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CANONIZACIÓN DEL BEATO GREGORIO BARBARIGO


HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII*

Solemnidad del la Ascensión
Basílica Lateranense
Jueves 26 de mayo de 1960

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

El rito solemne que estamos celebrando cuadra el ornato de algunas palabras apropiadas al extraordinario acontecimiento.

Os las dirigimos con la acostumbrada sencillez de acentos que esperamos no os resulte desagradable.

Estas palabras quieren ser un toque de buena, alentadora y edificante doctrina.

Ante todo, sobre el misterio de la Ascensión, del que San Lucas nos ofrece en su libro "Actus apostolorum" los trazos vivos y sublimes; en segundo lugar sobre las falanges de los santos que ascendieron con Cristo a través de los siglos y están asociados con él en la participación de la gloria celestial; tercero, sobre la festividad de hoy particularmente alegre junto al trono de Dios al festejar la introducción de San Gregorio Barbarigo en las más altas esferas de la gloria con que la Iglesia quiere circundar después de esta vida a sus hijos insignes para ejemplo y protección del pueblo cristiano.

I. EL GRAN MISTERIO DE LA ASCENSIÓN

Contemplemos, pues, ante todo, el gran misterio de la Ascensión de Nuestro Señor.

Es bello, es delicioso para nuestro espíritu que la más solemne celebración de este misterio pertenezca, por especial privilegio, a esta Basílica Constantiniana, Catedral de Roma. Su Pontífice entre los más insignes, San Gregorio, la llamaba la Basílica de Oro, Áurea Basílica, dedicada al Santísimo Salvador y ya desde tiempos antiguos fue proclamada «madre y cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo —urbis et orbis omnium ecclesiarum mater et caput».

Sí, el rito se adecua al templo. Y el templo latera-se flamea con la gloria y el triunfo final de Jesús: via, veritas et vita: mundi Salvator in aeternum.

De la historia de la obra redentora de Jesús, la Resurrección es ciertamente el acontecimiento más sagrado; la festividad más alta y gloriosa es la Pascua. Pero es muy natural que, sellada la victoria de la vida sobre la muerte, cumplida la redención, el Verbo Divino, hecho Hombre, tornase triunfante al Padre para mostrarle en su cuerpo glorificado las señales de su triunfo y para dar comienzo a la nueva historia de las relaciones pacíficas nuevas entre cielo y tierra con el perdón de Dios después de la expiación de la cruz y de la sangre.

La antífona que se nos presenta en la salmodia de hoy está inspirada por el profeta David: A summo caelo egressio eius, et occursus eius usque ad summum eius. Desde la cima divina del cielo Él descendió sobre el mundo para redimirlo y para salvarlo; consumada la obra de misericordia y de piedad, Jesús asciende de nuevo al seno del Padre de donde había salido (Sal 18,7).

¡Qué gran misterio es éste! La victoriosa reconquista de todo el género humano para la dominación directa de quien lo había creado; reconquista esplendorosa de luz evangélica y de sangre divina derramada para nueva, íntima, reconstrucción de toda alma creyente y de un nuevo orden social en la sucesión de los pueblos y de los siglos eternos; prodigio de poder, prodigio de gloria para Jesús Salvador, rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos.

Desde su primera aparición en el seno virginal de María y después entre los vagidos y sonrisas de Belén, desde los silencios y su escondida vida humilde y laboriosa durante treinta años, desde el anuncio del Evangelium Regni a través de la Galilea y la Judea, y, por último, desde el trágico epílogo de la Pasión hasta los esplendores victoriosos de la Resurrección, hasta esta admirable Ascensión que enciende en luz sobrenatural a nuestros ojos y penetra de gracia y exultación los corazones, ¡qué estupenda e inefable sucesión, queridos hermanos e hijos, de acontecimientos! /Oh, qué inesperada variación de aspectos fulgurantes que reflejan la íntima comunicación de lo divino con lo humano, del cielo con la tierra!

Un instante más, una mirada más a este cuadro sublime.

Al llegar de Jesús al cielo cumple sus promesas. He aquí al Espíritu Santo en las lenguas de fuego posadas sobre las cabezas de los reunidos en el Cenáculo en trance de operar en los pechos aquella fecundación de gracia de la que brota la Santa Iglesia en su distinta fisonomía de sociedad sobrenatural y jerárquica, introduciéndola en su historia de reino de Dios militante sobre la tierra para que se desenvuelva después en purgante más allá de la tumba y, finalmente, triunfante en el cielo.

