Index   Back Top Print


ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN XXIII
AL PRIMER CONGRESO INTERNACIONAL DE ORGANIZACIONES
RADIOTELEVISIVAS ESCOLARES
*

Jueves 7 de diciembre de 1961

 

Estimados señores:

Nos es grato dar la bienvenida a todos los participantes en el Congreso internacional de los organismos de radiodifusión y televisión para tareas docentes, llegados del mundo entero a Roma para estas jornadas de estudio y trabajo en común,

Deseamos, ante todo, recordar, al comienzo de esta conversación familiar, la feliz coincidencia que pone a esta reunión bajo la protección de San Ambrosio, cuya fiesta celebra hoy la Iglesia católica. El ilustre obispo de Milán fue, como sabéis, un gran maestro, que tuvo como excepcional discípulo a San Agustín. Por esto nos place poner vuestras actividades educadoras bajo el benévolo patronato de San Ambrosio, que es universalmente reconocido como un perfecto conocedor del alma de su tiempo, y que poseía también el arte de llegar, lo mismo por sus palabras que por sus escritos, a los espíritus y a las conciencias. ¡Procurad, estimados señores, siguiendo su ejemplo, ser siempre servidores de la verdad y encaminar hacia ella las inteligencias y los corazones de todos los oyentes y telespectadores por quienes trabajáis!

El fin mismo de vuestro Congreso es, en efecto, poner en común, para su mejor utilización, las experiencias realizadas en los diversos países, del empleo de las técnicas modernas de difusión en materia de enseñanza. Nos alegra en gran manera ver la colaboración de tantos hombres de buena voluntad para emplear todos los medios audiovisuales al servicio de la cultura y de la hermandad.

Es verdad que, para muchos, estas técnicas, siempre en progreso, como son la radio, el cine, la prensa y la televisión, no son más que agradables pasatiempos. Pueden serlo, en cierta medida, y es legítimo que se los utilice para animar los tiempos libres de los individuos y de las familias. Pero es aún más importante que estas nuevas posibilidades, debidas a la ingeniosidad de la inteligencia humana, sirvan a la instrucción y educación de los hombres, como vosotros tan bien lo habéis comprendido.

Se trata de puna mutua ayuda fraternal para realizar una obra bienhechora. Al ignorar las distancias, la radio y la televisión, permiten a un número cada día mayor de personas beneficiarse de las enseñanzas proporcionadas por un cuadro escogido de profesores, algunas horas diarias y con material escolar reducido. ¡Qué provecho para tantos jóvenes y también adultos —sin excluir tampoco a las personas de edad avanzada—, alejadas de todo centro intelectual, por poder, unos, aprender a leer y a escribir, y otros, adquirir una verdadera formación profesional, de la que su aislamiento geográfico les hubiera privado! Os comunicamos con toda confianza que para hacernos una idea, hemos querido, en muchas ocasiones, escuchar y ver personalmente algunas de estas emisiones.

¿Cómo no alegrarse por las felices perspectivas abiertas por las primeras realizaciones, ya coronadas por el éxito y ricas en promesas? Os animamos también de todo corazón a vuestros trabajos en favor de los menos agraciados, y especialmente de aquellos a quienes sus condiciones de vida rudimentaria les han impedido instruirse. Y se puede esperar, estimados señores, que, gracias a vuestros esfuerzos en conjunto, el triste mal del analfabetismo —gracias a Dios ya muy disminuido—acabará por desaparecer completamente. Gustosos os felicitamos y no dudamos que los programas de radio y televisión escolares, de los que sois iniciadores, contribuyan a la promoción humana de los humildes, a quienes en nuestra reciente encíclica Mater et Magistra llamamos nuestras ovejas.

Vuestro distinguido presidente, sir Ian Jacob, subrayaba con acierto en su alocución de hace un rato que uno de los deberes más importantes del hombre es la educación e instrucción de sus hijos. Vuestra tarea, tan noble, consiste precisamente en prestar una buena ayuda a los padres en el ejercicio de este deber, poniendo a su disposición las excepcionales posibilidades didácticas de la radio y de la televisión. Queremos solamente sugerir una idea. La extensión misma de estos medios os obliga a equilibrar armoniosamente los programas instructivos y educativos destinados a la inteligencia de jóvenes y adultos que vosotros ayudáis a formar. Debe beneficiarse el hombre todo entero, y, por tanto, los valores espirituales deben ponerse en primer plano. De esta manera la inteligencia quedará formada según conviene, y vuestros oyentes y telespectadores quedarán enriquecidos, en sus espíritus y en su inteligencia, porque tuvisteis la preocupación de poner la religión en el puesto que le corresponde.

Esto es, estimados señores, nuestro anhelo más querido y que deseamos confiarlo a la poderosa intercesión de San Ambrosio, y también de María, Madre de Jesús y Madre nuestra, cuya Inmaculada Concepción celebramos mañana.

Que el Señor extienda sobre vosotros, vuestras familias y vuestros trabajo; la abundancia de las divinas gracias, en prueba de lo cual os impartimos gustosos nuestra paternal bendición apostólica.

 


* AAS 53 (1961) 815-817;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. IV, págs. 68-71.

 

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana