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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
A UNA PEREGRINACIÓN DE LA «ACTION CATHOLIQUE
DES MILIEUX INDÉPENDANTS» DE FRANCIA
*

Viernes 12 de mayo de 1961

 

Queridos hijos e hijas
de la Acción Católica de los Medios Independientes de Francia:

Es magnífico el espectáculo que nos ofrecéis hoy al mismo tiempo que proporcionáis a nuestro corazón de padre, con vuestra presencia aquí, un motivo especialísimo de alegría y consuelo. Cuatro Cardenales, más de cuarenta arzobispos u obispos, seiscientos consiliarios, cerca de seis mil congresistas, ¿acaso se podría desear, en verdad, mejor demostración de la vitalidad de vuestro movimiento y una prueba más convincente, a la vez, de su adhesión a la Iglesia y a la Jerarquía?

Han pasado veinte años desde el día en que la Asamblea de Cardenales y Arzobispos de Francia decidió fundar un movimiento de Acción Católica para los adultos pertenecientes a los medios independientes: clase media, burguesía, aristocracia. ¡Qué excelente trabajo realizado desde entonces bajo los impulsos de vuestra celosísima presidenta fundadora! Por eso, era muy conveniente venir a Roma, centro del apostolado, para celebrar este aniversario, y habéis acertado en desear que vuestro congreso fuese al mismo tiempo, y sobre todo, una peregrinación. Con este espíritu lo habéis preparado con vigilias de oración. Los numerosos telegramas que nos han llegado de vuestros diferentes grupos de Francia y de ultramar demuestran toda la importancia que dabais a esta preparación espiritual. Y podemos deciros que estos calurosos mensajes nos han hecho gustar de antemano estos últimos días —y ayer mismo, viéndoos fraternalmente confundidos con la multitud que acudió a San Pedro para la canonización de una humilde joven campesina— el placer que sentiríamos pronto en acogeros. Muchas gracias, queridos hijos e hijas, por estas muestras de delicadeza, que nos han conmovido profundamente.

Y ahora, como coronación de esta peregrinación, habéis venido a buscar nuestro estímulo y bendición. Accedemos de todo corazón a vuestro deseo y os señalamos algunos pensamientos que podrán ayudaros en la prosecución de vuestro excelente trabajo.

1. Primacía de la vida espiritual

Vuestra labor es una labor de evangelización. Sois los enviados de la Iglesia a vuestro ambiente, sus misioneros y apóstoles. Pero el apostolado, como lo habéis comprendido bien, no es una empresa humana con fines temporales, es una empresa divina, totalmente sobrenatural así en su origen como en sus fines.

Se trata de llegar a las almas, moverlas, impulsarlas a la reforma de su mentalidad, y éste es el objetivo al que tienden vuestros métodos de Acción Católica especializada: "La encuesta", "la revisión de vida". Pero la condición del éxito en este campo es que el alma del apóstol se llene de Cristo, se asimile su espíritu y doctrina en virtud de un prolongado esfuerzo personal de reflexión y oración, y por eso nos complacemos en ver que ocupa el puesto de honor en vuestra estimación y en vuestra vida el tercero de los medios que ponéis en práctica: la meditación de la Sagrada Escritura y en especial de los Evangelios y las Epístolas. Cuanto más penetre en vuestras almas esta doctrina, alimentando en ellas una vida interior sólida e intensa, tanto más eficaz será también, por ello, vuestra acción sobre el ambiente.

Os diremos que en el puesto del apostolado supremo, donde nos ha colocado la Providencia, cada día sentimos más que el recurso a los medios sobrenaturales ayuda a cumplir los designios de Dios, a extender su reino. Ellos son, verdaderamente —coma ha dicho un autor francés muy conocido— "el alma de todo apostolado". Y Nos añadiremos, además, que son una fuente extraordinaria de paz y tranquilidad de espíritu. El apóstol de Cristo, que vive en la luz de Dios, no cede ni a la agitación febril ni al desánimo frente a los obstáculos; con los ojos puestos en lo eterno adquiere progresivamente una visión serena del valor y límites de toda actividad que se desarrolla en el tiempo. Vive en la paz y la difunde en derredor suyo.

2. Cooperación fraterna

A la primera condición de un apostolado fecundo un alma llena de Dios debe añadir otra: un corazón plenamente abierto a la comprensión y a la cooperación. Desde este centro, desde el cual abarcamos todo el campo del apostolado cristiano, cada vez nos parece más evidente que los seglares serán tanto más presentes y operantes en la Iglesia cuanto más unidos estén. Ocurre, como sabéis lo mismo que Nos, que generosas energías se despilfarran a veces en estériles rivalidades, en críticas destructivas cuando la Iglesia, hoy más que nunca, tiene necesidad de todos los esfuerzos aunados de los mejores de sus hijos unidos en perfecta concordia: cor unum et anima una (Act. 4,32).

