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PABLO VI

ÁNGELUS

Castelgandolfo
Domingo 30 de agosto de 1964

 

Bienvenidos, queridos hijos. Nuestro saludo se dirige a todos los aquí presentes y quiere llegar también a los que nos están escuchando en la plaza de San Pedro, sintonizada con nosotros por medio de la radio. Para todos nuestras palabras paternales, destacando en primer lugar la edificación consoladora y la riqueza espiritual de este encuentro, a pesar de que se desarrolla en una forma sumaria en demasía. Sin embargo, vuestro espíritu está atento en estos momentos, y el nuestro quiere desearos toda clase de bienes a cada uno de vosotros en estos momentos de oración en común.

Queremos dar un saludo especial a los peregrinos de Malta. Dar público testimonio a estos magníficos hijos de una isla tan fiel a su tradición católica, y también por que sabemos que los acontecimientos que interesan la vida civil y la prosperidad de Malta están a punto de madurarse con la declaración de la independencia de su territorio.

Pedimos ardientemente al Señor que este gran acontecimiento de la Historia no marque una transformación en las tradiciones espirituales de los malteses, antes al contrario, las confirme. Quisiéramos que los peregrinos aquí presentes llevasen el saludo y la bendición del Papa, tanto al arzobispo de Malta como al obispo de Gozo y a los fieles confiados a su cura pastoral.

Se encuentran también entre nosotros los “Sons of Italy”, los hijos de Italia que vienen de América, también queremos dedicarles un pensamiento especial juntamente con deseos de que el Señor les conceda toda clase de gracias.

También queremos hoy recomendar a todos la oración sobre el tema de nuestra exhortación del miércoles pasado, la paz. Pues se trata de un problema de enorme importancia para la vida de la Humanidad, de la civilización, de la Iglesia, del bienestar de todas las personas, y por ello debe ocupar siempre un puesto en nuestras intenciones espirituales. Además desgraciadamente es de actualidad. Ya sabéis que sobre el momento histórico que vivimos penden peligros y amenazas. Hay países que sufren precisamente una inquietud que va más allá de la simple política y se convierte en guerra o guerrilla, o al menos en una tensión tal, que es capaz de arrebatar precisamente la “tranquilidad en el orden”, que define a la paz. Otro motivo de nuestro interés parte precisamente del hecho de que el problema de la paz no concierne solamente a los políticos, que dirigen la vida pública por su responsabilidad de gobierno o por el diálogo que mantienen con la opinión de las poblaciones, sino que concierne a todos, es un problema no solamente político, sino moral en primer término. Todos debemos cultivar la paz, y de dos maneras.

La primera educándonos, reformando nuestra mentalidad, modelando nuestro espíritu de acuerdo con el deseo, el programa y los propósitos de la paz. Debemos ser hijos del Evangelio, que declara: “Bienaventurados los pacíficos”. Es decir, es necesario que demos a nuestro modo de pensar, de vivir, de comprender las relaciones sociales internacionales, el sentido evangélico, fraternal, humano, abierto a todas las ilusiones que no sean la violencia o la muerte del hermano con el que no estamos de acuerdo. Este esfuerzo de reeducación requiere que lo custodiemos y alimentemos con continuos propósitos de bondad, comprensión, de tolerancia y de perdón. No se trata de pacifismo que renuncia a la defensa, cuando es necesario, de los derechos de un pueblo, y a las obligaciones que el pueblo, la autoridad constituida, impone para esta defensa; sino que se trata, precisamente de orientar la vida a la bondad y a la caridad universal que el hijo de Dios trajo al mundo.

La segunda forma la sabemos todos, es que debemos considerar la paz no solamente como un producto nuestro, humano, sino como es en realidad, un don de Dios. La paz desciende del cielo y hace de verdad buenos a los hombres, cuando el Señor nos concede esta gracia, nos confiere este favor.

Y lo conseguiremos orando. Si lo pedimos al Señor nos concederá este bien insuperable. Oremos mientras estamos a tiempo y siempre, pues el valor de la paz merece esta vigilancia continua y la imploración a la bondad de Dios para conseguir la paz que él asegura a los hombres de buena voluntad.



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