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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL ARGENTINO
REUNIDO EN CÓRDOBA
*

Domingo 11 de octubre de 1959

 

Ante el grandioso testimonio de fe que, en torno al Sacramento del Amor, está dando el noble Pueblo Argentino, congregado numeroso y devoto en esa ilustre urbe de Córdoba, deseamos reunir, Venerables Hermanos y amadísimos todos, el palpitar de vuestros fervores y de vuestras ansias para presentarlo a Dios como rendido tributo de gloria.

Han pasado exactamente cinco lustros, desde cuando el nombre de Buenos Aires recorrió, vinculado a su Congreso Eucarístico, los mas apartados rincones del mondo; desde cuando Nuestro Antecesor, de feliz memoria, tuvo en sus manos, todavía Cardenal Pacelli, la Hostia Santa e imploraba dones divinos sobre las multitudes arrodilladas. Hoy, vuestro Congreso en Córdoba es el eco conmemorativo, piadoso, del mismo espíritu de ayer, de idénticos ideales y plegarias.

¡Cuánto dolor y cuántas lagrimas ha habido en la tierra desde esos remotos días! Si la humanidad hubiera practicado las perennes doctrinas de amor y de unidad provenientes del Sacramento Eucarístico —sacramentum. caritatis, quasi figurativum et effectivum— (S. Th. 3ª p., q. 78, art. 3 ad 6) las miserias y discordias no estarían, sin duda, tan fecunda y tan ruinosamente sembradas. ¡Cuándo se aprenderá que el único camino para no perderse, la única verdad para no errar, la única vida para no morir, continúa siendo Cristo, actual en la Hostia Inmaculada, sacramento de piedad, signo de unidad y vinculo de caridad! (cf. S. Agustín, Trac 26 in Evang. S. Ioann. n. 13).

La Eucaristía es —será siempre— fuente de armonía y de paz verdaderas para los individuos, familias y pueblos. Si se frecuenta debidamente, enfrena las pasiones, sobre todo la soberbia y el egoísmo, causas de tantos males; aúna las voluntades en la concordia; estimula el sentido de fraternidad; impulsa a amar lo equitativo y a aliviar las amarguras de cuantos sufren; ¡cómo no va a derivar todo esto del sustento de una Mesa en la cual los hermanos se alimentan con el mismo Pan, con el Sacramentum totius ecclesiasticae unitatis! (S. Th. 3ª p., q. 83, art. 4 ad 3).

Vivamente anhelamos —y así lo pedimos al Altísimo— que los fulgores de esa Custodia penetren santificadores en vuestras mentes, os sostengan en el bien, iluminen aun a cuantos, atraídos por pobres ilusiones, están apartados de la ley divina. Sí, el esplendor y entusiasmo de este Congreso no han de apagarse con su clausura: cada fiel argentino con una vida de piedad profunda, cada familia practicando las virtudes domésticas, cada organismo siendo alarde de integridad de costumbres, han de testimoniar valientemente que Dios tiene un trono, no sólo en la Eucaristía, sino también en las almas, en los hogares, en las escuelas, en los campos y en las urbes, desde el cual influye, como Rey absoluto, en los actos y pasos de cada argentino. Amadísimos: Argentina es grande y hermosa, sea también santa.

Con estos paternales deseos bendecimos efusivamente a Nuestro dignísimo Legado; a nuestros hermanos en el Episcopado; al Señor Presidente y Gobierno de la República; a las autoridades presentes; a cuantos han colaborado en el Congreso; al Clero, Religiosos y fieles todos de Ar­gentina: tan dentro de Nuestro afecto de Padre.


*  AAS 51 (1959) 777-778



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