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SANTA MISA EN LA BASÍLICA VATICANA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Solemnidad de la Navidad, 25 de diciembre de 1963

 

Un instante, venerados hermanos y queridos hijos, un instante de reflexión. La fiesta de Navidad es tan rica en luces, en sentimientos, en ideas, en motivos de reflexión y estudio, que es preciso, en esta tercera celebración del divino sacrificio, detenernos un momento, dado nuestro interés por recibir los tesoros que la Iglesia, la liturgia, la evocación de los misterios del Señor, ofrecen a nuestras almas.

Ordinariamente consideramos la Navidad en su aspecto humano. La narración evangélica es suficiente para suscitar en nosotros una fascinación literaria; es tan bella, encantadora y persuasiva. Se puede reconstruir el prodigioso acontecimiento con todo su atractivo humano, su poesía, sus cantos, sus cuadros sencillos y maravillosos, tan verdaderos, tan elocuentes, que nuestra devoción ha hecho del Pesebre, reconstruyendo la Navidad en nuestras casas y familias, con el fin preciso de evocar cuanto aconteció en Belén. Se trata, sin embargo, de las escenas humanas, sensibles de la Navidad, pero no son las únicas.

Detrás de éstas hay otra, inmensamente profunda, misteriosa, rica, que debe atraer no precisamente nuestros ojos humanos, sino nuestro espíritu, nuestra mente. Es el aspecto más verdadero y devoto de la Navidad; nos lo presenta de forma especial esta tercera misa, y podríamos definirlo como la Teología de la Navidad, con los divinos resplandores que en ella se encierran.

El Misterio de la Encarnación

¿Qué hay tras la escena externa del Pesebre? La Encarnación, Dios que baja a la tierra. Esta es la sublime realidad; basta su simple enunciación para encender y nutrir nuestra meditación para siempre.

El primer comentario será una palabra, sencilla y también rica, tanto que despierta en las almas una ferviente contemplación llena de gozo.

¿Qué es la Navidad? Es la Encarnación, es la venida de Dios a la tierra. Esto es: podemos ver a Dios que entra en la escena del mundo, ¿cómo y por qué? Cualquiera que tenga un poco sentido de la realidad que nos rodea, del universo, queda ciertamente admirado de su grandeza inconmensurable, de la arcana ciencia que lo ha dirigido. Las leyes que se reflejan en este universo son tan variadas, complejas e infalibles, que nos ofrecen, sí, una imagen del Creador, pero una imagen que nos deja llenos de consternación y casi de temor. Son tan inexorables estas leyes del universo, tan insensibles, tan fatales, que a veces nos dejan incapacitados para poner en el vértice, sobre ellas, a un Dios personal, a un Dios que siente, que habla, que nos conoce, a nosotros invitados al diálogo precisamente con las normas maravillosas que regulan lo creado.

Pero hay un punto en el complejo de la gran realidad que nosotros podemos conocer, y este punto brilla hoy de una forma especial, es la Navidad. En él Dios aparece en su infinita caridad: se muestra a Sí mismo. ¿De qué forma, de qué manera? ¿En la del poder, en la de la grandeza, en la de belleza? No; el Señor se ha revelado como amor, como bondad. “Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito”. El corazón del Omnipotente se abre. Tras la escena del Pesebre está la infinita ternura del Creador que ama. En una palabra, está la bondad infinita. Dios, que nos ama, quiere entablar un diálogo con los hombres, establecer con nosotros relaciones de familiaridad. Quiere que lo invoquemos como Padre nuestro; se convierte en nuestro hermano y quiere ser nuestro huésped. Es la Santísima Trinidad que infunde sus rayos a aquellos que tienen ojos para distinguir y capacidad para comprender y admirar, de esta forma, el misterio patente de Dios.

Infinita largueza de la divina bondad

¡La bondad de Dios! ¡Dios es bueno! Este es el mensaje de Navidad; éste es el tema de reflexión que el Papa da a los fieles. Que recuerden continuamente la bondad de Dios, y que cada uno de nosotros ha sido recordado y amado en Cristo. Cristo es el centro que irradia las riquezas de la benignidad del Señor, y un rayo, si nosotros lo queremos aceptar, se refleja desde Cristo hacia nosotros.

Cada uno de nosotros ha de sentir hoy cómo ha sido amado por Dios. La bondad de Dios se interesa por todas las creaturas humanas, y despierta, de rechazo, un acto de gozo, alegría, canto, gratitud. Por ello es inagotable el himno de gloria a Dios por su excelsa bondad, por su infinita misericordia.

¿Pero —es la principal e inefable deducción— cuando pensamos que somos amados, no sentimos que se modifica toda nuestra psicología? Un niño si descubre que sus padres le aman, crece en docilidad afectuosa, y cuando uno, en el curso de su vida, siente, se percata de que alguien le quiere, endereza en esa dirección el camino de su existencia.

Una transformación análoga se da en el ámbito espiritual. Si descubrimos que somos amados por Dios, encontramos la orientación precisa de nuestra vida. ¡Qué fácil es, entonces, que nuestro culto se transforme en una piedad ardiente y nuestra religión demuestre una activa caridad, que tenga necesidad de expandirse, y que el deber sagrado deje de ser un yugo diario impuesto a nuestras almas, sino un respiro, un deseo de efusiones, el anhelo por llegar al diálogo supremo con Dios, que, a través de Cristo, pregunta, habla, afirma que nos ama!

La gran alegría de sentirse amado por Dios

Conducidos por un sendero tan luminoso es fácil también mejorar nuestro modo de vivir, nuestras costumbres. La epístola que hemos leído en la primera de las misas de Navidad nos indica, deduciéndolo de la Encarnación, el programa de nuestra peregrinación: “Sobria, justa y piadosamente vivamos, aguardando la bienaventurada esperanza, y la gloria del gran Dios y Salvador, Jesucristo”.

Así es como se ha de vivir en cristiano, si es que hemos comprendido que el Señor nos ama. Y también, nosotros que somos tan pobres, egoístas y tenemos miedo de perder el tesoro de la vida y de que otro nos lo arrebate, cuando nos sentimos amados por Dios nos hacemos generosos, y la prodigalidad de lo poco que tenemos se hace casi instintiva. En una palabra: somos capaces de amar a los demás, de hacer el bien y ser caritativos, porque hemos intuido el secreto de Dios, que es Caridad. Por tanto, habiendo recibido su grande e infinito don, seremos, por nuestra parte, ministros de caridad y de bien. Esto es la Navidad, esta es la reflexión que todos nos proponemos, con la dicha y alegría de conocer la riqueza de la bondad de Dios y saber que El nos ama.

 


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