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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
UN MES ANTES DE LA APERTURA DEL CONCILIO VATICANO II
*

Martes 11 de septiembre de 1962

 

La gran expectación del Concilio Ecuménico, a un  mes de distancia de su comienzo oficial, aparece en los ojos y en los corazones de todos los hijos de la Iglesia católica, santa y bendita.

A lo largo de tres años de preparación un grupo de espíritus selectos procedentes de todas las regiones y áreas lingüísticas, con unidad de pensamiento y de propósito, han acumulado una riqueza tan abundante de elementos de orden doctrinal y pastoral que ofrece al episcopado del mundo entero, reunido bajo las bóvedas de la basílica Vaticana, motivos de sapientísima aplicación del magisterio evangélico de Cristo, que desde hace veinte siglos viene iluminando a la humanidad redimida con su sangre.

Estamos, pues, con la gracia de Dios, en un momento favorable. Las proféticas palabras de Jesús, pronunciadas a vista del cumplimiento de la consumación final de los siglos. animan las buenas y generosas disposiciones de los hombres, de un modo particular en algunas horas históricas de la Iglesia que invitan a elevarse con renovado empuje hacia las cimas más altas: “Levate capita vestra, quoniam appropinquat redemptio vestra”: levantad la cabeza, porque vuestra liberación está próxima (cf. Lc 21, 20-33).

Considerado en su preparación espiritual, el Concilio Ecuménico, pocas semanas antes de reunirse, merece, al parecer, la invitación del Señor: “Videte omnes arbores cum iam producunt ex se fructum. Ita et vos... scitote quoniam prope est regnum Dei”: Mirad los árboles todos, cuando reverdecen, sin más, con solo verlos conocéis que viene el verano, y del mismo modo cuando veáis que estas cosas comiencen a cumplirse, sabed que el reino de Dios está cerca (ibid.).

Esta palabra “regnum Dei” da una expresión amplia y precisa de los trabajos del Concilio. “Regnum Dei” significa, y es en realidad, la Ecclesia Christi, una, sancta, catholica, apostolica, como Jesús, el Verbo de Dios hecho hombre, la fundó, después de veinte siglos la conserva y como aún hoy la vivifica con su presencia y con su gracia, siempre dispuesto a renovar a favor de ella los antiguos prodigios, que en el sucederse de los tiempos, a veces ásperos y difíciles, la llevaron, de ataque en ataque, de guerra en guerra, a multiplicar las victorias del espíritu. Victorias de la verdad sobre el error, del bien sobre el mal, del amor y de la paz sobre las divisiones y sobre las luchas.

Los términos de la contradicción: el bien y el mal, quedan en pie y quedarán en el porvenir, porque el albedrío humano tendrá siempre libertad para expresarse y posibilidad de descarriarse: pera la victoria final y eterna en cada una de las almas escogidas y en las almas  escogidas de cada nación será de Cristo y de su Iglesia.

Nos parece ahora oportuno y feliz recordar el simbolismo del cirio Pascual. En un momento de la liturgia, he aquí que su nombre resuena: “Lumen Christi”. La Iglesia de Jesús desde todos los puntos de la tierra responde: “Deo gratias, Deo gratias”, como si dijese Sí: “lumen Christi: lumen Ecclesiae: lumen gentium”

Después de todo ¿qué viene a ser un Concilio Ecuménico sino el renovarse de este encuentro del rostro de Jesús resucitado, rey glorioso e inmortal, radiante en toda la Iglesia para salud, alegría y resplandor de las naciones?

A la luz de esta aparición tiene aquí buena aplicación el antiguo Salmo: Levanta sobre nosotros la luz de tu rostro,  ¡oh Señor! Tú has traído la alegría a mi corazón. Extolle super nos lumen vultus tui Domine! Dedisti laetitiam in cor meum (cf. Ps 4, 7-8).

Verdadera alegría para la Iglesia Universal de Cristo quiere ser el nuevo Concilio Ecuménico. Su razón de ser —tal como viene saludado, preparado y esperado— es la continuación, o mejor, es la repetición más enérgica de la respuesta del mundo entero, del mundo moderno al testamento del Señor, formulado en aquellas palabras, pronunciadas con divina solemnidad, mientras las manos se extendían hacia los confines del mundo: “Euntes ergo—docete omnes gentes—baptizantes eos in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti— docentes eos servare omnia quaecumque, dixi vobis” (cf. Mt 28, 19-20).

La Iglesia quiere que la busquen tal cual es en su estructura interior —vitalidad ad intra—en el acto de presentar, ante todo a sus hijos, los tesoros de fe iluminadora y de gracia santificante, que se inspiran en las últimas palabras. Las cuales expresan el oficio preeminente de la Iglesia y sus títulos de servicio y de honor, a saber: vivificar, enseñar y orar.

Considerada en relación con su vitalidad ad extra, o sea la Iglesia frente a las exigencias y a las necesidades de los pueblos —como los acontecimientos humanos los van empujando más bien hacia el aprecio y el goce de los bienes terrenos— siente que debe cumplir sus responsabilidades enseñando: el “sic transire per bona temporalia, ut non amittamus aeterna” (cf. Dom. III post Pent. Coll.).

Por este sentido de responsabilidad frente a los deberes del cristiano, llamado a vivir como hombre entre hombres, como cristiano entre cristianos, es por lo que los demás, aun no siéndolo de hecho, deben sentirse excitados gracias al buen ejemplo a serlo.

Esta es la puerta por donde se entra en la llamada actividad exterior, pero enteramente apostólica, de la Iglesia, de donde cobran vigor y fuerza expansiva las palabras del “docentes eos servare omnia quaecumuque mandavi vobis”.

Efectivamente, el mundo tiene necesidad de Cristo: y la Iglesia es la que debe llevar a Cristo al mundo.

El mundo tiene sus problemas y busca ahora angustiosamente cómo resolverlos.

Ya se entiende que la afanosa preocupación de  resolverlos con oportunidad, y además con rectitud, puede ofrecer un obstáculo a la difusión de la verdad toda entera y de la gracia que santifica.

El hombre busca el amor de una familia en torno al hogar doméstico: el pan de cada día para sí y para los suyos más íntimos, la esposa y los hijos: aspira a vivir y siente el deber de hacerlo en paz, así dentro de la comunidad nacional como en las relaciones con el resto del mundo; es sensible a las atracciones del espíritu, que le lleva a instruirse y a educarse; celoso de su libertad, no rehúsa aceptar las legitimas limitaciones de ella, para corresponder mejor a sus deberes sociales.

Estos problemas de punzante gravedad los lleva siempre en su corazón la Iglesia. Por eso los ha hecho objeto de estudio atento y el Concilio Ecuménico podrá ofrecer, en lenguaje claro, las soluciones que la dignidad del hombre y de su vocación cristiana exigen.

Por ejemplo: la igualdad fundamental de todos los pueblos en el ejercicio de derechos y deberes respecto de la entera familia de las naciones: la decidida defensa del carácter sagrado del matrimonio, que impone a los esposos amor consciente y generoso: de aquí viene la procreación de los hijos, considerada en sus aspectos religioso y moral, en el cuadro de las más vastas responsabilidades de naturaleza social, en el tiempo y la eternidad.

Las doctrinas que fomentan el indiferentismo religioso o niegan a Dios o el orden sobrenatural, las doctrinas que ignoran la Providencia en la historia o ensalzan sin consideración la persona humana con peligro de substraerla a las responsabilidades sociales, es en la Iglesia donde han de oír la palabra valiente y generosa que ya ha sido pronunciada en un importante documento, en la Encíclica Mater et Magistra, donde se ha resumido el pensamiento de dos milenios de historia del cristianismo.

 Otro punto luminoso.

Para los países subdesarrollados la Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres.

