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CARTA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL PADRE WILLIAM SLATTERY,
SUPERIOR GENERAL DE LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN
EN EL III CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN VICENTE DE PAÚL
Y DE SANTA LUISA DE MARILLAC
*

 

Amado Hijo. Salud y Bendición Apostólica.

Con el III Centenario de la muerte de San Vicente de Paúl y de Santa Luisa de Marillac, este año va a conocer dignas solemnidades que marcarán por todas partes tales recuerdos. Por tu atenta vigilancia, amado hijo, hemos sido debidamente informados de la preparación de esas fiestas religiosas.

Este anuncio ha causado a Nuestra alma un grato consuelo, dada la particular devoción que desde ha tiempo Nos guardamos a esas dos santas almas. En efecto, cuando otrora, en Francia, Nos desempeñábamos el cargo de Nuncio Apostólico, impulsados por piadoso movimiento, íbamos con frecuencia a venerar los restos mortales de esos dos grandes Santos que la ciudad de París conserva en preciosas urnas, una en la Casa Madre de los Sacerdotes de la Misión, otra, en la Casa Principal de las Hijas de la Caridad.

Por eso, Nos no podemos dejar de hacer oír Nuestra voz en las solemnidades de este III Centenario y atestiguar Nuestra admiración y elogio, exaltando a Vicente de Paúl, ilustre modelo de caridad. Nuestro más vivo deseo es que no sólo para ti y tus cohermanos sea San Vicente un impulsor y un modelo de espíritu y perfección evangélicos, sino que anhelamos que todos los hijos de la Iglesia Católica le consideren e imiten con admiración y amor crecientes,

Apoyándonos en el pasado de la Historia, Nos complacemos en esperar, hoy también, la realización de este Nuestro deseo. De ordinario, después de cada uno de los concilios ecuménicos, han surgido héroes cristianos, y no ya aislados, sino en número repetido. Sus obras y su esforzado ánimo han contribuido a hacer fructificar el Reino de Dios. Así sucedió, de modo especial, en los años que siguieron al Concilio de Trento. ¡De cuántas flores no se adornó entonces el jardín de la Iglesia! Y su cielo, ¡con cuántos astros nuevos no brilló! ¡Cuántos santos surgieron! Entre ellos, Vicente de Paúl, alma selecta entre tantos selectos, ¡cuánto bien proporcionó al pueblo cristiano! Ensanchó los pensamientos del espíritu humano y multiplicó los prodigios del Señor, que trabajaba maravillosamente. Diole Dios sabiduría y un gran entendimiento y anchura de corazón como la arena que está a orillas del mar (cf. III Reg. IV, 29). En él ardía también un fervor místico que le inflamaba por entero y le permitía emplear las palabras del Apóstol Pablo: «Para mí, vivir es Cristo» (Flp 1, 21). Tenía un claro entendimiento para tratar los asuntos con asombrosa lucidez; poseía una increíble habilidad para solucionarlo todo; gozaba igualmente de gran firmeza y voluntad, pocas veces llevadas a tan alto grado, y ambas se unían felizmente en él para servir con ternura de alma. Abrasado por una perpetua llama de caridad, se desgastaba por Cristo, la Iglesia y los pobres y desgraciados, a los que llamaba sus «Amos». Muy variadas y extendidas son las obras que emprendió y llevó a buen término en el orden eclesiástico, moral y social, obras que han conservado hasta hoy su asombrosa grandeza. En su época multiplicaron servicios nunca lo bastante apreciados, que conservan y prodigan todavía su benéfica influencia.

Prueba de ello es la admirable fecundidad del árbol vicenciano y su posteridad tan maravillosamente extendida. La Congregación de la Misión fue fundada por él para remediar urgentes y apremiantes necesidades. Se propuso con el mayor empeño, entre otras actividades, asegurar la formación del clero y mediante los Ejercicios Espirituales, promover continuos progresos en una forma de vida apostólica cada vez más pura. Organizó también misiones parroquiales que, entonces como hoy, se llevan a cabo con el ánimo decidido de conseguir mayores frutos de vida religiosa. Desbordando ampliamente las fronteras de Francia, sus ramas se han extendido y prosperan por doquier en número y vigor, inspiradas siempre por un noble sentido católico.

No merecen, ciertamente, menor elogio las Hijas de la Caridad, consagradas a alimentar la llama del amor de Dios y que reconocen como Padre a San Vicente de Paúl, del mismo modo que veneran como a Madre vigilante y amorosa a Santa Luisa de Marillac. No fue evidentemente sino por disposición de la divina Providencia cómo Vicente encontró en su camino a Luisa de Marillac, la colaboradora que tanto se le parecía, dotada de excelentes cualidades, de una magnanimidad siempre dispuesta a la acción, que hoy  marcha a la cabeza de una multitud de almas santas, gozo y honor a la vez de la Iglesia y de la familia humana.

