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SOLEMNE CANONIZACIÓN DEL BEATO VICENTE PALLOTTI

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN XXIII

Basílica Vaticana
Domingo 20 de enero de 1963

 

El resplandor de la santidad siempre distinguió honrosamente y como nota característica a esta Urbe, fortaleza del nombre católico. Y esto se ha notado de forma especial después de la apertura solemne del Concilio Ecuménico Vaticano II; la cual se ha llevado a cabo con tal esplendor, que Roma, que a lo largo de los siglos ha contemplado grandes triunfos de la fe, no había admirado algo parecido. Pues nunca hemos leído en los anales de la historia eclesiástica que número tan ingente de Obispos de todas las partes de la tierra se reuniera y ofreciera en la majestad de la Basílica Vaticana un espectáculo tan maravilloso de fe, de fraternal concordia y de encendida caridad. Y nunca esta ciudad, santa de Dios, como firmísimo baluarte de la fe católica, se ha ganado tanta atención y reverencia de los hombres.

Con la gran majestad de este acontecimiento, que ha hecho brillar ante todos la santidad de la Ciudad de Roma, concuerda de forma admirable el rito solemne, con el que hace un momento decretamos, llena de gozo toda la familia cristiana, los honores de los Santos del Cielo al Beato Vicente Pallotti.

Se trata de un ciudadano de Roma, que fue decoro y gloria resplandeciente del clero de esta ciudad, por su inocencia de vida y su afán en la propagación del Reino de Dios. Su nombre, corno una nueva piedra preciosa, adorna la diadema que ciñe la frente de la Iglesia Romana. Y el testimonio de su trabajo apostólico, que todavía perdura en su patria, manifiestamente confirma que Roma ha sido en todo tiempo madre de hombres santos, consagrada como está por la sangre de los Príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo, y de una gran pléyade de mártires.

Y el que este hecho se dé en el interesante momento del Concilio Ecuménico, es motivo sobrado para esperar una gran abundancia de frutos saludables y ubérrimos. Confiamos en que este hombre de admirada virtud e infatigable trabajo, cuyo recuerdo aún vive entre el pueblo de Roma, inflame más y más a sus conciudadanos para emprender animosa y enérgicamente la renovación de vida cristiana que esta hora solemne de la Iglesia exige.

Que especialmente sean los hijos de esta diócesis, para Nos tan queridos, los que vuelvan sus ojos de veneración a este Santo, para que saludablemente alentados por su voz, se esfuercen con todo ardor para dar el testimonio de fe romana, que tanto alabó el Apóstol Pablo (Rom 1,8) de forma que todos los pueblos reconozcan a Roma como maestra de las gentes, no solamente por la Cátedra de la Verdad, que por divina providencia está afincada en esta ciudad, sino también
por la integridad de costumbres, por el ardor en la caridad cristiana y, finalmente, por el entusiasmo religioso. Todos los ciudadanos romanos, para responder de acuerdo con su dignidad, deben dar ejemplo, tanto en público como en privado, de estas virtudes; como sabiamente nuestro predecesor San León Magno aconsejaba con estas palabras: «Toda la Iglesia esparcida por la tierra ha de florecer en virtudes; pero vosotros debéis sobresalir entre los demás pueblos por la piedad, ya que estáis basados en la misma piedra apostólica, redimidos como todos por Nuestro Señor Jesucristo, e ilustrados como ninguno por el Apóstol San Pablo» (Sermo, 2),

Respuestas de los Santos

Venerables hermanos y queridos hijos. Dios es maravilloso en sus santos (Ps 67, 30). Uno de los consuelos más intensos, y a la vez uno de los actos más solemnes de la vida pastoral del Obispo de Roma, es el llamar a los santos al supremo honor de los altares y proponerlos a la veneración de toda la cristiandad.  Y los santos responden a la voz del Papa desde todos los puntos del horizonte.

Por un lado, son armonías terrestres, que, con el Supremo magisterio de la Iglesia, exaltan a sus mejores hijos con gozo de santo entusiasmo; por otra parte, adquieren plena sonoridad las armonías eternas del cielo, que palpitan con nuevas vibraciones.

En esta consonancia de armonías de la tierra y del cielo, con participación de ambas, resplandecen las figuras de los santos, según las palabras del Salmo: «Se gozarán los santos en la gloria, se alegraran en sus moradas» (Ps 149, 5).

¡Oh, benditos santos nuestros! Es natural que al comienzo de su veneración pública aparezcan los motivos de la singular relación entre la gloria del cielo y las necesidades de la tierra: relaciones de naturaleza y de gracia, de historia y de tradición, y también de formas exteriores de apostolado. Porque a través de estas relaciones pasa la luz del Señor, que eleva a algunas almas a las cumbres de la santidad, y al proponerlas a la imitación de todos, apresta a todos a la perfección cristiana.

