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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
A LA UNIÓN DE HOMBRES DE ACCIÓN CATÓLICA DE ITALIA
*

Domingo 13 de mayo de 1962

 

Queridos hijos:

El espectáculo que ofrecéis con motivo del XL Aniversario de vuestra Unión de Hombres de Acción Católica Italiana nos renueva la emoción sentida el miércoles pasado al recibir al Kolping-Verband llegado de Alemania a Roma para dar testimonio de más de un siglo de fe firme y apostolado conquistador. Hoy sois vosotros, que al conmemorar el comienzo de vuestra benemérita Unión, que ya cuenta con cuarenta años de experiencia, queréis obtener la confirmación de vuestros ideales, y el aliento para nuevos y luminosos horizontes.

Cuarenta años, decimos, de apostolado católico son una gran bendición, que se ha aleteado sobre vosotros desde los primeros pasos, continuamente derramada por Nuestros predecesores.

Pío XI quiere clara la fisionomía de los Hombres en el marco general de la reorganización de la Acción Católica Italiana. ¡Qué paternales manifestaciones de benevolencia, qué alientos, surgieron del corazón de aquel Pontífice, atento siempre a las exigencias nuevas de los tiempos! Las etapas sucesivas de vuestra actividad llevan la marca característica de Pío XII, cuyas razones, solemnes directrices están grabadas en vuestros corazones.

Queridos hijos:

Vosotros queréis continuar con empeño y con fruto en el camino que se os ha asignado. Queréis ser el buen grano que produce el cien, el sesenta, el treinta por uno; la levadura destinada a penetrar en la masa para que ésta quede completamente fermentada (Cf. Mt 13, 9; 13, 33).

Pues bien, para que el camino que os espera pueda continuar su ritmo exultante, deseamos recordaros algunos puntos más importantes de vuestro programa. Aunque os son del todo familiares, por ser substancia viva de los Estatutos de la Unión de los Hombres, merecen, sin embargo, ser subrayados. Estos son, queridos hijos: espíritu sobrenatural; formación cristiana de la juventud; presencia cristiana en la vida social.

1. Ante todo, para proporcionar un progreso estable y fecundo a vuestra Unión, es necesario un profundo, convencido y viviente espíritu sobrenatural. Es cuanto se indicó ya en la I Asamblea Nacional de 1926. Se proclamó "Solemnemente la sobrenaturalidad de su misión"; se afirmó, "la absoluta necesidad de que cada miembro lleve una intensa vida espiritual, iluminada por la fe viva, inamoviblemente anclada en las eternas esperanzas, ardiendo en la llama de la caridad" y se reconoció "que el centro de este espíritu interior estaba en Cristo Rey... con cuya gracia se quería cada vez con mayor abundancia alcanzar los inefables tesoros de la verdadera Vida, especialmente en la fuente inagotable de los Ministerios Eucarísticos".

¡Solemnes palabras, queridos hijos! Señalan el primero y principal deber del hombre de Acción Católica. Y ¡cuánta satisfacción nos proporciona encontrarlas en vuestros actos, de tal modo que no perdemos ocasión de inculcar a los miembros más sensible y preparados del laicado católico la necesidad de este espíritu sobrenatural!

Aquí está el secreto de la fecundidad espiritual de toda actividad, de toda forma de apostolado. Aquí está el punto de partida para la renovación, tanto de las conciencias como de la vida organizada, que por todas partes se pide. El que presumiera de obtener esta transformación con los medios humanos, aún lícitos y buenos —decimos— o con los dotes del ingenio y de la palabra, con una desconsiderada actividad, estaría completamente desviado. La acción exterior debe proceder de un fondo íntimamente empapado de gracia divina, de la frecuencia de los santos sacramentos de la Confesión y Comunión, de la oración continua, realizada, pues, en la caridad. Sólo entonces la acción produce sus frutos, que no son la lozanía efímera de un momento, sino la eficacia de una fuerza interior, nutrida de las fuentes mismas de la vida de Dios.

