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ENCÍCLICA

PRINCEPS PASTORUM

DE SU SANTIDAD

JUAN XXIII

SOBRE EL APOSTOLADO MISIONERO

 

INTRODUCCIÓN

La preocupación misionera del Papa

1. El Príncipe de los Pastores (1Pe 5, 4) nos confió los «corderos» y las «ovejas», esto es, toda la grey de Dios (cf. Jn 21, 15-57) doquier que more en el mundo, para apacentarla y regirla, y, por ello, Nos respondimos a su dulce llamamiento de amor, tan conscientes de nuestra humildad como confiados en su potentísimo auxilio; y desde aquel mismo momento siempre tuvimos ante nuestro pensamiento la grandeza, hermosura y gravedad de las Misiones católicas [1]; por lo cual nunca dejamos de consagrarles nuestra máxima preocupación y cuidado. Al cumplirse el primer aniversario de nuestra coronación, en la homilía, señalamos como uno de los más gozosos acontecimientos de nuestro Pontificado el día aquél, cuando, el 11 de octubre, se reunieron en la sacrosanta Basílica Vaticana más de cuatrocientos misioneros, para recibir de nuestras manos el Crucifijo antes de dirigirse a las más lejanas tierras a fin de iluminarlas con la luz de la fe cristiana.

Y ciertamente que, en sus arcanos y amables designios, la Providencia divina ya desde los primeros tiempos de nuestro ministerio sacerdotal lo quiso enderezar al campo misional. Porque, apenas terminada la primera guerra mundial, nuestro predecesor, de venerable memoria, Benedicto XV nos llamó desde nuestra nativa diócesis a Roma, para colaborar en la «Obra de la Propagación de la Fe», a la que de buen grado consagramos cuatro muy felices años de nuestra vida sacerdotal. Todavía recordamos gratamente la memorable Pentecostés del año 1922, cuando tuvimos la alegría de participar aquí, en Roma, en la celebración del tercer centenario de la Fundación de la Sagrada Congregación «de Propaganda Fide», que precisamente tiene cual propio cometido el de hacer que la verdad y la gracia del Evangelio brillen hasta los últimos confines de la tierra.

Años aquéllos, en los que también nuestro predecesor, de venerable memoria, Pío XI, nos animó con su ejemplo y con su palabra en el apostolado misional. Y, en vísperas del Cónclave, en el que había de resultar elegido Sumo Pontífice, pudimos escuchar de sus propios labios que «nada mayor podría esperarse de un Vicario de Cristo, quienquiera fuese el elegido, que cuanto en este doble ideal se contiene: irradiación extraordinaria de la doctrina evangélica por todo el mundo; procurar y consolidar entre todos los pueblos una paz verdadera [2].

Cuadragésimo aniversario de «Maximum illud»

2. Llena la mente de estos y otros dulces recuerdos, consciente nuestro ánimo de los grandes deberes que atañen al Supremo Pastor de la grey de Dios, deseamos, venerables hermanos —con ocasión del cuadragésimo aniversario de la memorable carta apostólica Maximum illud (cf. AAS 11 [1919] 440ss.) con la que nuestro predecesor, de piadosa memoria, Benedicto XV, dio nuevo y decisivo impulso a la acción misionera de la Iglesia—, hablaros sobre la necesidad y las esperanzas de la dilatación del Reino de Dios en aquella considerable parte del mundo, donde se desarrolla la preciosa labor de los Misioneros, que trabajan infatigablemente para que surjan nuevas comunidades cristianas exuberantes en saludables frutos.

Materia ésta sobre la que nuestros predecesores, Pío XI y Pío XII, de feliz recordación, han dado normas y exhortaciones muy oportunas por medio de encíclicas [3], que Nos mismo hemos querido «confirmar con nuestra autoridad y con igual caridad» en nuestra primera encíclica [4]. Mas nunca se hará bastante para lograr que se realice plenamente el deseo del Divino Redentor, de que todas las ovejas formen parte de una sola grey bajo la guía de un solo Pastor (cf. Jn 10,16).

Visión misionera de conjunto

3. Cuando convertimos singularmente nuestra atención a los sobrenaturales intereses de la Iglesia en las tierras de Misión, donde todavía no ha llegado la luz del Evangelio, también se nos presentan regiones exuberantes en mieses, y otras en las que el trabajo de la viña del Señor resulta arduo en extremo, mientras no faltan las que conocen la violencia, porque la persecución y regímenes hostiles al nombre de Dios y de Cristo se afanan por ahogar la semilla de la palabra del Señor (cf. Mt 13,19). Doquier nos apremia la urgente necesidad de procurar la salud de las almas en la mejor forma posible; doquier surge la llamada "¡Ayudadnos!" (Hch 16,9) que llega a nuestros oídos. Así, pues, a todas estas innumerables regiones, fecundadas por la sangre y el sudor apostólico de los heroicos heraldos del Evangelio procedentes «de todas las naciones que hay bajo el cielo» (Ibíd., 2,5)), y en las que ya germinan ahora como floración y fruto de gracia apóstoles nativos, deseamos que les llegue nuestra afectuosa palabra, tanto de alabanza y de ánimo como de adoctrinamiento, alimentada por una gran esperanza que no teme ser confundida, porque está cimentada en la promesa infalible del Divino Maestro: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos» (Mt 28,20). «Tened confianza; yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

I. LA JERARQUÍA Y EL CLERO LOCAL

Llamamiento de Benedicto XV

4. Luego de terminar la tremenda guerra mundial primera, que a una gran parte de la humanidad causó tantas muertes, destrucciones y tristezas, la carta apostólica, que ya hemos recordado, de nuestro predecesor Benedicto XV, Maximum illud (cf. AAS 11 [1919] 440ss.), resonó cual desgarradora llamada paterna que quería despertar a todos los católicos para lograr doquier las nuevas y pacíficas conquistas del Reino de Dios; del Reino de Dios —decimos—, único que puede dar y asegurar a todos los hombres, hijos del Padre celestial, una paz duradera y una genuina prosperidad. Y desde entonces, durante cuarenta años de actividad misionera, tan intensos como fecundos, un hecho de la máxima importancia ha coronado los ya felices progresos de las Misiones: el desarrollo de la Jerarquía y del clero local.

Conforme al «fin último» del trabajo misional que es, según Pío XII, «el de constituir establemente la Iglesia entre otros pueblos y confiarla a una Jerarquía propia, escogida de entre los cristianos de allí nacidos»[5], esta Sede Apostólica siempre oportuna y eficazmente ha provisto, y en estos últimos tiempos con expresiva largueza, el establecer o restablecer la Jerarquía eclesiástica en aquellas regiones donde las circunstancias permitían y aconsejaban la constitución de sedes episcopales, confiándolas siempre que era posible a prelados nativos de cada lugar. Por lo demás, nadie ignora cómo éste ha sido siempre el programa de acción de la S. Congregación «de Propaganda Fide». Mas fue precisamente la epístola Maximum illud la que puso bien de manifiesto, como nunca hasta entonces, toda la importancia y urgencia del problema, recordando una vez más, con tiernos y apremiantes acentos, el urgente deber —por parte de los responsables de las Misiones— de procurar vocaciones y la educación de aquel que entonces se llamaba «clero indígena», sin que este calificativo haya significado jamás discriminación o peyoración, que siempre han de excluirse del lenguaje de los Romanos Pontífices y de los documentos eclesiásticos.

