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SANTA MESA PARA DIVERSOS GRUPOS DE TRABAJADORES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Basílica de San Pedro
Domingo, 26 de enero de 1964

 

 

Queridísimos Hijos:

Nos alegra que el primer encuentro con los trabajadores de Roma tenga este aspecto confidencial y religioso, en esta basílica, consagrada como ninguna otra por la oración y los grandes pensamientos, y con una ocasión —el recuerdo de las Navidades pasadas— que simplifica y determina el tema de este encuentro dejando ahora aparte de propósito, sin negarlas, sin olvidarlas, otras cuestiones importantes, que se relacionan con vosotros, que se relacionan con Nos, con la sociedad y con el mundo del trabajo. Ocupémonos ahora solamente de este encuentro.

Nos alegra, ante todo, poder conoceros personalmente a vosotros, a vuestras familias, vuestras asociaciones, vuestras actividades y, algo indirectamente, también el campo de vuestras profesiones en que prácticamente se desarrolla vuestra vida. El conocimiento pide un saludo. Permitid que, desde este primer instante, os saludemos; porque sois jóvenes y ancianos romanos de origen o por inmigración; aprendices, obreros, capataces; empleados, funcionarios, dirigentes; hijos o padres de familia; hombres y mujeres; a todos nos referimos. Que ninguno se crea olvidado. Y permitid que os saludemos por aquello que somos, ¿no os gusta que el Papa os salude como vuestro Padre en el Señor, como vuestro Pastor espiritual, como vuestro Amigo, como vuestro Obispo y también y especialmente, como Sucesor del Apóstol de Roma, San Pedro, y más aún, como representante de ese Jesús, cuya Navidad acabáis de celebrar y cuya venida al mundo habéis recordado con vuestros belenes; no os gusta? Pues bien, sabed que nuestro saludo os muestra de veras nuestro corazón y quisiera establecer desde este instante ese clima de respeto, de confianza, de afecto, en el que deseamos se desarrollen nuestras relaciones con los trabajadores cristianos, y las vuestras con el Papa; nuestro saludo quisiera aseguraros el interés pastoral del Papa por vuestras personas, por vuestras familias y por los problemas morales y sociales que os atañen.

Nuestro saludo se extiende, por tanto, al ONARMO, es decir, a la obra de asistencia religiosa y moral que os rodea con sus ciudadanos y que hoy os ha conducido hasta aquí; también saludamos a las ACLI, a las que muchos de vosotros pertenecéis, y asimismo saludamos a los Sindicatos libres, que representan y promueven vuestros intereses profesionales. Dirigimos un saludo especial a los sacerdotes, que os asisten con su Ministerio, a todos vuestros amigos y bienhechores y también a vuestros bravos dirigentes y a todo el mundo del trabajo de Roma, al que auguramos prosperidad, concordia, progreso en la paz y en la esperanza cristiana.

Como veis nuestro saludo quiere ser amplio y afectuoso porque es el primero, pero no solamente por esto. Quiere ser amplio y afectuoso porque tiene su inspiración en la Navidad. Venís a ponernos al corriente de una simpática iniciativa, el concurso de belenes, en el que sabemos participan desde hace algunos años con creciente interés numerosas empresas y millares de familias de trabajadores, y prestan en él su activa colaboración muchísimos obreros y otros miembros de distintas categorías laborales.

Habéis querido celebrar la Navidad con esta escenificación, el belén, con este espejo del Salvador, como dice San Jerónimo (Ep. 108, 10; PL 22, 384); figuración popular, pero gentil y genial que quiere evocar el humilde, el gran cuadro del Nacimiento de Cristo, e introducirnos, por vía de la representación sensible, en la reflexión sobre tan extraordinario acontecimiento, en la comprensión del Evangelio, en la meditación ingenua y estática, humanamente amorosa, del misterio de la Encarnación y de la Salvación, que el Señor trajo al mundo.

Cosa muy hermosa, hijos queridos; cosa muy hermosa engarzada en las más antiguas y genuinas tradiciones, tanto del arte como de la piedad del pueblo italiano; cosa muy bella que nos hace a todos niños al buscar la expresión elemental y sencilla de la narración evangélica, pero que a todos nos hace sabios, sentimentales y comprensivos ante los sumos valores humanos y religiosos que se intenta representar, y a todos en singular nos invita a encuentros prodigiosos tanto con los mejores artistas que han gastado tesoros de genio y belleza en la iconografía del pesebre, como con los más grandes santos, que ante el Pesebre han llorado, han rezado, han cantado y han disfrutado.

