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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS MIEMBROS DE LAS COMISIONES PONTIFICIAS
Y SECRETARIADOS PREPARATORIOS
DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II
*

Lunes 14 de noviembre de 1960

 

Venerables Hermanos, amados Hijos:

En la apertura de esta solemne e imponente reunión, que señala el comienzo de una santa vigilia de trabajo intenso y pacífico para el Concilio Ecuménico Vaticano II, parece que vienen muy a propósito las conocidas palabras que preceden a la bendición episcopal: Sit nomen Domini benedictum : Adiutorium nostrum in nomine Domini.

El nombre y el auxilio del Señor invocado y bendecido: ¿qué cosa más suave y conmovente?

Con estos auspicios llenos de alegría deseamos hoy ocuparnos con vosotros en una conversación del todo familiar y sencilla, que añada luz y fervor al que ya cada uno de nosotros lleva en la mente y en el corazón.

Los esfuerzos humanos, que han comenzado en la luz y gracia divinas, continuarán después gradualmente, a medida que nuestra cooperación vaya creciendo en empeño, buena voluntad y santa energía.

Suele afirmarse que la incertidumbre, la sagrada emoción —diría— de los primeros pasos, siendo ejercicio de humildad, pronto se transforma en seguridad animosa, sobre todo si el sucesivo despejarse del horizonte revela gradualmente la intervención del Señor para iluminar, animar, seguir adelante corde magno et animo volenti.

Este nuestro Concilio no recibe su nombre de Jerusalén o de Nicea. Pero es natural que el alma del humilde sucesor actual de San Pedro, y del Papa Silvestre, que se siente lleno de ardor ante el proyecto de esta gran empresa, se aplique entre otras cosas a considerar principalmente el desarrollo histórico de los veinte acontecimientos de iguales o más vastas proporciones, que se han sucedido durante dos mil años, a señalar solicitudes pastorales de la Iglesia; a considerar —digamos— las particulares y graves contingencias que acompañaron la celebración de estas memorables reuniones, las dificultades y contradicciones encontradas en las vicisitudes de las diversas épocas, a veces más tempestuosas y difíciles que la actual. A este trabajo de erudición histórica, precioso en sumo grado, deseamos ante todo invitar a cuantos han recibido la particular y alta misión de colaborar más directamente en este Concilio Vaticano II.

Están a nuestra disposición las principales Colecciones monumentales de los Concilios: la Romana, ordenada por Paulo V, la Regia, de París, y la Nova et Amplissima Collectio, de Mansi, que bajo la dirección del mismo insigne Arzobispo de Luca llegó a contar más de treinta grandes volúmenes, y que, continuada después por Petit y Martin, llegó a los sesenta; por no mencionar otras preciosas publicaciones de gran valor, en muchos idiomas.

¡Cuánta doctrina y cuánta historia, erizada por desgracia, de dificultades y de luchas, pero coronada siempre de gloriosos éxitos!

Bendigamos al Señor, venerables Hermanos y amados hijos, porque, a juzgar por las primeras impresiones suscitadas en el mundo entero al mero anuncio del Concilio, hay muchos motivos que, por decirlo así, nos permiten gustar anticipadamente del espectáculo de la inmutable y siempre floreciente juventud de la obra maravillosa de la acción redentora de Cristo que es la Iglesia Católica, quam acquisivit sanguine suo (Act. 20, 28).

Otro punto de importancia es preciso destacar aquí, al comienzo del enorme trabajo que tenemos delante y deseamos presentar sin demora al mundo entero.

Los Concilios Ecuménicos del pasado han respondido preferentemente a varias e importantes preocupaciones de exactitud doctrinal relativas a la lex credendi, a medida que las herejías y errores intentaban penetrar en la antigua Iglesia en Oriente y Occidente.

En Nicea se puso en discusión la Divinidad del Verbo Divino hecho hombre por la salvación del género humano: el error de Arrio. En Efeso, la preocupación grave versó sobre la unidad de la persona del Verbo en las dos naturalezas y la maternidad de María, la Theotocos. En Calcedonia nuevas querellas y discusiones sobre la distinción de las mismas dos naturalezas. En el siglo XVI se había puesto en peligro funditus la constitución de la Iglesia, y en Trento se debió y se logró de hecho restablecer todo sobre las antiguas bases: fe, culto, sacramentos, disciplina: todo fue restablecido sobre sólidas bases y puesto en clarísima luz. Finalmente, el Concilio Vaticano I, en el breve espacio de tiempo que le fue concedido, con todo vigor revisó nuevamente la divina constitución de la Iglesia, en particular lo relativo a la infalibilidad, in rebus fidei et morum, del Romano Pontífice.