Nuevo llamamiento del Papa

5. Llamamiento éste de Benedicto XV, renovado por sus sucesores Pío XI y Pío XII, de venerable memoria, que ya ha tenido sus providenciales y visibles frutos, y por ello os invitamos a dar gracias con Nos al Señor, que ha suscitado en las tierras de Misión una numerosa y selecta pléyade de obispos y de sacerdotes, dilectísimos hermanos e hijos nuestros, abriendo así nuestro corazón a las más dulces esperanzas.

Pues una rápida ojeada aun tan solo a las estadísticas de los territorios confiados a la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, sin contar los actualmente sometidos a la persecución, nos dice que el primer obispo de raza asiática y los primeros vicarios apostólicos de estirpe africana fueron nombrados en el 1939. Y, hasta el 1959, se cuentan ya 68 obispos de estirpe asiática y 25 de estirpe africana. El clero nativo ha pasado de 919 miembros, en el 1918, a 5.553, en 1957, para Asia, y de 90 miembros a 1.811, en el mismo espacio de tiempo, para África. Así es como «el Señor de la mies» (cf. Mt 9,58) ha querido premiar las fatigas y méritos de todos cuantos, con la acción directa y con la múltiple colaboración, se han consagrado al trabajo de las Misiones según las repetidas enseñanzas de la Sede Apostólica. No sin razón, pues, podía afirmar así, con legítima satisfacción, nuestro predecesor Pío XII, de venerable memoria: «Tiempo hubo en que la vida eclesiástica, en cuanto es visible, se desarrollaba preferentemente en los países de la vieja Europa, de donde se difundía, cual río majestuoso, a lo que podría llamarse la periferia del mundo; hoy aparece, por lo contrario, como un intercambio de vida y energía entre todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo en la tierra. No pocas regiones de otros continentes han sobrepasado hace ya mucho tiempo el periodo de la forma misionera de su organización eclesiástica, siendo regidos ya por una propia jerarquía y dando a toda la Iglesia bienes espirituales y materiales, mientras que antes solamente los recibían» [6].

Al Episcopado y al clero de las nuevas iglesias deseamos dirigir nuestra paternal exhortación para que rueguen y obren de suerte que su sacerdocio se torne fecundo, mediante la decisión de hablar siempre que sea posible, en las explicaciones catequísticas y en la predicación, sobre la dignidad, la belleza, la necesidad y los grandes merecimientos del estado sacerdotal, hasta mover a todos cuantos Dios quisiere llamar a tan excelso honor a que correspondan sin vacilación y con gran generosidad a la vocación divina. Y hagan también que las almas a ellos confiadas rueguen por ello, mientras la Iglesia toda, según la exhortación del Divino Redentor, no cesa de suplicar al Cielo por la mismas intenciones, para que el Señor «envíe operarios a su mies» (Lc 10,2), singularmente en estos tiempos, cuando «la mies es mucha y son pocos los operarios» (Ibíd.).

Colaboración entre nativos y misioneros

6. Las Iglesias locales de los territorios de Misión, aun las fundadas y establecidas con su propia Jerarquía, ya sea por la extensión del territorio, ya por el creciente número de los fieles y la ingente multitud de los que esperan la luz del Evangelio, aún continúan teniendo necesidad de la colaboración de los misioneros venidos de otros países.

De ellos, por lo demás, puede muy bien decirse, con las mismas palabras de nuestro predecesor: «En realidad ellos no son extranjeros, puesto que todo sacerdote católico en el cumplimiento de sus propias misiones se encuentra como en su patria, doquier que el reino de Dios florezca o se encuentre en sus principios» [7]. Luego trabajen todos juntos, en la armonía de una fraternal, sincera y delicada caridad, firme reflejo del amor que ellos tienen al Señor y a su Iglesia, en perfecta, gozosa y filial obediencia a los obispos «que el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios» (Hch 20,28), agradeciendo cada uno al otro por la colaboración ofrecida, «cor unum et anima una» (Ibíd., 4,32), para que del modo como ellos se aman brille a los ojos de todos como son verdaderamente discípulos de Aquel que ha dado a los hombres como primero y máximo precepto «nuevo» y suyo, el del mutuo amor (cf. Jn 13,34; 15,12).

II. LA FORMACIÓN DEL CLERO LOCAL

Primacía de la formación espiritual

7. Nuestro recordado predecesor, Benedicto XV, en la Maximum illud insistió en inculcar a los directores de Misión que su más asidua preocupación había de ser dirigida a la «completa y perfecta» (AAS 11 [1919] 445) formación del clero local ya que, «al tener comunes con sus connacionales el origen, la índole, la mentalidad y las aspiraciones, se halla maravillosamente preparado para introducir en sus corazones la Fe, porque conoce mejor que ningún otro las vías de la persuasión» (Ibíd.).

Apenas si es necesario recordar que una perfecta educación sacerdotal ante todo ha de estar dirigida a la adquisición de las virtudes propias del santo estado, ya que éste es el primer deber del sacerdote, «el deber de atender a la propia santificación» [8]. El nuevo clero nativo entrará, pues, en santa competencia con el clero de las más antiguas diócesis, que desde hace ya tanto tiempo ha dado al mundo sacerdotes que, por el heroísmo de sus esplendentes virtudes y la viva elocuencia de sus ejemplos, han merecido ser propuestos como modelos para el clero de toda la Iglesia. Porque principalmente con la santidad es como el clero puede demostrar que es «luz y sal de la tierra» (cf. Mt 5,13-14), esto es, de su propia nación y de todo el mundo; puede convencer de la belleza y poder del Evangelio; puede eficazmente enseñar a los fieles que la perfección de la vida cristiana es una meta a la cual pueden y deben tender con todo esfuerzo y con perseverancia los hijos de Dios, cualquiera sea su origen, su ambiente, su cultura y su civilización. Con paternal corazón ansiamos llegue el día en que el clero local pueda doquier dar sujetos capaces de educar para la santidad a los alumnos mismos del santuario, siendo sus guías espirituales. A los obispos y a los superiores de las Misiones, Nos dirigimos también la invitación de que ya desde ahora no duden escoger, de entre su clero local, sacerdotes que por sus virtudes y prudencia den seguridad de ser, para sus seminaristas connacionales, sus seguros maestros y sus guías en la formación espiritual.

Formación cultural y ambiental

8. Bien sabéis, además, venerables hermanos, cómo la Iglesia siempre ha exigido que sus sacerdotes sean preparados para su ministerio mediante una educación sólida y completa del espíritu y del corazón. Y que de ello sean capaces los jóvenes de toda raza y procedentes de cualquier parte del mundo, ni siquiera vale la pena de recordarlo: los hechos y la experiencia lo han demostrado con toda claridad. Natural es que en la formación del clero local se tenga buena cuenta de los factores ambientales propios de las diversas regiones.