Con unos meses de intervalo, la muerte les vino a buscar el uno después del otro, señal manifiesta de que después de haber estado unidos en la abnegación durante esta vida, tienen empeño en proteger desde el cielo la generosidad en el celo apostólico, unidos ahora también en un esfuerzo común para continuar siempre su celestial protección.

Pero esto no es bastante. Tres siglos de existencia han visto florecer y extenderse las obras de caridad en el espíritu y el sentido de San Vicente de Paúl, que permanece siempre en la actualidad, animador y maestro. Damas de la Caridad y Luisas de Marillac, las «Pequeñas Amigas de los Pobres» y las Conferencias de San Vicente de Paúl, establecidas a impulsos de Federico Ozanam, sin olvidar innumerables asociaciones y obras de caridad extendidas por todo el mundo, se glorían con su patrocinio, con estar animadas de su espíritu y a veces de llevar el nombre de Vicente de Paúl o Luisa de Marillac. Muchos son los trabajos, emprendidos con alegría y entusiasmo, que los tienen como a impulsores y protectores. Por todas partes, este ejército pacífico, bajo el estandarte del Evangelio, lucha contra la multiplicidad de las miserias y multiplica sus consuelos entre los innumerables afligidos y desgraciados.

Nos estamos plenamente persuadido de que es de una completa actualidad la misión que Dios confió a San Vicente de Paúl. A pesar de los enormes progresos realizados hasta el presente, esta fuerza, esta virtud debe progresar aún más en extensión y eficacia, especialmente mediante el trabajo y la abnegación de cuantos llevan el nombre ilustre y siguen las reglas de un tan glorioso maestro y heraldo de la perfección cristiana.

En nuestra época los conocimientos científicos y la técnica realizan progresos asombrosos. Sin embargo, su desarrollo no trae consigo y como consecuencia un mayor bienestar en el sector público o privado, al que invade una frialdad cada vez mayor; los espíritus de los humanos son presa cada vez más de un amor a sí mismos excesivo y sin freno; las relaciones públicas entre las naciones están impregnadas de temor mutuo más que de amor. En nuestro tiempo, el calor de la caridad es la primordial necesidad de los humanos para evitar su pérdida y encontrar en Dios esa unión productora de toda felicidad. «Por esto, hermanos míos, proclamaba ya San Agustín, buscad la caridad, ese dulce y saludable lazo que une los espíritus. Sin la caridad, el rico es pobre; con ella, el pobre se enriquece. ¡Cuán grande es esta virtud! Es el alma de las Sagradas Escrituras, la virtud que sugieren las profecías, la salvación que proporcionan los sacramentos, la firmeza del saber, el fruto de la fe, la riqueza del Pobre» (San Agustín, Serm. 350, De Carit. II; 3 Migne, Pair. Lat. XXXIX, 1534).

Esta caridad debe alimentarse y fundarse en los mismos motivos e intenciones sobrenaturales de los que estaba penetrado San Vicente de Paúl. Pero exige con claridad otras manifestaciones y otros medios: en efecto, nuestros tiempos han visto casi suprimirse las distancias y las naciones han multiplicado sus contactos; nuestra época ha hecho a la familia humana cada vez más sensible a las necesidades y exigencias de esta afinidad. Por esto es preciso que la caridad obedezca a este imperativo: acudir en ayuda de todas las miserias que surgen en los pueblos extranjeros, superando, incluso, distancias notables.

Sí, que con motivo de las solemnidades celebradas en honor de San Vicente, su espíritu se nos haga más familiar para levantar al que está caído, socorrer al que sufre y reanimar al que está oprimido por la dura necesidad «Que verdaderamente estemos animados de aquel mismo espíritu, amando lo que él amó y practicando lo que él enseñó» (Prop. Cong. Miss. 19 Jul. Colecta).

Por tanto, de todo corazón y formulando tales deseos, Nos te concedemos, querido Hijo, la Bendición Apostólica, a ti, a tus cohermanos, a las piadosas Hijas de la Caridad, a todas las familias vicencianas y a todos cuantos en las fiestas previstas, oren al celebrar este III Centenario. De todo corazón, Nos te bendecimos y te alentamos a esta caridad para que la practiques de la misma forma y con el mismo espíritu que impulsó a San Vicente de Paúl y a Santa Luisa de Marillac.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de febrero de 1960. Segundo año de nuestro pontificado.

 

IOANNES PP XXIII


*  AAS 52 (1960) 147-150

 

 



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