II. LA GLORIA DE LOS SANTOS EN LA ASCENSIÓN

Queridos hermanos e hijos:

La luz de la Ascensión se irradia desde este vértice en un segundo aspecto de divina providencia en beneficio de la humanidad regenerada; ,un nuevo encanto, un prodigio inefable de gracia y de gloria.

Con Jesús que asciende a la diestra del Padre se abren las vías del cielo para los hijos del hombre ganado ya para su primitivo destino de criatura espiritual nacida para los eternos bienes.

Ya San Mateo, el primero de los evangelistas, había contado que al morir Jesús sobre el Gólgota, además de extinguirse el velo del templo en dos partes y removerse la tierra y las piedras, se abrieron también los sepulcros «et multa corpora sanctorum qui dormierant surrexerunt, et exeuntes de monumentis post resurrectionem eius venerunt in sanctan civitatem et apparuerunt multis» (Mt 27,52-53)

¿Cómo no descubrir en este inesperado prodigio el primer esbozo de la procesión que después de cuarenta días había de tener lugar desde el Olivete por la vía luminosa de los cielos y para acompañar precisamente al Redentor divino triunfante en el momento de tomar en su forma humana posesión del reino eterno que el Cordero sacrificado por los pecados del mundo se había asegurado por derecho sacro y glorioso?

Entre los padres y doctores que diversamente interpretan este pasaje de San Mateo, el Aquinatense, en su Comentario, toma posición decididamente junto a los que sostienen que corpora sanctorum qui dormierant resurrexerunt —añade él—, tanquam intraturi cum Christo in coelum (Super Evang. S. Matth., Lectura, c. XVII, ed. IV, 1951, n. 2395, p. 367; I. Knabenbauer, S. J., Comment. in Evang. S. Matth., Pars altera, Parisiis, 1893, pp. 538-539).

Corresponde, pues, a los muertos del Antiguo Testamento, los más próximos a Jesús —nombremos dos de los más íntimos en su vida, Juan Bautista, el Precursor, y José de Nazaret, su padre putativo y custodio—, corresponde a ellos —así piadosamente lo podemos creer— el honor y el privilegio de abrir este admirable acompañamiento por los caminos del cielo; y procurar las primeras notas al interminable Te Deum de las generaciones humanas que ascienden siguiendo las huellas de Jesús redentor hacia la gloria prometida a los fieles por su gracia.

Aun sin tocar aquí la grave cuestión acerca del número de los elegidos, es, sin embargo, bien cierto que con el nombre de Jesús sobre la frente y con su gracia en el corazón y en la vida, el cómputo de los buenos discípulos y de los amigos de Jesús durante veinte siglos supera todo posible cálculo y el cortejo que se inicia con la Ascensión debe consolar y alentar a toda alma creyente y confiada en las promesas de Cristo.

Para nosotros, humildes sacerdotes del Señor y cuantos valientes seglares nos siguen de cerca, familiarizados como estamos con los libros sagrados de los dos Testamentos, los horizontes del espíritu se abren fácilmente a confortadoras visiones acerca de los bienes asegurados al ejercicio de las virtudes cristianas en la vida y en la fidelidad de los preceptos del Señor. Sorprende felizmente comprobar cómo de los veintisiete libros del Nuevo Testamento, el último que cierra la serie sea el Apocalipsis de San Juan, que aparte de cierta dificultad sobre la inmediata interpretación de algunos pasajes particulares de incierta significación, el conjunto nos proporciona un panorama que nos hace descifrar los luminosos horizontes de la gloria de los elegidos para quienes las tres denominaciones de la Iglesia Santa de Jesús, militante, purgante, triunfante, se despliegan en una riqueza tal de energías espirituales que nos infunde una íntima y alentadora tranquilidad para realizarlo todo, para sufrirlo todo, con la mirada siempre fija en el rostro de Jesús, sereno, manso y alentador.

Oíd cómo la voz del vidente de Patmos nos desvela los secretos de cuantos siguen fieles y constantes la ley del Señor. Ved en primer lugar la muchedumbre de los doce mil signados por cada una de las doce tribus de Israel. Esta muchedumbre numerosa se desparrama en la amplitud del horizonte de modo que nadie puede contarla con precisión, entre una multitud de todos los pueblos, de todas las lenguas, de todas las naciones.

Contemplando este espectáculo surge espontánea la pregunta: ¿éstos, vestidos de trajes purpúreos, y éstos, ornados de blanca estola, y aquellos otros que tienen en las manos ramas de olivo, quiénes son y de dónde vienen y continúan llegando?