Para todos los candidatos al sacerdocio vale la sapientísima norma, según la cual ellos no han de formarse «en un ambiente demasiado retirado del mundo» [9], porque entonces «cuando vayan en medio del mundo podrán encontrar serias dificultades en las relaciones con el pueblo y con el laicado culto, y puede así ocurrir o que tomen una actitud equivocada o falsa hacia los fieles, o que consideren desfavorablemente la formación recibida» [10]. Habrán ellos de ser sacerdotes espiritualmente perfectos, pero también «gradualmente y con prudencia insertados en la parte del mundo» [11] que les hubiere tocado en suerte, a fin de que la iluminen con la verdad y la santifiquen con la gracia de Cristo.

A tal fin, aun en lo que atañe al régimen mismo del seminario, conviene insistir sobre la manera de vivir local, mas no sin aprovechar todas aquellas facilidades ya técnicas, ya materiales, que hace mucho tiempo son bien y patrimonio de todas las culturas, pues que representan un real progreso para un tenor de vida más elevado y para una más conveniente salvaguarda de las fuerzas físicas.

Educar al sentido de responsabilidad

9. La formación del clero autóctono, decía Nuestro venerado predecesor Benedicto XV, ha de encaminarse a hacerle capaz de tomar regularmente en sus manos, tan pronto sea posible, el gobierno de las iglesias y guiar, con la enseñanza y su ministerio, a los propios connacionales por el camino de la salvación [12]. A tal fin, nos parece muy oportuno que todos cuantos, ya sean misioneros, ya nativos, se cuidan de tal formación, se consagren concienzudamente a desarrollar en sus alumnos el sentido de la responsabilidad y el espíritu de iniciativa [13], de suerte que éstos se hallen en grado de tomar muy pronto y progresivamente todas las cargas, aun las más importantes, inherentes a su ministerio, en perfecta concordia con el clero misionero, pero también con igual autoridad. Y ésta será, en realidad, la prueba de la eficacia plena de la educación a ellos dada y constituirá la coronación y el premio mayor de todos cuantos a ella hayan contribuido.

Los estudios de Misionología

10. Precisamente, en atención a una formación intelectual que tenga presentes las reales necesidades y la mentalidad de cada pueblo, esta Sede Apostólica siempre ha recomendado los estudios especiales de Misionología, y ello no sólo a los misioneros, sino también al clero nativo.

Así, nuestro predecesor Benedicto XV decretaba la institución de las enseñanzas de las materias misionales en la Universidad Romana «de Propaganda Fide» [14], y Pío XII aprobó con satisfacción la erección del Instituto Misionero Científico en el mismo Ateneo Urbaniano y la institución, tanto en Roma como en otras partes, de facultades y cátedras de Misionología [15]. Para ello, los programas de los seminarios locales en tierras de Misión no dejarán de asegurar cursos de estudio en las varias ramas de Misionología y la enseñanza de los diversos conocimientos y técnicas especialmente útiles para el ministerio futuro del clero de aquellas regiones. Por lo tanto, se organizará una enseñanza tal que, dentro del espíritu de la más genuina y sólida tradición eclesiástica, sepa formar cuidadosamente el juicio de los sacerdotes sobre los valores culturales locales, especialmente los filosóficos y los religiosos, en sus relaciones con la enseñanza y la religión cristiana. «La Iglesia Católica —ha escrito nuestro inmortal predecesor Pío XII— ni desprecia ni rechaza completamente el pensamiento pagano, sino que más bien, luego de haberlo purificado de toda escoria de error, lo completa y lo perfecciona con cristiana prudencia. Ello, en igual forma que ha acogido el progreso en el campo de las ciencias y de las artes..., y en igual forma consagró las particulares costumbres y las antiguas tradiciones de los pueblos; aun las mismas fiestas paganas, transformadas, sirvieron para celebrar las memorias de los mártires y los divinos misterios» [16]. Y Nos mismo ya hemos tenido ocasión de manifestar sobre esta materia nuestro pensamiento: «Doquier haya auténticos valores del arte y del pensamiento, que pueden enriquecer a la familia humana, la Iglesia está pronta a favorecer ese trabajo del espíritu. Y ella misma [la Iglesia] no se identifica con ninguna cultura, ni siquiera con la cultura occidental, aun hallándose tan ligada a ésta su historia. Porque su misión propia es de otro orden: el de la salvación religiosa del hombre. Pero la Iglesia, llena de una juventud sin cesar renovada al soplo del Espíritu, permanece dispuesta a reconocer siempre, a acoger y aun a sumar todo lo que sea honor de la inteligencia y del corazón humano en cualesquiera tierras del mundo, distintas de las mediterráneas que fueron la cuna providencial del cristianismo» [17].

Apóstoles en el campo cultural

11. Los sacerdotes nativos bien preparados y adiestrados en este campo tan importante y difícil, en el que pueden contribuir tan eficazmente, podrán dar vida, bajo la dirección de sus obispos, a movimientos de penetración aun entre las clases cultas, singularmente en las naciones de antigua y profunda cultura, a ejemplo de los famosos misioneros entre los que basta citar, por todos, al P. Mateo Ricci. También el clero nativo es el que ha de «reducir toda inteligencia en homenaje a Cristo» (cf. Cor 10,5), como decía aquel incomparable misionero que fue San Pablo, y así «atraerse en su patria la estimación aun de las personalidades y de los doctos» [18]. A juicio suyo, los obispos procuren oportunamente constituir, para las necesidades de una o más regiones, centros de cultura donde los sacerdotes —los misioneros y los nativos— tengan ocasión de hacer que fructifique su preparación intelectual y su experiencia en beneficio de la sociedad en la que viven por elección o por nacimiento. Y a este propósito necesario es también recordar lo que sugería nuestro inmediato predecesor Pío XII, que es deber de los fieles el «multiplicar y difundir la prensa católica en todas sus formas» [19], así como preocuparse «por las técnicas modernas de difusión y de cultura, pues conocida es la importancia de una opinión pública formada e iluminada» [20]. Y aunque no todo se podrá intentar doquier, necesario es aprovechar toda ocasión buena de proveer a estas reales y urgentes necesidades, aunque a veces «quien siembra no sea el mismo que haya de recoger» (Jn 4,37).

Obras sociales y asistenciales

12. La difusión de la verdad y de la caridad de Cristo es la verdadera misión de la Iglesia, que tiene el deber de ofrecer a los pueblos «en la medida más grande posible, las sustanciales riquezas de su doctrina y de su vida, mantenedoras de un orden social cristiano»[21]. Ella, por ende, en los territorios de Misión, provee con toda largueza posible aun a las iniciativas de carácter social y asistencial que son de suma conveniencia a las comunidades cristianas y a los pueblos entre los que ellas viven. Mas cuídese bien de no agobiar el apostolado misionero con un conjunto de instituciones de orden puramente profano. Bastará con aquellos servicios indispensables de fácil mantenimiento y de utilidad práctica, cuyo funcionamiento pueda lo antes posible ser puesto en manos del personal local, y que se dispongan las cosas de tal suerte que al personal propiamente misionero se le ofrezca la posibilidad de dedicar las mejores energías al ministerio de la enseñanza de la santificación y de la salvación.

