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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
EN LA BENDICIÓN DE LA PRIMERA PIEDRA DEL NUEVO SEMINARIO LOMBARDO DE ROMA

Domingo 10 de febrero de 1963

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

Dos motivos de íntimo y vivo gozo para nuestro corazón se han asociado en este solemne encuentro.

El Seminario Lombardo, a un siglo de su fundación, adquiere nueva juventud, aprovechando también las energías y la gracia que en el decurso de los tiempos se le han concedido. Gracia y energías que la Divina Providencia multiplica en el corazón y en las actividades de los más fieles servidores de la Iglesia del Señor.

Hemos leído estos días unas páginas preciosas que resumen la historia del Pontificio Seminario Lombardo, en su primer siglo de existencia, los nombres de los beneméritos prelados que proporcionaron un brillo incomparable al recuerdo de sus insignes servicios a esta institución.

Grandes empresas al servicio de la Iglesia

En primer lugar, el cardenal Eduardo Borromeo Arese, profundamente preocupado por sus comienzos y primeros pasos.

Sobre el apellido del primer rector, un Borromeo, recaían los auspicios siempre gloriosos de San Carlos, fundador, padre y patrono —como también ahora, a tantos siglos de distancia, podríamos proclamar— de todos los Seminarios del mundo. Era natural que la feliz idea de dar cuidada y elevada educación eclesiástica a algunos de los jóvenes más distinguidos de Lombardía buscase aquí en Roma —como sucedió en 1856— su punto de atracción.

Los primeros resultados fueron tan consoladores que animaron a continuar la experiencia, prosiguiendo luego desde 1860 a 1863, y desde entonces a 1870, para reemprender después de 1870 una organización más estructurada, a pesar de los tiempos difíciles y laboriosos.

Y de allá salieron pronto una escuadra de hombres que llenaron de bendiciones las diócesis de la alta Italia y también de otras regiones.

Nos place saludarlos todos a una. Pero, con una distinción especialísima, a tres nombres: al futuro obispo de Bérgamo, monseñor Radini Tedeschi, entre los alumnos; al rector, cardenal Alejandro Lualdi, luego arzobispo de Palermo, y a don Aquiles Ratti, futuro rector de la Biblioteca Ambrosiana, que llevaba en su corazón el misterio del más bello porvenir, que le guardaba los esplendores del Pontificado Supremo.

Aurora brillante de un futuro prometedor

La nueva edificación —que será la tercera—, cuya primera piedra hemos sido invitados a bendecir, quiere seguir manteniendo la antigua fidelidad a los propósitos y a las clarividentes directrices, empeñadas aquí en torno al Seminario Pontificio Lombardo. El título sagrado y bendito de los Santos Ambrosio y Carlos, que sigue conservando, resume los méritos de un noble pasado y anuncia la aurora de un futuro prometedor.

Los cambios de los tiempos y de los acontecimientos han sugerido diseños y modificaciones apropiadas para una coordinación más práctica de los edificios, de la estructuración, con miras a la mayor comodidad en la convivencia de muchas vidas juveniles consagradas a un ideal de alta cultura y de amplio apostolado.

Esto explica la profunda renovación del Seminario Pontificio Lombardo en la modernísima estructura del nuevo edificio, que se adapta a la alegría del Esquilino y, lo que más emociona a sus jóvenes habitantes, a la proximidad del templo augusto que la piedad de los siglos ha consagrado a la Madre de Jesús y Madre nuestra, a quien deseamos saludar en estos días con las expresiones que tanto nos gusta repetir: Salve radix, salve porta, ex qua mundo lux est orta.

Y qué hermoso y dulce es continuar la piadosa exclamación: Gaude Virgo gloriosa super omnes speciosa, salve o valde decora: el pro nobis Christum exora. (Salve raíz, salve puerta, por la que salió la luz del mundo. Alégrate Virgen hermosa entre todas, salve llena de dignidad, e intercede por nosotros a Cristo).

