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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
EN LA AUDIENCIA A CARDENALES, PRELADOS Y CLERO
EN LA FESTIVIDAD DE LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO
*

Jueves 22 de febrero de 1962

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

El encuentro con los párrocos y predicadores cuaresmeros ha venido este año a ampliarse hasta abarcar a todos los eclesiásticos de Roma y a los jóvenes aspirantes al sacerdocio de los seminarios, aspirantados y universidades. El año del Concilio Ecuménico estaba pidiendo esta agrupación de las energías sacerdotales. como pregustando las solemnes sesiones que en esta misma basílica, en torno a la Cátedra de Pedro, darán comienzo el próximo mes de octubre.

Prerrogativas del Papa en el gobierno de la Iglesia universal

La Cátedra apostólica de San Pedro. ¡Qué expresión de la unidad de la gran familia humana de cuyos miembros se componen toda la Iglesia! Desde cualquier punto que queráis mirarla, desde Jerusalén, desde Antioquía, desde Roma, sobre esta Cátedra brilla plenamente la luz que emana de las palabras dirigidas por Jesús —según testimonio de San Maleo— a la persona de Pedro, en una de las páginas más bellas y emotivas del Nuevo Testamento: "Super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam...: et tibidabo claves regni caelorum" (Mt 16, 18, 19),

¿Qué significan estas llaves, confiadas personalmente a Simón de Juan, a Pedro, sino la expresión del gobierno universal de la Iglesia a él confiada? Desde Jerusalén a Antioquía y desde esta ciudad al centro del Imperio de Roma, bajo el soplo del Espíritu Santo, el camino del Apóstol está abierto ya a todo el mundo: A él le ha confiado el Señor las ovejas y los corderos: Pasce agnos, pasce oves (Jn 21, 15, 17). Él es, pues, príncipe y Pastor Universal que conduce la grey en el nombre mismo de Cristo. Y a este gobierno los sucesores de Pedro llamarán y asociarán, precisamente in partem sollicitudinis, a los hermanos obispos del mundo entero. Desde esta Cátedra quedará consagrado para siempre el Episcopado de la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica. Desde Cristo a Pedro y desde Pedro a cada uno de los pastores de la grey cristiana, la autoridad de las llaves, descendida del cielo a la persona del Romano Pontífice, se difunde desde éste, a través de los obispos, sobre toda la sociedad cristiana, para dirección y santificación de la humanidad redimida por la sangre de Cristo.

Este unto de la doctrina católica lo comentaba en el breviario de esta mañana San León Magno, con palabras solemnes, con acento vibrante: "Transivit quiden etiam in alias Apostolos vis potestatis istius, et ad omnes Ecclesiae principes decreti hujus constitutio commeavit; sed non frustra uni commendatur, quod omnibus intimatur. Petro enim ideo hoc singulariter creditur, quia cunctis Ecclesiae rectoribus Petri forma praeponitur. Manet ergo Petri privilegium, ubicuniqué ex ipsius fertur aequitate iudicium. Nec nimia est vel severitas vel remissio, ubi nihil erit ligatum, nihil solutum, nisi quod beatus Petrus aut solverit aut ligaverit" (Sermo III in ann. assumpt. suae, post init).

¡Qué espectáculo es éste, venerables hermanos y queridos hijos! Hoy vuestra Asamblea, solemnemente reunida, renueva aquí en San Pedro, en torno a su Cátedra santa, aquél acto de conmovedora eficacia del que nuestros corazones ya se gozaron en las alegrías incomparables de nuestro Sínodo hace dos años. Intima emoción la de esta escena de hoy, como si se renovaran los gozos del Cenáculo apostólico sobre Sión.

Dejadnos venerables hermanos y queridos hijos, que os confiemos amablemente algunas de las más intensas vibraciones de nuestro espíritu como para disponeros a la celebración de la Santa Cuaresma que este año quiere ser particularmente fructuosa, precisamente conjugada con los trabajos, tan avanzados y preparados, de los veneradísimos cardenales y prelados de la Comisión Central, llegados aquí desde todos los puntos de la tierra. Estas vibraciones se refieren especialmente a tres temas de vitalidad religiosa y cristiana, humana y social, a la que debe llevar aquella restauratio et renovatio universalis Ecclesiae, en que radica el éxito del Concilio Ecuménico.

Se resumen en tres palabras: redoblado fervor de piedad religiosa; enseñanza catequística vasta y profunda, vida cristiana noble, ejemplar, apostólica.