Caridad universal

13. Si es verdad que, para un apostolado lo más ampliamente fructuoso, es de primaria importancia que el sacerdote nativo conozca y sepa con sano criterio y justa prudencia estimar los valores locales, aún será mayor verdad que para él vale lo que nuestro inmediato predecesor decía a todos los fieles: «Las perspectivas universales de la Iglesia serán las perspectivas normales de su vida cristiana» [22]. Para ello el clero local, no sólo habrá de estar informado de los intereses y vicisitudes de la Iglesia universal, sino que habrá de estar educado en un íntimo y universal espíritu de caridad. San Juan Crisóstomo decía de las celebraciones litúrgicas cristianas: «Al acercarnos al altar, primero oramos por el mundo entero y por los intereses colectivos» [23]; y gráficamente afirmaba San Agustín: «Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo están por todo el mundo» [24].

Y precisamente para salvaguardar en toda su pureza este espíritu católico que debe animar la obra de los misioneros, nuestro predecesor Benedicto XV no dudó en denunciar con las más severas expresiones un peligro que podía hacer perder de vista los altísimos fines del apostolado misionero y así comprometer su eficacia: «Cosa bien triste sería —así escribía él en la epístola Maximum illud— que algún misionero de tal modo descuidara su dignidad que pensara más en su patria terrena que en la celestial, y se preocupara con exceso por dilatar su poderío y extender su gloria. Tal modo de obrar constituiría un daño funestísimo para el apostolado, y en el misionero apagaría todo impulso de caridad hacia las almas y disminuiría su propio prestigio a los ojos aun de su propio pueblo» [25].

Peligro, que podría hoy repetirse bajo otras formas, por el hecho de que en muchos territorios de Misión se va generalizando la aspiración de los pueblos al autogobierno y a la independencia, y cuando la conquista de las libertades civiles puede, por desgracia, ir acompañada de excesos no muy acordes con los auténticos y profundos intereses espirituales de la humanidad.

Nos mismo confiamos plenamente que el clero nativo, movido por sentimientos y propósitos superiores que se conformen a las exigencias universalistas de la religión cristiana, contribuirá también al bienestar real de la propia nación.

«La Iglesia de Dios es católica y no es extranjera en ningún pueblo o nación» [26], decía nuestro mismo predecesor, y ninguna Iglesia local podrá expresar su vital unión con la Iglesia universal, si su Clero y su pueblo se dejaran sugestionar por el espíritu particularista, por sentimientos de malevolencia hacia otros pueblos, por un malentendido nacionalismo que destruyese la realidad de aquella caridad universal que es el fundamento de la Iglesia de Dios, la única y verdadera «católica».

III. EL LAICADO EN LAS MISIONES

Laicos nativos

14. Insistiendo en la necesidad de preparar con el mayor celo el surgir del clero autóctono y de formarlo con la máxima diligencia, nuestro venerado predecesor Benedicto XV no quería, ciertamente, excluir la importancia, también ella muy fundamental, de un laicado nativo a la altura de su propia vocación cristiana y consagrado al apostolado. Que es lo que hizo expresamente, realzándolo por completo, nuestro inmediato predecesor, de venerable memoria, Pío XII [27], al volver muchas veces sobre este tema que, hoy más que nunca, se impone a la consideración y requiere ser resuelto doquier en la mayor amplitud posible.

El mismo Pío XII —y de ello le resulta singular mérito y loa— con abundante doctrina y con renovadas exhortaciones [28] ha avisado y animado a los laicos a tomar solícitos su puesto activo en el campo del apostolado colaborando con la Jerarquía eclesiástica: pues, en verdad, ya desde los principios de la historia cristiana y en todas las épocas sucesivas, esta colaboración de los fieles ha logrado que los obispos y el clero pudieran eficazmente desarrollar su labor entre los pueblos así en el campo propiamente religioso como en el de la vida social. Y ello puede y debe cumplirse también en nuestros tiempos, que presentan aún mayores necesidades, proporcionadas a una humanidad numéricamente más vasta y con exigencias espirituales multiplicadas y complejas. Por lo demás, doquier que sea fundada la Iglesia, allí debe estar ella siempre presente y activa con toda su estructura orgánica, y, por lo tanto, no sólo con la Jerarquía en sus varios grados, sino también con el laicado; pues por medio del clero y de los seglares es como ella necesariamente tiene que desarrollar su obra de salvación.

Número y selección

15. En las nuevas cristiandades se trata, no tanto de procurar con las conversiones y bautismos un gran número de ciudadanos para el reino de Dios, cuanto de hacerlos también aptos, con la conveniente educación y formación cristiana, para asumir cada uno, según su propia condición y sus posibilidades propias, su responsabilidad en la vida y en el porvenir de la Iglesia. De poco serviría el número de los cristianos, si les faltase la calidad; si faltara la firmeza de los fieles mismos en la profesión cristiana y si les faltase profundidad en su propia vida espiritual; si, después de haber nacido a la vida de la fe y de la gracia, no fueran ayudados a progresar en la juventud y en la madurez del espíritu que da impulso y prontitud para el bien. Porque la profesión de la fe cristiana no puede reducirse a un dato estadístico, sino que ha de revestir y modificar al hombre en su profundidad (cf. Ef 4,24), dando significado y valor a todas sus acciones.

Pero a dicha madurez no podrán llegar los seglares si tanto el clero misionero como el nativo no se propusieren el programa sugerido ya en sus líneas esenciales por el primer Papa. «Sois una raza escogida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo salvado, para que anunciéis las alabanzas de Aquél que desde las tinieblas os ha llamado a su admirable luz» (1Pe 2,9).

Una instrucción y educación cristiana que se diera por satisfecha con haber enseñado y haber hecho aprender las fórmulas del catecismo y los preceptos fundamentales de la moral cristiana con una sumaria casuística, sin traducirse en la conducta práctica, correría el riesgo de procurar a la Iglesia de Dios una grey, por decirlo así, pasiva. La grey de Cristo, por lo contrario, está formada por ovejitas que no sólo escuchan a su Pastor, sino que están en grado de reconocerlo y de reconocer su voz (cf. Jn 10,4.14), de seguirle fielmente y con plena conciencia por los pastos de la vida eterna (cf. ibíd., 10,9.10) a fin de merecer un día del Príncipe de los Pastores «la corona inmarcesible de la gloria» (1Pe 5,4); ovejuelas que, conociendo y siguiendo al Pastor que por ellas ha dado su vida (cf. Jn 10,11), estén prontas a dedicarle su vida y a cumplir su voluntad de conducir también a hacer parte del único redil, a otras ovejas que no le siguen, sino que vagan, separadas de El, «camino, verdad y vida» (Ibíd., 14,6).