Una vida apostólica llena de virtudes

Venerables señores cardenales, venerables hermanos en el Episcopado y queridos hijos.

A este rito sencillo y austero, litúrgicamente aquí celebrado con esta primera piedra del nuevo Seminario Lombardo, piedra bendecida que el señor cardenal arzobispo de Milán se complacerá en colocar con sus manos, en el sitio apropiado, se asocia felizmente el acontecimiento festivo de la introducción del proceso apostólico para la beatificación y canonización del siervo de Dios, cardenal Andrés Carlos Ferrari, arzobispo de Milán.

Esta coincidencia se nos ofrece casi de improviso —permitidnos añadir— como otros fenómenos de orden espiritual que nuestra alma, el alma del Siervo de los siervos del Señor, desde hace algunos meses viene advirtiendo en serena y religiosa sucesión.

Con el consejo de los venerables cardenales y prelados, miembros de la Sagrada Congregación de Ritos, y de perfecta conformidad con las usanzas habituales, hemos decidido corresponder a la delicadeza de un sentimiento nuestro, pero que sabemos difundido con exultante ternura en cuantas almas sobreviven en la vastísima archidiócesis de Milán, en toda Italia, y, podemos atestiguarlo, que despierta gran veneración y respeto en todos los puntos de la catolicidad, corresponder, decimos, a tan piadosa expectación, firmando aquí, en vuestra presencia, el decreto de introducción de la causa con las palabras tradicionales: Placet Angelo Iosepho.

Durante los cuarenta y dos años que han pasado desde la edificante muerte del cardenal Ferrari, fue y sigue siendo unánime el sentimiento de veneración por su memoria y el deseo de su glorificación.

Esta glorificación sigue para cada santo de la Iglesia su propio curso, que puede parecer largo a aquellas almas que no saben darse cuenta de los secretos designios del Señor, que permite surgir situaciones, muchas veces inesperadas y ajenas a los merecimientos personales de sus santos, a los cuales Dios tiene reservado también sobre la tierra momentos de luz deslumbradora como reconocimiento de sus méritos y de la gloria celestial.

Mas, volviendo al venerado cardenal Andrés Carlos Ferrari, es motivo de profundo y universal consuelo para todos cuantos le conocieron la noticia de que hoy, después de largas indagaciones, comienza el proceso regular.

El fervor de las prácticas oficiales, juntamente con la oración de toda la Iglesia, conseguirá, con toda seguridad, la intervención del Señor, que es siempre admirable en sus santos, para santificarlos y glorificarlos, renovando, donde sea preciso, los prodigios que la bondad bendita suele derramar sobre las ansias de santificación, que es la más elevada meta de las aspiraciones humanas, cristianas y sacerdotales.

¡Qué alegría para todos nosotros el podernos dejar elevar y como arrebatar de esta forma!

Indicación del camino perfecto: la voluntad de Dios

¡Qué suavidad para quien desde su infancia, llamado al ministerio sacerdotal y sin tener otras miras en su vida, pudo seguir, aunque con mucha sencillez y a una respetuosa distancia, el ascender de virtud en virtud del cardenal Ferrari, y encontrar en la contemplación ininterrumpida de su santa vida de pastor una escuela a la que debe tanto y de la cual conserva en el corazón un imborrable y tierno recuerdo!

¡Bendito sea el Señor que todo lo ha dispuesto con tanta misericordia en bien de nuestra alma y de nuestra vida!