El belén es algo muy hermoso bajo otro aspecto, repetimos, y que vosotros, trabajadores, mejor que nadie, participando en el concurso de belenes, habéis demostrado comprender y querer profundizar y expresar. Es decir, habéis comprendido que el Pesebre es, sí, “el espejo del Salvador”, como decíamos, pero precisamente por esto es también el espejo de nuestra vida, el espejo del hombre, cuya naturaleza fue asumida por el Hijo de Dios para hacerse nuestro Hermano y nuestro Salvador. Habéis comprendido que el nacimiento de Cristo es histórico y real, pero con una referencia universal a toda la Humanidad, y que refleja algo nuestro y actual, que los que mejor han puesto hoy el belén en vuestras casas, en vuestras oficinas, en vuestras empresas han sabido recoger y representar. Puede darse que este criterio de representación introduzca algún elemento anacrónico en la descripción de la escena de la noche de Belén, o algunas formas fantásticas, bien lejanas de la siempre respetable y encomiable fidelidad descriptiva y fotográfica de la escena misma. Pero el arte cristiano, en este ejercicio popular de inmediata y sugestiva figuración se ha concedido y concede algunas libertades cuando sirven para acercar la encantadora secuencia evangélica a la realidad del pensamiento y de la vida de nuestro mundo, del mundo moderno.

Recordamos, por ejemplo, haber visto en la exposición de arte sacro celebrada en Roma durante el Año Santo, un cuadro que representaba una mísera y ansiosa fuga a Egipto por la noche, en un “jeep” en pésimas condiciones, llevado al volante por San José, y por la ventanilla, en el interior, se veía al Niño Jesús con un juguete en la mano, como queriendo representar, con trágico y humorístico realismo, la suerte afanosa de tantos prófugos que en los años de la guerra tristemente nos han habituado a ver huir en las más aciagas y penosas condiciones.

Si, hay que recordar y comprender que Cristo no se encuentra lejos, en los siglos y en los lugares de su aparición histórica; Cristo vino al mundo para vivir la suerte de toda la Humanidad, para absorber todo lo humano que tiene la estirpe de Adán, exceptuando, es de entender, la mancha del primer pecado, y para reflejar sobre el mundo todo lo humano y divino que Él destinó a nuestro consuelo, para nuestro ejemplo, para nuestra luz, para nuestra salvación. Cristo está cerca, Cristo está presente, Cristo es nuestro, si lo sabemos comprender y recibir, el Pesebre nos lo recuerda.

Tenernos una certeza interior —confirmada en nuestra reciente peregrinación a Belén, donde hemos tenido tan cordialmente presente vuestro recuerdo— de pensar que, entre el hombre moderno, con ansias de elevación y plenitud, entre vosotros, trabajadores, en especial, que en muchos aspectos sois los representantes calificados del hombre moderno, y Cristo, el Niño silencioso, pobre e inerme, “el Hijo del hombre”, centro de la Historia y de las profecías, entre vosotros, decimos, y Cristo hay una simpatía profunda, una parentela natural, una comunidad de carácter que espera ser descubierta para que el gozo, la energía, la esperanza, la paz, el verdadero y perfecto humanismo, en una palabra, inunden al mundo. Están por descubrir las relaciones entre Cristo y el hombre; entre Jesús y la condición del trabajador, que se tiene como típica de la sociedad contemporánea.

Hijos queridos, también pedimos esto en Belén; oramos para que comprendáis lo que es Cristo para vosotros.

Nuestra oración, entonces como ahora, es consciente de que lucha contra una enorme barrera de objeciones, de dificultades, de oposiciones, de negaciones, de apostasías, que todavía separan al mundo del trabajo de Cristo. Sabemos que Él marcha junto al hombre, ya recorre veloz nuevos caminos o se detenga rendido por el cansancio en su arduo caminar, que Él ha sido tenido muchas veces como extraño, desconocido, inútil, cuando no acusado de ser un obstáculo, un adversario, un enemigo que hay que crucificar, hoy, como en aquel viernes santo. “¿Quién es Cristo? ¿Para qué me sirve? ¿Conoce mis problemas? ¿Cómo puede ayudarme a resolverlos? ¿Qué relación existe entre Él y este acontecimiento del mundo moderno?”. Preguntas que en el fondo están en el ánimo de muchos trabajadores y que con frecuencia afloran a los labios sin obtener respuesta.

No; comienza a formularse y a pronunciarse una propuesta y es precisamente en vosotros, artífices de vuestros belenes. Poniendo el belén y tratando de colocar en el minúsculo panorama al Niño misterioso de forma que se vea, de forma que haga recordar aquella noche maravillosa, de forma que haga pensar alguna cosa, que sea puesto como símbolo de la Humanidad pobre, pero inocente; pequeña, pero divina, vosotros habéis intuido que la Navidad no es una bella fábula, no es un mito simpático ni una tradición folklórica, sino que es el centro de la Historia, la raíz de la civilización y, al mismo tiempo, la explicación y el misterio de los problemas fundamentales de la vida; sí, también de vuestra vida.