El celo apostólico pertenece esencialmente a la profesión de la fe cristiana: en verdad que «cada uno está obligado a difundir su fe entre los demás, ya para instruir y confirmar a los otros fieles, ya también para rechazar los ataques de los infieles» [29], especialmente en tiempos, como los nuestros, en los que el apostolado es un deber urgente a causa de las difíciles circunstancias que envuelven a la humanidad y a la Iglesia.

Para que sea posible una completa e intensa educación cristiana se requiere que los educadores sean capaces de encontrar las maneras y los medios más apropiados para penetrar en las varias psicologías, facilitando así en los nuevos cristianos la asimilación profunda de la verdad con todas sus exigencias. Y es que nuestro Salvador ha impuesto a cada uno de nosotros la realización de este supremo mandamiento: «Amarás a tu Señor Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia« (Mt 22,37). Ante los ojos de los fieles debe, pues, brillar muy pronto con todo su esplendor la sublimidad de la vocación cristiana, de suerte que pronta y eficazmente se encienda en su corazón el deseo y el propósito de una vida virtuosa y activa, modelada en la misma vida del Señor Jesús, que, habiendo asumido la humana naturaleza, nos ha mandado seguir sus ejemplos (cf. 1Pe 2,21; Mt 11,29; Jn 13,15).

Deber de todo cristiano

16. Todo cristiano tiene que estar convencido de su deber primero y fundamental, el ser testigo de la verdad en que cree y de la gracia que le ha transformado. «Cristo —decía un gran Padre de la Iglesia— nos ha dejado en la tierra para que seamos faros que iluminen, doctores que enseñen; para que cumplamos nuestro deber de levadura; para que nos comportemos como ángeles, como anunciadores entre los hombres; para que seamos adultos entre los menores, hombres espirituales entre los carnales, a fin de ganarlos; que seamos simiente y demos numerosos frutos. Ni siquiera sería necesario exponer la doctrina, si nuestra vida fuese tan irradiante; ni sería necesario recurrir a las palabras, si nuestras obras dieran tal testimonio. Ya no habría ningún pagano, si nos comportáramos como verdaderos cristianos» [30].

Fácil es de comprender que tal es el deber de todos los cristianos de todo el mundo.

Y fácil es de entender cómo en los países de Misión podría dar frutos especiales y singularmente preciosos para la dilatación del reino de Dios aun junto a quienes no conocen la belleza de nuestra fe y la sobrenatural potencia de la gracia, según ya exhortaba Jesús: «Que vuestras obras brillen de tal suerte ante los hombres, que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16), y San Pedro amonestaba amorosamente a los fieles: «Amados, os exhorto a que os abstengáis de los deseos carnales, que hacen guerra al alma, y a que en medio de los gentiles tengáis una buena conducta, de suerte que, aunque os calumnien como a malhechores, la vista de vuestras buenas obras les conduzca a glorificar a Dios, en el día de su visitación» (1Pe 2,12).

Comunidad eclesial misionera

17. Mas el testimonio de cada uno debe ser confirmado y ampliado por el de toda la comunidad cristiana, como sucedía en la floreciente primavera de la Iglesia, cuando la compacta y perseverante unión de todos los fieles «en la enseñanza de los apóstoles y en la común fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42) y en el ejercicio de la más generosa caridad era motivo de profunda satisfacción y de mutua edificación; y ellos «alababan a Dios, y eran bien vistos de todo el pueblo. Y luego el Señor aumentaba cada día los que venían a salvarse» (Ibíd., 2,47).

La unión en la plegaria y en la participación activa de los divinos misterios en la liturgia de la Iglesia, contribuye en forma particularmente eficaz a la plenitud y riqueza de la vida cristiana en los individuos y en la comunidad, siendo medio admirable para educar en aquella caridad que es signo distintivo del cristiano; caridad, que rechaza toda discriminación social lingüística y racista, y que abre los brazos y el corazón a todos, hermanos y enemigos. Sobre esto Nos place hacer Nuestras las palabras de Nuestro predecesor San Clemente Romano:

«Cuando [los gentiles] nos oyen que Dios dice: "No es mérito vuestro si amáis a los que os aman, pero es mérito si amáis a los enemigos y a los que os odian" (cf Lc 6,32-35), al oír estas palabras ellos admiran el altísimo grado de caridad. Pero cuando ven que no sólo no amamos a los que nos odian, sino que ni siquiera a los que nos aman, se ríen de nosotros y el nombre [de Dios] es blasfemado» [31].

El mayor de los misioneros, San Pablo apóstol, al escribir a los Romanos, en el momento en que se disponía a evangelizar el Extremo Occidente, exhortaba «a la caridad sin ficción» (Rom 12,9ss), luego de haber elevado un himno sublime a esta virtud «sin la cual ser cristiano es nada» (1Cor 13,2).

Ayudas materiales

18. La caridad se hace visible, además, en el socorro material, como afirma Nuestro inm. predecesor Pío XII:

«El cuerpo necesita también multitud de miembros, que de tal modo estén trabados entre sí que mutuamente se auxilien. Y así como en este nuestro organismo mortal, cuando un miembro sufre, todos los otros sufren también con él, y los sanos prestan socorro a los enfermos, así también en la Iglesia los diversos miembros no viven únicamente para sí mismos, sino que ayudan también a los demás, y se ayudan unos a otros, ya para mutuo alivio, ya también para edificación cada vez mayor de todo el Cuerpo místico» [32].

Mas, por cuanto las necesidades materiales de los fieles alcanzan también a la vida e instituciones de la Iglesia, bueno es que los fieles nativos se habitúen a sostener espontáneamente, según fuere su posibilidad, sus iglesias, sus instituciones y su clero que plenamente está dedicado a ellos. Ni importa si esta contribución puede no ser notable; lo importante es que sea testimonio sensible de una viva conciencia cristiana.

IV. NORMAS PARA EL APOSTOLADO LAICO EN LAS MISIONES

Formación desde la primera juventud

19. Los fieles cristianos, pues que son miembros de un organismo vivo, no pueden mantenerse cerrados en sí mismos, creyendo les baste con haber pensado y proveído en sus propias necesidades espirituales, para cumplir todo su deber. Cada uno, por lo contrario, contribuya de su propia parte al incremento y a la difusión del reino de Dios sobre la tierra. Nuestro predecesor Pío XII ha recordado a todos este su deber universal:

«La catolicidad es una nota esencial de la verdadera Iglesia: hasta el punto que un cristiano no es verdaderamente devoto y afecto a la Iglesia si no se siente igualmente apegado y devoto de su universalidad, deseando que eche raíces y florezca en todos los lugares de la tierra» [33].

