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 MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL
EPISCOPADO DE ESTADOS UNIDOS*

 

A nuestros venerables hermanos los Arzobispos
y Obispos de los Estados Unidos de América.

Cada año, el domingo Laetare, Venerables hermanos, acudís a los fieles confiados a vuestro celo pastoral para pedirles que den generosamente de sus bienes terrenos con destino a las múltiples obras caridad patrocinadas por la Santa Sede y promovidas por el Vicario de Cristo.

Desde nuestra elevación a la Cátedra de Pedro, nuestra mirada se ha dilatado hasta abarcar el mundo entero y por todas partes vemos los sufrimientos de los enfermos, las privaciones de los pobres y desamparados, la agonía de los exilados y sin techo. De nuestro corazón de Padre, desgarrado a la vista de tanta pena y aflicción, brota el mismo grito de Nuestro Divino Maestro, cuando, como dice el Evangelio del domingo Laetare, «levantó los ojos y contempló la gran muchedumbre que venía a El». También Nos, profundamente conmovido por la firme confianza de los innumerables que esperan de Nos el sustento y el consuelo, preguntamos: «¿Dónde compraremos pan para dar de comer a estos?» (Jn 6, 5).   .

Por eso, Venerables hermanos, vosotros y los sacerdotes, religiosos y fieles de vuestras Diócesis, sin falta ni vacilación, os apresuráis a enviarnos los frutos de vuestros sacrificios, la superabundancia de vuestra caridad, y todos los años por este tiempo habéis dado nueva prueba de vuestro ferviente y amoroso afecto por los pobres de Cristo.

Sin embargo, este Mensaje nuestro quiere ser de nuevo expresión del cordial y vivo reconocimiento que llena nuestro corazón por la inestimable ayuda que nos habéis prestado tan repetidas veces y a nuestro Predecesor, de feliz memoria, y aseguraros de nuevo que impetramos sobre vosotros una abundante recompensa celestial de especiales favores y gracias.

Esperando con entera confianza en vuestra constante y afectuosa adhesión y activo interés, Nos dirigimos una vez más este año a vuestros queridos hijos e hijas de los Estados Unidos de América. «Porque pobres, en todo tiempo los tendréis con vosotros (Mt 26, 11), pero se ha incrementado trágicamente su número por los terribles efectos de los desastres naturales al mismo tiempo que por la crueldad de los que persiguen, destierran, encarcelan y oprimen a sus semejantes.

Escuchad la voz de vuestro Padre, del Padre común, cuando os apremia y exhorta a que os prodiguéis en hacer el bien a todos los hombres, cuando os pedimos ayuda para nuestros hijos a quienes se les ha negado semejante favor de prosperidad terrena, cuando suplicamos, en su nombre, el reconfortante consuelo de la caridad cristiana, prometido en las palabras del Maestro: «En verdad os digo que no perderá su recompensa» (Mt 10, 42).

Nos imploramos solícitamente de la infinita justicia y bondad de Dios esta recompensa, el copioso torrente de bendiciones sobre vosotros, sobre vuestros diocesanos y sus hijos y sobre vuestro noble país y en prenda de ello os impartimos de todo corazón, Venerables hermanos, a vosotros, a los sacerdotes, religiosos y devotos seglares de vuestro rebaño, nuestra especial Bendición Apostólica.

Junto al Vaticano, 9 de febrero de 1960.

 

IOANNES PP XXIII


*  AAS 52 (1960) 353-354

 

 



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