!Ah! Estos son los santos familiares de nuestro espíritu, de nuestros ojos, de nuestra admiración. Los primeros y los más antiguos, pero también los modernos; son los Apóstoles del Evangelio, los mártires, los confesores, los vírgenes y las vírgenes, los misioneros, los Pontífices, los sacerdotes y religiosos de toda clase y de todas las tierras.

Todos, todos están alegres ahora, pero todos ascienden de la tribulación que les ha purificado y continúan subiendo y se colocan después en torno al trono del Cordero, en torno a Jesús que ascendió primero y que hoy habita con ellos y es su vida, fuente inagotada e inexhaustible de la felicidad de los siglos eternos (Ap 7,17).

Oh, queridísimos hermanos e hijos. Este espectáculo que nos llena de alegría los ojos y el corazón es siempre la solemnidad de la Ascensión del Señor, que se prolonga y se duplica y celebra como su complemento en la fiesta de Todos los Santos.

San Lucas inició la primera página del poema de nuestra vida espiritual. El vidente de Patmos canta su epílogo. Las últimas palabras están allí: "Ven Domine, Iesu" (Ap 22,20).

III. TAMBIÉN SAN GREGORIO BARBÁRICO
ENTRE LOS SANTO DE LA ASCENSIÓN

Obispo y Cardenal, confesor y Pontífice, por la proclamación de hoy, adquiere en el culto de la piedad litúrgica y popular el puesto de honor y de intercesión que la costumbre eclesiástica de siglos reconoce a los más distinguidos.

El está preparado —como lo estuvo también hasta aquí— para difundir sobre la Iglesia universal, ahora más que nunca, un rayo esplendoroso de aquella 1uz divina de santidad pastoral que salva a los pueblos y amplía los triunfos del reino del Señor.

En verdad la Providencia dispuso que transcurriera mucho tiempo entre su muerte en Padua, en junio de 1697 y su presente exaltación aureolada en este 26 de mayo de 1960 por el acto de la canonización. Pero mirando más a fondo nos es fácil descubrir incluso en este retraso un designio de bondad celestial, que todo lo dispone para advertencia y ejemplo saludable de la presente generación.

Los progresos de la ciencia moderna, el descubrimiento de insospechadas alegrías puestas al servicio de la vida presente, vienen produciendo cierto encantamiento sobre la fácil medición del espíritu con las asperezas indefectibles, que la voluntad, decidida a hacer honor a las propias responsabilidades individuales y colectivas debe saber superar o sufrir.

Cuanto concierne al ejercicio de las virtudes cristianas en la vida ordinaria de aquí abajo, se juzga más o menos importante con miras a nuestra salud eterna y santificación, o de fácil compromiso con el espíritu del mundo. Y esto produce una sensible adaptación a las llamadas exigencias del pensamiento moderno, un dejar ir y un dejar correr los gustos y las modas del siglo con aquel desgraciado estribillo: hoy se hace así; esta es la moda que priva hoy; una superación de los tiempos vividos que, por lo demás, es flaqueza si es que no es negación de la doctrina sustancial revelada que fue gloria de nuestros padres transmitida a nosotros.

Pues bien, este nuestro San Gregorio Barbarigo fue un Prelado modelo en el sentido más justo y amplio del término. Obispo de Bérgamo y a medio siglo de distancia de San Carlos Borromeo, fue un imitador suyo admirable en la aplicación de la legislación postridentina para el gobierno de la diócesis. Trasladado a Padua y allí pastor infatigable de aquella grey, durante treinta años hizo florecer en ella tal riqueza de instituciones eclesiásticas, de cultura, de asistencia, de apostolado, que hizo veneradísima su persona e inmortal su nombre, incluso para los siglos que siguieron a su laborioso paso. Prelado de alta cultura científica, de física y de matemáticas, de literatura latina, italiana y de las diversas lenguas de Europa y de Oriente; vigilante de todas las formas más penetrativas del celo pastoral, fue realmente un gran personaje de sus tiempos. Pero bajo el velo precioso de su modernidad él cultivó ante todo un espíritu exquisitísimo de santidad auténtica, purísima, que le permitió conservar la inocencia bautismal y crecer año tras año en el ejercicio de las virtudes sacerdotales más altas y edificantes. Eran estas virtudes: una fe que lo puso en guardia contra las sutilezas del quietismo y del galicanismo, una confianza en Dios que le hacía familiar la elevación continuada de su espíritu hacia Jesús, mediante jaculatorias continuas como dardos de amor, una fortaleza impertérrita en circunstancias angustiosas que le hicieron decir con el puño cerrado sobre el pecho: «color de púrpura, color de sangre; y que esto os diga que por la justicia y por el buen derecho de Dios yo estoy dispuesto a sacrificar mi vida». Una caridad inflamada de padre y de pastor desarrollada en las formas más abundantes y variadas de la entrega de un gran corazón de hombre insigne y de sacerdote venerable. La caridad es la esencia de la santidad y de la caridad de San Gregorio Barbarigo os queremos dar, queridos hermanos e hijos, todavía un nuevo testimonio esta tarde junto a la tumba de San Pedro.

