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CONSAGRACIÓN EPISCOPAL
DE MONS. GABRIEL ACACIO COUSSA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN XXIII*

Capilla Sixtina
Domingo
16 de abril de 1961

 

¡Venerables hermanos y queridos hijos!

El impresionante rito que hemos efectuado no necesitaría más extensa explicación. Pero los ojos y el corazón que le han seguido con alegría nos impulsan a dirigiros unas palabras para expresar nuestra viva complacencia al Señor y en presencia de su Iglesia.

Tal vez ningún acontecimiento memorable como el de esta mañana reunió bajo las sagradas bóvedas de la capilla Sixtina a distinguidas y calificadas representaciones del Oriente y Occidente durante los siglos en que el Papa Sixto IV la mandó edificar y Miguel Ángel la pintó.

Hay también admirable coincidencia: la liturgia oriental conmemora hoy el amoroso gesto de las piadosas mujeres que llevaban los aromas de la suavidad y de la gracia al sepulcro de Jesús resucitado, y la Iglesia latina se dirige al Episcopus animarum nostrarum, que aparece con las vestiduras y acentos del "Buen Pastor".

¡Queridos hijos! Permitidnos, pues, familiarmente os dirijamos algunas palabras sobre el rito, el Asesor de la Sagrada Congregación para la Iglesia Oriental, ahora consagrado Obispo, y, por último, sobre el anuncio del próximo Concilio Ecuménica Vaticano II, que este acontecimiento preludia.

I. El rito oriental, fastuoso e impresionante

Esta liturgia nos lleva a San Juan Crisóstomo, su iniciador, del que toma inspiración y nombre. Son diversas las lenguas en que se manifiesta tal y como se afirma en todo el oriente cristiano, pero su estructura y significación es la misma. Comprende a muchas Iglesias sobre las que se extiende la paternidad del Romano Pontífice y algunas otras que alternan alegrías con tristezas, certezas y esperanzas en las confiadas invocaciones de las letanías tan dulces y piadosas.

Se diría que el gran Obispo de Constantinopla —de los cuatro grandes doctores de la Iglesia universal que sostienen la Cátedra suprema en el Ábside de la Basílica Vaticana— evoca en torno a su nombre todas las insignes lumbreras de la Iglesia oriental, ante todo a aquel San Gregorio Nacianceno, cuyas reliquias reposan en el máximo templo junto a las suyas.

Para el que comprende la elegancia y dulzura de la lengua de Atenas, ¿no han sido acaso muy alegres los vibrantes sentimientos, tan ricos de significado y de resonancias tan espléndidas, que se suceden en las oraciones que han acompañado a esta nueva consagración de un sucesor de los apóstoles?

Verdaderamente, ¡qué impresionante el comienzo de la ceremonia y aquellas invocaciones a la paz!: In pace Dominum deprecemur. Pro pace, quae sursum est, et pro salute animarum nostrarum Dominum deprecemur. Pro pace totius mundi, pro stabiltate Sanctarum Dei Ecclesiarum et pro omnium unitate Dominum deprecemur.

II. El nuevo Obispo

Personalmente, para Gabriel Acacia Coussa la invocación litúrgica no podía ser más delicada y dulce. La «Divina gratia, quae semper infirma curat, et ea quae desunt adimplet», le constituye Deo amabilem presbyterum, como Obispo de la ciudad de Hierápolis de Siria. Roguemos por él para que descienda sobre él la gracia del Espíritu Santísimo,

¡Oh, qué agradable es saludar así al querido y venerable nuevo Obispo de la Iglesia santa, auténtico hijo del Oriente, por raza, educación y lengua; religioso de la orden basiliana alepina de los Melquitas, colaborador atento y valioso de la Sagrada Congregación para la Iglesia oriental!

Si bien se considera, querido hijo, en tu persona coinciden y brillan tres aspectos de vivo interés y alegre esperanza:

El Oriente que representas con la variedad de sus pueblos, cada uno de los cuales tiene orígenes remotos y expresa riquezas inconmensurables de pensamiento, tradiciones, egregias obras y de gloria con que resuenan el Antiguo y Nuevo Testamento.

