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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS ESTUDIANTES
DEL CENTRO RICHELIEU

Capilla Sixtina
Sábado
Santo, 13 de abril de 1963

 

Estimados estudiantes del Centro Richelieu:

Es grande nuestro gozo al recibir a una "élite" de la juventud estudiante francesa en este día y en este lugar. Todo es sugestivo en este encuentro.

En primer término, eso que vosotros representáis: la juventud universitaria, la que se forma en las rudas disciplinas del estudio, para ser mañana una clase dirigente consciente de sus deberes y a la altura de sus responsabilidades en la sociedad.

Juventud de Francia: podéis imaginar toda la emoción que embarga nuestro corazón al pronunciar estas palabras y todos los recursos que evocan en el antiguo nuncio de París que os habla: la Sorbona, el barrio latino, las orillas del Sena con sus pintorescas “bouquinistes” y la silueta imponente de Notre Dame de París perfilándose en el cielo... Y también pensamos, al veros, en todo lo que ha ofrecido a lo largo de los siglos la nación francesa, en sus más variadas expresiones, a la civilización y a la fe católica: esa serie gloriosa de genios, héroes y santos que os han precedido y que os estimulan. Se os puede repetir con el autor inspirado de la Epístola a los Hebreos: “Teniendo tantos testigos que a manera de nube nos rodean, corramos la carrera que tenemos ante nosotros” (Hb 12, 1).

La carrera que tenemos por delante: que será quizás muchas veces un destino muy alejado de las previsiones humanas, como el de aquellos otros peregrinos de París, llegados a Tierra Santa para seguir las huellas de Cristo, y que han encontrado la muerte en circunstancias trágicas. ¿Cómo no confiaros, queridos hijos, que vivamente apenados por el conocimiento de esta triste nueva, hemos elevado a Dios fervientes oraciones en favor de estas víctimas y de las familias que han dejado abatidas el dolor?

Pero no solamente nos hacéis recordar a Francia, nos ofrecéis una visión de todo el mundo, pues más de cuarenta naciones, se nos ha dicho, están representadas en vuestras filas. La gran capital fiel a sus mejores tradiciones, continúa acogiendo e instruyendo a estudiantes “de todos los pueblos, tribus y lenguas” (Ap 7,9): vosotros sois testimonio viviente.

Pero instruirse no basta: al sumaros al Centro Richelieu, habéis demostrado vuestra voluntad de poner en primer término los valores espirituales. ¡Qué prueba tan magnífica habéis dado, queridos hijos e hijas, al venir aquí en este día, a salmodiar el oficio litúrgico!

Aquí, es decir, en la capilla de los soberanos pontífices, en este santuario del arte y de la oración, debido a la iniciativa del gran Papa Sixto IV, y donde prestigiosas pinturas son una invitación permanente a la contemplación y a la reflexión.

El día ha sido tan bien escogido como el lugar: Sábado Santo, el instante del gran silencio, en el desarrollo de la divina liturgia, entre la tragedia del Viernes Santo y el triunfo de la mañana de Pascua. El Cuerpo de Cristo reposa inánime en su tumba: es, por excelencia, la hora de la oración y del recogimiento.

El día, el lugar, las personas: sí, en verdad, todo, en este encuentro, nos parece ricamente significativo. Y no os maravillaría que cuando el consiliario general del Centro Richelieu propuso esta iniciativa, la aplaudiéramos de todo corazón, gustoso de ver a los jóvenes, a los estudiantes, llegados de Francia, almas ansiosas de cultura religiosa y de vida espiritual, venir a cantar, en la capilla de los Papas, los Maitines y los Laudes del Sábado Santo.

La oración colectiva

Lo principal que queremos guardar de vuestra presencia acá es que habéis venido a orar. Tres rasgos creemos que caracterizan a vuestra oración: colectiva, litúrgica y con las dimensiones de lo universal.

En primer lugar, oración colectiva. La oración en el secreto del alma a solas con Dios tiene su valor, incomparable e irremplazable,

Cristo nos dijo: “Con las puertas cerradas ora al Padre en secreto” (Mt 6, 6). Pero también dijo: “Donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Es la oración de los hermanos unidos bajo la mirada del Padre, ya no es “Pater meus”, sino “Pacer noster”.

Oración litúrgica: más hermoso aún, pues no es solamente la suma de las oraciones individuales fundidas en una sola; es la oración en nombre de la Iglesia. Oración tan importante, a sus ojos, que escoge para este oficio a la élite de sus hijos: los religiosos contemplativos, y la impone como principal deber a todos sus ministros. Formáis parte, pues, de esa gran corriente que recorre la tierra y atraviesa los siglos para cantar la gloria del Dios vivo y de su Hijo.

Oración universal, como lo son los pensamientos, los anhelos y las preocupaciones de la Iglesia; universal, como será el Juicio final, que el pincel de Miguel Ángel supo evocar con tan gran fuerza de sugestión en los muros de esta capilla.

Queremos consideraros como enviados, representantes, en cierto sentido, de toda la juventud estudiante del universo. Y nos parece que vuestra oración de esta mañana, con su carácter colectivo, litúrgico y universal, tiene el valor de un gran mensaje: los jóvenes del Centro Richelieu de París, reunidos en torno al Papa, transmiten a sus hermanos estudiantes de todo el mundo el anuncio gozoso del aleluya pascual.

El canto del "Benedictus"

La alegría que invade todos los corazones en esta víspera de la Resurrección nos la dicta, queridos hijos, el canto con que habéis terminado.

El canto inspirado, humilde y profundo que ha coronado vuestra celebración litúrgica: el "Benedictus". Para todos, pero para los jóvenes en particular, esa riqueza de pensamiento, de sentimientos, de orientación: “Irás ante la presencia del Señor: el sentido de vuestra vocación. La misericordia de Dios que nos ha visitado: la fidelidad del Señor a sus infalibles promesas”. “En santidad y justicia en su acatamiento todos los días... para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz”: la línea directriz de toda vuestra vida, por los caminos de la pureza, de la rectitud y de la paz (cf. Lc 1, 68-69).

Vuestra peregrinación a Asís y a Roma —en espera de la que os llevará bien pronto a los pies de Notre Dame de Chartres— son otras tantas marchas por los caminos de la paz, la verdadera, la que se edifica sobre la unión del alma con Dios en la oración.

Queridos hijos, que vuestra vida sea un ejemplo, un aliento para toda la juventud estudiante de Francia y del mundo. Esta es nuestra exhortación y nuestro deseo para vosotros en esta víspera de la Pascua. Sed los mensajeros del Evangelio en todas las almas que os esperan; sed los continuadores de los Apóstoles ante vuestros hermanos. Y que por vosotros y por ellos, unidos en la fe y en el amor, Cristo y su gracia lo invadan todo, en el mundo que se transforma ante vuestros ojos: las almas, las leyes, las costumbres, las artes y la cultura.

Anunciad en todas partes y mostrad a vuestros hermanos la juventud de la Iglesia, incesantemente mantenida y alimentada por Cristo resucitado. Y que la alegría de la Pascua os siga siempre y por todas partes, con nuestra más afectuosa bendición apostólica. Amén. ¡Aleluya!

 



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