Nos ha agradado saber que os proponéis mejorar vuestra formación interior, cultural y apostólica, por medio de ejercicios espirituales y retiros periódicos, según la fórmula acostumbrada de "calificar" vuestras actividades. Será ésta, con la ayuda de Dios, la principal condición para el verdadero afianzamiento de la Unión.

2. Entre los objetivos propuestos a vuestra acción, os recordamos la tarea de la formación cristiana de la juventud que el mismo Pío XI insertó en vuestros Estatutos, y que Pío XII confirmó. Las nuevas generaciones, en lo que se puede constatar, surgen a la vida del todo dignas de las tradiciones de santidad, de verdad, de sano entusiasmo, que se propusieron los fundadores de la juventud católica y que bendijo Pío XI. Es una antorcha ardiente, que de mano en mano se transmite y que debe brillar cada vez más. Pero sólo el profundo conocimiento de la doctrina cristiana puede garantizar que los jóvenes sabrán corresponder a las esperanzas de la Iglesia.

Aquí está expresada la obra preciosa que la Unión de Hombres desarrolla ayudando a la Jerarquía, a quien Cristo confió la misión de enseñar.

Queridos hijos, como recordó Pío XII en el XXV aniversario de vuestra unión: "Alimentaos ante todo vosotros mismos y llenad vuestro corazón y vuestra mente con el alimento substancial de la fe católica, como se os ofrece en todas las enseñanzas de la Iglesia, en las Sagradas Escrituras que tienen por autor al mismo Espíritu Santo, en la Sagrada Liturgia, en las devociones piadosas aprobadas y en toda la literatura sana religiosa. Por tanto —continuaba Nuestro predecesor— llevad y difundir la verdad de esta fe a todas las ciudades, a todos los pueblos, aun a los más apartados de nuestro bello país, como se difunde el aura vital que penetra por todas partes y todo lo transforma y vivifica" (7 de septiembre de 1947: Pío XII, Discursos y Radiomensajes, 9, pág. 215).

Pero permitidnos decir, queridos hijos, que esta obra grandiosa resultaría un vano esfuerzo si no partiese del corazón mismo de las familias cristianas. Allí nacen los hijos a las luchas de la vida, y allí son requeridas especialmente las actividades y ejemplos de los Hombres Católicos. En las familias donde el padre reza, tiene una fe ferviente y consciente, acude a las instrucciones catequísticas y lleva a sus hijos, no tendrán que lamentarse de las desolaciones de una juventud rebelde y descaminada. Nuestra palabra quiere ser siempre de esperanza; pero estamos ciertos que, de algunas manifestaciones desedificantes de la vida juvenil, la mayor responsabilidad se debe ante todo a aquellos padres, especialmente en los padres de familia, que no se ocupan de los precisos y graves deberes de su estado.

Sea, pues, objetivo fecundo de todo animado desarrollo este empeño en la formación religiosa: de vosotros mismos, ante todo, para que podáis ser pregoneros con la palabra y con el ejemplo en la familia, en la escuela, en la oficina, en la fábrica, en todas partes donde el hombre católico es responsable ante Dios y ante los hombres.

3. Finalmente, que vuestra acción tienda a una eficiente presencia cristiana en la vida social. Decir "hombre" quiere decir, ante todo, la base fundamental de la sociedad, porque a él se le confían las graves y complejas tareas de la convivencia civil; decir "hombre de Acción Católica" querrá, pues, significar una tarea concreta de acción en la vida social, con una presencia prudente y operante y un testimonio generoso de colaboración y de amor.

Nos habéis hecho conocer que, con motivo del XL aniversario serán llevadas a cabo numerosas empresas de este género: como la Escuela "Mater et Magistra" de promoción social, la profundización en el estudio y en la aplicación de la doctrina social de la Iglesia, con especial referencia a nuestra reciente encíclica sobre los problemas sociales. Estos propósitos nos indican que la línea de hoy es la misma, ardiente y juvenil, de vuestro Estatuto de 23 de mayo de 1927, en el cual la Unión se comprometía a la "participación y asistencia en las obras e iniciativas sociales, que se proponen la sana elevación del individuo y la restauración cristiana de la sociedad".

