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SANTA MISA PARA LOS MONAGUILLOS DE ROMA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD PABLO VI

Sábado 25 de abril de 1964

 

Debemos una mención especial al grupo principal de esta gran audiencia, que la caracteriza y que ha motivado la celebración de esta santa misa; es el grupo de los monaguillos de Roma. Queridos niños de nuestro pequeño clero romano, a vosotros nos dirigimos ahora; a vosotros os expresamos nuestro afectuoso saludo.

¡Bravos monaguillos! Ante todo os diremos que nos sentimos dichosos de teneros a nuestra vera; y gozamos al ver que sois tan numerosos. ¿Cuántos sois? En otro tiempo erais pocos; y ahora formáis una hermosa escuadra que sólo al verla infunde alegría en el corazón; también sabemos que venís de todas las partes de la ciudad; representáis, se puede decir, otras tantas parroquias o instituciones, escuelas, oratorios, asociaciones, coros, capítulos. Es una maravilla. Nos traéis el mejor consuelo para nuestro corazón de obispo de Roma, al demostrarnos con vuestra misma presencia la vitalidad religiosa y pastoral de nuestras parroquias y de nuestras comunidades; una vitalidad fresca como la de un campo en primavera; una vitalidad selecta como la de un jardín florido; una vitalidad inteligente y vivaz, dirigida por atenciones sabias y pacientes. ¡Muy bien! Hemos de decir «bravo» no sólo a vosotros, sino también a todas las personas que se ocupan de esta formación especializada, empezando por vuestras mamás y vuestros papás, que os dejan ir, o mejor, ofrecen vuestro servicio al pequeño clero; queremos saludar desde aquí a vuestros padres y manifestarles nuestra complacencia y nuestro agrado. Queridos hijos, ¿seréis capaces, al volver a vuestras casas, de llevar nuestro agradecimiento y nuestro saludo a vuestras familias? Llevadlo también a vuestros sacerdotes, que os dirigen y os instruyen, y especialmente a vuestros párrocos; decidles que al Papa le gustan mucho los monaguillos y que a todos les recomienda que los quieran mucho.

Y bastará que llevéis a vuestros padres, párrocos, sacerdotes, consiliarios, maestros y delegadas de los niños católicos este mensaje del Papa en vuestro favor, para que todos recuerden en seguida la importancia del pequeño clero. La importancia religiosa, ante todo, para el culto divino; vosotros lo sabéis muy bien y también los mayores, en especial los buenos sacerdotes lo saben muy bien. ¿Cómo realizar una hermosa función religiosa sin vosotros? No es posible; hoy especialmente, cuando hay escasez de sacerdotes, hemos de recurrir al pequeño clero... bullicioso. Pero vosotros no sois, de hecho, bulliciosos, intranquilos y desordenados durante las ceremonias sagradas; sois muy disciplinados si alguno os enseña y os dirige; otras veces alguno de vosotros, veterano y avezado, os dirige perfectamente; y dais a todos ejemplo de cómo ha de ser la actitud en la Iglesia, compuestos, tranquilos, atentos devotos. Sabéis hacerlo todo, responder en la misa, tocar la campanilla, ser magníficos acólitos, ir en las procesiones y también cantar, que es la cosa más difícil y también más bella, y para vosotros, cuando lo habéis aprendido, la más querida, casi divertida. Sois bravos, decíamos, e importantes. Sin vosotros, ¿qué haría la santa Iglesia para presentarse con honor? Y vosotros lo comprendéis: pos eso os gusta tener cargos de confianza en las funciones sagradas; y si alguna vez disputáis entre vosotros, es para llegar antes que los demás y conseguir algún servicio importante y delicado que realizar. Tenéis conciencia de contribuir a algo serio y sagrado; y así es: dais honor a Dios.

Tanto es así, que el Concilio ecuménico (¿sabéis, verdad, lo que es el Concilio ecuménico?: la reunión de todos los obispos del mundo con el Papa) se ha ocupado de vosotros en la Constitución de la Sagrada Liturgia, ante todo repitiendo muchas veces que es necesaria la participación del pueblo en la oración oficial de la Iglesia; y luego recordándoos a vosotros, ciertamente, en el artículo 29 de la Constitución, declarando que también vosotros, pequeños ministros del altar, ejercéis un verdadero ministerio litúrgico.

