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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL SR. HAROLD MACMILLAN
PRIMER MINISTRO DE LA GRAN BRETAÑA
*

Miércoles 23 de noviembre de 1960

 

Señor Primer Ministro:

La visita que usted tiene la amabilidad de hacernos hoy nos proporciona un gran placer y una viva satisfacción. En el momento de acogeros aquí, en el Vaticano, nuestro pensamiento se dirige, en primer lugar, a su graciosa Soberana, Su Majestad la Reina Isabel, por la que formulamos ante Dios, así como por la Familia Real, los más cordiales y fervientes votos.

Saludamos en vuestra persona al noble pueblo británico, que es querido a nuestro corazón por sus altas cualidades morales y por el cual se eleva con frecuencia nuestra oración hacia el cielo. Si nuestro pensamiento se dirige con afecto particular, como es natural, hacia nuestros hijos católicos es para alegrarnos de que tengan interés en no ceder a nadie en servir fielmente a su patria y de que sepan mostrarse en toda circunstancia tan leales con las autoridades de su país como filialmente respetuosos con la Iglesia, su Madre.

En cuanto a usted, señor Primer Ministro, hace tiempo que seguimos atentamente sus actividades de estadista, inspiradas, como sabemos. por un sentido muy noble y elevado de dedicación a vuestra patria y a los grandes ideales de libertad, de justicia y de paz que forman parte del patrimonio tradicional de la Gran Bretaña.

Tuvimos ocasión de destacar particularmente la contribución que vuestra Excelencia aporta al mantenimiento y progreso de los valores de humanidad, de cultura y de civilización, y apreciamos en gran manera sus pacientes esfuerzos y los de vuestro Gobierno por el establecimiento de la buena voluntad, de la lealtad y de la concordia en las relaciones entre los pueblos.

La Iglesia Católica, por su parte, trabaja sin descanso por que reine en el mundo una verdadera y duradera paz fundada en la justicia y la caridad. Ella se alegra de todos los esfuerzos sinceros que tiendan a ese fin y no puede menos de desear su completo éxito.

Al dar las gracias a vuestra Excelencia por la amable visita que ha tenido a bien hacernos, le ofrecemos nuestros mejores deseos por su bienestar personal. Tenemos interés en asegurarle que nuestras oraciones le acompañan en sus graves responsabilidades de Primer Ministro y que de todo corazón invocamos sobre usted y sobre su gran país las más copiosas bendiciones divinas.

 


* AAS 52 (1960) 966-967; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 35-36.

 

 



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