Para la convocación de los otros quince Concilios Ecuménicos, además de esos cinco ya enumerados, es verdad que las ocasiones se presentaron por diversas circunstancias y por el cuidado de salvaguardar la pureza de lo enseñado por la Iglesia acerca de algunos puntos doctrinales, pero también por el cuidado de confirmar y dirigir las conciencias turbadas ante acontecimientos de carácter religioso o político, en diversas naciones o contingencias, aunque casi siempre en relación con las más altas tareas del magisterio eclesiástico, para el servicio del orden, del equilibrio y de la paz social.

En la época moderna, con un mundo de fisonomía profundamente cambiada y que se sostiene difícilmente en medio de los atractivos y los peligros de la búsqueda casi exclusiva de los bienes materiales, ante el olvido o el debilitamiento de los principios de orden espiritual y sobrenatural que caracterizaban la implantación y la expansión de la civilización cristiana, a través de siglos: en la época moderna, digo, más bien que de uno u otro punto de doctrina o de disciplina que convenga llevar hasta las puras fuentes de la Revelación y de la Tradición, se trata de renovar en su valor y esplendor la substancia del pensar y del vivir humano y cristiano, del que la Iglesia es depositaria y maestra por los siglos.

Por lo demás, el deplorar las desviaciones del espíritu humano, tentado y arrastrado a gozar únicamente de los bienes terrenos, que los modernos progresos científicos ponen ahora con facilidad al alcance de los hijos de nuestro tiempo, ciertamente es cosa grave y obligatoria. Pero Dios nos libre de exagerar las proporciones hasta el punto de hacernos pensar que los cielos de Dios ya han quedado definitivamente cerrados sobre nuestras cabezas; que verdaderamente tenebrae factae sint super universam terram, y que no nos quede ya otra cosa que hacer sino derramar lágrimas sobre nuestro fatigoso camino.

Por el contrario, debemos llenarnos de valor.

No. Cristo, Hijo de Dios y Salvador nuestro, no se ha retirado del mundo que ha redimido, y la Iglesia fundada por El, una, santa, católica y apostólica, continúa siendo siempre su místico cuerpo, del cual El es cabeza, con el cual cada uno de nosotros, los creyentes, está relacionado, al cual pertenecemos. El punto importantísimo que todo bautizado debe tener presente es éste: el hecho de pertenecer a la Iglesia de Jesús no es una simple nota de carácter individual, para cada uno, sino de carácter eminentemente social, para todos. Y ésta es la significación del apelativo de homo catholicus, de orbis catholicus, de Ecclesia catholica: como queriendo decir que cada uno de nosotros, en la Iglesia de Cristo, somos verdaderamente de la misma familia divina, hijos y hermanos: quos (Pater) praescivit et praedestinavit conformes fieri imaginis Filii sui, ut sit ipse primogenitus in multis fratribus (Rom., 8, 29).

Así, pues; cada uno de los fieles pertenece a la catolicidad toda entera, como cada uno de los sacerdotes y, con la debida distinción de oficios, cada uno de los Obispos, y esto, en fuerza de la estructura divina que Jesús, Filius Dei fundator Ecclesiae, imprimió a su institución, hecha para la universalidad y para la eternidad.

Vosotros comprendéis, Venerables Hermanos y amados hijos, cómo corresponden a estas sencillas indicaciones, las palabras de unidad, de caridad y de altísimas virtudes, los charismata meliora que San Pablo en su primera epístola a los Corintios se adelanta a enumerar, para común aliento y edificación (1 Corinth., 12 y 13).

¡Oh, qué páginas de sublime y emocionada elevación son ésas del incomparable Apóstol de las gentes, que corresponden al anhelo expresado por el "unum sint" de la trágica víspera de la Divina Pasión, y que todavía resuenan, desde el fondo de esa edad, incluso sobre las innumerables fracciones separadas de la unidad católica que no dejan de suspirar por el retorno a la senda del auténtico fundamentum Apostolorum et prophetarum, ipso summo angulari lapide Christo Iesu: in quo omnis aedificatio constructa crescit in templum sanctum Domino (Ephes., 2, 19).