Todos deben entrar en porfía de santa emulación y dar asiduos testimonios de celo por el bien espiritual del prójimo, por la defensa de la propia fe, para darla a conocer a quien la ignora del todo o a quien no la conoce bien y, por ello, malamente la juzga. Ya desde la niñez y la adolescencia, en todas las comunidades cristianas, aun en las más jóvenes, se necesita que clero, familias y las varias organizaciones locales de apostolado inculquen este santo deber. Y se dan ciertas ocasiones singularmente felices, en las que tal educación para el apostolado puede encontrar el puesto más adaptado y su más conveniente expresión. Tal es, por ejemplo, la preparación de los jovencitos o de los recién bautizados al sacramento de la confirmación, «con el cual se da a los creyentes nueva fortaleza, para que valientemente amparen y defiendan a la Madre Iglesia y la fe recibida de ella» [34]; preparación, decimos, sumamente oportuna, y de modo especial donde existan, entre las costumbres locales, determinadas ceremonias de iniciación para preparar a los jóvenes a entrar oficialmente en su propio grupo social.

Los catequistas

20. Ni podemos menos de realzar, justamente, la obra de los catequistas, que en la larga historia de las Misiones católicas han demostrado ser unos auxiliares insustituibles. Siempre han sido el brazo derecho de los obreros del Señor, participando en sus fatigas y aliviándolas hasta tal punto que nuestros predecesores podían considerar su reclutamiento y su muy bien cuidada preparación entre los «puntos más importantes para la difusión del Evangelio» [35] y definirlos «el caso más típico del apostolado seglar»[36]. Les renovamos los más amplios elogios; y les exhortamos a meditar cada vez más en la espiritual felicidad de su condición y a no perdonar nunca esfuerzo alguno para enriquecer y profundizar, bajo la guía de la Jerarquía, su instrucción y formación moral. De ellos han de aprender los catecúmenos no sólo los rudimentos de la fe, sino también la práctica de la virtud, el amor grande y sincero a Cristo y a su Iglesia. Todo cuidado que se dedicare al aumento del número de estos valiosísimos cooperadores de la Jerarquía y a su adecuada formación, así como todo sacrificio de los mismos catequistas para cumplir en la forma mejor y más perfecta su deber, será una contribución de inmediata eficacia para la fundación y el progreso de las nuevas comunidades cristianas.

Apostolado seglar

21. En nuestra primera encíclica ya hemos recordado los graves motivos por los que se impone hoy, en todos los países del mundo, el reclutar a los seglares «para el ejército pacífico de la Acción Católica, para ayudar en las obras de apostolado a la Jerarquía eclesiástica» [37]. También hemos manifestado nuestra complacencia al considerar «las muchas obras realizadas ya, aun en los países de misión, por estos preciosos colaboradores de los obispos y de los sacerdotes» [38]; y ahora queremos renovar con toda la vehemencia de la caridad que nos apremia (cf 2Cor 5,14), el aviso y llamamiento de nuestro predecesor Pío XII «sobre la necesidad de que los seglares todos, en las Misiones, afluyendo numerosísimos a las filas de la Acción Católica, colaboren activamente con la Jerarquía eclesiástica en el apostolado» [39].

Los obispos de las tierras de Misión, el clero secular y el regular, los fieles más generosos y preparados, han llevado a cabo los más nobles esfuerzos para traducir en hechos esta voluntad del Sumo Pontífice; y puede decirse que ya existe doquier una floración de iniciativas y de obras. Mas nunca se insistirá bastante sobre la necesidad de adaptar convenientemente esta forma de apostolado a las condiciones y exigencias locales. No basta transferir a un país lo ya hecho en otro; sino que, bajo la guía de la Jerarquía y con un espíritu de la más alegre obediencia a los sagrados Pastores, precisa obrar de tal suerte que la organización no se convierta en sobrecarga que cohíba o malbarate preciosas energías, con movimientos fragmentarios y de excesiva especialización, que, si son necesarios en otras partes, podrían resultar menos útiles en ambientes, donde las circunstancias y las necesidades son totalmente diversas.

Prometimos, en nuestra primera encíclica, volver a tratar con mayor amplitud este tema de la Acción Católica, y a su tiempo también los países de Misión podrán sacar de ello utilidad e impulsos nuevos. Hasta entonces, trabajen todos en plena concordia y con espíritu sobrenatural, convencidos de que tan sólo así podrán gloriarse de poner sus fuerzas al servicio de la causa de Dios, de la espiritual elevación y del mejor progreso de sus pueblos.

Acción católica

22. La Acción Católica es una organización de seglares «con propias y responsables funciones ejecutivas» [40]; por lo tanto, los seglares componen sus cuadros directivos. Ello exige la formación de hombres capaces de imprimir a las varias asociaciones el impulso apostólico y asegurarlas en su mejor funcionamiento; hombres y mujeres, por lo tanto, que, para ser dignos de verse confiar por la Jerarquía la dirección primaria o la secundaria de las asociaciones, deben ofrecer las más amplias garantías de una formación cristiana intelectual y moral solidísima, por la cual puedan «comunicar a los demás lo que ya poseen ellos mismos, con el auxilio de la divina gracia» [41].

Bien puede decirse que el lugar apropiado para esta formación de los dirigentes laicos de Acción Católica es la escuela. Y la escuela cristiana justificará su razón de existir en la medida en que sus maestros —sacerdotes y seglares, religiosos y seculares— lograren formar sólidos cristianos.

Nadie ignora la importancia que siempre ha tenido y tendrá la escuela en los países de Misión y cuánta energía ha empleado la Iglesia en la fundación de escuelas de todo orden y grado, y en la defensa de su existencia y de su prosperidad. Pero un programa de formación de dirigentes de Acción Católica, como es obvio, difícilmente puede encuadrarse en los cursos escolares, y así las más de las veces habrá de realizarse necesariamente en iniciativas extraescolares que recojan a los jóvenes de mejores esperanzas para instruirlos y formarlos en el apostolado. Por lo tanto, los Ordinarios procurarán estudiar la forma mejor de dar vida a escuelas de apostolado, cuyos métodos educativos son ya de por sí distintos de los métodos escolásticos propiamente dichos. A veces tocará también el preservar de falsas doctrinas a los niños y jóvenes, obligados a frecuentar escuelas no católicas; en todo caso será necesario contrapesar la educación humanista y técnica, recibida en las escuelas públicas, con una educación espiritual particularmente inteligente e intensa, no sea que la instrucción logre individuos falsamente formados, pero llenos de pretensiones y más bien nocivos que útiles a la Iglesia y a los pueblos. Su formación especial sea proporcionada al grado de desarrollo intelectual, encaminada a prepararlos para vivir católicamente en su ambiente social y profesional y para ocupar oportunamente su puesto en la vida católica organizada. Por ello, siempre que los jóvenes cristianos sean obligados a dejar su comunidad para asistir en otras ciudades a escuelas públicas, será muy oportuno pensar en la organización de «pensionados» y lugares de reunión que les aseguren un ambiente religiosa y moralmente sano, propio y adaptado para enderezar sus capacidades y energías hacia los ideales apostólicos. Al atribuir a las escuelas una misión singular y particularmente eficaz en la formación de los directivos de la Acción Católica, no querríamos ciertamente sustraer a las familias su parte de responsabilidad, ni negar su influjo, que puede ser aún más vigoroso y eficaz que el de la escuela, tanto en alimentar a sus hijos con la llama del apostolado como en el procurarles una formación cristiana cada vez más madura y abierta a la acción. En verdad que la familia es una escuela ideal e insustituible.