¡Cómo alegra nuestro espíritu esta canonización de San Vicente Pallotti, que viene a colmar de gozo a toda la Iglesia! El Obispo de Roma está especialmente emocionado, porque sabe que tiene con él, en sagrada intimidad, a su clero y a su pueblo.

Vicente Pallotti, por su nacimiento y educación romana, por su actividad y por el fuego por él encendido y a todas partes difundido, es digno de ser asociado —como sencillo "Sacerdote Romano"— a los nombres gloriosos de los mártires y de los santos, por los que Roma resplandece ante el mundo; con razón entra en el número de aquellos que, llegados de toda la redondez de la tierra, aquí alcanzaron la cima de la gloria, diríamos, como uno de los remeros de la barca de Pedro obediente a la invitación del Señor: «lanzando la red al mar» (Mc 1, 16).

Al comienzo de este ano de 1963, el día 4 de enero, con intención personal de venerar a San Gaspar de Búfalo en el día de su fiesta, y en el pequeño templo donde reposan sus restos sagrados, nos pareció oportuno estimular, especialmente en este año del sagrado Concilio, la devoción a los santos, particularmente a los más ligados a esta ciudad.

Ved, a dos semanas de aquel gesto sencillo e improvisado, el rito solemnísimo de la canonización de hoy.

San Vicente Pallotti no llevará a mal esta referencia a San Gaspar del Búfalo en el momento de su exaltación. Pues fue intimo suyo y lo consoló en su muerte, corno confesor ordinario, testigo autorizado y venerado de sus virtudes heroicas en el proceso informativo: caso verdaderamente raro. ¡Un sacerdote romano, que da información para la canonización de un sacerdote romano!

Dos sacerdotes romanos; dos apóstoles de las formas nuevas de difusión de la santa doctrina en el pueblo; dos obreros incansables que, junto a la Cátedra de Pedro, donde resplandece el ejercicio amable y atrayente del gobierno universal de la Iglesia, difundieron con luz resplandeciente de ejemplos la palabra de Dios, qua es el fundamento de toda actividad apostólica: «Buen Pastor, buen Pastor» (Jn 10, 1-16).

Tres surtidores de luz en el Rito Solemne

Venerables hermanos y queridos hijos. Para común edificación y aprovechamiento espiritual del rito de hoy, permitidnos proponer tres puntos luminosos, que no solamente parten de San Vicente Pallotti, sino del recuerdo de los santos y de los beatos que guardan los templos de Roma, y de los ejemplos de otros piadosos sacerdotes —no propuestos a la veneración pública— que vivieron en las parroquias y en las muchas instituciones venerables y santificadoras:

1) Honor al clero romano, por el espíritu pastoral que ha sabido conservar y que resplandece en sus santos.

2) Gran enseñanza para todos los tiempos, como exaltación del eterno "evangelizar a los pobres" (Lc 4, 18) de Nuestro Señor Jesucristo.

3) Estímulo para continuar con gran corazón en el surco milenario de la evangelización y del servicio pastoral.

Tres pensamientos tomo tres estrellas que brillan con la más intensa luz, precisamente en este tiempo del Concilio Ecuménico, que representa, ante todo para el Clero, un movimiento de fervor y de obras santas.

I. Honor del clero romano

Por amable disposición de la divina Providencia, que trajo de las costas del Oriente al Príncipe de los Apóstoles a Roma, desde hace veinte siglos, es la sede del sucesor de Pedro, a quien la veneración de los fieles llama con el dulce nombre de padre: el Padre Santo.

Cuando se dice de una diócesis: obispo santo, de por sí hay que añadirle otra expresión: clero santo, sacerdotes santos. Esta conjunción es el "culmen" del elogio, eco de las complacencias celestiales, resonancia de las voces de bendición que suben de la tierra en honor de la Iglesia de Cristo.

En Roma el Obispo es el Padre Santo. Y en torno a él una pléyade de sacerdotes que trabajan con grandes virtudes pastorales.

Henos aquí ante San Vicente Pallotti. Una prueba de insigne santidad, que en sus tiempos, no lejanos a los nuestros, hizo honor a la consigna que le correspondía como miembro del clero de la primera diócesis de la catolicidad. Justamente fue llamado por sus contemporáneos ¡honra de la Patria y del Clero! Sí, su nombre marcó una época de desvelo, lo mismo en Roma que en todos las diócesis, batidas en el siglo pasado por nuevas teorías, algunas de legítimas exigencias, y otras algo descaminadas.