Amados hijos: todo lo que hemos querido recordar hasta aquí en estas Nuestras palabras, aunque haya sido ligeramente, nos lleva a indicar algunas líneas de procedimiento práctico, sobre el desarrollo del trabajo que hoy se inaugura, tanto por parte de esta Comisión Central —la más alta— presidida por el mismo Papa, como para la coordinación de las otras Comisiones o Secciones de trabajo, sobre las cuales recaerá la parte formidable de esta gran tarea, a la que cada uno de vosotros fue llamado desde los más lejanos horizontes, con una intención de pacífica concordia y de exultante fervor.

Queridos hijos: Cuando en la fiesta de Pentecostés de este año publicamos el Motu Proprio Superno Dei nutu, grande fue el consuelo de entrever y casi presagiar, en el diverso y rápido crecimiento del fervor religioso, la edificante vitalidad de las energías espirituales, capaces de llevar Nuestro buen designio y propósito del Concilio a feliz y alegre término. A pocos meses de distancia, fieles a una sencilla invitación Nuestra, os encontráis aquí presentes ante Nos, constituyendo un noble ejército, bajo las bóvedas del templo máximo de la Cristiandad, como diciendo: "Adsumus, ecce tibi".

¡Oh, sed bienvenidos y que Dios os bendiga!

Algunas informaciones os serán de inmediato y pleno agrado. En la fase antepreparatoria se ha podido reunir y preparar un material precioso de investigación y de estudio. Obispos, Prelados, Congregaciones Romanas, Universidades, han expresado su parecer sereno, motivado, persuasivo, acerca de varios problemas de inmediata solución. Estas primeras respuestas se están ahora imprimiendo en una edición ejemplar, que consta ya de cinco volúmenes, y esperamos otros tantos poco después de Navidad.

De este copioso arsenal fue de donde se escogieron los asuntos que parecieron más dignos de atención para las discusiones particulares. Ahora esos mismas asuntos serán confiados a vuestra pericia, queridos hijos, que podría además señalar o profundizar otros que pareciese necesario y oportuno proponer y prear.

Bajo la sabia y prudente guía de cada uno de los presidentes, las Comisiones y los Secretariados están asimismo ya preparados para su tarea, como Nos lo aseguran las primeras constataciones, y están particularmente dedicados a satisfacer los deseos y proposiciones de los Obispos, padres venerables de la noble asamblea.

¡Qué hermoso trabajo, amados hermanos e hijos nuestros, va a ser esto!

Al sólo pensarlo el ánimo conmovido se regocija y da gracias al Señor por toda la brillantez y belleza espiritual que la Santa Iglesia va a conseguir ante el mundo para su edificación y su aliento.

Es natural que el estudio de preparación requiera amplitud de tiempo, paciencia perseverante en el trabajo y ejercicio de la caridad que se embellece con los charismata meliora, mencionados en el capítulo XIII de la primera carta de San Pablo a los Corintios. La experiencia más cercana a nuestros tiempos, la de Trento y del Vaticano I, servirá de buena dirección y enseñanza a las proposiciones, discusiones y conclusiones.

Es también natural que el amor silentii, el sentido de la moderación, el respeto mutuo sea precioso ornamento de los estudios y de las reuniones. Todo en el Concilio ha de estar rodeado de grande circunspección, manteniéndose en su puesto cada uno de los que en él toman parte. El que las primeras informaciones que han circulado por el gran mundo hayan suscitado aún extra saepta Ecclesiae Catholicae respetuosa atención de parte de los hermanos separados, Nos consuela sobre manera y Nos hace pregustar la alegría de la unidad de todos los cristianos en los sentimientos y en la misma oración de Cristo a su Padre: "Ut unum sint; ut sanctifices eos in veritate (Io. 17, 19).

Sin embargo, el Concilio, como es ya sabido y ha sido repetidamente anunciado, tiene un campo peculiar suyo, como civitas in monte, y se ocupará al principio exclusivamente de cuanto concierne a la Iglesia Católica, nuestra madre, y su actual organización interna.

Spiritus Domini replevit orbem terrarum, et hoc od continet omnia scientiam habet vocis. Magníficas son estas expresiones del capítulo I del Libro de la Sabiduría, como es estupendo y conmovedor todo el libro. Pero todos los que, aun sin participar en la profesión íntegra de la fe católica, desean con ánimo leal y confiado informarse sobre los trabajos del Concilio, Nos queremos esperar que no encontrarán menos oportuna y cortés Nuestra invitación a aguardar un poco a que los Padres hayan terminado su obra y todo esté bien preparado y mejor dispuesto para los contactos más elevados: inteligencia, corazón y visión de lo sobrenatural, sobre todo lo cual pueda posar el Spiritus Domini a gloria y amor de Jesucristo, fundador de su santa y gloriosa Iglesia.

