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PABLO VI

ÁNGELUS

Castelgandolfo
Domingo 26 de julio de 1964

 

Saludamos a todos vosotros aquí presentes, y nos gustaría poder nombrar a cada uno de los diversos grupos e identificar la diversa procedencia de donde habéis salido hasta llegar aquí. Saludamos también a los que están a la escucha en la plaza de San Pedro oyendo nuestra voz. Damos, pues, nuestra bienvenida a cuantos de Nos esperan consuelo y bendición.

Quisiéramos, como siempre, que el augurio y la bendición del Padre llegasen a los confines de la tierra, y especialmente allí adonde corren vuestros deseos y son más urgentes las necesidades y, por ello mismo, las oraciones para que este encuentro sirva de consuelo y edificación.

Hacemos siempre una invitación a la plegaria en estos momentos, y adquiere hoy motivación especial por las noticias que nos llegan de desgracias en las crónicas de la vida contemporánea. Basta ojear los periódicos: cuánto luto, cuántas desgracias y cuántas causas de preocupación para la andadura de la presente vida.

Nos parece, a veces, notar cierta debilidad, cierta decadencia en los buenos principios que deben sostener tanto la vida individual como familiar, social, internacional. Los principios de honestidad, hermandad, concordia, defensa de las amenazas de desorden y de subversión. Pediremos ahora que el Señor haga cada vez más fuertes y claros estos principios en nuestra alma y, si place a Dios, en todos los hombres de nuestro tiempo y que nos refuerce en la bondad. Muchas veces confundimos la bondad con la debilidad, mientras que aquélla debe poseer su energía y capacidad de hacer efectivos los principios en la vida a que deben aplicarse.

Muy a propósito podíamos repetir las altas expresiones del cántico de María en su “Magníficat”, en nada opuestas a su dulzura y mansedumbre: “Fecit potentiam in brachio suo”. Dios ha dado vigor a su acción para realizar su designio. Son palabras que recogemos de los labios y del espíritu de la Virgen, y queremos que el eco de estas palabras nos infunda valor para hacer más sólidos nuestros propósitos, para ser buenos, fuertes, fieles y para prestar al bien el concurso de la adhesión, de la opinión pública, de las obras que cada uno de nosotros ha de ofrecer.

Recemos, pues, bien, juntos y precisamente por muestras necesidades, por las de nuestro tiempo, por la de nuestro mundo, el Angelus Domini.



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