Es una alegría para Nos conocer los fructuosos contactos que mantenéis con otros movimientos de Acción Católica. Sed siempre, tanto en la Acción Católica como en las demás agrupaciones y dentro de las comunidades parroquiales y diocesanas, apóstoles de la concordia, del buen entendimiento entre todos los que están comprometidos en la lucha, siempre dispuestos a colaborar en lo que une, nunca en lo que divide, como conviene a los que une la profesión de una misma fe y el amor de un mismo Señor,

3. Servicio a la Iglesia

¡Queridos hijos e hijas! El amor a la Iglesia es el que os ha traído aquí; que siempre sea vuestra gloria y alegría servirla en el puesto de honor que ella os ha confiado. El apostolado —vosotros lo sabéis mejor que nadie— no se deja a la libre iniciativa de cada cual. Es una misión, es el cumplimiento de una orden: "Como el Padre me envió, así también os envío Yo a vosotros... Id y enseñad a todas las naciones..." (Io. 20,21; Matth. 28,19). Esta es la carta fundamental del apostolado. Este será tanto más provechoso cuanto más perfecto sea el cumplimiento de la orden recibida. Esta orden concierne primeramente a los apóstoles y obispos, sus sucesores. Los obispos, por su parte, asocian a su tarea más estrechamente, junto con los sacerdotes que son sus cooperadores, a algunos de sus fieles, a los que confían la evangelización de los diferentes ambientes sociales; el vuestro es el apostolado organizado.

Por tanto, si la unión es necesaria entre vosotros, comprendéis cuánto más necesaria es todavía con el obispo, jefe del apostolado en la diócesis. Vosotros lo habéis comprendido y la presencia aquí de una parte tan considerable del episcopado francés lo demuestra suficientemente.

De esta unión con el obispo se deducen consecuencias para vuestra acción. La primera es que deis a conocer con plena confianza a vuestros jefes espirituales vuestras realizaciones, vuestras ideas, las dificultades halladas en vuestro apostolado del ambiente, vuestras sugerencias para vencerlas, y que reflexionéis con ellos con miras a ,una eficacia cada vez mayor de vuestras iniciativas apostólicas.

La segunda, que, después de haberles dado cuenta filialmente, aceptéis con plena docilidad las decisiones del jefe de la diócesis, incluso si exigen a veces el sacrificio de un punto de vista o de una preferencia personal. A este precio, ya lo sabéis, vuestro apostolado será verdaderamente de Iglesia, verdaderamente provechoso, verdaderamente bendito de Dios.

¡Queridos hijos e hijas! Veinte años de excelente trabajo apostólico al servicio de Cristo y de la Iglesia y, por consiguiente, al servicio de Francia, que nos es siempre tan querida; éste el regalo de aniversario que nos traéis; es también el que podía alegrar más nuestro corazón de padre. Y ahora os decimos: "¡No os detengáis, avanzad, haced fructificar vuestros talentos, dad en proporción a los dones que habéis recibido!". Y que este inolvidable encuentro de esta tarde señale un nuevo punto de partida para vuestro hermoso movimiento.

Pero antes de concluir, permitidnos añadamos todavía unas palabras que serán, estamos seguros de ello, un motivo de alegría para vosotros como para Nos. En la gran ceremonia de ayer en San Pedro para canonizar a Santa María Bertila, pronto tuvimos la impresión gratísima de la presencia si no de toda vuestra gran peregrinación, al menos de muchos vosotros. Después del Evangelio, cantado por los diáconos, en las dos lenguas, latina y griega, entonamos el Credo, a decir verdad, un poco a la buena de Dios, siguiendo no las notas exactas del tono indicado por el "canon" que vuestro querido cardenal Decano tenía tan dignamente abierto ante nuestra vista, sino fiándonos del recuerdo de una lejana melodía.

¡Cuál no fue nuestra emoción cuando nos dimos cuenta que respondía a esta entonación no, como de costumbre, la delicada polifonía, a decir verdad siempre agradable de oír, del coro de la Capilla Sixtina, sino el prodigioso acorde espontáneo de todas vuestras voces; era verdaderamente la symphonalis anima de toda la Iglesia Católica en la que los corazones y las voces de todos los puntos del mundo se sienten inmediatamente al unísono con un simple llamamiento, ya se trate del Pater o del Ave o —como ayer— de las primeras palabras del Símbolo de los Apóstoles. Este Credo de Dumont que vosotros, hijos de Francia, habéis sabido seguir después de que el padre de todos los fieles lo entonó, arrastrando con vosotros a todos los asistentes, ha causado a nuestra alma una indecible emoción. Así continuó hasta el final, por iniciativa de los hijos de Francia, la proclamación pública y vibrante de la fe católica en una circunstancia particularmente solemne en la que se manifestaba, de modo tan sugestivo, el gran misterio de la unidad de la Iglesia.

Aceptad, queridos hijos, el deseo que brota de esta emocionada evocación; que esta unanimidad de las voces y corazones sea siempre la nota distintiva vuestro apostolado, de vuestro amor a Francia, de vuestro compromiso sagrado y tan noble al servicio de las almas y de la Iglesia.

Nuestro gran predecesor, el Papa Pío XI, que dio un impulso tan vigoroso a la Acción Católica, gustaba de citar las palabras de San Pablo: Apostoli Ecclesiarum, gloria Christi (2 Cor. 8,23). Los apóstoles son la gloria de Cristo. He aquí un pensamiento muy alentador que queremos dejaros como ramillete espiritual al terminar vuestra peregrinación. Ciertamente, por vuestro apostolado Cristo es glorificado. Que cada vez lo sea más y que derrame sobre vosotros las gracias que imploramos abundantemente sobre vuestra labor apostólica, y en prenda de las cuales os concedemos a vosotros, a todos los que representáis aquí, a vuestros abnegados consiliarios, a los miembros tan distinguidos del Sacro Colegio y del Episcopado que han querido asociarse a vosotros en este día, una copiosa y paternal Bendición Apostólica.

 


* AAS 53 (1961) 323-327;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 284-289.

 

 



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