El hecho es éste: que junto al noble y glorioso nombre de la Roma católica de aquellos tiempos, como consecuencia de su testimonio y trabajo, ésta diócesis, siempre la primera del mundo por su dignidad y responsabilidad, contó desde entonces con decenas de prelados, de párrocos, de confesores y directores de pías instituciones, que honraron al sacerdocio santo y santificador. ¡Oh nombres benditos de los cardenales Odescalchi, Iacobini, Cassetta y Laurenti; de los padres Rafael Melia, Luciano Bandiera y Enrique Griselli, principales colaboradores de Pallotti; nombres de los prelados José Piazza, Luis Borgia, del padre Francisco Pitocchi y de otros y otros mas. que deseamos ver llamados hoy —con San Juan Bautista de Rossi y con San Gaspar del Búfalo— a ocupar un puesto, aunque no oficial pero digno, junto al nuevo santo: gloria máxima del clero romano, por cuyo honor tanto trabajaron ellos, sacrificándose hasta la muerte!

Es el mismo espíritu pastoral que, de la antigua fuente de doctrina y de experiencias, alimenta los recursos para la continuidad de una acción que quiere ser religiosa en el sentido más amplio y completo, y no simple ejercicio de prácticas piadosas y de aparatosas manifestaciones exteriores; espíritu pastoral animado por la caridad, según el programa que hace tres años tuvimos ocasión de trazar a nuestros sacerdotes, en la sesión de clausura del Sínodo Romano: «Desde la administración de los sacramentos, que es la distribución de la gracia celestial qua riega y hace florecer toda la tierra, hasta la dirección de las formas múltiples del apostolado social: culto, enseñanza, asistencia, obras innumerables de acuerdo con las diversas circunstancias de la vida humana, tarea noble y generosa, empresa santa y bendita de las energías sacerdotales» (AAS LII, 1960, pág. 303).

Este es el título de gran honor para San Vicente Pallotti, "sacerdote romano", cuya fisonomía espiritual reverbera hoy con respeto en todo el clero de Roma, del pasado, del presente y —estamos bien seguros— del futuro.

II. Enseñanzas para todos los tiempos

Una de las inscripciones, compuestas en 1850 en honor de Vicente Pallotti y puestas en su túmulo, sintetizaba eficazmente su figura y su obra: Maestro de los ignorantes, consuelo de los necesitados, padre amadísimo.

Amados hijos: Cambian las situaciones del orden social, pero las exigencias del espíritu humano permanecen intactas; y los hombres de todos los tiempos buscan en el hombre de Dios al maestro de la verdad, al consolador, al padre bondadoso.

Este acercarse a las necesidades de los hermanos con ánimo de padre, y con increíble confianza en la ayuda de la gracia celestial, produce siempre, aunque no lo sea inmediatamente, frutos copioso s. Por lo tanto, secundando las reglas de la divina Providencia, conviene entregarse a la tarea de sembrar, dejando a los demás el cargo de recoger. El apóstol no encierra preocupaciones personales, ni busca su propia gloria: trabaja por una recompensa lejana y eterna, contento de agradar únicamente a Dios, y de llevar a las almas, en lo posible a todas, a su amor misericordioso.

También brilla en esto Pallotti, pues las obras que él realizo con ojo previsor de las exigencias de los tiempos, y que nos dejó como la semilla que queda enterrada a los cincuenta y cinco años de edad, después de una vida corta, testimonian a los sacerdotes que Dios los quiere dóciles instrumentos en sus manos, y nada más; los quiere administradores fieles y rectos, íntimamente convencidos de la sabia expresión del Señor: "Siervos inútiles somos" (Lc 17, 10); inútiles, sí,  pero artífices de prodigios espirituales en el santuario de las almas, aun de las más alejadas, confiando en el fin y ayudados por la gracia divina.         

Advertencia consoladora que debe estimular a cada uno en el puesto que Dios le ha asignado, a darse y multiplicar sus esfuerzos por el triunfo de su Reino, sin preocuparse de consolaciones inmediatas y frutos vistosos, con la mirada fija en los amplios horizontes pastorales y misioneros de la Iglesia. El futuro está en las manos de Dios, y se ofrece lleno de promesas para la tarea sobrenatural por excelencia, de quien pretende trabajar con fidelidad extrema, hasta el fin; trabajar con paciencia humilde y prudente en el campo del único Dueño de la mies.

III. Estímulo

La glorificación de hoy es una invitación a todos los sacerdotes a seguir el camino por el surco abierto por Cristo; por el surco recorrido desde hace dos mil años por los santos; invitación a entregarse a la primera y principal obra: la santidad de vida, para la santificación de las almas. Esta característica fue advertida, con toda su fascinación, en la figura de San Vicente Pallotti. Otra de las inscripciones compuestas en su honor dice que su ejemplo fue sagrada consigna para sus contemporáneos: "Lo que abundaba en ti —caridad, esperanza y verdad vivificadora—hermana de la justicia, fe incorrupta— quedará grabado en nuestros corazones como ejemplo de una vida santa".