I. Fervor de piedad religiosa sacerdotal

Este ha sido el motivo impulsor de la Adhortatio Apostolica "Sacrae laudis" fechada en la fiesta de la Epifanía, sobre el rezo del breviario. El oro, el incienso y la mirra que los sacerdotes, en unión con el Romano Pontífice, ofrecen a Dios, es participación viva en el gran coro de alabanzas que es en el cielo la liturgia eterna de los Bienaventurados, asociada a la gloria de todo lo creado y a la triple vida de la Santa Iglesia de Cristo, militante, purgante, triunfante.

Sagradas son las intenciones de nuestro citado documento. En él habéis encontrado indicaciones para una plegaria fervorosa que obtenga de las presentes circunstancias nueva inspiración de ternura, de generosidad y de ardor.

¡Ah, la oración!, respiración incesante de la vida sacerdotal; de ella debe alimentarse el esfuerzo de santificación personal y la fecundidad del ministerio sagrado, Los Apóstoles y los primeros discípulos se prepararon así a la venida del Espíritu Santo: Erant perseverantes unanimiter in oratione (Act 6, 4); con gran confianza en la maternal intercesión de María: cum Maria matre Iesu; y con espíritu de caridad fraterna, omnes... unanimiter.

Sea este un solemne propósito, ratificado en esta bendita hora.

II. Enseñanza catequística vasta y profunda

Junto a la oración, e inseparable de ella, está para cada sacerdote el deber de la enseñanza, el deber de la sagrada predicación. Nos vero orationi et ministerio verbi instantes erimus (Act 6, 4), dicen los Apóstoles, delineando la doble esfera de su actividad. Oración y ministerio de la palabra; éste brota de aquélla como la flor de la raíz. San Pablo recomienda a Timoteo que guarde el depositum fidei (1Tim 6, 20; 2Tim 1, 14), no sólo manteniéndolo inmune de toda contaminación, sino transmitiéndolo puro e intacto a las almas de los fieles.

Ahora bien, cuando se habla de enseñanza, se entiende, ante todo y sobre todo, la predicación catequística, que es una responsabilidad para todos los sacerdotes y sobre la cual hemos ya llamado la atención de los sacerdotes en anteriores y diversos encuentros.

De hecho, el catecismo es la preocupación constante de la Iglesia. En los Sínodos diocesanos, como en los Concilios provinciales y nacionales de la Edad Media[1], y, sobre todo en los Concilios Ecuménicos, esta solicitud reviste formas innumerables, diversas según las exigencias y las condiciones de los tiempos, pero siempre únicas en el fondo, que es el de partir el pan de la verdad al pueblo cristiano, en forma sencilla e inteligible, que pueda ser retenida y meditada y transmitida en el seno de las familias como una preciosa herencia. ¿Quién no recuerda el esfuerzo realizado por el Concilio de Trento, que llegó a aquella suma de teología pastoral redactada en una eficaz forma latina, que constituye el Catechismus ex decreto Concili Tridentini ad parochos Pii V iussu editus?[2] Ya el proyecto de decreto de 13 de abril de 1546 hablando de un catecismo que era preciso elaborar, hacía una exposición de motivos: a fin de que los fieles "memores sint christianae professionis quam fecerunt in baptismo, et praeparentur ad studia sacrarum litterarum"[3]. El proyecto encontró forma definitiva en la vigésima cuarta sesión del 11 de noviembre de 1563. ¡Qué trepidante solicitud pastoral revelan las palabras del definitivo Decretum de Reformatione! Oid qué fuerza y qué precisión de conceptos y de expresiones: "Ut fidelis populus ad suscipienda sacramenta maiori cum reverentia, atque animi devotione accedat, praecipit sancta Synodus episcopis omnibus, ut non solum, cum haec per se ipsos erunt populo administranda, prius illorum vim, et usum pro suscipientium captu explicent, sed etiam idem a singulis parochis pie, prudenterque, etiam lingua vernacula, si opus sit, et comode fieri poterit, servari studeant...; nec non ut inter missarum solemnia, aut divinorum celebrationem, sacra eloquia, et salutis monita eadem vernacula lingua singulis diebus festivis, vel solemnibus explanent; eademque in omnium cordibus, postpositis inutilibus questionibus, inserere, atque eos in lege Domini erudire studeant"[4].

«Tessera fidei et pignus beatitudinis»

También el Concilio Vaticano I tuvo entre sus preocupaciones la cuestión del Catecismo que, en el esquema distribuido el 14 de enero de 1870, fue definido "tessera fidei et pignus caelestis beatitudinis, quae iis promittitur, qui ex fide vivunt"[5].

