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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL INSTITUTO DE LOS HERMANOS DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS
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Miércoles 14 de junio de 1961

 

Queridos hijos de San Juan Bautista de la Salle:

Los sentimientos filiales expresados tan delicadamente, en vuestro nombre y en el de todos los miembros del Instituto de Hermanos de las Escuelas Cristianas, por vuestro Superior general, nos ha impresionado no poco, y nos es muy grato expresaros nuestro agradecimiento. Os acogemos, queridos hijos, esta mañana con alegría y queremos daros un testimonio de nuestro paternal afecto para vuestras personas consagrados a Dios y unas palabras de aliento para vuestra misión de educadores.

Hace tiempo, mucho tiempo, que os conocemos y nos es agradable aprovechar esta ocasión solemne para evocar nuestros primeros contactos romanos con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Fue por primera vez en aquel lejano mes de enero de 1901 cuando Nos acabábamos de llegar del Seminario de Bérgamo al Seminario Romano (entonces de San Apollinaire) como alumnos de la fundación Cerasoli. Franqueamos entonces por primera vez el umbral de vuestro Colegio de San José, en la plaza de España, para asistir allí a una brillante velada teatral y musical ejecutada por los antiguos alumnos del colegio, cuyo recuerdo permanece todavía hoy muy vivo en nuestra memoria.

Veinte años más tarde, en 1921, llamado a Roma por la Obra de la Propagación de la Fe, y en espera de algunas habitaciones que se nos proporcionaron pronto en vía Volturno, y después en Santa María in Vía Lata, gozamos de la hospitalidad del Instituto de Mérode. ¡Qué de amados recuerdos también allí! Aquellas comidas que hacíamos en el Colegio de San José, en fraternales conversaciones con nuestro tan querido Mons. Ange Rotta, el venerado Arzobispo titular de Tebas, que tomaría más tarde, como Nos, el camino del Oriente para trabajar allí con gran celo par la Santa Iglesia.

En el Instituto de Mérode, como en San José, ejercitábamos gustosos entre los alumnos el ministerio de la confesión y en ocasiones el de la predicación. Incluso a menudo dimos ejercicios espirituales a los antiguos alumnos.

Después os hemos visto entregados a vuestro trabajo en Bulgaria, en Turquía, en Francia, en encuentros y ocasiones siempre llenos para Nos de edificación y de provecho espiritual. La vocación de Hermano de la enseñanza nos ha parecido de siempre digna de un singular respeto. Nos gusta, cuando tenemos ocasión de hablar de ello, asociar, como en una trilogía, la figura del maestro a la del sacerdote y a la del médico: los tres astros, por así decirlo de una misma constelación, la de la caridad universal de la Iglesia. Los tres, con sus características bien diferentes, desde luego, al servicio del hombre y de su sublime destino de hijos de Dios. Los primeros son los ministros privilegiados del Señor y los dispensadores autorizados de sus gracias por medio de los sacramentos. Los segundos son los formadores de los espíritus y de las voluntades que sellan profundamente con su enseñanza y su ejemplo. Los terceros, por último, están al servicio de los cuerpos a los que disponen para llenar su papel de instrumento y expresión del alma. Si el puesto del educador está lejos del del sacerdote nadie duda de que la cualidad de Hermano de la enseñanza se realza con una dignidad muy particular y exige para su buen ejercicio una preparación apropiada, humana y sobrenatural, en la que domina el anhelo de la formación espiritual.

Vosotros ocupáis en el gran organismo católico un puesto singular al que aportáis vuestra vocación original y tan rica de Hermanos de la Enseñanza. Es necesario subrayarlo con fuerza: La formación cristiana de la juventud es una tarea primordial. Nada puede remplazar a esa lenta impregnación de las virtudes cristianas que proporciona una enseñanza dada por maestros que han entregado a ello su existencia. La floración de las escuelas católicas en el mundo entero es una de las más nobles glorias de la Iglesia. Vosotros tenéis, queridos Hermanos de las Escuelas Cristianas, una parte importante en este magnífico florecimiento. Cualquiera sabe cuán inspirado estuvo en esto vuestro santo fundador y lo que le deben cuantos desde entonces han seguido su ejemplo fecundo. Esas páginas de la historia están profundamente grabadas en el corazón de la Iglesia para honor de San Juan Bautista de la Salle y para el vuestro. Sed, pues, fieles, queridos hijos, a tan hermosa vocación y continuad trabajando con ardor en el campo del Señor, con aquel amor de predilección para los más pequeños y los más pobres que ha caracterizado siempre a vuestro Instituto desde su fundación.

Cierto que tenéis que contar también con las dificultades de la hora presente. El alma llora ante el doloroso espectáculo que le ofrecen las dificultades suscitadas para vuestro apostolado en muchos países. Valor, queridos hijos, y confianza inquebrantable en la gracia del Señor Jesús. Que las pruebas misteriosamente permitidas por la Divina Providencia sirvan para fortalecer nuestras energías y poneros gozosamente a la disposición de Dios para reemprender en otra parte el trabajo allí interrumpido.

Recordemos la exhortación del Maestro a sus discípulos hecha también para nuestra edificación y nuestro ejemplo: "Si se os arroja de una ciudad, huid a otra..." (Mt 10,23). El Espíritu Santo nos invita a marchar adelante para dar testimonio de la imperecedera juventud de la Iglesia y ser los testigos vivos de su dinamismo apostólico.

El trabajo apremia y exige muchos obreros. Por todas las partes del mundo crecen inteligencias jóve-nes en busca de la verdad, tanto en el viejo continente como en las regiones más alejadas donde nuevas naciones se abren a sus propias responsabilidades y se hacen cargo de la dirección y gestión de sus asuntos. ¡Qué obra tan admirable, digna de suscitar el entusiasmo de los jóvenes católicos para consagrarse a la formación humana y sobrenatural de aquellos que serán los adultos responsables del mañana! Que podáis, queridos hijos, aumentar sin cesar los puestos valerosos de vuestra falange apostólica. Que podáis continuar formando en vuestras escuelas levitas para el santuario, religiosos que continuarán mañana vuestra obra y seglares que serán en el mundo una poderosa levadura de catolicismo.

Esta es, queridos hijos de San Juan Bautista de la Salle, la grandeza de vuestra vocación y lo que constituye su riqueza en su misma austeridad: la consagración a Dios por medio de la vida religiosa, la consagración a los hombres por la enseñanza y la educación.

Que el Divino Corazón de Jesús, rico en gracias para todos los que le invocan, os dé fuerza y luz, dentro de la fidelidad a ese hermoso ideal inspirado por Cristo y bendecido por su Iglesia. Estos son los votos paternales que hacemos de todo corazón por vuestra intención, Que con la ayuda de Dios los podáis realizar cada vez mejor. E invocando la efusión de los dones divinos sobre vuestras personas y vuestra obra os otorgamos, en prenda de nuestra particular benevolencia, una especialísima Bendición Apostólica.

 


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 333-336.

 

 



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