de 1993. Encomiendo este proyecto a la intercesión maternal de María, a quien los católicos del Báltico veneran en los santuarios de la Puerta de la Aurora, en Vilna, de Silova, en Lituania, y de Aglona, en Letonia.

7. Señor Embajador, le ruego exprese a Su Excelencia, el Señor Vytautas Landsbergis, Presidente del Consejo Supremo, mi gratitud por su amable mensaje y su invitación. Tenga a bien asegurarle mis deseos fervientes de éxito en el cumplimiento de su misión y de bienestar para la noble y amada Nación Lituana.

Excelencia, su presencia en Roma se remonta al tiempo en que su País perdió la independencia; ahora, como Embajador de Lituania, prosigue su actividad. Expreso mis mejores deseos para usted y su familia; espero que encuentre muchas satisfacciones en el cumplimiento de su misión, para desarrollar las relaciones excelentes que unen su País y la Santa Sede. Sepa que con mucho gusto mis colaboradores le ayudarán y le apoyarán cuando tenga necesidad.

Invoco sobre todos los lituanos la intercesión benévola de Nuestra Señora, de San Casimiro y del Beato Jurgis Matulaitis. De todo corazón invoco la abundancia de las bendiciones de Dios sobre los dirigentes y los miembros de su nación, sobre usted, así como sobre su familia y sus colaboradores.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n. 30 p.9 (p.457).



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