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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE CANADÁ ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 6 de noviembre de 1993

 

Señor Embajador:

Con gran placer le doy la bienvenida en este momento en que me presenta las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Canadá ante la Santa Sede.

Aprecio sus amables palabras, que manifiestan una comprensión penetrante de la acción y la misión de la Sede Apostólica.

Le ruego transmita mi agradecimiento al honorable Ramón John Hnatyshyn, Gobernador General de Canadá, por el deferente mensaje que usted me ha traído. Por mi parte, formulo votos fervientes y cordiales por la feliz realización de su misión al servicio de sus compatriotas; extiendo estos votos a los miembros del Gobierno Federal, así como a los dirigentes de las provincias de su gran País.

Señor Embajador, usted ha hecho reflexiones pertinentes sobre diversos aspectos de la vida internacional, recordando con razón el lugar activo que ocupa Canadá en ella. Numerosos son los campos de acción en el mundo en que se hallan sus compatriotas, presentes oficialmente en nombre de las autoridades, o participando en diversas organizaciones generosas de iniciativa privada. En efecto, es necesario unir la buena voluntad de todos para trabajar del modo más eficaz posible en la consolidación de la paz, la defensa de la dignidad humana, el desarrollo o, incluso, la protección del patrimonio natural de la humanidad.

En esos campos, las preocupaciones que ha mencionado se unen naturalmente a las de la Iglesia, para la cual las exigencias de la paz son inseparables de las aspiraciones profundas del hombre en su realización, así como en la sociabilidad y la solidaridad efectiva, más allá de las fronteras de cualquier tipo. Los acontecimientos que se suceden desde hace algunos años, tanto en Europa como en otras partes del mundo, confirman la necesidad de una intensa cooperación de los pueblos y los Estados para la solución de los conflictos, el apoyo a las sociedades más frágiles y la protección de los derechos humanos. La Santa Sede tiene la satisfacción de hallar en Canadá una gran convergencia de puntos de vista sobre las graves preocupaciones a las que sólo aludo aquí brevemente.

Señor Embajador, al acogerlo, quisiera manifestarle mi simpatía hacia toda la Nación Canadiense, a la que usted representa. Vuelven a mi mente los recuerdos de mis visitas a su tierra, como momentos felices de encuentro con asambleas que se caracterizaban por un calor humano y un vigor intelectual y espiritual que no puedo olvidar. Como usted mismo ha recordado, Canadá debe afrontar las dificultades que afectan al conjunto del mundo desarrollado, ciertamente desde un punto de vista económico, pero también en el plano de los recursos más profundos de la vida de las personas. Los hombres y las mujeres de nuestro tiempo tienen que volver a encontrar las verdaderas razones de la vida, la apertura a los demás tan necesaria en la vida social, los valores esenciales que fundamentan la educación, las cualidades de una vida familiar que se abre a todas las generaciones, el recuerdo precioso de las mejores tradiciones culturales y la dimensión espiritual, rasgo fundamental de la persona humana.

Sus esfuerzos por no dejar abandonado a ninguno de sus hermanos y hermanas, su preocupación por dar a cada uno la posibilidad de desarrollarse en su propia cultura y expresarse en su propia lengua —pienso aquí, ante todo, en las disposiciones adoptadas para responder a las expectativas de los ciudadanos autóctonos de su tierra— y su deseo de ensanchar el horizonte de cada uno hacia dimensiones mundiales, todo testimonia la vitalidad de una nación que afronta los desafíos de esta época. Me complace formular votos por la prosperidad de Canadá; estoy seguro de que su pueblo posee todo el dinamismo que necesita para construir su futuro.

Usted sabe que durante este año los obispos canadienses están realizando su visita ad limina; tengo, pues, la ocasión de conversar con ellos acerca de la vida de la Iglesia en su País. Pero, a pesar de ello, deseo durante esta audiencia solemne dirigir un saludo caluroso a los católicos de las diversas regiones de su vasto País. Son los herederos de grandes linajes de fundadores, de pastores, de religiosos, de hombres y mujeres con una audacia y una caridad evangélica impresionantes como testimonian las canonizaciones y las beatificaciones que he celebrado. Me he alegrado al escucharle recordar la más reciente de esas beatificaciones, la de Dina Bélanger, figura casi contemporánea, flor de santidad que surgió en una de las numerosas comunidades religiosas que han contribuido a plasmar la fisonomía de la Iglesia en Canadá.

Desde luego, las diócesis, las parroquias y las diversas instituciones en las que vive y actúa la Iglesia en su País están afrontando las consecuencias de los notables cambios que se han producido en la sociedad durante estos últimos decenios. Confío en que, aceptando valientemente las exigencias espirituales y morales del Evangelio, sus esfuerzos por renovar el entramado eclesial se vean recompensados. Sé que desean contribuir con generosidad a la vida de toda la nación mediante su acción leal de ciudadanos, así como mediante sus aportaciones específicas. Es hermoso que, considerando la posibilidad de dar una educación cristiana a sus hijos, puedan ofrecer a las generaciones jóvenes lo mejor de su sentido del hombre. Aprecio su presencia dinámica en el mundo de la cultura. Se preocupan especialmente por la calidad de la vida familiar y, participando en todos los ámbitos de la vida social, por testimoniar una fraternidad muy sensible ante los más necesitados. Con este espíritu, los católicos tienen la convicción de servir a su país del mejor modo posible.

Excelencia, al terminar esta audiencia, le doy nuevamente mi cordial bienvenida. Le aseguro que puede contar con la disponibilidad y el apoyo de mis colaboradores para cumplir las obligaciones de su misión.

Ruego a Dios que le conceda la abundancia de sus dones a usted, a su familia y a los miembros de su Embajada, así como a todo el pueblo canadiense y a sus autoridades.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.47 pp.6, 9 (pp.642, 645).



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