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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 16 de octubre de 1963

 

Queridos hijos e hijas:

Estas audiencias nos son motivo de gran consuelo. Nos ofrecen la ocasión, quizás única, de estar con vosotros, de conoceros, de bendeciros. Nuestro ministerio tiene en ellas un momento de plenitud, del que os debemos a vosotros, que habéis venido a visitarnos y a darnos prueba de vuestro espíritu filial, la fortuna de expresaros los sentimientos de nuestra paternidad.

Nos parece obligado y nos es fácil manifestaros a todos vosotros el afecto vivo y profundo, con que el Señor nos llena el corazón. Quisiéramos que cada uno de vosotros se sintiera apreciado por el Papa. Pues deseamos vuestro bien, oramos siempre por vosotros, dentro de unos instantes os bendeciremos; nos creemos autorizados a hacer nuestras las palabras de Son Pablo a los filipenses: “Dios es testigo de que quiero el bien de todos vosotros en el corazón de Cristo Jesús” (Flp 1, 8).

Con estos sentimientos en el ánimo os miramos como hermanos, a todos y cada uno, miembros de uno misma y mística comunidad, todos dignos del mismo amor, todos enriquecidos por la misma vocación cristiana. También sobre este aspecto de la Iglesia, cuya imagen representáis vosotros aquí, San Pablo nos enseña la igualdad que a todos nos identifica en Cristo: “No hay ni judíos, ni griegos, ni esclavos, ni libertos, ni hombres ni mujeres, sino que todos sois uno solo en Cristo Jesús” (Gal 3, 28,).

Al mismo tiempo os miramos como miembros distintos del mismo Cuerpo místico, teniendo, por tanto características, muy distintas y funciones diferentes (cf. 1Cor 12, 12). Por ello tenemos un saludo especial, lleno de estima y reverencia, para los obispos presentes, para los sacerdotes, para los religiosos y para las religiosas que asisten a esta audiencia. Luego saludamos a los seglares, que componen con honor y fidelidad las familias cristianas, y pedimos particulares gracias para todos los hogares domésticos, que aquí representáis. Saludamos a los jóvenes y a los ancianos; saludamos a los niños y a sus maestros, saludamos a los trabajadores y a los dirigentes; saludamos a los enfermos y a los que sufren; saludamos a los que desempeñan funciones civiles o militares; a todos, en suma, de acuerdo con sus respectivas y singulares misiones; la Iglesia reconoce y honra, asiste y santifica a todos los grupos de personas, a todas las almas, a todas las particulares condiciones y todas las buenas actividades humanas.

Recibid todos, por tanto, nuestra bendición apostólica.

 


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