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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL SACRO COLEGIO CON MOTIVO DE SU ONOMÁSTICO

Domingo 17 de marzo de 1963

 

Señor cardenal decano:

Vuestra eminencia ha interpretado noblemente los sentimientos que Nos alimentamos en el corazón al acercarse la fiesta de San José, cuya devoción tanto deseamos recomendar a los fieles y al clero; y nos ha presentado las felicitaciones del colegio cardenalicio con amable sencillez y unción sacerdotal.

Todo ello es motivo de edificación para los fieles católicos, y también para los no católicos, al paso que alienta el fervor de los buenos y las voluntades rectas de muchos hombres, sobre los cuales queremos creer que actúa la gracia celestial: ¡Oh! Sí. Nos advertimos que la misteriosa voz se hace sentir cada vez más en las conciencias y se acrecienta el número de aquellos que, con la adhesión perfecta a la santa doctrina, están dispuestos al trabajo acorde y reafirman la preeminencia de los valores sobrenaturales sobre todas las demás actividades, aunque necesarias y recomendables.

Lo que vuestra eminencia ha dicho, señor cardenal, hace resonar las notas más genuinas de la Iglesia católica: Iglesia que ora ante todo, que contempla los divinos misterios, enseña las verdades reveladas y acompaña a los hombres por el camino de la perfección.

Precisamente, es su fin eminentemente sacerdotal: el hacer de puente entre la Tierra y el Cielo. Desde la exhortación Haerent animo, de San Pío X, verdadera llama que pasó sobre nuestras cabezas juveniles, hasta las repetidas enseñanzas de Pío XII, nuestro inmediato predecesor de tan grata memoria, han pasado cincuenta años, vivificados por un esfuerzo constante de santificación del clero y del pueblo cristiano.

Iglesia que ora y enseña

Los frutos no han faltado y la sensibilidad católica se ha hecho más fina que nunca. En este marco se encuadra la dulce y querida figura de San José.

En la realización de los misterios de la Natividad de Cristo y de su infancia él estuvo presente de un modo discreto y activo, humilde y con autoridad. En su modo de hacer hay tal distinción que lo han tratado de imitar los sacerdotes y los laicos de todos los tiempos.

Y nos parece que podemos decir que la devoción al santo patrono de la Iglesia universal, acrecentada en estos últimos decenios, ha tenido repercusiones benéficas en cada uno de los individuos investidos de autoridad y sobre las instituciones religiosas y civiles.

La amable y augusta serenidad que irradia el padre adoptivo de Cristo invita a aproximarse cada vez más con santa confianza ante su figura, para aprovechar las enseñanzas que imparte con tanta discreción.

San José habla poco, pero vive intensamente, sin substraerse  a ninguna responsabilidad que la voluntad del Señor le impone. Ofrece un ejemplo de atrayente disponibilidad a las llamadas del Señor, de calma en todos los acontecimientos, de plena confianza, conseguida por una vida de fe y caridad sobrehumanas por el medio de la oración.

¡Qué ternura proporciona el repasar los pocos episodios que conocemos por las escasas referencias del Evangelio! San José calla ante sus graves pruebas, y porque es justo (Mt 1,19) no juzga, no se adelanta al curso de la voluntad de Dios; y cuando el Señor le advierte por medio del ministerio de los ángeles escucha y obedece en silencio. A él le loca el honor de imponer a Jesús el nombre bendecido por los siglos. Pilar firme de la Virgen María en la pobreza de Belén; en el corazón de la noche toma a Cristo, se une a María y parte afrontando lo desconocido. En el tiempo preciso, advertido por el ángel, está dispuesto a volver y a continuar su vida de humilde artesano en la casa de Nazaret.

Las notas evangélicas que nos hablan de él se ajustan bien con las aplicaciones ascéticas que de ellas se han hecho a lo largo de los siglos. Quien tiene fe no teme, no precipita los acontecimientos, no escandaliza a su prójimo.

Venerables hermanos y queridos hijos nuestros. Este retazo particular de la fisonomía espiritual de San José nos es familiar y nos infunde aliento. La serenidad de nuestro ánimo de humilde siervo del Señor encuentra aquí continua inspiración, no fundamentándose en el conocimiento de los hombres y de la historia, ni cerrando los ojos ante la realidad. Es una serenidad que viene de Dios, ordenador sapientísimo de las vicisitudes humanas, tanto respecto al hecho extraordinario del Concilio Ecuménico como al ordinario y grave ejercicio del gobierno universal de la Iglesia.

Continua actividad en pro de las almas con la luz de Dios

Acción misionera, clero bien formado y educado en su función de sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13,14), presencia no angustiosa sino definida de los católicos en todos los niveles del orden social y civil: todos estos problemas hay que verlos a la luz de su complejidad, sí, pero ante todo a la luz de Dios, Padre providente y bueno, cuya sabiduría alcanza todos los límites y dispone suavemente todas las cosas (Sb 8,1).

Venerables hermanos y queridos hijos nuestros: Creemos firmemente en la acción de Dios en la conciencia de cada uno, en su presencia en la historia; creemos en su amor.

Esta seguridad está enraizada en la continua asistencia de Cristo, fundador de la Iglesia, que camina tranquilo sobre las olas del mar agitado: “Tened confianza, soy Yo, no temáis” (Mt 14,27).

Cuando por primera vez resonaron estas arcanas palabras, los apóstoles y los discípulos —lo sabemos bien— eran un grupo sin lustre; sin embargo, la invitación de Cristo no daba lugar a dudas: No temáis, no temáis.

Esto mantiene en el hombre de fe la humildad, fundamento de todo sólido edificio; conserva el sano equilibrio, la indiferencia cristiana sobre los juicios del mundo, y, por consiguiente, fomenta en cada uno la convicción de ser instrumento, y nada más, dócil y pronto, pero instrumento y colaborador de ese Dios, que por su misericordia asocia a sus criaturas a los designios de los eternos resplandores, que reflejan sobre la tierra la irradiación de la gracia y de la paz.

Amigo fiel y sólido protector

Para esta fidelidad de humilde colaboración en el plan divino sobre nuestras humildes vidas nos es necesaria, juntamente con la de la Virgen María, la protección de San José, intercesor eficaz: “Amigo fiel, fuerte protección” (Ecle 6,14).

A este amigo solícito, que custodió a Cristo en los días de su vida mortal y que protege desde el Cielo al Cuerpo Místico —asiduo defensor de Cristo, columna de las familias, protector de la Santa Iglesia, como lo invocamos en sus letanías— Nos confiarnos con confiada oración las preocupaciones presentes y futuras del gobierno de la Iglesia, alegrándonos de ver junto a Nos, en ferviente pugna de santa emulación, a distinguidos miembros del Sacro Colegio y a todos nuestros colaboradores.

Se nos ha dicho y hemos experimentado un íntimo gozo que antes y después de las congregaciones generales en San Pedro, en los días del Concilio Ecuménico, se notaba un grupo notable de padres en oración ante el altar del santo. ¡Edificación de toda la asamblea y del pueblo cristiano que lo ha conocido!

Aceptad el voto que Nos os hacemos, señores cardenales, de que ese altar, al paso que sea meta de mayores peregrinaciones, sea también fuente de consuelo y de favores celestiales.

Y ahora, para testimoniaros nuestra gratitud por vuestras felicitaciones y oraciones, con las que os ha placido consolar nuestro espíritu por el próximo día de nuestro onomástico, impartimos sobre todos vosotros con ferviente afecto la propiciadora bendición apostólica.

 



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