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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS DIRIGENTES DE LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS
*

Jueves 17 de mayo de 1962

 

Señor Cardenal:

Os damos gracias por vuestras palabras, que amablemente han evocado recuerdos y realidades del mundo misionero, íntima y sagrada aspiración de toda Nuestra vida.

Volviendo de las fervientes jornadas lionesas del Primer Congreso Internacional Misionero, su señoría nos ha traído aquí, esta mañana, al distinguido grupo de los directores nacionales de las Obras Misionales Pontificias de los cinco continentes. Acogemos con gran alborozo a estos valerosos y ardientes mantenedores de los ideales y del trabajo de la Propagación de la Fe. Mientras su señoría manifestaba sus sentimientos y propósitos, Nos ha parecido ver pasar ante Nuestros ojos a todas las naciones, algunas visitadas por Nos, como para sacar de la reunión de hoy la halagadora confirmación del eficaz desarrollo que existe por todas partes, del apostolado misionero.

Su señoría ha querido entremezclar el glorioso pasado del Colegio Urbano con las circunstancias actuales, y ha recordado Nuestra visita del 25 de noviembre pasado a la sede del Janículo, a la cual, como a una promesa confortadora, "dirigimos con frecuencia la mirada llena de confianza". Hoy hemos sido invitados a dirigir, de una manera solemne, una nueva paternal mirada hacia el querido colegio, como significación de las preocupaciones misioneras de toda la Iglesia.

Hemos bendecido la primera piedra de una nueva sede del Colegio Filosófico. Era natural escoger—como se ha hecho—la circunstancia de la audiencia anual a los consejos superiores de las Obras Misionales Pontificias.

Señor Cardenal. Queridos hijos. La solemnidad y familiaridad de la reunión nos permite, por lo tanto, un ambiente y un trato de confianza.

Ya sabéis que no apartamos jamás Nuestro corazón de uno de los recuerdos más vivos y emocionantes de Nuestra humilde vida: el ser destinado a Roma en 1921 al servicio de Propaganda Fide. Y cuando, con un sentimiento de íntima gratitud a Dios, consideramos las diversas etapas de Nuestra existencia, Nos gusta resaltar, cómo —de los ochenta años vividos hasta ahora— cuarenta años los hemos ofrecido, en virtud de la obediencia, a Nuestra diócesis de origen; y los otros cuarenta, también bajo el signo de la obediencia, al servicio de la santa Iglesia universal, y de una manera especial a su ideal y a su acción misionera.

No, no Nos exaltamos considerando los méritos que a vuestra bondad os place ahora descubrir, sino que todo esto es ocasión para dar gracias a Dios de habernos hecho amar el campo que sucesivamente se Nos iba indicando, aquí en Roma y luego en Bulgaria, en Turquía y en Grecia.

Y cuando Nuestro predecesor nos envió a la Representación Pontificia de París, también aquel puesto de Francia —la noble y católica nación que ha sido la cuna de las Obras Pontificias y que es gloriosa por sus institutos misioneros— Nos parece como la continuación del primer servicio ejercido aquí en Roma. Y Venecia luego, con su evangelista San Marcos, a quien San Pedro con tanta ternura gustaba de llamar "Marcus filius meus" (1P 5, 13) (Marcos, hijo mío); Venecia, con sus tradiciones de celo misionero, también a ella nos place verla como un puente establecido por la Providencia para un renovado abrazo de las gentes de Oriente y de Occidente, "ab ortu solis usque ad ocasum" (Ml 1, 11) (desde el nacimiento del sol hasta su ocaso).

Y ahora, después de casi cuatro años, henos aquí, en el centro palpitante de la vida de la Iglesia, junto al sepulcro del Príncipe de los Apóstoles, con la plenitud del mandato que Cristo le confió.

Todo lo que el Señor Nos ha permitido realizar en favor del apostolado misionero y en los múltiples y verdaderamente gozosos contactos con los pueblos que se afanan con plena conciencia en las promesas del futuro de fraternidad y de paz entre todas las gentes; lo que realizamos hoy, para indicar firmemente lo que la Iglesia quiere y hace por sus hijos, sin distinción alguna, se corresponde únicamente a la prontitud de Pedro en su triple profesión de amor al Divino Maestro: "Amas me?... Tu scis, quia amo te" (Jn 21, 17) (¿Me amas?... Tú sabes que te amo).

Estas palabras compendian el programa del ministerio apostólico. Como confiamos a Nuestros queridos hijos del Colegio Urbano en la mencionada reunión del 25 de noviembre pasado, "las ansias del apostolado misionero se encuentran hoy, como nunca, junto a la fuente misma de la misión universal de Pedro y de sus sucesores; brotan del Corazón de Cristo, que continúa derramándolas en su Vicario en la tierra, llamado a una participación más íntima y sufrida por su amor por la salvación de la humanidad".

Desde el motu proprio "Romanorum Pontificum" hasta Nuestra reciente carta a usted señor Cardenal Prefecto, en la celebración de aquel 3 de mayo de 1922, han pasado cuarenta años verdaderamente fecundos: los Papas y el Episcopado, el clero y las asociaciones católicas han trabajado a fondo para enraizar en el corazón de la comunidad cristiana la convicción del deber misionero, que incumbe a todos.