Bien sabido es, por lo demás, que para completar el cuadro oficial de las 10 Comisiones entre las cuales está distribuido el trabajo del Concilio, hemos procedido a la institución de un Secretariado especial que pueda responder a las referencias de todos aquellos hermanos nuestros que, aunque separados —como suele decirse—, desean seguir la obra del Concilio a la luz de la verdad, con sentimientos de respeto, de bondad y de amable discreción.

Venerables Hermanos y amados hijos.

A esta Nuestra familiar conversación deseamos añadir algunas palabras que eleven nuestras almas a una animosa confianza, y a una santa emulación en las virtudes cristinas y sacerdotales, que todo el pueblo deba mirar con edificación, para salud, alegría y paz del mundo entero.

La celebración de un Concilio de la Iglesia Católica lleva consigo el estudio de todo un conjunto de materias que se relacionan con el orden no sólo de los individuos y de las familias, sino también de todas las naciones, orden que rige las bases de la convivencia humana.

Desde el decálogo de Moisés hasta los cuatro Evangelios todo recibe su fuerza de esto: a saber, de Cristo y de su Iglesia, en cuyo centro Jesús bendito continúa siempre repitiendo las solemnes palabras: Ego sum lux mundi. Ego sum via, veritas et vita (Io. 8, 12; 14, 6). A estas palabras y a lo que ellas significan ponen después un divino sello las últimas, con que termina el Evangelio de San Mateo: Ecce: ego vobiscum sum omnibus diebus usque ad consummationem saeculi (Mat., XXVIII, 20).

¡Amados hijos! Durante estos meses, revisando numerosos escritos de la copiosa literatura relativa al último Concilio Ecuménico Vaticano I, celebrado por Nuestro Predecesor, de venerada memoria, Pío IX en el año 1869-1870, hemos descubierto un escrito público impreso, redactado por uno de los espíritus más agitados y aplaudidos en aquel tiempo de acentuado paroxismo antirromano. Iba enderezado con una ironía de mal gusto a los Obispos, que desde todo el mundo habrían de acudir al Vaticano, y los comparaba con los antiguos Obispos de Oriente, reunidos en Nicea para el primer Concilio en el año 325: "Vosotros os habéis reunido hoy en Roma para el nuevo y último Concilio. El primero —el Niceno— fue un solemne y venerado bautismo de triunfo y de ordenada unidad para la religión que requerían los tiempos. Este último, el vuestro, sean las que fueren vuestras intenciones, probará la gran realidad de una religión agonizante, y consiguientemente el necesario y no lejano nacimiento de otra nueva" (Scritti editi ed inediti di G. M., Vol. LXXXVI; Política, Vol. XXVIII), Imola, Cooperativa Tip. Ed. P. Galeati, 1940, p. 241.

Hasta aquí las auténticas palabras del desafío, y de las profecías. A un siglo de distancia podemos comprobar su insania y lo que merecen estos profetas de Baal —y nunca falta alguno— qui viderunt tibi falsa et stulta (Thren. 2, 14). ¡Dejémosles hablar!, para nuestro ejercicio de vigilancia y de paciencia, ut reportemus promissionem. Nosotros sigamos fieles a la palabra de Cristo, la última palabra con la cual Mateo termina su Evangelio, y que es la confirmación de la victoria de la Iglesia de Jesús, de nuestra Iglesia, hasta el fin de los siglos.

Esta reunión de hoy, que congrega a representantes de todo el mundo, no es todavía la inauguración del nuevo Concilio; sino el comienzo y como la consagración de la decidida y amplia preparación de nuestras energías con miras a su buen éxito, a tomar determinaciones, a iniciar estudios y discusiones, para proporcionar vida y doctrina segura.

¿No os parece oír el eco de una voz lejana que llega a nuestros oídos y a nuestros corazones? Surge, illuminare, Ierusalem, quia venit lumen tuum, et gloria Domini super te orta est (Is. 60, 1). El lejanoIsaías nos ofrece las notas para el primer cántico triunfal, que recoge los ecos del melodioso fervor que se eleva ex omnibus linguis, et tribubus et populis.