El Dicasterio Romano en el que has desempeñado con tanta inteligencia y bondad el cargo de Asesor, como expresión de las vivas y maternales solicitudes de la Iglesia universal por esta escogida porción del episcopado, clero y pueblo, variada y pintoresca en sus ritos y lenguas, tan digna de respeta y honor.

Todos vosotras, venerables hermanos y queridos hijos, podéis fácilmente imaginar nuestra emoción al imponer las manos sobre el elegido de Dios en esta misma capilla Sixtina que fue testigo del cumplimiento del designio del Señor en nuestra humilde existencia.

Cuando las cansadas pupilas empezaban a vislumbrar las luces del atardecer, nos sentimos llamados por la divina Providencia a ver de nuevo, en proporciones más amplias, los horizontes del reino de Cristo, «Salvator mundi» y Pastor de la Iglesia universal; a ver de nuevo, hoy, a la luz de un singular y nuevo matiz, aquellas mismas regiones de Oriente que durante veinte años fueron objeto de nuestras modestísimas pero cordiales solicitudes, sirviendo directamente a la Sede Apostólica en las diferentes naciones, «ab ortu solis»: los Balcanes en Bulgaria, luego Estambul y Turquía, Grecia y las islas, además de los países —aunque de pasada— que se extienden en sus variados ritos y vicisitudes históricas en las orillas del Mediterráneo, donde la primera difusión del Cristianismo fue tan rápida y gloriosa.

La celebración de rito de hoy, que ha servido de consuelo al pequeño y humilde Siervo de los Siervos del Señor, ¿no merece acaso que muchas almas se unan a su espíritu para dar gracias, bendecir y tomar impulso en el camino de las responsabilidades y del divino mandato usque in finem?

III. El Concilio

Esta fecha del 16 de abril, domingo del Buen Pastor y de las Santas Mujeres que ofrecen a Jesús Resucitado aromas y perfumes, nos evoca la liturgia bizantino-eslava del domingo 13 de noviembre del pasado año, celebrada en la Basílica Vaticana, como primera señal de participación del Oriente con el Occidente en el encauzamiento de todo el mundo hacia el Concilio Ecuménico Vaticano II.

Se trabaja con ardor en el surco abierto. La preparación es cuidadosa, tranquila, a la vez que decidida y alegre. Petrus omnium Pater. Porque desde el principio de la historia eclesiástica la barca de Pedro arribó a estas riberas, de donde el impulso espiritual sigue tomando y aumentando en viveza e intensidad de movimientos. San Pablo y los recuerdos de su navegación hacia este punto central de la historia y de la vida del mundo, que se ha renovado con las conmemoraciones centenarias actuales, añaden majestad y fervor a la manifestación de las energías de todos los que sienten y aprecian la colaboración en los esfuerzos de la Santa Iglesia por que el Concilio triunfe para edificación de todo el pueblo cristiano.

Podemos afirmar que la consagración del nuevo Obispo titular de Hierápolis de Siria es una luminosa evocación y estímulo para todos.

Los hijos del Oriente que habitan en los antiguos países de su origen o viven diseminados en diferentes puntos de la tierra; pero unidos entre sí en florecientes comunidades —cuyo ferviente apostolado conocemos— están llamados a dar testimonio de su fe católica, de su valor conquistador, de su ardiente piedad. Así sea verdaderamente para todos, venerables manos y queridos hijos, para todos y para siempre.

Las últimas palabras del Pontífice consagrante son, como conclusión del rito celebrado por Nos:

«Que la bendición del Señor y su misericordia desciendan sobre vosotros, por su gracia y su amor hacia los hombres en todo tiempo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos».

El nuevo Obispo Gabriel Acacio Coussas, titular Hierápolis, Asesor de la Sagrada Congregación para la Iglesia oriental, ha respondido a nuestra bendición con las palabras que queremos repetir con él:

Δόξα σοί Χιστέ ó Θεός, ή έλπίς δ Sóξα σοί

Gloria tibi, Christe Deus, spes nostra: gloria tibi.

Gloria a ti, Cristo Dios, esperanza nuestra, gloria a ti.

 


* AAS 53 (1961) 265-268;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 207-212.

 

 



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