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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE COREA
*

Lunes 22 de febrero de 1993

 

Excelencia:

1. Me complace mucho recibirlo hoy en el Vaticano y aceptar la cartas que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Corea. Esta es una buena ocasión para reafirmar la existencia de vínculos de amistad y cooperación entre su país y la Santa Sede, vínculos que se han ido consolidando desde que se establecieron relaciones diplomáticas hace ya treinta años. Le agradezco los saludos que me ha transmitido de parte de su excelencia, el presidente Roh Tae Wu, a quien expreso mis mejores deseos y renuevo la seguridad de mis oraciones por la paz y la armonía de todo el pueblo coreano.

2. Su excelencia se ha referido a dos cuestiones que sus compatriotas sienten vivamente y que revisten gran importancia para todos los que se interesan por el desarrollo en el campo internacional. Estas cuestiones se refieren a la superación de la división entre el norte y el sur en vuestro propio país y a la creación de condiciones que garanticen una paz estable en esa región del globo. Ambas realidades están relacionadas íntimamente, porque, en un mundo cuya interdependencia aumenta día tras día, lo que sucede en un área o país repercute más allá de sus fronteras. El nordeste de Asia es una zona sensible y, aunque es verdad que recientemente muchas amenazas contra la paz han sido eliminadas o reducidas en gran medida, su futura estabilidad sigue siendo incierta. La comunidad internacional debe fomentar el desarrollo de garantías seguras en las relaciones justas y armoniosas entre los pueblos y los Estados, cuyos fundamentos ya han sido incluidos en muchos acuerdos internacionales, que todos deberían aceptar y cuya aplicación efectiva la opinión pública debería poder controlar.

3. Como observadora atenta de los acontecimientos mundiales, la Santa Sede se siente alentada por la conciencia cada vez más profunda que tienen personas y amplios sectores de la opinión mundial acerca del nexo intrínseco existente entre la paz y el respeto a los derechos humanos. Hace ya casi veinticinco años mi predecesor el Papa Pablo VI escribió: «La paz y el derecho son recíprocamente causa y efecto; la paz favorece el derecho; y, a su vez, el derecho, la paz» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz, 1 de enero de 1969; L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de enero de 1969, p. 3). Donde existe una comprensión clara del valor de todo ser humano, con las correspondientes garantías jurídicas de los derechos humanos y las libertades, la justicia y la lealtad se convierten en criterios de comportamiento humano en todos los ámbitos, incluyendo la política nacional y la internacional. Desde este punto de vista, la paz no significa ausencia de conflictos o equilibrio debido a igualdad de fuerzas opuestas. Por el contrario, se trata de una convergencia de mentalidades, que se refiere principalmente a todo lo que puede y debe hacerse en bien del desarrollo de los pueblos y del progreso verdadero de la civilización. Como indicó el Papa Pablo VI: "La paz debe existir primero en los ánimos, para que exista después en los acontecimientos» (ib.). Por esta razón, quienes aman la paz se alegran de que los contactos entre Corea del Norte y Corea del Sur sean cada vez más frecuentes y se lleven a cabo a un nivel cada vez más elevado. Estoy plenamente de acuerdo con su excelencia cuando afirma que la esperanza de la reunificación se hará realidad a través del amor y la reconciliación. El amor y la reconciliación son, de hecho, cualidades supremas de la mente y del corazón, al tiempo que manifiestan la madurez de un pueblo y su desarrollo cultural.

4. Sé muy bien cuánto anhelan los católicos coreanos construir una sociedad fundada en los cimientos sólidos de la justicia y el respeto a la dignidad humana. Procuran cooperar con personas de diferente creencia religiosa y con todos los hombres de buena voluntad en la gran causa de la construcción de puentes de comprensión, de estima mutua y de iniciativas comunes en el ordenamiento pacífico de la vida de su país y del mundo, de modo que incluso las diferencias más profundas en los puntos de vista y en las convicciones no sean necesariamente un obstáculo para la paz. Como creyentes, saben que la paz es un don divino que hay que implorar; por eso oran incesantemente por la reunificación de su país, como respuesta a las aspiraciones más profundas del corazón coreano.

Señor embajador, la República de Corea ha ido fortaleciendo progresivamente sus estructuras democráticas y de participación, así como sus procesos. Un nuevo paso en ese camino es la próxima inauguración de una nueva administración civil, presidida por el próximo presidente señor Kim Yung Sam. Le ruego que le transmita mis mejores deseos para cuando, dentro de unos pocos días, asuma sus altas responsabilidades al servicio de su país.

En el cumplimiento de sus obligaciones como representante de su país, puede estar seguro de la pronta colaboración por parte de los diversos organismos de la Curia romana. Le deseo una feliz estancia en esta ciudad de antiguas tradiciones religiosas, culturales y artísticas siempre vitales. Imploro la protección divina sobre usted, e invoco abundantes bendiciones sobre el querido pueblo coreano.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n.11 pp.7, 8 (pp.139, 140).



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