Es cuanto hemos pedido, con ansia paternal, al final de esta misma encíclica Mater et Magistra, cuyo primer aniversario habéis querido celebrar con Nosotros.

"Es preciso pasar de la instrucción y de la educación a la acción. Es una tarea que compete especialmente a Nuestros hijos del laicado, estando ellos, en virtud de su estado, habitualmente entregados al desarrollo de actividades y a la creación de instituciones con contenido y finalidad temporales.

Para realizar una tarea tan noble es necesario que Nuestros hijos no sean sólo profesionalmente competentes..., sino que además es indispensable que estas actividades se desarrollen según los principios y las directrices de la doctrina social cristiana..., tengan presente Nuestros hijos que, cuando en el desarrollo de la actividad temporal no se siguen los principios y las directrices de la doctrina social cristiana, no solamente se tiene en poco un deber, y se lesionan con frecuencia los derechos de los propios hermanos, sino que se puede llegar a desacreditar esta misma doctrina, como si fuese noble en sí misma, pero privada de virtud eficazmente orientadora". (Cf. L'Osservatore Romano, 15 de julio de 1961, pág. 11.)

Es grave la responsabilidad que estas palabras exigen: ésta lleva consigo la aplicación continua de las enseñanzas sociales de los Romanos Pontífices, para asegurar de esta manera su benéfica difusión en el mundo del trabajo. En el campo social, como en todo otro sector de la convivencia humana, el católico es consciente de la verdad que posee. Verdad que irradia su luz por todas partes y proporciona un armonioso desarrollo a la persona, dignidad a la familia y al trabajo. El católico tiene normas precisas cuya perfección, modernidad y eficacia son universales y normativas. Permaneced, pues, firmes en la fidelidad a esta doctrina, generosos y acordes al aplicarla, incansables al difundirla, para que nuestra presencia en la vida social pueda proporcionar, con la luz del Evangelio, una contribución insustituible a la tarea de conseguir un mundo mejor.

Queridos hijos:

Esta es Nuestra paternal preocupación, éste es Nuestro voto augural vara vosotros: espíritu sobrenatural, formación cristiana de la juventud y presencia cristiana en la vida social.

Es animador para todos vosotros volver la cabeza hacia las etapas recorridas, a los años que vieron crecer y reafirmarse vuestra Unión a pesar de las dificultades. Sabed mirar hacia adelante, porque vuestro camino continúa.

El Concilio está ya próximo y querrá valerse, a su tiempo, también de vuestra actividad. Sus deliberaciones con miras al florecimiento de óptimas energías en la Iglesia tendrán necesidad del trabajo entusiasta y ardiente del laicado católico.

Vosotros estáis con la Iglesia porque esta es vuestra vocación de colaboradores de la Sagrada Jerarquía. Pero —¡qué hermoso es poderlo asegurar en esta hora de exultante emoción!— la Iglesia está con vosotros, lo estará siempre: para sosteneros, para indicaros la meta, para dar eficacia a vuestra acción. En esta estrecha fusión de los hijos con la Madre está la certeza en las nuevas conquistas, la promesa de una alegre primavera, que no conocerá el cansancio, ni las vicisitudes; la llave de la nueva era, la del Concilio Ecuménico.

Con este augurio de perenne juventud os expresarnos todo el afecto con que seguimos vuestra acción de luz y de paz en la sociedad de hoy; y al mismo tiempo que os aseguramos Nuestra presencia en todas vuestras empresas, presencia viva por la constante oración, queremos dejaros como prenda de las predilecciones divinas, la Bendición Apostólica, que extendemos a todos los miembros de la Unión de Hombres, esparcidos por Italia, a nuestros hermanos de todos los países del mundo, a vuestros dignos y celosos consiliarios, como también a vuestras queridas familias, especialmente vuestros hijos. Que la paz del Señor permanezca siempre en vuestros corazones. Así sea.

 


* AAS 54 (1962) 400;  Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 269-276.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 



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