¡Qué palabras, venerables hermanos y queridos hijos! Tessera fidei et pignus caelestis beatitudinis: no se puede definir mejor la importancia del Catecismo. Como repetidamente inculcan los cánones conciliares, esta enseñanza debe ser previa a la digna recepción de los sacramentos; sembrada en los corazones, in omnium cordibus; derramada infatigablemente para que los fieles puedan comprender las Sagradas Escrituras e instruirse en la ley del Señor.

He aquí por qué, en la vigilia orante del Concilio Ecuménico Vaticano II, nos complace llamar la atención sobre este primer deber de todo sacerdote. Como Jesús, buen Pastor, conoce sus ovejas, así el sacerdote, especialmente el párroco, debe conocer a sus propios fieles: las necesidades, las pruebas, las angustias y los dolores de cada uno; entre aquellos están los ignorantes, los indecisos, los enfermos del alma y del cuerpo, los pobres, los trabajadores, los jóvenes, los niños.

Cómo ir en busca de las almas

La catequesis será tanto más eficaz cuanto más se adapte a las exigencias de cada uno. Este es el programa: hacerse todo para todos (1Cor 9, 22) ; ser deudor de los sabios y de los indoctos (Rom. 1, 14) para salvar a todos. Para lograr este objetivo, habrá que estudiar con cuidado las necesidades particulares no sólo de cada edad sino también tener en cuenta los diversos grupos profesionales en general; y después, en particular, profesores, juristas, periodistas, hombres de las artes, de las ciencias, de las técnicas audiovisivas; artesanos, campesinos, obreros. Todos necesitan un cuidado intenso y un alimento adecuado, sustancioso, preparado para cada uno de ellos, porque a menudo la catequesis común no llega a ellos ni a satisfacerlos. Pero en la sagrada predicación —nos dirigimos especialmente a vosotros, sagrados predicadores de la Cuaresma— será preciso evitar toda vaguedad, altisonancia, nebulosidad; excluid absolutamente los puntos polémicos, las alusiones a hechos comprometedores, a personas individuales; olvidarse de sí mismos y huir como de una tentación horrible de aparecer con bella figura, de imponerse a la opinión pública, de buscar el aplauso; dejar los oropeles de la erudición, postpositis inutilibus quaestionibus; y hacer de toda predicación una forma de catecismo, según el sabio conseja que el águila de Meaux daba a los sacerdotes de su diócesis: "Os exhortamos a sembrar siempre un poco de Catecismo en vuestras homilías y en vuestros sermones y de recordar a menudo los misterios de Jesucristo y la doctrina de los Sacramentos, porque estos temas cuando son bien tratados, inspiran el amor de Dios y, con el amor de Dios, todas las virtudes" [6].

La doctrina sea expuesta en su clara esencia; la enseñanza moral lleva en sí la fuerza de la convicción; las almas se convierten por el encuentro de la gracia con las buenas voluntades. Estas debe prepararlas el sacerdote, y nada más.

De otra parte,  el sacerdote ha de ser catequista no sólo desde el púlpito y desde el altar, sino siempre y en toda ocasión, en toda conversación, en todos sus escritos, a fin de que le sea posible sembrar incansablemente la palabra de Dios en los contactos diarios con las almas. Para esto sírvale de acicate la palabra y el ejemplo del Divino Maestro: Docens in synagogis eorum et praedicans evangelium regni (Mt 4, 23). Brillan aquí para luminosa edificación,. las figuras de los santos y de los seglares más distinguidos que en todas las épocas, pero especialmente en momentos delicados para la vida de la Iglesia, han pospuesto todo otro deber al de enseñar y formar las conciencias.

III. Vida cristiana noble, ejemplar, apostólica

Vida ejemplar. Para que la palabra logre todos sus efectos debe unirse a ella la fuerza del ejemplo, sin el cual no seremos sino campana que retiñe. Oíd, oíd las palabras que monseñor Jerónimo Ragazzoni, ya antes de ser obispo de Bérgamo, nuncio apostólico en París y gran visitador apostólico, hizo resonar en el discurso de conclusión del Concilio de Trento: "Vivae et loquentes leges simus, et norma quasi quaedam ac regula, ad quam aliorum actiones et studia dirigantur"[7]. ¡Qué fuerza, qué verdad: loquentes leges simus! El sacerdote, que predica e instruye, debe poder decir con San Pablo: "Evangelium nostrum non fuit ad vos in sermone tantum; sed et in virtute et in Spiritu Sancto et in plenitudine multa" (1Ts 1, 5). Humildad, pues, espíritu de sacrificio, celo por las almas, generosidad, caridad a toda prueba; sí, caridad paciente, son las virtudes que todo sacerdote debe mostrar a los fieles. Sobre todo le es necesaria la solicitud y el culto de la unidad de los corazones que, en el ejercicio de esta enseñanza, realizado evitando polémicas o atentados dañosos a la serenidad de la familia, de los creyentes, edifique a los fieles en la caridad.

