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 DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
A UNA PEREGRINACIÓN DE BARCELONA
*

Sala Clementina
Miércoles 26 de noviembre de 1958

 

¡Queridos Hijos!

Con íntimo consuelo de Nuestra alma acogemos hoy, en la casa del Padre Común, a este selecto y numeroso grupo de la Diócesis de Barcelona —primera peregrinación de la amada católica nación española— que viene a presentarnos, en el principio de Nuestro pontificado, los sentimientos de su filial veneración a los que correspondemos vivamente agradecido.

Entre las ciudades que hemos tenido la dicha de visitar ocupa Barcelona un lugar especial. En ella pudimos contemplar su laboriosidad, sus iniciativas, su floreciente industria que la coloca entre las ciudades más importantes de España y de Europa. Pero esa voluntad de trabajo, tan característica de vuestras tierras, non se circunscribe al aspecto material, ya que en el campo religioso y moral puede presentar obras y entidades dignas de la mayor estima y que muy bien pueden servir de ejemplo.

Por eso Nos place recordar aquí la celebración del trigésimo quinto Congreso Eucarístico Internacional, grandiosa manifestación de piedad, en la que el celo de vuestro amado Pastor y de sus cooperadores preparó aquel solemne triunfo del Rey Eucarístico que tan profundamente llegó a las almas de los fieles y del que es elocuente recuerdo la magna obra de las «Viviendas del Congreso», destinada a manifestar las preocupaciones sociales de la Iglesia. Ya sabemos los trabajos que se realizan en este orden, y Nos consta el empeño con que Prelado, Clero y fieles se esfuerzan por remediar en lo posible las necesidades de los menesterosos y de los que sufren, y por que se extienda cada vez más el espíritu de justicia social de las enseñanzas pontificias.

No queremos terminar estas palabras sin implorar del Señor para vosotros, con vuestras familias e intenciones, igual que para toda la Diócesis, las más copiosas gracias. Las pedimos por intercesión de la Virgen Santísima de Montserrat, vuestra amada Patrona, ante la cual Nos postramos con fervor un día, al visitar su hermosa montaña, suplicándole os ampare siempre con su maternal protección.

Con estos deseos damos de todo corazón a Nuestro Venerable Hermano el Arzobispo-Obispo, tan devoto de la Santa Sede, a los Sacerdotes, a los directores de la peregrinación y a cuantos la componen, y a los demás fieles aquí congregados Nuestra paternal Bendición Apostólica.


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. I, págs. 50-51.

 

 



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