En la vida pública y social

23. La «buena batalla» (2Tim 4,7)) por la fe se combate no tan sólo en el secreto de la conciencia o en la intimidad de la casa, sino también en la vida pública en todas sus formas. En todos los países del mundo se plantean hoy problemas de varia naturaleza, cuyas soluciones se intentan apelando, lo más frecuentemente, tan sólo a recursos humanos y obedeciendo a principios no siempre acordes con las exigencias de la fe cristiana. Muchos territorios de Misión, además, atraviesan actualmente «una fase de evolución social, económica y política, que está saturada de consecuencias para su porvenir» [42]. Problemas que en otras naciones ya están resueltos o que en la tradición encuentran elementos de solución, se presentan a otros países con urgencia que no está exenta de peligros, en cuanto podría aconsejar soluciones apresuradas y derivadas, con deplorable ligereza, de doctrinas que no tienen en ninguna cuenta, o directamente les contradicen, los intereses religiosos de los individuos y de los pueblos. Los católicos, por su bien privado y por el bien público de la Iglesia, no pueden ignorar tales problemas, ni esperar les sean dadas soluciones perjudiciales que en lo por venir exigirían esfuerzo mucho más grande de enderezamiento y derivarían en ulteriores obstáculos para la evangelización del mundo.

En el campo de la actividad pública es donde los laicos de los países de Misión tienen su más directa y preponderante acción, y es necesario proveer con gran premura y urgencia para que las comunidades cristianas ofrezcan a sus patrias terrenales, para bien común de ellas, hombres que honren primero las diversas profesiones y actividades, y luego, con su sólida vida cristiana, a la Iglesia que los ha regenerado a la gracia, de suerte que los sagrados Pastores puedan repetirles, como dirigidas también a ellos, la alabanza que leemos en los escritos de San Basilio:

«He dado gracias a Dios Santísimo por el hecho de que, aun estando ocupados en los negocios públicos, no habéis descuidado los de la Iglesia; al contrario, cada uno de vosotros se ha preocupado de ella como si se tratara de un asunto personal, del cual dependa su propia vida» [43].

Concretamente, en el campo de los problemas y de la organización de la escuela, de la asistencia social organizada, del trabajo, de la vida política, la presencia de expertos católicos nativos podrá tener la más feliz y bienhechora influencia si ellos saben —como es deber suyo personal, que no podrían descuidar sin realidad de traición— inspirar sus intenciones y sus actos en los principios cristianos que una muy larga historia demuestra eficaces y decisivos para procurar el bien común.

A este fin, como ya exhortaba nuestro predecesor, de venerable memoria, Pío XII, no será difícil convencerse de la utilidad y de la importancia del auxilio fraternal que las Organizaciones Internacionales Católicas podrán dar al apostolado seglar en lo países de Misión, ya en el terreno científico, con el estudio de la solución cristiana que haya de darse a problemas específicamente sociales de las nuevas naciones, ya en el terreno apostólico, sobre todo, mediante la organización del laicado cristiano activo. Bien sabemos cuánto ya se ha hecho y se va haciendo por parte de laicos misioneros, que han preferido temporal o definitivamente abandonar su patria para contribuir con múltiple actividad al bien social y religioso de los países de Misión, y al Señor rogamos ardientemente que multiplique las pléyades de estos espíritus generosos y los mantenga a través de las dificultades y fatigas que habrán de afrontar con espíritu apostólico. Los Institutos Seculares podrán dar a las necesidades del laicado nativo en tierra de Misión una ayuda incomparablemente fecunda, si con su ejemplo saben suscitar imitadores y poner a sus fuerzas disposición del Ordinario, para así acelerar el proceso de madurez de las nuevas comunidades.

Se dirige nuestro llamamiento a todos aquellos laicos católicos que doquier ocupan lugares destacados en las profesiones y en la vida pública: consideren seriamente la posibilidad de ayudar a sus hermanos recién logrados, aun sin abandonar su propia patria. Su consejo, su experiencia, su asistencia técnica, podrán, sin excesiva fatiga y sin graves incomodidades, aportar una cooperación a veces decisiva. Que no falte a los buenos el espíritu de iniciativa para traducir a la práctica este Nuestro paternal deseo, dándolo a conocer allí donde pueda ser acogido, estimulando las buenas disposiciones y logrando en ellas la mejor utilización.

Jóvenes y estudiantes

24. Nuestro inmediato predecesor exhortó a los obispos para que, con espíritu de fraternal y desinteresada colaboración, proveyesen a la asistencia espiritual de los jóvenes católicos venidos a sus diócesis desde los países de Misión, con el fin de completar estudios o adquirir experiencias que les pongan en grado de asumir funciones directivas en su propio país [44]. A cuán graves peligros intelectuales y morales se hallen expuestos en una sociedad que no es la suya y que con frecuencia, desgraciadamente, no es capaz de sostener su fe y animar su virtud, cada uno de vosotros, venerables hermanos, lo entienda perfectamente y, movido por la conciencia del deber misionero que a todos los sagrados Pastores incumbe, proveerá con la más solícita caridad y en los modos más apropiados. Ni os será difícil seguir a estos estudiantes, confiarlos a sacerdotes y seglares particularmente dotados para este ministerio, asistirles espiritualmente, hacerles sentir y experimentar la fragancia y los recursos de la caridad cristiana que a todos nos hace hermanos, preocupados cada uno del otro. A tantas y tantas ayudas como dais a las Misiones, añádase ésta, que os presenta más inmediatamente un mundo geográficamente alejado, pero espiritualmente vuestro también.

A estos mismos estudiantes, ahora, Nos queremos significarles no sólo todo Nuestro amor, sino también dirigirles un conmovedor y afectuoso ruego: lleven siempre muy alta la frente signada por la sangre de Cristo y por la unción del santo Crisma, aprovechen su estancia en el extranjero no tan sólo para su propia formación personal, sino también para ampliar y perfeccionar su formación religiosa. Podrán encontrarse expuestos a muchos peligros, pero también tienen la buena ocasión de lograr muchas ventajas espirituales de su estancia en las naciones católicas, pues que todo cristiano, cualquiera sea y doquier haya nacido, tiene siempre el deber del buen ejemplo y de la mutua edificación espiritual.

CONCLUSIÓN

25. Luego de haberos hablado, venerables hermanos, sobre las necesidades actuales más características de la Iglesia en las tierras de Misión, no podemos menos de expresar nuestra conmovida gratitud hacia todos cuantos se prodigan por la causa de la propagación de la fe hasta los extremos confines del mundo. A los queridos misioneros del clero secular y regular, a las religiosas tan ejemplarmente generosas y tan excelentes para las varias necesidades de las Misiones, a los laicos misioneros que con tan santo entusiasmo marchan a extender el reinado de la fe, Nos les aseguramos Nuestras muy singulares y cotidianas oraciones y toda cuanta ayuda esté en Nuestro poder. El éxito de su obra, visible hasta en la solidez espiritual de las nuevas comunidades cristianas, es señal de la gratitud y de la bendición de Dios, y al mismo tiempo atestigua el acierto y la prudencia con que la Sagrada Congregación «de Propaganda Fide» y la Sagrada Congregación de la Iglesia Oriental cumplen las difíciles tareas a ellas encomendadas.