Este estímulo a la santidad se renueva y adquiere resonancia —deseamos repetirlo— en este año del Concilio, que pretende exaltar, con las demás, las notas de la santidad y del apostolado de la Iglesia.

San Vidente Pallotti es invitado, por su glorificación, a renovar el fervor de la actividad pastoral, extendida a todos los sectores de la vida, a aquellos especialmente que pueden escapar más fácilmente a la acción inmediata y ordinaria del párroco y del sacerdote con cura de almas. Esta acción no se funda en instrumentos o en la pericia humana, o en el poder de los medios técnicos. Sabe emplearlos, sin duda, pero sobre todo sabe valorarlos en lo poco que son y en lo que valen. Hasta decir que su eficacia es nula, donde falta la oración, el culto eucarístico, el conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras y del patrimonio sagrado de la ascética cristiana.

Este es el estímulo emotivo que nos proporciona San Vicente Pallotti y la escuadra humilde y generosa de los sacerdotes selectos, que con él elevaron, por su virtud y con su celo, al clero romano. Es lo mismo que decir: primacía de la oración y del espíritu sobrenatural; jerarquía bien entendida de todos los valores, subordinando las demás exigencias a la santificación, propia de los demás; esfuerzo sacerdotal en una eficaz predicación sagrada, y en la dirección espiritual; cura directa de almas, paciente y sabia, en el confesonario, en las obras de apostolado y de acción social, dejando a los colaboradores seglares la solicitud por las preocupaciones más minuciosas. De este modo se puede atender más libremente a la propia misión: "Nosotros, en cambio, nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra con insistencia" (Hch 6, 4).

Es el camino recorrido por los santos, que se propone también hoy, con todo el esplendor de su amable atracción, a todos los sacerdotes del mundo entero, y de docilidad para los buenos fieles.

Gozo y fervor en todos los sacerdotes

Venerables hermanos y queridos hijos. En esta hora solemne, vuestra alma, lo sentimos, se deshace con Nos en himnos de agradecimiento al Señor por el fervor que ha querido comunicarnos, para edificación y consuelo de la Iglesia universal, y especialmente de las escuadras sacerdotales esparcidas por todos los puntos de la tierra, ejerciendo un apostolado incansable y ardiente.

Es un único palpitar de agradecimiento, en el que, con los queridos hijos del clero y del pueblo romano, se funden los sentimientos y las voces de numerosos y piadosos peregrinos llegados para esta solemne glorificación desde Alemania, Austria, Suiza, Inglaterra y Estados Unidos de América. Es consolador ver que la llama encendida aquí en Roma por San Vicente Pallotti ha iluminado, por medio de su Congregación, y continúa iluminando a muchos países del mundo.

¡Qué triunfal ha sido este tedéum para dar gracias a la Santísima Trinidad por cuanto ha obrado en beneficio y fervor de toda la Iglesia por medio del nueve santo!

Nuestra mirada emocionada se para en el humilde sacerdote de Roma, asociado hoy al cortejo de toda los santos, bajo la mirada piadosa y bendita de la Madre de Jesús y Madre nuestra. El ha dado la primera nota. A nosotros nos corresponde hoy y siempre elevar nuestros corazones al Señor.

Finalmente, queremos dirigir una oración particular y confiada a ti, santo nuestro Vicente Pallotti, gloria del clero romano, que brillas hoy con todo el encanto de tus virtudes. Intercede por este humilde Obispo de Roma, a quien tu glorificación causa tanta alegría; intercede por sus colaboradores de la Curia y del Vicariato, por todos los sacerdotes, especialmente por las Congregaciones del Apostolado Católico, que en ti tienen un rayo de viva gloria. Tú, que fuiste apóstol incansable, director de las conciencias, promotor de santos entusiasmos, magnífico en múltiples empresas enciende un nuevo fervor en todos los ministros del Señor y en estos preciosos colaboradores del apostolado católico; hazles dispuestos y abiertos a todas las necesidades de sus hermanos. Que siempre y en todas partes sean sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5, 13-14), dedicados a la difusión de las grandes virtudes de Cristo (cfr. 2 Cor 2, 15); sean apóstoles de la verdad, de la caridad, de la misericordia, educadores de cristianos ejemplares, consuelo de los humildes y de los pobres con la luz que Cristo irradia, buen Pastor y salvador de las almas y de los pueblos. Amén



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