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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
A LAS DELEGADAS DE LA UNIÓN MUNDIAL
DE LAS ORGANIZACIONES FEMENINAS CATÓLICAS
*

Miércoles 3 de mayo de 1961

Queridas hijas:

Es una gran alegría para Nos desearos la bienvenida, mujeres católicas de todas las condiciones y procedencias, que representáis los treinta y seis millones de miembros de la Unión Mundial de las Organizaciones femeninas católicas y que habéis venido a Roma, centro de la Iglesia, a celebrar junto a los sagrados sepulcros de los santos apóstoles Pedro y Pablo, el cincuentenario de vuestro movimiento

Consideramos nuestra participación en vuestras fiestas conmemorativas como uno de los más dulces consuelos que la bondad del Señor reservaba a nuestra alma sacerdotal, pues en otro tiempo tomamos parte en los acontecimiento que conmemoráis, habiendo cooperado personalmente con la ayuda de Dios en los comienzos de la rama italiana de vuestra Unión. Ese es uno de los privilegios de la vejez, de la bona senectus, poder evocar los recuerdos felices ligados a personas, lugares, circunstancias de un pasado lejano y bendito.

Nos referimos a la época en que en Italia ,una iniciativa anticristiana, suscitada, sin duda, por el eterno enemigo de las almas, el tentador del Edén primitivo, había provocado por reacción la fundación de la Unión de Mujeres Católicas. Mientras ésta tomaba forma y estructura, monseñor Radini Tedeschi —inolvidable obispo de Bérgamo, cuyo secretario particular éramos entonces— nos confiaba el encargo de asesor eclesiástico de la nueva agrupación. Y durante doce años consecutivos, esta misión sería una —si no la principal— de las múltiples solicitudes de nuestro joven sacerdocio. Este es uno de nuestros más queridos recuerdos y os muestra suficientemente que nuestro corazón se había aficionado a la bienhechora institución de que nacería después, como un nuevo retoño de un árbol vigoroso, la Juventud Femenina Católica Italiana, que prometía un porvenir tan magnífico.

Habéis venido, pues, en nombre de todas vuestras hermanas dispersas por todo el mundo, a presentar al Padre Común el homenaje filial de vuestra labor apostólica. Os damos por ello, queridas hijas, las más vivas gracias y permitidnos elevemos a Dios con vosotras una sincera acción de gracias por estos cincuenta años de excelentes servicios a la Iglesia. ¡Cuántos favores recibidos! ¡Cuántos verdaderos testimonios habéis dado en derredor vuestro durante este medio siglo! ¡Qué irradiación apostólica de la Iglesia, gracias a vosotras y a las que os precedieron! Magnificat anima mea Dominum! (Luc. 1, 46).

Pero también pedimos al Señor que bendiga vuestros trabajos actuales consagrados "en la víspera del Concilio Ecuménico" a "la mujer católica, factor de la unidad". Reflexionando en la unidad esencial y fundamental del mundo en Cristo y su Iglesia, examináis cómo la mujer católica puede y debe ser, en su puesto, por el hecho de su naturaleza, de su vocación providencial y aptitudes, fuente e instrumento de unidad en la familia, la vida social, la sociedad, la vida nacional e internacional.

¿Cómo no nos alegraríamos de haber escogido para este encuentro este tema de la unidad por el cual habéis querido mostraros hijas dóciles y fieles de la Iglesia, que toda ella se prepara para este importante acontecimiento religioso que será el próximo Concilio Ecuménico? Acogiendo en vuestros amantes corazones las preocupaciones del Pastor supremo, queréis orar, reflexionar y obrar según vuestras posibilidades por el éxito de esta gran Asamblea de todos los obispos católicos reunidos en torno al Sucesor de Pedro.