Habrá que gritar y lamentar una vez más toda ofensa y violación del quinto y del sexto mandamiento del sagrado Decálogo: el no hacer caso de los compromisos que se siguen del séptimo mandamiento: las miserias de la vida social, que piden venganza en la presencia de Dios: es deber de todo hombre, y deber más urgente para el cristiano, el considerar lo superfluo con la medida de las necesidades del prójimo y el poner buen cuidado en que la administración y la distribución de los bienes creados se haga con ventaja de todos.

Esto es lo que en el sentido social y comunitario, que es inmanente en el auténtico cristianismo, se llama difusión: y todo esto habrá que afirmarlo vigorosamente.

Y ¿qué decir de las relaciones entre la Iglesia y la sociedad civil? Vivimos de cara a un mundo político nuevo. Uno de los derechos fundamentales a que la Iglesia no puede renunciar es el derecho a la libertad religiosa, que no es solamente libertad de culto.

Esta libertad la enseña y la reivindica la Iglesia y por ella sigue sufriendo torturantes penalidades en muchas naciones.

La Iglesia no puede renunciar a esta libertad, porque es connatural con el servicio que está obligada a realizar: este servicio no se plantea como una corrección o un complemento de lo que tienen que hacer otras instituciones o de lo que se han apropiado, sino que es elemento esencial e insustituible de los planes de la Providencia para enderezar al hombre hacia el camino de la verdad. Verdad y libertad son los sillares del edificio sobre los que se levanta la civilización humana.

El Concilio Ecuménico va a abrirse a los diecisiete años de terminada la segunda guerra mundial. Por primera vez en la historia los padres del Concilio pertenecerán realmente a todos los pueblos y naciones, y cada uno de ellos aportará la contribución de su inteligencia y de su experiencia para curar y sanar las cicatrices de los dos grandes conflictos que han cambiado profundamente la faz de todas las naciones.

Madres y padres de familia detestan la guerra: la iglesia, madre de todos indistintamente, alzará una vez más su grito que sube del fondo de los siglos, de Belén y de la cumbre del Calvario, para difundirse sobre todos en forma de suplicante orden de paz: paz que se adelanta a los conflictos armados; paz que debe tener sus raíces y garantía en el corazón de cada uno de los hombres.

Es natural que el Concilio, en su estructural doctrinal y en la acción pastoral que promueve, quiera expresar el ansia de los pueblos por recorrer el camino que la Providencia ha señalado a cada uno para cooperar en el triunfo de la paz, a crear para todos una existencia terrena más noble, más justa y merecida.

Los obispos, pastores del rebaño de Cristo ex omni natione quae subcaelo est (cf. Hch 2,5) llamarán la mención sobre el concepto de paz no sólo en su expresión negativa, que es aborrecimiento de los conflictos armados; sino mucho más en sus exigencias positivas, que piden a cada hombre conocimiento y práctica constante de sus propios deberes; jerarquía, armonía y servicio de los valores espirituales al alcance de todos, dominio y empleo de las fuerzas de la naturaleza y de la técnica, exclusivamente con fines de elevación del tenor de vida espiritual y económica de las gentes.

Convivencia, coordinación e integración son propósitos nobilísimos que resuenan en todas las reuniones internacionales, despiertan la esperanza e infunden aliento.

El Concilio exaltará en formas todavía más sagradas y solemnes las más profundas aplicaciones de la fraternidad y del amor, que son exigencias naturales del hombre impuestas al cristiano como regla de relación entre hombre y hombre, entre pueblo y pueblo.

¡Oh misterio de la Divina Providencia! por el que la inminente celebración del II Concilio Ecuménico Vaticano, una vez más todavía, descorre el velo y exalta en una luz incomparable el destino del servicio y de la dominación espiritual de la cátedra apostólica, muy por encima del destino de la humanidad entera.