Medítense a este propósito las graves palabras de un gran Prelado del siglo XVII: "Que los demás hombres sean hombres, no debe extrañar. Pero que los ministros de Jesucristo, esos ángeles de la Iglesia, dan al mundo profano e incrédulo tales espectáculos de desacuerdo entre sí de mutua destrucción, esto hace verter lágrimas de sangre. Dichosos nosotros si, en lugar de hacernos la guerra, con todos estos escritos, hubiésemos enseñado siempre el catecismo en nuestra diócesis para instruir a los pobres campesinos en el temor y en el amor de Dios"[8].

Precisamente a este respecto y para dar equilibrio y consistencia a nuestras virtudes sacerdotales es por lo que conviene insistir en la fidelidad al magisterio y a la autoridad de la Iglesia.

La festividad de hoy, la Cátedra de San Pedro, honra el sacerdotale officium (San Agustín, Serm. 15, d. Sanctis) y señala la fuente luminosa que, con la virtud de Cristo, ilumina a los hombres deseosos de la verdad. La fidelidad a la Cátedra de Pedro, de la que surge la unidad del sacerdocio y del magisterio que a ella va unido, es garantía para que el ministerio de la predicación logre y produzca frutos en las almas.

Venerables hermanos y queridos hijos, éstas son las paternas advertencias que hemos querido ilustrar con sencillez en vísperas de la Santa Cuaresma de este año y en la prevíspera del Concilio Ecuménico.

Nos esperan grandes acontecimientos; los ojos de todo el mundo estarán fijos aquí, en este centro de la unidad católica.

Que los sacerdotes vigilantes, ardientes, los vayan preparando desde ahora con la oración incesante, con luz de doctrina, con la fuerza y dignidad del ejemplo. El Señor bendito ayudará a la Iglesia, que -es ante todo su Iglesia, y que una vez más la hará aparecer ut signurn in gentes et gloria plebis suae.

La Constitución de hoy "Veterunt, sapientia"

Todavía una palabra, queridos hijos. El encuentro de hoy nos es ocasión feliz para brindaros una alegre primicia. La de la nueva Constitución Apostólica "Veterum sapientia", dedicada al estudio y al uso de la lengua latina. La hemos querido firmar en esta solemne reunión preliminar del Concilio, a título de particular interés y honor.

Dimos ya un primer anuncio a los miembros de la Pontificia Comisión Central Preparatoria del Concilio Ecuménico el 23 de enero pasado. Ninguna oportunidad más bella que la festividad de la Cátedra de San Pedro, irradiante, desde Roma al mundo, su esplendor de verdad y de unidad en la multiplicidad de los ritos, de las lenguas habladas y de la procedencia.

Todas las lenguas han tenido a lo largo de los siglos derecho de ciudadanía en la Iglesia. Desde las antiguas lenguas orientales de las regiones que fueron cuna del cristianismo, al griego, que fue primero poderoso vehículo de difusión misionera en la cuenca del Mediterráneo; desde el latín a las lenguas eslavas, que revisten formas de singular solemnidad y belleza en las esplendorosas liturgias de aquellos países, todas las lenguas, repetimos, fueron y siguen representadas en la Iglesia.

Pero particulares circunstancias históricas han dado un carácter de especial relieve a la lengua latina que fue noble expresión de la civilización romana y pudo aparecer, y de hecho lo fue en gran parte, como vínculo de unificación y pacificación. También ella fue instrumento de la difusión del Evangelio llevado a través de las vías consulares, como en símbolo providencial de la más alta unidad del Cuerpo Místico. Lo afirma concisamente nuestro predecesor —otra vez él— San León Magno: "Disposito namque divinitus operi maxime congruebat, ut multa regna uno confoederarentur imperio, et cito pervios haberet populos praedicatio generalis, quos unius teneret regimen civitatis"[9]. Y también cuando las nuevas lenguas de cada nacionalidad europea se abrieron camino hasta sustituir a la única lengua de Roma, ésta quedó en uso dentro de la Iglesia romana, en las sabrosas expresiones de la liturgia, en los documentos solemnes de la Sede Apostólica, instrumentos de comunicación de los diversos pueblos con el centro augusto de la cristiandad.

