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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
A LAS ASPIRANTES DE LA JUVENTUD FEMENINA
DE LA ACCIÓN CATÓLICA ITALIANA
*

Jueves 29 de septiembre de 1960

 

De todo corazón os saludamos, queridas Aspirantes de la Juventud Femenina de Acción Católica Italiana, llegadas a Roma para celebrar, en una manifestación solemne, el cuadragésimo aniversario de vuestra Asociación.

En estos días de permanencia en Roma vuestras voces han sido la feliz expresión de sólida piedad religiosa y de ardor apostólico. Y ahora, al terminar las ceremonias conmemorativas, tenemos la alegría de acogeros en esta Basílica y de bendecir y estimular los propósitos para el nuevo año en la Asociación.

Una vez más la juventud acude a Roma; una vez más este máximo templo de la cristiandad recoge el clamor vibrante de una juventud piadosa y alegre, generosa y pura. Una iniciativa de bien, emprendida hace cuarenta años con intuición precursora y que después se reveló tan fecunda, se manifiesta ahora noblemente y al mismo tiempo se continúa y extiende a ulteriores conquistas.

¡Queridas hijas! Con vuestra presencia repetís desde aquí a todas vuestras compañeras de edad y esperanzas el mensaje de vida que exulta en vuestro corazón. El misterio a que hoy asistimos es un misterio de gracia y un don de fortaleza y alegría. El Señor es quien os ha llamado, previniéndoos y ayudándoos con sus dones; y vosotras habéis correspondido con toda la espontaneidad y ardor propios de la adolescencia. ¡Muy bien, queridas hijas! Os damos gracias por el espectáculo de fe que habéis ofrecido a nuestros ojos, que gustan de posarse con predilección sobre las falanges prometedoras de la juventud que crece para consuelo de la Iglesia de Dios y para serena esperanza de las familias.

El cuarenta aniversario de vuestra Asociación exige las celebraciones de estos últimos años, no ya reservadas solamente a las tradicionales conmemoraciones del vigésimo quinto o quincuagésimo aniversario, sino extendidas a un horizonte más amplio, como para asegurar el cumplimiento de los buenos propósitos, que preceden y siguen a los exultantes encuentros.

La reunión actual, que, incluso en su breve duración, ha exigido los más importantes deberes y los más luminosos ideales de vuestra edad, adquiere, por lo mismo, una fisionomía característica y muy significativa: es el encuentro de las adolescentes de Italia con su fascinación encantadora de sencillez y de promesas que encierra esta palabra.

¡La adolescencia! También Jesús, Maestro Divino, mira con particular benevolencia esta edad preciosa y maravillosa. Y el tema de "la adolescencia" se suele encontrar en el Evangelio, unas veces con un tono diverso, como con un perfume nuevo, que hace más vivas e imborrables estas páginas.

Ora es una invitación a la generosidad total, como cuando Jesús invita al joven a dejarlo todo para seguirle, le mira a los ojos y le demuestra su afecto: Intuitus eum, dilexit eum (Marc. 10, 21).

Ora es una orden imperiosa de resurrección, que devuelve a la vida a dos jóvenes en flor, arrancados a la muerte. Y es tan conmovedor pensar que de los tres mandatos de resurrección que recuerda el Evangelio, dos se dirigieron, en términos casi parecidos, a dos jovencitos; pues a la hija de Jairo dice Jesús: "Talitha cumi, que quiere decir: Muchacha, a ti te digo, ¡levántate! (Marc. 5, 41); y al hijo de la viuda de Naim: "Joven, a ti te digo: Levántate" (Luc. 7, 14)

Ora es una invitación a colaborar, como una anticipación de la Acción Católica en su función de cooperar con la Sagrada Jerarquía; y así, en el milagro de la multiplicación de los panes precisamente fue un muchacho el que dio al Señor unos panes y peces necesarios para sus divinos designios (cf. Io. 6, 9).

Mirad, pues, queridas hijas, cuánto amor tiene el Señor a vuestra edad y lo que espera de vosotras. ¡Oh! Vosotras lo sabéis bien, estáis convencidas de ello y os esforzáis por dar a conocer también a vuestras compañeras que la vida no está hecha sólo para encerrarse dentro de sí mismas, en el egoísmo o en la ligereza, sino para darse, edificar y hacer el bien.

No significa inercia, pereza, parálisis, sino generosidad y ardor. Esto es lo que Jesús espera de vosotras, esto es lo que os pide su humilde Vicario, el Papa que os habla.

Como al adolescente del Evangelio Jesús os dirige una invitación a la generosidad; para alguna de vosotras, llamada a más sublimes ideales, tal vez se trate de poner en práctica a la letra las palabras evangélicas: "Ve, vende cuando tienes..., ven y sígueme" (Marc. 10, 21).

Pues, en realidad, nada hay tan hermoso como una vocación religiosa y misionera. Mas, a todas indistintamente, Él exige esta generosidad: dejar las actitudes y exigencias vanas del mundo para servirle a Él más de cerca, para conocerle más profundamente y hacer que le amen con más intensidad. Sin duda, todo esto cuesta sacrificio, pero nadie más que vosotras adolescentes puede ser ardiente en seguir al Señor con corazón fervoroso, alma limpia y voluntad tenaz, sin poner límites a la propia generosidad.

Como a los adolescentes del Evangelio, Jesús os llama a la vida, a la alegría de vivir en gracia, de saberos templos vivientes de la Santísima Trinidad, que habita en el alma de los justos. Vida de oración, de confesión y dirección espiritual; vida de fidelidad a los divinos mandamientos, porque sólo ésta es la condición para mantenerse unidos a la misma fuente de la vida, a Jesús Salvador, como los sarmientos están unidos a la vid dando en abundancia sus dorados racimos.

Como al adolescente del Evangelio, Jesús os llama a la colaboración, a que ofrezcáis vuestras energías, vuestro trabajo, vuestra inteligencia para la propagación de su Reino. Que ninguna piense que todavía no es capaz. Con cinco panes y dos peces Jesús sació a las multitudes, y también sabrá servirse de vuestra contribución del apostolado, aún pequeña, para obrar, maravillas. Sentid todas el santo deseo de ayudar a Jesús mediante vuestra colaboración con la Jerarquía Católica, poniendo en práctica todo lo que se os pide, participando en la vida de la Asociación con todas sus actividades, procurando ser sembradoras de buen ejemplo en los ambientes en que se desenvuelve vuestra existencia.

Al volver a vuestras parroquias, como enjambres de laboriosas abejas, conservad vivo en el corazón el recuerdo de estas jornadas. Os deseamos seáis siempre dignas del ideal que se os ha propuesto, y pedimos al Señor para que os conceda toda gracia, preparando y continuando vuestro armonioso desarrollo espiritual.

Y acompañamos estos deseos nuestros con una copiosa Bendición Apostólica, que hacemos extensiva a vuestros Dirigentes y Asistentes nacionales, diocesanos y parroquiales, a vuestros queridos familiares y a toda la gran familia tanto, de las aspirantes como de las efectivas, de la Juventud Femenina de Acción Católica presentes con vosotras en esta Basílica Vaticana.


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 495-498.

 

 



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