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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
 A LA OBRA DE "PROTECCIÓN DE LA JOVEN"
*

Sala Clementina
Domingo 20 de noviembre de 1960

 

En los numerosos encuentros que la Providencia dispuso en el curso de nuestra vida, con instituciones y asociaciones femeninas, siempre nos fue precioso el recuerdo y elogio antiguo que la Sagrada Escritura dirige a la mujer: Os suum aperuit sapientiae, et lex clemenntiae in lingua eius (la sabiduría abre su boca y en su lengua está la ley de la bondad) Prov. 31, 26). Con estas palabras os acogemos y saludamos hoy a vosotras, presidentas de las Comisiones provinciales Italianas de la Asociación para "la Protección de la Joven".

Realmente, ¡qué buenas y hermosas cosas realizó y llevó a cabo vuestra Asociación Internacional en todo el mundo desde que, en 1896, en los albores de su prometedora actividad, recibió el impulso de pensamiento, de afecto y de bendición de nuestro gran predecesor León XIII; cuyos méritos en el campo de la doctrina social cristiana adquieren por esto nuevo fulgor!

El Obispo de Pompeya y venerable hermano Arzobispo titular de Nicosia ha tenido la amabilidad de recordar el encuentro de 1956. Se lo agradecemos. Es verdad, conservamos en el corazón el recuerdo de aquella vigésima cuarta reunión general de vuestra dirección, que tuvimos la alegría de presenciar en Venecia. Desde entonces comprendemos más a fondo el espíritu que anima a "la Protección de la Joven", la serenidad y caridad que penetran todos sus actos.

Pues los propósitos que se ha fijado son de índole principalmente espiritual y religiosa, pero no descuida las innumerables previsiones de carácter asistencial, social y caritativo que tienden a rodear a la jóvenes de atenciones y cuidados maternales.

Tenemos presentes —y os lo decimos con estremecimiento— los datos estadísticos que, con frecuencia, nos ofrecen, verdaderamente impresionantes desde el punto de vista pastoral, relativos a las muchachas jóvenes que dejan el hogar por razones de trabajo. Este movimiento de almas es provocado generalmente, unas veces, por la necesidad de encontrar trabajo y ocupación fuera del propio ambiente de origen, insuficiente a la demanda de ocupación; por el deseo de procurarse una base económica para fundar una familia. Por último, este éxodo se produce por serios motivos de estudio, por las crecientes exigencias de la vida pública y civil que exige de la mujer una cuidadosa preparación profesional; otras, digámoslo también, por los cambios de carácter sentimental y de aventura que para alguna jovencita podría llegar a ser —como tuvo que decir Pío XII, de venerable memoria—el engañoso espejismo de una condición de vida un tanto libre y sustraída a todo control (A la Juventud Femenina de Acción Católica, 24 de abril de 1943, Discursos y Radiomensajes, V. pág. 43).

Vuestra Obra surgió ante la necesidad y los peligros de situaciones tan delicadas y ella os tiende sus brazos maternales. ¡Oh, qué útil e indispensable es su presencia! ¡Qué feliz impresión ejerce sobre las almas de nuestro tiempo cuando, por ejemplo, transitando por las estaciones de ferrocarril se puede leer el cartel escrito en varias lenguas: Protección a la Joven. Es como una invitación discreta en el tropel de la bulliciosa multitud a recordar el lejano hogar, la familia, las amables y puras amistades de la infancia!

¡Protección! En esta palabra no hay nada autoritario, lejano, impuesto, sino, al contrario, un tono de amabilidad, un calor de simpatía humana y cristiana, una invitación estimulante a la confianza y seguridad. Ella indica implícitamente la Providencia solícita del Padre que está en los cielos, cuya prolongación y ayuda quiere ser la evocación de Aquel que "Es su fuerte escudo, su apoyo poderoso, abrigo contra el solano, contra el ardor del mediodía. Guarda contra el tropiezo, auxilio contra la caída". (Eccli, 34, 19-20). Esa palabra, tan querida para vosotros, contiene también muy elevados conceptos que llevan a la práctica el precepto del Señor Jesús. Su mandamiento particular, es decir, el amor fraternalmente recíproco, conforme al ejemplo que El nos dio.

Vuestra Obra puede estar orgullosa de ello; ella quiere ser en el mundo un rayo de la paterna bondad de Dios y un testimonio vivo de solidaridad cristiana inspirada en los más puros valores del Evangelio.

Por tanto, a vosotras, queridas hijas, se dirige nuestro estímulo, unido a la oración para que el Señor omnipotente os sostenga en vuestro trabajo, haga que busquéis siempre nuevos medios y empresas para llegar a todas aquellas que consciente o inconscientemente necesitan vuestros servicios de apostolado.

Junto a vosotras, aquí presentes, vemos a las innumerables falanges de esas jóvenes, deseosas y abiertas a todo lo bello que hay en el mundo creado por Dios; tal vez ya probadas por angustias y dolores que las movieron a salir de casa; confiando en un porvenir más feliz y seguro y dispuestas a sacrificios incluso duros, pero expuestas a peligros sin cuento del alma y cuerpo en una sociedad donde a veces domina el egoísmo más refinado bajo los velos de un engaño seductor.

A todas estas hijas, que constituyen la fuerza sana de las naciones y la esperanza del mañana, el humilde Sucesor del Apóstol Pedro quisiera dirigirles una apremiante palabra, no para infundirles aprensión o miedo, sino para hacerles reflexionar, darles ánimos y propósitos firmes y decididos. Y es que no desperdicien sus mejores años en la ligereza o —Dios no lo permita— en el pecado, cediendo a las sutiles insidias de que está saturada la atmósfera que respiran ‑cuyos vehículos eficaces y mortales son cierta literatura fácil y los espectáculos deletéreos—, sino que, por el contrario, recuerden siempre la alta misión a que están llamadas por la íntima dignidad de mujer a la que el mismo Dios le ha dado su carácter inmortal: esposas que deberán levantar y edificar al marido, madres que deberán educar y trasmitir su propia riqueza espiritual a los hijos; ángeles de paz y de optimismo en la fe en Dios, en la vida de gracia, en la exquisita piedad religiosa. A esto tienda su vida presente y para conseguir tal armonía entre las virtudes naturales y cristianas puede ayudarles mucho, aconsejando, propagando la buena prensa, ayudando por todos los medios, la benemérita Obra vuestra para "la Protección de la joven".

Estos son, queridas hijas, nuestros votos y deseos que creemos encontrarán en cada una de vosotras y de las jóvenes que asistís fervorosa correspondencia de asentimiento y deseo de colaboración activa e infatigable.

Confiamos que escuchará estos santos propósitos la Madre del Buen Consejo que es "madre del amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza" para que os inspire santos consejos y os sostenga en vuestros firmes propósitos para conducir a las almas juveniles por el camino que lleva a Jesús.

Como confirmación de estos votos nuestros y en prenda de benevolencia nos complacemos en secundar vuestro trabajo con la paternal Bendición Apostólica, que de corazón otorgamos a vosotras aquí presentes, en primer lugar al digno y celoso Asistente Eclesiástico Nacional y a los sacerdotes que colaboran con él, y a todas las jóvenes que encuentran en la obra el consuelo deseado.

 


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 31-34.

 

 


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