Motivos históricos y afectivos inducen a la fidelidad y al cultivo de la lengua latina, como se dice en la Constitución "Veterum sapientia"; pero sobre todo nos complace recordar aquí la importancia y el prestigio de esta lengua en el presente momento histórico en que, juntamente con una más sentida necesidad de unidad y de entendimiento entre todos los pueblos, no fallan, sin embargo, expresiones de individualismo. La lengua de Roma, usada en la Iglesia de rito latino, particularmente entre sus sacerdotes de diverso origen, puede rendir todavía hoy noble servicio a la obra de pacificación y de unificación. Lo puede rendir también a los nuevos pueblos que se asoman confiados a la vida internacional. Pues ella no está ligada a los intereses de nación alguna, es fuente de claridad y de seguridad doctrinal, es accesible a cuantos hayan realizado estudios medios y superiores, y, sobre todo, es vehículo de recíproca comprensión, "magni pretii vinculum", según las palabras de Pío XII [10].

Queremos pensar que la publicación del documento sea persuasiva invitación a cultivar el estudio de la lengua latina, a penetrar a fondo en la sobriedad substanciosa de los sagrados textos de la liturgia, del divino oficio y de las obras de los padres de la Iglesia, a fin de que nuestros sacerdotes, también en esto, puedan ser lámparas ardientes y luminosas que den luz y calor a las mentes y al corazón de los hombres.

Reconocimiento y súplica al Redentor del mundo

Al término de este coloquio cuya significación pastoral a ninguno habrá escapado, queremos invitar a cuantos nos habéis escuchado y a cuantos en las múltiples versiones de la prensa podrán escuchar nuestra voz —quizá también nuestras palpitaciones, sí, Nos advertimos este consentimiento, el palpitar del corazón paterno— queremos invitaros dar gracias todos juntos a Nuestro Señor Jesucristo por habernos asistido con su gracia hasta este punto del buen camino enderezado a la celebración del Concilio Ecuménico Vaticano II.

Todavía quedan algunos meses de ferviente trabajo en el que están interesados, en diversa parte y medida, inteligencias y corazones de cada uno y de todos juntos, de los hijos de la católica Iglesia. Queremos que sean para cada uno de nosotros meses de santificación. Próximos a la Cátedra de San Pedro, nosotros buscamos toda la suavidad y como la presencia viva del Buen Pastor.

—Henos aquí, oh Jesús, todos en torno a esta Cátedra santa y bendita de tu primer Vicario sobre la tierra. He aquí a corderos y ovejas de tu predilecto rebaño. Sálvanos a todos, a todos nosotros que unimos nuestra voz a la tuya en la invitación a los hermanos separados, pero también hijos de tu Redención. ¡Oh Jesús, santifícanos cada vez más en la verdad y que todos estos nuestros hermanos escuchen tu voz y nuestra invitación y se cumpla tu deseo: Et vocean meam audient. Et fiet unum ovile et unus pastor (Jn 10, 16).

En confirmación de nuestros votos y como coronamiento de la alegría de este encuentro sacerdotal, descienda sobre cada uno de vosotros, venerables hermanos y queridos hijos, nuestra más amplia bendición apostólica como propiciadora de todos los deseados favores celestiales.

 


* AAS 54 (1962) p. 167; Discorsi, Messaggi, Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp.161-172.

[1] Por ejemplo, en los de Cloveshow (747); confróntese Mansi, Concilio XII, 396-398; de Calchut (787), ib. 940; de Francfort (794), ib. XIII, 908; de Friuli (796), P. L. 99, 293-295; de Arles (813), Mansi XIV, 62; de Maguncia (813), ib. 74; de París (829), ib. 541; de Aquisgrán (836), ib. 681; de Tréveris (1227), ib. XXIII, 31-32; de Lambeth (1821), ib. XXIV, 410-4-13; etc.

[2] Ed. in fol., Romae 1566.

[3] A. Theiner, Acta genuina ss. Oecumenici Tridentini, Agram, 1874, I. p. 91.

[4] Canones et Decreta s. Oec. Concilii Tridentini, Romae 1904, sessio XXIV, cap. VII, pp. 187-188; cfr. sess. XXV, ib. pp. 246-247.

[5] Collectio Lacensis, t. VII, col. 663-664.

[6] Obras Completas de Bossuet, tomo VIII, Besançon -París, 1840, p. 4.

[7] Canones et Decreta, op cit., pág. 278

[8] Fénelon á Bossuet, sur la réponse á l'ouvrage intitulé "prejugés décisifs"; cfr. Oeuvres de Fénelon, t. III, París, 1948, pág. 354.

[9] Serm. LXXXII, Migne, PL. 54, 423.

[10] Magis quam, AAS, 1951, pág. 737)

 

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