En este surco luminoso que avanza hacia el mañana, la primera piedra bendecida hoy señala, en realidad, un nuevo progreso. Es la casa que se hace más grande, para poder acoger a los hijos que aumentan. Es el corazón que se dilata. Es Roma que se adecua a las nuevas exigencias de sus hijos, que quieren aquí recibir, junto a las tumbas de los apóstoles, como la consagración de la divina llamada, que los hace heraldos del Evangelio en los países de donde han llegado. Es el cántico del cielo que se confunde admirablemente con el de la tierra para glorificación del Cordero inmolado: "Dignus es, Domine accipere librum et aperire signacula eius, quoniam occisus es, et redemisti nos Deo in sanguine tuo ex omni tribu et lingua et populo et natione, et fecisti nos Deo nostro regnum et sacerdotes" (Ap 5, 9-10) (Digno eres, Señor, de tornar el libro y abrir sus sellos, porque moriste y nos redimiste ante Dios con tu sangre de todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones, y nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes).

La piedra, que se unirá a las innumerables que formarán la sólida estructura del nuevo edificio, es imagen de todas las piedras espirituales, las alas redimidas de la Sangre Preciosísima, que componen en conjunto la santa Iglesia de Dios. No faltan los golpes de cincel del Divino Artífice, los tropiezos de las pruebas y de las persecuciones, los obstáculos que aparecen en diversa forma a lo largo de los siglos, como también hoy en algunas regiones. Pero la palabra del Señor nos da la certeza de que los pabellones de la santa Iglesia se extenderán sobre toda la faz de la tierra. Lo dijimos en Lourdes, después de la consagración del templo de San Pío X, el 25 de marzo de 1958: "Dilata locum tentorii tui et pelles tabernaculorum tuorum extende, ne parcas, longos fac funiculos tuos et clavos tuos consolida" (Is 54, 2) (Dilata el espacio de tu tienda y extiende las pieles de tus tabernáculos, no ceses, haz largas tus amarras y afianza tus clavos). El "locus tentorii" es la Iglesia de Cristo, la nueva Jerusalén que hace hueco a todos sus hijos" (Cardenal Roncalli, Patriarca de Venecia, Escritos y discursos, vol. III, 1958, p. 509).

Queridos hijos. Es consolador para el Papa, no decimos el separarse de sus ordinarias ocupaciones —que le llevan a ver y a alentar cuanto tiene relación con lo cristiandad antigua—, sino el extender su servicio cada vez más ampliamente, ocupándose con gran fervor y premeditada frecuencia de este gran campo, vasto como el mundo, de la propagación del Reino de Nuestro Señor en las nuevas y recientes cristiandades.

La reunión de hoy quiere ser, pues, una confirmación de tal orientación de Nuestro Apostólico ministerio.

Pues he aquí presentes a los beneméritos operarios y colaboradores de esta acción misionera, que se difunde con todas las formas de caridad en favor de las misiones; he aquí a los generosos operarios de la viña que han llevado el "pondus diei et aestus" (Mt 20, 1-2) (El peso del día y el calor). Trabajando desde las primeras horas en la tierra, con frecuencia bañada por las lágrimas y por la sangre; he aquí las jóvenes esperanzas, frutos lozanos de los campos que blanquean con la mies (Jn, 4, 35), animoso auspicio de la perenne fecundidad y continuidad de este santo trabajo. Verdaderamente es un espectáculo que conforta e infunde nuevas energías.

Señor Cardenal: Habéis tenido particular acierto al referiros al Concilio Ecuménico. En las vísperas llenas de trabajo del gran acontecimiento, también la bendición concedida a la primera piedra del Colegio Filosófico tiene relieve y es significativa.

Sobre esta piedra se levantará, día a día, ante nuestros ojos el edificio. Que ella sea la imagen de la renovación interior y organizativa, que quiere dar impronta, tono, vigor a las reuniones ecuménicas. Por primera vez en la historia de la Iglesia entre los padres del Concilio habrá representantes, en gran número, como no se ha visto hasta ahora, de todos los países de la tierra; sí, verdaderamente: "ex omni tribu et lingua et populo et natione" (De todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones). Será un brillante testimonio de la universalidad de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, que está por encima de las diversidades étnicas, que se levanta por encima de los clamores de no siempre perfectas y armoniosas intenciones, como con toda el alma y con todo el esfuerzo de Nuestra parte deseamos, reúne ya a toda la humanidad en un solo organismo y funde las voces poderosas en un solo canto de alabanza al Señor. "Et fecisti nos Deo nostro regnum el sacerdotes" (Y nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes).

¡Qué grandiosa belleza la de la esposa bendita de Cristo vestida de gloria... santa e inmaculada! (Ef 5, 27).

En esta visión, vestida de buenas promesas para el fervor misionero que los padres del Concilio sabrán apreciar y, sobre todo, alentar, Nos place expresaros Nuestro agradecimiento por las obras que cada uno de vosotros desarrolla en virtud de la obediencia. Queridos hijos, continuad con fe, con abnegación, con amor, en vuestro trabajo, a los que las ordenanzas de las obras misionales pontificias aseguran la estabilidad y el éxito. Y esté siempre con vosotros la omnipotente ayuda del Señor, de la cual es prenda afectuosa Nuestra Bendición Apostólica. La extendemos a los familiares de cada uno de los presentes, a su diócesis de origen, a sus queridas naciones y a las innumerables escuadras de miembros de las obras pontificias a las que tanto se debe y de las que aún mucho se espera. Amén, amén.

 


*  Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 277-282.

 

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