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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS REYES DE BÉLGICA
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Jueves 8 de junio de 1961

 

La visita que hoy Nos hacen Vuestras Majestades es para Nos causa de gozo muy particular. Ella Nos ofrece en primer lugar la ocasión de manifestaros de nuevo, de viva voz, a unos meses del matrimonio, los votos que Nos formulamos por Vuestras Majestades en aquella memorable circunstancia.

En efecto, Nos fue grato el ver los designios de la Providencia manifestarse en el encuentro de vuestros dos destinos, y pensar que iban a unirse ante Dios, con todo el fervor de la fe cristiana, el joven Soberano tan estimado por la valiente Bélgica, y la descendiente de una grande y noble familia, rica en las mejores tradiciones de la católica España.

¡España! ¡Qué visiones encantadoras evoca en Nos, Señora, vuestra patria de origen, en donde Nos tuvimos la alegría de estar en dos ocasiones hace algunos años! ¿Cómo podríamos Nos olvidar los inocentes rostros de los niños, radiantes de tan límpida alegría, la hospitalidad cordial de las poblaciones, y, sobre todo, la profundidad de espíritu religioso que se manifiesta en un espléndido florecimiento de almas únicamente consagradas a Dios y a su servicio! Se trata, en verdad, de un espectáculo consolador y edificante que Nos dio vuestro país, y jamás se borrará de Nuestro recuerdo.

¡Y Bélgica! El nombrarla equivale a evocar todo un pasado de honor, de valor y de perseverante labor. Equivale también a evocar una tradición de fidelidad a la Santa Sede que Nos es muy grato poner de relieve hoy en presencia de Vuestras Majestades. En este período de preparación del próximo Concilio ecuménico, Nos, en efecto, queremos recordar con qué unánime impulso los Obispos belgas participaron en el primer Concilio del Vaticano, y el papel preponderante desempeñado en esa ilustre asamblea por el Arzobispo de Malinas, que llegó a ser enseguida el Cardenal Dechamps. ¿Y cómo no evocar también la gran figura del Cardenal Mercier, admirable hijo de la Iglesia y verdadero símbolo del alma nacional en horas que figuraron entre las más dramáticas de la historia de Bélgica?

Por lo que a Nos se refiere, desde los primeros años de Nuestro sacerdocio, bajo la dirección del inolvidable Obispo de Bérgamo, Mons. Radini Tedeschi, hemos tenido ocasión de establecer contacto con numerosos pastores de almas y con insignes maestros de la sociología católica de vuestro país, en donde las Encíclicas sociales de los Papas encuentran siempre tan fervorosa acogida. El apostolado de cooperación misional que Nos fue encomendado más tarde, Nos llevó a visitar personalmente vuestra amada patria y Nos permitió apreciar cada vez más su magnifica aportación al apostolado de la iglesia de ultramar. En efecto no fueron solamente grandes Obispos y eminentes sociólogos lo que Bélgica dio a la Iglesia, sino también inmenso ejército de misioneros, a los que Nos es grato tributar homenaje. Afirmamos sin temor: las páginas que ellos escribieron en los lejanos continentes a costa de su propio sudor y a veces de su propia sangre, quedarán par siempre escritas en los anales de la civilización cristiana, para honor de su patria terrenal y para incremento y edificación de toda la Iglesia.

¡Qué valioso patrimonio religioso y moral viene de este modo a través de vuestras dos naciones a unirse en vuestras personas! Tenéis, Nos lo sabemos, la voluntad de honrarlo en todas las circunstancias, en vuestra vida privada lo mismo que en la vida pública, y esta noble resolución es, ante Nuestros ojos, la gema más hermosa de vuestra corona. A un profundo amor hacia Bélgica – de cuyas alegrías lo mismo que de las pruebas participáis ya en forma tan íntima – a un elevado sentido de vuestros deberes reales y de las responsabilidades que llevan consigo, sabéis añadir una indefectible devoción a Dios y a su ley y al humilde orgullo de pertenecer a la Santa Iglesia: he aquí, en verdad, la más segura garantía de un reino que de todo corazón Nos auguramos ver que continúa feliz y próspero.

Al formular este Voto Nos es grato recordar la hermosa fórmula del rito nupcial en uso en las diócesis de Bélgica, y con arreglo al cual también vosotros os habéis cambiado el juramento bajo las nobles y austeras bóvedas de la iglesia colegiata de Santa Gúdula: «Yo te entrego a ti, teniéndote de la mano, mi fe matrimonial»... La mano: ésta es, en verdad, la imagen del sagrado compromiso de los esposos, de la comunión sin reticencia de dos corazones y de dos almas. Pero es también el símbolo sugestivo de lo que podría ser la vida de varias comunidades dentro de cada nación. Y así, al mismo tiempo que elevamos a Dios Nuestras oraciones y Nuestros votos por vuestras intenciones, Nos queremos extenderlos también a toda Bélgica, en la confianza de que será siempre, gracias al unánime acuerdo entre todos sus hijos, y gracias a las altas cualidades de sus gobernantes, a algunos de cuyos ilustres representantes tenemos la satisfacción de saludar aquí, un factor de unión, de fraternidad y de fecunda colaboración en la comunidad internacional. Con estos sentimientos, y en prenda de las gracias que Nos invocamos abundantemente sobre vuestras personas, sobre la Familia Real y sobre todo el amado y noble pueblo belga, Nos os impartimos de todo corazón Nuestra Bendición Apostólica.


* AAS 53 (1961) 364-366; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 318-321.

 



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