Grandes cosas en verdad —deseamos repetirlo— esperamos Nos de este Concilio, que no sólo pretende vigorizar la fe, la doctrina, la disciplina eclesiástica, la vida religiosa y espiritual; sino contribuir en gran manera a la consolidación de los principios del orden cristiano, en los que se inspira y por los que se rige el desenvolvimiento de la vida civil. económica, política y social. La ley del Evangelio debe llegar a todo esto, y no hay nada que no deba envolver y penetrar de cuanto nos viene de rore coeli et de pinguedine terrae (Gen. 27, 28). Llegar a todo esto supone una participación consciente, sincera, elevada, de todos los que integran el orden social —sacerdocio y laicado; autoridades constituidas; actividades intelectuales; trabajo—, del orden social absorbido con la preocupación de la perfecta unión de las relaciones entre cielo y tierra, entre vida presente incierta y peligrosa, y vida eterna y felicísima en la proporción de nuestra correspondencia como hombres y como cristianos a los dones de la gracia y de la misericordia del Señor.

Venerables Hermanos, amados hijos.

En la gloria serena y tranquila de este hermoso comienzo de los trabajos del Concilio, confiado a la competencia y a las buenas y sabias inspiraciones de cada uno, dignaos recibir el sursum corda que deseamos dirigir a todos y cada uno de los presentes en persona o en espíritu; a los Señores Cardenales, cercanos y preciosos colaboradores del humilde Sumo Pontífice episcopus Ecclesiae Romanae y Pastor de la Iglesia Universal; a los Patriarcas, Arzobispos, Obispos de toda la cristiandad, extendida en diversos ritos y por todas las regiones del mundo entero, a los Abades, a todos los miembros del clero, secular y regular, y a todos los que del estado eclesiástico han sido llamados in partem sollicitudinis, y que pertenecen al corpus universale Ecclesiae para contribuir con la oración, el consejo, la actividad, al gran acontecimiento, al cual nos ha llamado la Providencia del Señor, o puesto en condiciones de cooperar.

Desde el primer anuncio del Concilio Ecuménico Vaticano II, el mundo cristiano ha notado que una. corriente de espiritualidad conmueve las almas con vibraciones insólitas.

Y en las almas sinceras estas vibraciones toman acento de oración confiada, suave al oído y al corazón: voces de almas inocentes, voces de almas consagradas, voces de los que sufren, que se elevan desde todos los puntos de la tierra.

En los primeros años de la historia de la Iglesia,; el primer Papa, Pedro, fue objeto de persecuciones, privado de libertad y recluido en prisión. El libro de los "Hechos" es conmovedor cuando nos refiere cómo toda la Iglesia comenzó a orar por él sine intermissione. Desde hace veinte siglos continúa la oración por el Jefe de la Iglesia Católica, y podéis comprender vosotros cuánto consuelo, seguridad espiritual y tranquilidad produzca en el Papa el sentirse sostenido así por sus venerables Hermanos y amados hijos, esparcidos en todo el mundo. Este sentimiento lo mantiene en continua comunión con la Sancta Ecclesia universalis, comunión de oración que responde a la oración, comunión de sufrimientos que responde al sufrimiento. ,

La bondadosa Providencia de Nuestro Señor ha dispuesto que el Obispo de Roma, reconocido en todos los siglos como su Vicario en la tierra, goza ahora de una libertad personal que le permite el ejercicio de su sagrado ministerio espiritual, como sucedió al primer Pontífice, Pedro, libre ya de la cárcel de Herodes.

Pero el Papa tiene una gran pena que llena siempre su corazón el recuerdo de muchos, por demás numerosos, amados Hermanos suyos en el episcopado, de excelentes sacerdotes y fervorosos fieles que aquí y allá en varias partes del mundo sufren privación de libertad humana y religiosa, y aun a veces física y moral, y hasta opresión comparable a la que sufrieron los primeros héroes y mártires del cristianismo.

Sabemos Nos lo que significa vivir con Cristo, con su Evangelio, con su Cruz, y lo que podemos esperar de los enemigos de Cristo y de la civilización cristiana. Esto Nos hace mucho más sensibles a las aflicciones de Nuestros hermanos que continúan sufriendo en la tribulación; y Nos anima a apresurar para ellos y para todo el mundo el triunfo de la verdad, de la justicia, de la libertad y de la paz.

El diligente y reflexivo trabajo de la preparación, más directa del Concilio Ecuménico, con la contribución ordenada y preciosísima de los componentes de las diez Comisiones y de los Secretariados ya a punto de entregarse a la gran tarea propuesta a cada uno, tenga siempre presente la voz de la Iglesia, hecha signo de persecución, en una no interrumpida comunión de oraciones, de fatigas, y de méritos que asegurarán el buen éxito de la santa empresa, que nos confía la Providencia, y asegurarán también la recompensa cierta de la vida presente y eterna en Cristo Jesús, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos: Así sea.

 


* AAS 52 (1960) 1004-1014; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 15-26.

 

 



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