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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 18 de diciembre de 1963

 

Queridos hijos e hijas:

Os saludamos a todos cordialmente, con los sentimientos y emoción que las próximas fiestas de Navidad hacen brotar en nuestro espíritu. Vuestra venida nos parece penetrada del espíritu de esta santa conmemoración, y aumenta en Nos la complacencia por vuestra visita, como si se tratara de hijos que buscan y gustan la alegría de encontrarse en la casa paterna y se sienten contentos de poder gozar unos momentos de intimidad espiritual.

Así nos sucede, pues con el pensamiento de la festividad navideña sentimos más vivos los vínculos de caridad que nos unen a todos en Cristo Jesús, haciendo de todos vosotros nuestros hermanos en la fe y en la caridad, e hijos nuestros en la santa familia de la Iglesia.

La Navidad, por tanto, nos hace comprender mejor la comunidad de sentimientos y de gracias de la vida católica; dentro de esta comunión os expresamos nuestros mejores augurios para las próximas fiestas, tan llenas de dulzura.

Nos parece muy precioso este momento, y lo aprovechamos para sumar a nuestras felicitaciones algunas paternales exhortaciones para la mejor celebración de vuestra Navidad. Son exhortaciones muy obvias, pero quizá no os disgustará escucharlas de nuestra boca.

¡Vuestra Navidad! Tratad de celebrarla religiosamente. Parecería superflua y casi ofensiva semejante recomendación si no supiéramos que la fiesta cristiana por excelencia, la del nacimiento de Cristo, la de la Encarnación del Verbo de Dios, ha sufrido, en nuestro tiempo y en la sociedad que nos rodea, cada vez más profana e insensible al valor de las fiestas cristianas, muchas transformaciones, algunas puramente exteriores y comprensibles, otras más expresamente dirigidas a dar a la Navidad otro aspecto, distinto del religioso y sagrado de sus ritos, distinto del pesebre, de los pensamientos humildes y sublimes que infunde tan gran misterio. Vosotros procurad que vuestra Navidad sea religiosa, que todos estéis presentes en espíritu y personalmente en las sagradas funciones; que os imprima en el alma pensamientos y propósitos dignos de cristianos que celebran el primer y conmovedor encuentro con Cristo, pequeño y pobre para ser nuestro hermano, nuestro ejemplar y nuestro Salvador.

Conservad en vuestra Navidad el carácter de fiesta hogareña. Cristo al venir al mundo santificó la vida humana, en su primera edad, la infancia; santificó la familia, y en especial la maternidad; santificó el hogar humano, el nido de los afectos naturales más entrañables y universales; santificó nuestra vida coMo es, con sus afectos, con sus vicisitudes, con sus dificultades, con sus trabajos, con sus destinos terrenos y celestiales. Procurad celebrar vuestra Navidad, a ser posible, con vuestros seres queridos, dad el regalo de vuestro afecto, de vuestra fidelidad a esa familia de la que habéis recibido la existencia, y con ella, sin duda, la formación y la educación cristiana. Llevad, en nombre nuestro, a vuestros hogares un saludo especial, una felicitación especial, una bendición especial, que lleva el espíritu familiar de la santa Navidad.

Y, finalmente, os recomendamos el recuerdo de los pobres. Sabemos que este recuerdo está muy difundido, y esto nos llena de gozo. La caridad navideña es todavía una prueba de bondad cristiana y de civilización. También vosotros, en el día en que adoramos al Señor hecho pobre por nuestro amor, os acordaréis con solicitud espontánea y gentil de aquellos que tienen necesidad de ayuda. Las necesidades son muchas y no tendréis que cansaros mucho en encontraros con los que tenéis cerca o también a vuestra puerta; ya desde ahora os alabamos por la caridad que, sin duda, en la Navidad practicaréis. Y sumamos dos recomendaciones complementarias a la principal: que vuestra caridad lleve consigo algún sacrificio, alguna renuncia, y tenga de esta forma el mérito y el valor de las cosas que cuestan; realizad vuestras obras de caridad por amor al Señor; éste es el motivo que les da una dignidad superior y un título para la recompensa divina.

De esta forma la Navidad será realmente hermosa y os merecerá muchos favores de Cristo, en cuyo nombre os damos a todos nuestra bendición apostólica.

 


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