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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LA PRIMERA PEREGRINACIÓN DEL "ROSARIO VIVIENTE"

Basílica Vaticana
Sábado 4 de mayo de 1963

 

Queridos hijos e hijas:

Con gran alegría os saludamos en esta basílica de San Pedro, con ocasión de la primera peregrinación nacional del Rosario viviente, organizada por nuestros buenos padres dominicos. Después de haber asistido a la misa celebrada por el dignísimo cardenal Santiago Lercaro, arzobispo de Bolonia, queréis manifestar al Papa vuestros sentimientos de ardor y devoción, en nombre de vuestros coetáneos de todas las regiones de Italia. Entre vosotros hay también niños enfermos, que han afrontado el viaje con espíritu de sacrificio. Esto conmueve nuestro corazón.

El afecto que os tenemos quiere ser un reflejo de la caridad que ardía en el corazón de Cristo. cuando vuelto hacia los niños escuchaba sus confidencias y los bendecía, colmándoles de delicadas atenciones.

Os estimamos como a la pupila de nuestros ojos, ante todo porque sois promesa de días mejores, creciendo alegremente en una infancia serena y pura. Pero os estimamos principalmente porque, con la natural vivacidad de vuestros años, sois niños que oran. Comprendéis que un día sin oración es como el cielo sin sol, o como el jardín sin flores. Por ello os habéis comprometido a rezar cada día, al menos, una decena del Rosario.

¡Bravo, queridos hijos, bravo! La Madre de Cristo y nuestra os mira y os escucha con maternal predilección. Ella sabe que la queréis bien, y agradece vuestra oración porque va acompañada de saludables reflexiones y generosos propósitos. ¿Cómo no querer bien a la Reina del Cielo, cuando queréis ser su Rosario viviente? Este es el nombre de vuestra blanca institución.

¡Qué estandarte, qué programa, qué honor!

¡Encanto del Rosario! Oración entrelazada de Padrenuestros y Avemarías, que propone al espíritu recogido la realidad inefable de la Encarnación, de la Pasión y Muerte del Hijo de Dios, Resurrección y Ascensión; la venida del Espíritu Santo; los triunfos de María, estrechamente asociada a los gozos, a los dolores y a la gloria de su Hijo Jesús. Al recitar los misterios se revive todo el Evangelio; la historia maravillosa del género humano redimido y salvado.

El nombre de vuestra institución, programa de vuestro vida

¡Recitadlo siempre! Vosotros sois el Rosario viviente de María, viviente porque lo queréis comprender y practicar; porque queréis sacar de él una invitación constante para adorar a Jesús, honrar a María, hacer vuestro deber, poniendo en práctica todas las virtudes que la Iglesia espera de vosotros.

Queridos hijos e hijas: Cuando hemos entrado por en medio de vosotros, nos ha parecido encontrarnos en un jardín de flores primaverales. Pues habéis alzado hacia Nos el Santo Rosario bendito, símbolo de vuestra fe, de vuestra oración y de vuestro afecto. Esta Corona que hoy tenéis en la mano con gozo sea el símbolo de vuestra unión con Cristo, Llevadla con vosotros todos los días de vuestra vida, en la adolescencia generosa, en la juventud ardiente y en la madurez trabajadora. Mostraos siempre discípulos convencidos de Cristo, siempre, siempre: con el ejemplo, con la bondad, con el santo perdón, con el santo fervor; atraed también a otros amigos y paisanos, para que nuestro número crezca y produzca frutos ubérrimos para vuestras familias, para la querida Italia, para la Santa Iglesia.

Al volver a vuestras casas llevad a vuestros seres queridos nuestro saludo; decidles también que el Papa reza el Rosario completo, es decir, las tres partes, todos los días; que ora por ellos, por la tranquilidad, el consuelo y los buenos propósitos de cada uno, y sed dignos del nombre que lleváis: el Rosario viviente de la Virgen ahora y siempre.

¡Qué consuelo, qué alegría diaria y continua este sentirse unidos a tantas pequeñas almas inocentes que oran a una desde todos los puntos de la tierra: a una con el Papa y él a una con ellos!

En prenda de las celestiales gracias del Señor y como confirmación de nuestro afecto, descienda sobre todos vosotros la bendición apostólica, que extendemos de corazón al señor cardenal Santiago Lercaro, a la ínclita Orden Dominicana, a vuestros buenos consiliarios y a vuestras queridas familias que os esperan.

 



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