Volviendo ahora sobre el objeto de estas nuestras sencillas palabras y alegrándonos una vez más del misterioso y místico acontecimiento a que ellas ponen un sello que se agrega a otros manuscritos u oficiales estos días, es nuevo y legítimo motivo de complacencia ver aplicado a San Gregorio Barbarigo cuanto según la doctrina fijada por el Papa Benedicto XIV, su obra De servorum Dei beatificatione, libro IV, c.41, núm. 1, se refiere a rendir honor a los santos de Dios proclamados tales bajo este nombre y en virtud de canonización equipolente: per quam Summus Pontifex, aliquem Dei Servum in antiqua cultus possessione existentem et de cuius heroicis virtutibus aut martyrio, et miraculis constans est, historicum fide dignorum, communis assentio, et continuata prodigiorum fama non deficit, iubet in universa Ecclesia coli per Officii et Missae recitationem et celebrationem, determinato aliquo die, etc.

Nuestro santo entra así de lleno en la luz y aplicación de esta doctrina. Y Nos queremos felicitarnos devotamente con él viéndole elevado por la Santa Iglesia a su puesto: stantem ante thronum, et in conspectu Agni, amictum stola alba, et palma in manibus eius (Ap 7,9).

Para más completa alegría queremos indicaros, queridísimos hermanos e hijos nuestros, la singular y bella corona de almas elegidas que según el testimonio del Papa Benedicto XIV tuvieron el honor y el título de la canonización equipolente como esta de hoy de San Gregorio Barbarigo. Hélos aquí, vedlos marchar delante de nosotros en magnífico cortejo; los santos insignes y veneradísimos siguientes: San Romualdo, San Norberto, San Bruno, San Pedro Nolasco, San Ramón Nonato, San Juan de Mata y Félix de Valois, Santa Margarita de Escocia, San Esteban de Hungría, San Wenceslao de Bohemia, San Gregorio VII, Santa Gertrudis de Einsleben.

Otros santos fueron declarados desde el tiempo de Benedicto XIV en adelante. León XII inscribió en esta lista a San Pedro Damián; Pío IX a San Bonifacio, Apóstol de Alemania; León XIII hizo cuatro canonizaciones equipolentes, las cuatro interesantísimas: San Cirilo y San Metodio (1880), San Agustín de Cantorbery, San Juan Damasceno, San Beda Venerable; Pío XI agregó a San Alberto Magno el 16 de diciembre de 1931 y Pío XII a Santa Margarita de Hungría.

Igualmente grata nos rodea, como en invitación de gracia y de gloria, la selecta falange de los alumnos de nuestros seminarios y colegios eclesiásticos de Roma, de Italia y de todas las naciones y lenguas de la tierra.

El Pontificio Seminario Romano, depositario de la venerable tradición tridentina, está aquí, en su casa, junto a la Basílica lateranense como árbol vigoroso sobre la puerta del santuario que fue trasladado desde el centro de la ciudad en 1913 por el decidido gesto pontificio de San Pío X. Con viva complacencia queremos saludar junto a éste al instituto más antiguo en orden de tiempo y de medios al Colegio Capránica, que según su tradición antigua para la fiesta de la Ascensión acogió hoy al Papa a su entrada en Letrán. Está bien conservar o recordar antiguos usos que edifican la piedad de los fieles. El Colegio Capránica a lo largo de un siglo (1457-1565) recorrió como una pequeña estrella el despertarse de una aurora providencial encaminada a determinar una más sólida formación del clero secular cooperando al feliz apostolado que transforma las almas de las diócesis, de las naciones. Sobre este horizonte, es decir, en materia de seminarios, la gloria máxima es la de San Carlos Borromeo en Milán. Entrevistas ya sus normas por las preciosas consultas de Trento y de la Urbe; consultas en las que participó San Carlos en Roma pero cuya aplicación acometió resueltamente en su diócesis. Desde Roma y desde Milán la chispa se extendió por doquier suscitando fervores y llamas aquí y allá. Pero el más grande imitador de San Carlos fue San Gregorio Barbarigo en Padua, donde el Seminario, por orden suya, se convirtió en monumento que todavía después de tres siglos se conserva in aedificationem gentium.

