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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
EN EL XXX ANIVERSARIO DE LA «DIVINI ILLIUS MAGISTRI»
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A Nuestros Venerables Hermanos y queridos hijos reunidos en Utrecht para conmemorar el trigésimo aniversario de la Encíclica Divini Illius Magistri.

Nos estamos presentes en espíritu en medio de vosotros y os felicitamos de todo corazón por haber querido solemnizar el aniversario de uno de los más memorables documentos del pontificado de Nuestro gran predecesor Pío XI, esa "carta de la educación cristiana de la juventud" que fue la Encíclica Divini Illius Magistri.

Monumento, en verdad, admirable del Magisterio de la Iglesia y que merecía esta solemne conmemoración. ¡Con qué firmeza en los principios, con qué claridad en la exposición señala el gran pontífice en ella los papeles respectivos de la Iglesia y del Estado en la gran tarea de la educación! ¡Qué penetrante psicología en el análisis del sujeto de esta educación, el niño, y qué argumentación tan sólida para demostrar cuán justificada es la exigencia de la Iglesia de un "medio" educativo en armonía con la fe de sus hijos!

Nos declaramos sin vacilar que este documento capital no ha perdido nada de su verdad. Hoy como ayer la Iglesia afirma bien alto que sus derechos y los de la familia en este campo son anteriores a los del Estado; hoy como ayer afirma su derecho propio a tener escuelas donde maestros de sólidas convicciones inculquen una concepción cristiana de la vida y la enseñanza se dé a la luz de la fe.

Creemos que las claras directrices de Pío XI en esta Encíclica han contribuido al interés demostrado por los padres cristianos en el transcurso de las últimas décadas con relación a los problemas de la enseñanza y de la educación. Hemos visto multiplicarse, especialmente en torno a las escuelas, las "asociaciones de padres", que han resultado muy oportunas y útiles para asegurar la colaboración, tan deseable siempre, entre las familias y los maestros a quienes confían sus hijos. Hemos visto, además, desarrollarse o crearse en muchos países servicios nacionales de la enseñanza católica con misión de asegurar la coordinación de esfuerzos entre las escuelas católicas y de representar a éstas ante las autoridades civiles. A su vez, esos servicios nacionales se han puesto de acuerdo para crear organismos internacionales con posibilidades de acción y de representación que responden a las dimensiones del mundo actual. Así es como ha nacido la Oficina Internacional de la Enseñanza Católica, que se ha conquistado ya tantos méritos y cuya iniciativa ha sido el motivo de vuestra reunión de hoy. ¿Cómo no alegrarse de tan bueno y provechoso trabajo al servicio de la Iglesia en un tema tan precioso a sus ojos como es la educación de sus hijos?

Nos deseamos de todo corazón que esos esfuerzos continúen y se intensifiquen. En una época en que las autoridades nacionales e internacionales, preocupadas con razón por la elevación intelectual y moral de la humanidad, organizan en gran escala la difusión de la educación, de la ciencia y de la cultura, la presencia activa de los hijos de la Iglesia es necesaria más que nunca para exponer, representar y defender, cuando sea necesario, el punto de vista de la Iglesia.

Por otra parte, en la organización de la enseñanza cristiana, sabrán adaptar los principios siempre actuales de la Encíclica a las situaciones nuevas. En efecto, muchas cosas han cambiado y evolucionado desde hace treinta años. Pensamos en los notables progresos de la enseñanza religiosa, en las últimas provechosas conquistas de la pedagogía, en los meritorios esfuerzos realizados para completar la instrucción propiamente dicha mediante una educación en la que el niño pueda desarrollar su personalidad en una atmósfera cristiana, en la que progresivamente domine su corazón y su sensibilidad, robustezca su voluntad y aprenda a vivir como verdadero hijo de la Iglesia.

Pero permitidme manifestaros sobre todo Nuestras preocupaciones ante el desarrollo actual del mundo de la técnica y sus consecuencias para la enseñanza. La Fe cristiana no tiene, por cierto, nada que temer de la ciencia ni de la técnica que de ella deriva; al contrario, nos enseña que sus nuevas posibilidades son una glorificación de la bondad creadora de Dios que ha dicho: «Henchid la tierra y sometedla» (Gen 1, 28). Pero también nos enseña que son simples medios puestos a disposición del hombre, que puede servirse de ellos tanto para el bien como para el mal, por desgracia. Por eso Nos parece indispensable hoy que muchos católicos convencidos estén presentes en este campo de la actividad humana en pleno desarrollo para que la orienten en la dirección que el Creador ha querido; por eso es conveniente también que muchos niños puedan encontrar en las escuelas prestigios y técnicas católicos, una formación especializada y una educación verdaderamente cristiana que les permita formar el día de mañana las minorías selectas profesionales y morales de que tiene tanta necesidad el mundo y la Iglesia.

Os hacemos estas confidencias de Nuestra solicitud pastoral para testimoniaros nuestra estima por vuestra acción conforme con la Encíclica Divini Illius Magistri, según los desarrollos que implica en la sociedad actual. También os infundirán alientos para procurar responder, como habéis hecho en el pasado, a las exigencias de la Iglesia y a los deseos de su Cabeza en materia de educación. Con esta confianza Nos invocamos de corazón, Venerables Hermanos y amados hijos, una copiosa efusión de gracias, en prenda de las cuales os otorgamos de todo corazón Nuestra afectuosa Bendición Apostólica.

Del Vaticano, 30 de diciembre de 1959.

IOANNES PP. XXIII


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 849-851.



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