A todos los obispos, al clero y a los fieles de las diócesis del mundo entero, que con oraciones y ofertas contribuyen a las necesidades espirituales y materiales de las Misiones, les exhortamos a que intensifiquen más aún esta necesaria colaboración. No obstante la escasez de clero que tanto preocupa a los Pastores aun de las más pequeñas diócesis, que nunca se tenga la menor duda en animar las vocaciones misioneras y en privarse de excelentes sujetos laicos para ponerlos a disposición de las nuevas diócesis. No tardarán en recoger de tal sacrificio los frutos sobrenaturales. Que la santa porfía de generosidad en que actualmente se hallan empeñados los fieles del mundo entero con las manifestaciones de celo y de tangible caridad en beneficio de las Obras que, dependiendo de la Sagrada Congregación «de Propaganda Fide», encaminan los socorros, procedentes de todas partes, hacia los destinos más útiles y apremiantes, aumente tanto cuanto sin cesar crecen las necesidades. La caridad solícita y práctica de los hermanos animará a los fieles de las jóvenes comunidades y les hará sentir el calor de un afecto sobrenatural que la gracia alimenta en el corazón.

Muchas diócesis y comunidades cristianas de las tierras de Misión soportan sufrimientos y persecuciones hasta sangrientas: a los sagrados Pastores que dan a sus hijos espirituales el ejemplo de una fe que no se deja doblegar y de una lealtad que jamás falla ni aun a precio del sacrificio de la vida; a los fieles tan duramente probados, mas tan amados por el Corazón de Jesucristo que ha prometido la felicidad y una copiosa merced a quienes sufrieren persecuciones por causa de la justicia (cf. Mt 5,10-12), dirigimos Nuestra exhortación para que perseveren en su santa batalla: el Señor, siempre misericordioso en sus inescrutables designios, no dejará que les falte el socorro de las más preciosas gracias y de la íntima consolación. Con los perseguidos se halla en comunión de oraciones y de sufrimientos toda la Iglesia de Dios, segura de lograr la esperada victoria.

Invocando con toda el alma sobre las Misiones Católicas la válida asistencia de sus Santos Patronos y Mártires, y muy especialmente la intercesión de María Santísima, amorosa Madre de todos nosotros y Reina de las Misiones, a cada uno de vosotros, venerables hermanos, y a todos cuantos de algún modo colaboran en la propagación del Reino de Dios, con el mayor afecto impartimos la Bendición Apostólica, que sea prenda y fuente de las gracias del Padre Celestial que se reveló en su Hijo Salvador del mundo, y que en todos encienda y multiplique el celo misionero.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 28 de noviembre de 1959, año segundo de nuestro Pontificado.

 


Notas

[1] Cf. Homilia in die Coronationis habita: AAS 50 (1958) 886.

[2] Cf. La propagazione della fede. Scritti di A. G. Roncalli, Roma, 1958, 103 ss. 

[3] Cf. Pío XI, Enc. Rerum Ecclesiae: AAS 18 (1926) 65ss.; Pío XII, Enc. Evangelii praecones: AAS 43 (1951) 497ss.; Fidei donum: AAS 49 (1957) 225ss.

[4] Enc. Ad Petri Cathedram: cf. AAS 51 (1959) 497ss.

[5] Enc. Evangelii praecones: AAS 43 (1951) 507.

[6] Cf. Nuntius radioph. Pii XII die Natali D. N. I. C. habitus: AAS. 38 (1946) 20.

[7]. Epist. Pii XII ad Emmum. Card. Adeodatum Piazza: AAS 47 (1955) 542.

[8] Pío XII, Exhort. apost. Menti Nostrae: AAS 42 (1950) 677. 

[9] Pío XII, Exhort. apost. Menti Nostrae: AAS 42 (1950) 686.

[10]  Ibíd.

[11] Ibíd. 687.

[12] Cf. Carta apost. Maximum illud: AAS 11 (1919) 445.

[13] Cf. Pío XII, Exhort. apost. Menti Nostrae: AAS 42 (1950) 686.

[14] Cf. Carta apost. Maximum illud: AAS. 11 (1919) 448.

[15] Enc. Evangelii praecones: AAS 43 (1951) 500.

[16] Ibíd., 522.

[17] Cf. Discorso ai participanti al II Congresso mondiale degli scrittori e artisti neri: L'Os. Rom. (3-IV-1959), 1. (Allocutio...: AAS 51 (1959) 260.

[18] Pío XI, Enc. Rerum Ecclesiae: AAS 18 (1926) 77.

[19] Enc. Fidei donum: AAS 49 (1957) 233.

[20] Ibíd.

[21] Enc. Fidei donum: AAS 49 (1957) 231.

[22] Ibíd., 238.

[23] Hom. 2 in 2 Cor: PG 61, 398.

[24] In ep. Ioan. ad Parthos 10, 5: PL 35, 2060.

[25]  Cf. Carta apost. Maximum illud: AAS 11 (1919) 446.

[26] Ibíd. 445.

[27] Enc. Evangelii praecones: AAS 43 (1951) 510ss.

[28] Cf. Pío XII, Enc. Mystici Corporis: AAS 35 (1943) 200-201; Pío XI, Enc. Rerum Ecclesiae: AAS 18 (1926) 78.

[29] Santo Tomás, Sum. Theol. 2. 2ae., 3, 2, ad 2.

[30]  San Juan Crisóstomo, Hom. 10 in 1 Tim: PG 62, 551.

[31] F. X. Funk, Patres Apostolici 1, 201.

[32] Enc. Mystici Corporis: AAS 35 (1943) 200.

[33]  Enc. Fidei donum: AAS 49 (1957) 237.

[34] Pío XII Enc. Mystici Corporis: AAS 35 (1943) 201.

[35] Cf. Pío XI, Enc. Rerum Ecclesiae: AAS 18 (1926) 78.

[36] Cf. Sermonem a Pio XII anno 1957 habito ad eos, qui alteri interfuerunt Conventui catholicorum ex universo orbe pro laicorum Apostolatu: AAS 49 (1957) 937.

[37] Cf. Enc. Ad Petri Cathedram: AAS 51 (1959) 523.

[38] Ibíd., 523.

[39] Enc. Evangelii praecones: AAS 43 (1951) 513.

[40] Cf. Ep. Pii XII de Actione Catholica, die 11 oct. 1946 data: AAS 38 (1946) 422; Disc. e Rad. 8, 468.

[41] Enc. Ad Petri Cathedram: AAS 51 (1959) 524.

[42] Pío XII, Enc. Fidei donum: AAS 49 (1957) 229.

[43] Ep. 288: PG 32, 855.

[44] Cf. Enc. Fidei donum: AAS 49 (1957) 245. 

 

 



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