Por eso, no podemos por menos de animaros, queridas hijas, en vuestro propósito de ser por todas partes donde vivís y trabajáis en el mundo, fuente de unidad. Esa es, además, vuestra vocación de mujeres católicas siempre preocupadas por el bien de las demás, siempre dispuestas a hacer favores con amor y comprensión. En una atmósfera de materialismo práctico y de egoísmo, vuestro testimonio insustituible es una fidelidad total al Evangelio y una vida que ofrece en torno vuestro el hermoso reflejo de las virtudes cristianas. A ejemplo e imitación de la Virgen María, generaciones de mujeres católicas han sabido impregnar de ellas progresivamente la vida de las familias y de la sociedad; a vosotras toca proseguir esta tarea trascendental.

Cuando muchos valores tradicionales son discutidos, incluso en países cristianos, y las jóvenes naciones buscan con entusiasmo un ideal común, la firme persuasión de vuestras palabras y la tranquila dignidad de vuestra actitud llevarán a vuestras hermanas el ejemplo atrayente que suscita la adhesión y orienta toda la vida. ¡Queridas hijas: grandes son vuestras responsabilidades en el mundo de hoy, que espera de vosotras la luz de vuestra fe, el ardor de vuestra esperanza y el celo de vuestra caridad! ¡Que la extensión de vuestra influencia esté en proporción a las esperanzas que despierta!

De la mayoría de vosotras depende, en gran parte, la primera formación religiosa y moral de las nuevas generaciones. Ya hemos manifestado repetidas veces que Nos mismo aprendimos en las rodillas de nuestra madre a abrir nuestra alma a las cosas divinas. Nuestro corazón se enternece todavía al recordarlo y al pensar en la magnífica misión de la madre, insustituible educadora de sus hijos. Esta es vuestra principal tarea, aunque no la única, pues vuestra preocupación apostólica no tiene que conocer límites. Penetrar la humilde vida cotidiana del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo, ejercer una influencia cristiana en vuestros ambientes de trabajo, ayudar a formar a los adultos que con harta frecuencia ignoran la bienhechora doctrina católica frente al desenfreno de las propagandas ateas, afirmar, finalmente, en los grandes organismos internacionales, donde tenéis vuestro puesto, la enseñanza de la Iglesia, es un programa de renovación espiritual muy digno de vuestras energías y capaz, con la gracia de Dios, de transformar la faz de un mundo que cubrís con la red apretada de vuestras activas amistades.

¡Animo, queridas hijas, en vuestro apostolado de cada día, diversificado, sin duda, según los países y situaciones, pero que demuestra por su profunda unidad la universalidad de la Iglesia en el mundo hoy. ¡Hijas de la Iglesia!, que sepáis hacer que amen a vuestra Madre, darla a conocer también por el ejemplo de una fe viva y capaz de explicar "a cualquiera que pida razón de la esperanza que está en vosotros" (1 Petr., 3, 15). Llevad el mensaje de Cristo a todas las mujeres que buscan la luz y un apoyo para sí mismas, para su vida familiar y obligaciones de esposas y madres y que, al mismo tiempo que se benefician de la aportación moderna de la ciencia y la técnica, quieren preservar los tradicionales valores femeninos.

¡Queridas hijas!, el excelente trabajo realizado por vuestro organismo durante un medio siglo —con este título tan hermoso de Unión Mundial— es la mejor garantía de lo que sabréis hacer por la renovación cristiana de la sociedad, pues ésta se asemeja a las familias que, a su vez, son un reflejo de la mujer, verdadero corazón del hogar. Estad, pues, orgullosas de vuestra noble misión, a la que os llama la Iglesia por nuestra humilde voz. Y ¡qué las gracias divinas, que invocamos de todo corazón abundantemente sobre vosotras, vuestras familias y todas las que representáis, fecunden vuestro trabajo! Este es nuestro más querido deseo en prenda del cual os impartimos nuestra paternal bendición.

 


* AAS 53 (1961) 318-321;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 262-266.

 

 



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