Cuando el cardenal Ferrari entró como nuevo arzobispo de Milán, este humilde hijo de la campiña bergamasca, crecido en las orillas del Adda, que miran a la extensa diócesis de Milán, apenas con catorce años, andaba los primeros pasos de la vida eclesiástica, que luego le reservaría tantos encuentros con aquel venerado sucesor de San Carlos. Benditos encuentros, tan devotos y confidentes, que nos movieron un día —nos encontrábamos justamente en la "mitad del camino de nuestra vida"— a pedirle que nos indicara la voluntad del Señor, lo que nos convenía hacer para serle fiel. Su respuesta, escrita de su puño y letra, pues su voz se había extinguido y sólo le restaba la claridad de su pensamiento y el latir de su corazón fue tan significativa que inició la otra vertiente de nuestra humilde vida, principio de nuestra segundo etapa, que fue renuncia a nuestro primer trabajo, llevado a cabo en nuestra tierra natal, consagrándonos al servicio de la Iglesia universal.

Adorando los caminos de la Providencia, sentimos un tierno afecto y respeto que todavía perdura a los ochenta años, por la sagrada memoria de un Príncipe de la Santa Iglesia, que supo desplegar su gran dignidad al servicio de una actividad pastoral tan extensa, profunda y bendita que marcó una huella en su generación y será recordada con edificación por las generaciones venideras.

Escuchad las últimas palabras que nos dejó por escrito antes de morir:

«Carísimo don Ángel. Ya sabe el bien que yo le deseo; también es una deuda para con monseñor Radini. Precisamente sobre esto, he aquí mi pensamiento escueto y sin dudas. La voluntad de Dios es más que manifiesta. El padre vestido de rojo es el eco del padre vestido de blanco; ambos lo son de Dios. Por lo tanto, no hay alternativa. Donde Dios llama se va sin dudarlo, abandonándose completamente a su amorosa Providencia. De esta forma conseguirá la paz tranquila. Pida por quien le bendice de todo corazón y le aprecia en el Corazón de Jesús, Andrés Carlos, cardenal Ferrari».

Queremos saborear toda la dulzura de un sentimiento que es, desde entonces, motivo perenne de reposo y serenidad espiritual, que explica también el entusiasmo personal de amor y respeto a la memoria del cardenal Ferrari.

En este punto la voz del Papa se atenúa, se calla, para que el proceso de canonización se desarrolle libremente y siga su curso.

La última palabra la dirá también el Papa, y se conocerá el cumplimiento, cualquiera que sea el resultado, de los designios del Señor, siempre —nos agrada repetirlo— admirable en sus santos.

Un rayo de esperanza del Oriente de Europa

Venerables hermanos y queridos hijos. Una palabra aún en tono confidencial. La bendición de la primera piedra del nuevo Colegio Lombardo y la introducción de la causa del cardenal Ferrari se entrelazan hoy con el nombre querido y venerado de Pío XI, de cuya muerte se cumple el XXIV aniversario.

Pío XI fue el Padre de nuestro episcopado; él ordenó nuestra consagración episcopal en San Carlos del Corso, aquí en Roma, y encaminó luego nuestros pasos por las rutas de Oriente, para un servicio esencialmente apostólico, del cual gustamos saborear, en muchas ocasiones, el recuerdo de sus buenos frutos.

Precisamente de allí, del Oriente de Europa, nos ha llegado un emotivo consuelo por el que humildemente damos gracias al Señor, como de algo que, en sus divinos secretos, puede preparar a la Santa Iglesia, y a las almas rectas nuevos alientos de fe sincera y de apostolado pacífico y benéfico.

No alteramos el designio misterioso al que Dios llama a todos a cooperar, reuniendo los hilos de una red que se realiza con su gracia y con el servicio incondicional de las almas inocentes, de las almas pacificas y generosas.

Leed en nuestro corazón la emoción y ternura del momento dispensadnos de otras efusiones a las que también desearíamos entregarnos.

La bendición apostólica pone sello amable y cordial sobre la alegría de este momento, sobre las promesas del nuevo Colegio, sobre la querida región de Lombardía y sobre todo lo que ella representa en la Iglesia y quiere dar al mundo con el espectáculo de su fe y de sus obras.

Así sea. Así sea.

 



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