¿Cuáles son los problemas fundamentales de vuestra vida? ¡Qué pregunta más compleja! Pero reduzcámosla ahora a lo esencial.

¿No buscáis vosotros, hijos del trabajo, esclavos de la fatiga durante tantos años, vinculados a la tierra, a las expresiones más materiales y más duras de la actividad humana, y aún hoy moralmente ligados por tantos incompetentes maestros a la consideración de lo que es puramente material, sensible y económico, no buscáis vosotros quien diga que la vida es sagrada, que cualquier vida es digna, que el hombre está libre de las cadenas, que la primacía del materialismo y del egoísmo económico, queriendo o no, ha apretado no sólo a las muñecas del trabajador, sino también a su corazón, a su espíritu y a su destino de creatura de Dios? ¿No buscáis vosotros, oficinistas, campesinos, técnicos y burócratas de las sociedades, no buscáis vosotros un principio, un título, una razón que haga a los hombres iguales, solidarios entre sí, que los hermane, no para odiar a los demás hombres, ni tampoco por una tutela clasista de los intereses económicos y sociales, a cuantos viven en una comunidad natural, a cuantos tratan de formar una sociedad humana, a cuantos sienten la grandeza de constituir un pueblo? .¿Y no tratáis vosotros también, magníficos transformadores de las cosas, que por así decir, sacáis panes de las piedras, que fecundáis la tierra, que empleáis sus secretas energías como maravilloso instrumento, que creáis riquezas capaces de cambiar el aspecto y las costumbres de la sociedad; no buscáis vosotros, una vez cumplido vuestro trabajo, otras muchas conquistas que no consigue el trabajo: cómo disfrutar sabiamente de las cosas útiles que vosotros adaptáis a las necesidades y a los placeres de la vida, y cómo temperar este gozo que puede degenerar en el hastío de la hartura, y cómo conseguir los bienes superiores del espíritu, el amor y la verdad, y cómo garantizar que a1 término de esta suprema aspiración no encontraréis, como tantos ciegos, guías de otros ciegos, el hastío, la desilusión, el absurdo, la muerte?

Compleja pregunta decíamos. Pero también es inmensa la respuesta para quienes, repetimos, saben descubrir a Cristo. Inmensa y sencilla; humilde, humana, victoriosa, irradiándose desde el Pesebre: es Cristo, Dios hecho hombre, el que proclama la dignidad de la vida y, por tanto, su carácter sagrado y supremo, Él es el liberador de las fronteras, de los vínculos que atan al hombre a la esencia inferior de sus expresiones materiales y animales y lo eleva a la condición de hijo de Dios; Él lleva consigo, con el don de Sí, el amor al mundo, reanudando las relaciones del hombre con Dios, relaciones inefables de los hijos con el Padre del cielo y haciendo iguales y hermanos a los hombres entre sí; Él, al asumir nuestra carne, santifica y bendice las cosas de la tierra y de la vida y nos enseña a descubrir su sabiduría y su belleza, a gozarlas con templanza, a ordenarlas a la conquista final de un bien trascendente y eterno.

Si creéis y comprendéis esto, podréis ser, en el pleno sentido de la palabra, los bravos obreros de la parábola que la Iglesia nos ofrece a nuestra consideración en el Evangelio de este domingo de Septuagésima; los bravos obreros, decimos, que han secundado la invitación del Señor que invita en todos los tiempos, en todos los instantes a trabajar a su mística viña, y tienen, por tanto, derecho a la paga reservada a aquellos que fielmente le hayan servido; paga amplia, abundante, que sobrepasa nuestros deseos, es decir, la gloria de su reino y poderlo amar y gozar por toda la eternidad.

Hijos queridos, no creáis que estos horizontes sublimes son superiores a vuestra condición de auténticos trabajadores. No son superiores ni desproporcionados, son vuestros. Más aún, reflejan su luz sobre vosotros, precisamente sobre vosotros, si la pobreza, las penas, las dificultades, los contratiempos traen el sufrimiento a vuestra vida como una vocación de preferencia; lo sabéis y no debéis olvidarlo; Cristo os dirige a vosotros, en primer lugar, su mensaje evangélico.

Quizá lo hayáis comprendido al poner y admirar vuestros belenes.

Bienaventurados, si es así. Y que así sea para vosotros, para vuestros compañeros de trabajo y para vuestras familias, para todo el mundo del trabajo; con nuestra paternal Bendición Apostólica.



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