La gloria del Seminario de Padua es su máxima gloria; pero es también una invitación a la búsqueda más profunda del tesoro de preciosas energías y de excelsas virtudes a que abre paso la proclamación de su santidad.

Durante su Episcopado, San Gregorio Barbarigo estudió y vio todo con proporciones de grandeza. A dos siglos de su beatificación en 1761, y a más de tres siglos de su vida laboriosa y gloriosa, aquellas proporciones en relación con las luchas y las victorias de la Santa Iglesia se han acrecentado; acrecentado en el sentido de una comprensión más viva de las grandes exigencias que el ejercicio de la vida del cristiano nos presenta hoy, no para el desánimo, sino para el aliento del espíritu.

Entre los escritos inéditos de San Gregorio Barbarigo hay restos de sus discursos, pronunciados tanto en Bérgamo como en Padua, en la fiesta de la Ascensión. En su sencillez respiran elevadas miras y gran aliento para desprenderse de las vanidades de la tierra y para rectificar las grandes y las pequeñas intenciones de nuestra vida cotidiana.

A ello debe movernos a todos el gran ejemplo que San Gregorio nos da en sus setenta y dos años de vida de perfección sacerdotal y episcopal y la purísima doctrina cristiana que él transmitió fielmente a sus hijos.

Gran riqueza del cristiano el no contentarse solamente con el ejercicio de las virtudes morales sino dar a todas las acciones gracia de unión con Cristo y participación viva en su gracia.

La virtud es tan bella —decía el santo— que invita a todos a seguirla y a encaminar las propias acciones hacia ella. Así actúan tantos hombres valientes y virtuosos; así actúan todavía muchos cristianos; unos sirviendo a la patria, otros ejerciendo la justicia, otros viviendo con temperancia. No se puede decir que vivan mal ni que sus acciones sean desaprobadas por Dios que reconoce como queridas hijas suyas a todas las virtudes. Aprobadas por tanto, pero no premiadas con la vida eterna. Digo no premiadas con la vida eterna porque se premian con cosas temporales, como sucedió a los antiguos romanos que fueron favorecidos por Dios para ser los dueños del mundo por las varias virtudes que tuvieron y ejercitaron.

Sólo a la pureza de intención le está reservado el premio de la vida eterna y ésta consiste en una cosa tan razonable y justa como hacer todas nuestras acciones para dar gusto a Dios, para servir a Dios.

Qué gran consuelo hay en las palabras de San Pablo: Sive manducatis, sive bibitis, sive aliud quid faciatis, omnia in gloriam Dei facite (1Co 10, 31).

Estas mismas cosas decía San Gregorio a sus hijos, y otras más sencillas y significativas aún para su corrección y para su edificación.

Y todo esto a propósito de la Ascensión de Nuestro Señor al Cielo y de nuestra ascensión con Él, en que se resumen las bellezas de nuestra vida de valientes cristianos para el presente y para el futuro.

Llegado a este punto, el evangelista San Lucas termina con las palabras más resumidas y preciosas de su narración: «después los condujo fuera, junto a Betania, y levantando las manos los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y se elevó al cielo. Y ellos adorándole volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban continuamente en el templo para alabar y bendecir a Dios. Amén» (Lc 24,52).

Queridos hermanos e hijos: Aquí nos detenemos para continuar la sagrada y solemne celebración. Sigamos en buena compañía con nuestro nuevo santo Gregorio Barbarigo, para que él una su plegaria a la nuestra.

Que después de la misa nos siga él hasta el balcón exterior de la Basílica, donde, renovando la antigua costumbre de nuestros antecesores Pontífices, daremos en nombre de Jesús nuestra bendición Urbi et Orbi.

Al atardecer os esperamos en la Basílica Vaticana gustando también nosotros la paz y el gozo de los Apóstoles cuando descendieron del Monte Olivete donde Jesús se había elevado al cielo con sus Santos


* AAS 52 (1960) 453-462. Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 355-365

 



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