Con justa razón Prudencio, el antiguo vate cristiano cantaba en su tiempo el triunfo del divino Redentor en el momento mismo en que marcaba en Roma el eje de la nueva historia universal, que del mismo Cristo había tomado inspiración y nombre (cf. Prud. Peristeph. hymn. II, vv. 461-470: PL 60, col. 324).

Durante esta preparación al Concilio se ha podido hacer una constatación: los preciosos eslabones de la cadena de amor que desde los primeros siglos de la era cristiana había tendido la gracia del Señor sobre los diversos pueblos de Europa y del mundo, entonces conocido, para perfeccionar la unidad católica y que por diversas circunstancias parecieron más tarde aflojarse y de hecho se rompieron, vuelven a presentarse ahora a la atención de cuantos no son insensibles a ese espíritu nuevo que el proyecto del Concilio despierta por acá y por allá con la ansiosa aspiración de unirse como hermanos en los brazos de la común y antigua madre sancta et universalis mater Ecclesia. Esto es motivo de serena complacencia y supera con mucho a aquella primera esperanza que brillaba cuando la preparación de este encuentro mundial.

¡Qué belleza la de la petición litúrgica: Ut cuncto popolo christiano pacem et unitatem largiri digneris! ¡Qué alegría inunda los corazones cuando se lee el capítulo XVII de San Juan: Ut omnes unum sint. Unum! En pensamiento, palabra y obras.

El antiguo cantor de las gloriosas gestas del cristianismo (cf. Prud., ib.), volviendo al motivo de espolear a una cooperación universal de la justicia y de la fraterna convivencia de todos los pueblos, recuerda gustoso con una impresionante eficacia a todos los hijos de la Iglesia, que en Roma están siempre esperando los dos príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo: uno, el gran elegido del Señor, reservado particularmente para anunciar el Evangelio a los pueblos que todavía no lo han recibido; el otro, Simón Pedro, sentado desde hace ya veinte siglos en su primera cátedra en actitud de abrir y cerrar las puertas del cielo —abriendo, bien lo comprendéis, queridos hijos—, abriendo las puertas en la vida presente y para la eternidad.

Con su alado vocabulario, dirigiéndose a los ídolos paganos, les dice: Dejad vuestro sitio; dejad en perfecta libertad al pueblo de Cristo. Es Pablo quien os echa. Es la sangre de Pedro y Pablo la que grita contra vosotros.

Con palabras de mayor mansedumbre, el humilde sucesor de Pedro y Pablo en el gobierno y en el apostolado de la Iglesia católica, en estas vísperas de la reunión conciliar quiere dirigirse a todos sus hijos, de toda nación, ex Oriente et Occidente, de todo rito y de toda lengua con la oración de la domínica XII después de Pentecostés. No se podrían buscar expresiones más felices y que respondieran de modo más espléndido a la preparación individual y colectiva y a las súplicas por el éxito del Concilio Ecuménico.

Ojalá todos y en todo el mundo decidamos repetirlas y hacerlas repetir con insistencia en estas semanas, entre el 11 de septiembre y el 11 de octubre, día de la apertura de la gran Asamblea Conciliar: son palabras que parecen venir del cielo: dan la entonación para el canto coral del Papa y de los obispos, del clero y del pueblo. Un solo canto se eleva potente, armonioso y penetrante: Lumen Christi, Deo gratias. Esta luz resplandece y resplandecerá en los siglos. Sí; Lumen Christi, Ecclesia Christi, lumen gentium.

“Omnipotente y misericordioso Dios: de tu gracia es de donde desciende sobre los fieles el don de poderte servir con dignidad y alegría: concédenos que sepamos caminar ligeramente y sin tropiezo alguno hacia el cumplimiento de tus promesas. Así te lo imploramos desde todos los puntos de la tierra y del cielo. Por los méritos de Cristo Jesús, Maestro y Salvador de todos. Amén, Amén." (Cf. Dom. XII post Pent., Coll.)


*  AAS 54 (1962) 678; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 520-528.

 

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