Y no es esto todo, pues vuestra presencia en las sagradas ceremonias ofrece otros aspectos dignos de gran consideración. El social y comunitario, por ejemplo; donde estáis vosotros, hijos queridos de nuestras familias cristianas, e hijos de esa familia cristiana que es la Iglesia, en seguida se reconoce la comunidad, se constituye y se vincula; vosotros incitáis a la unión con vuestra inocencia, con vuestra alegría, con vuestra necesidad de amor y de asistencia. Luego habrá que considerar el aspecto educativo ofrecido por el pequeño clero. Merecería un examen adecuado, que aquí no podemos realizar. Pero es suficiente afirmar que el ejercicio religioso, en el que son educados los niños del pequeño clero, puede tener, y tiene, cuando está bien practicado, una eficacia pedagógica maravillosa. Se injerta en el desarrollo espiritual del niño durante el paso de la infancia a la adolescencia, es decir, en el de la fase puramente pasiva de la educación, a la tan delicada y turbulenta de la formación de los primeros juicios reflejos, de la primera conciencia compleja del primer brote de las pasiones instintivas. Ante todo desarrolla, con plenitud que no tiene nada de cargante ni de beata, una formación espiritual especial, que hace superar al adolescente los momentos negativos de su conciencia religiosa en desarrollo, momentos negativos que marcan para gran parte de la juventud el ocaso del primer fervor y de la devoción de la primera comunión e insinúan las faltas y las dudas que caracterizarán la crisis religiosa de los años sucesivos de juventud. Así, pues, el noviciado religioso del pequeño clero, cuando es bien practicado, habitúa al niño a pasar del gesto externo de la piedad a la primera conciencia interior, a experimentar gozo y no disgusto en la asistencia a los sagrados ritos, a comprender con satisfacción el lenguaje, no siempre fácil, de la liturgia; a disipar en la sencillez y franqueza de la profesión de los actos religiosos ante la mirada de los demás ese paralizante respeto humano, que es la debilidad espiritual más común del joven en los años del crecimiento, y a dar al acto religioso toda la importancia que debe tener en la orientación práctica de la vida, es decir, a compaginar debidamente la conciencia religiosa con la moral o intelectual. A este respecto, el niño educado en las filas del pequeño clero puede comprender y hacer suya la ciencia superior de la vida, es decir, que la vida es un don de Dios y que está llamada a seguir los designios de Dios, sean cuales sean, con ánimo espléndido, con fidelidad, con amor. No habremos formado niños mimados y escrupulosos, ni habremos reunido una procesión de minúsculos sacristanes diletantes, ni habremos sustraído a las fuertes y alegres vocaciones de la vida natural, familiar, social, un grupo de niños débiles o enflaquecidos para predestinarlos a artificiosas y amañadas concepciones del bien, o para exponerlos a reacciones de rebelión moral y de náusea espiritual, sino que habremos favorecido en el niño y en el adolescente la apertura pura y luminosa, con la luz de la fe y la ayuda de la gracia, de su mirada sobre el mundo, sobre el gran mundo en el que el cristiano se encuentra, y lo habremos adiestrado, con las artes más exquisitas de la belleza espiritual y más robustas de la sinceridad moral —las artes del culto litúrgico—, en el empleo, en el empeño de su vida al servicio personal y activo de los más altos ideales.

Os decimos esto, queridos niños del pequeño clero —y que nos escuchen también todos los fieles de la basílica y de fuera de ella— para que tengáis una buena opinión de vosotros mismos, para que estéis contentos de llevar vuestras vestiduras sagradas y de participar como pequeños pero activos ministros en las funciones del altar y para que os habituéis a pensar que también mañana, cuando hayáis crecido y no estéis en las filas del pequeño clero, tenéis siempre que amar a la Iglesia, frecuentar las ceremonias religiosas, la santa misa en especial, con inteligencia y decoro, y para que seáis siempre, siempre, fieles a Cristo Nuestro Señor.

Sí, fieles hoy y mañana, aunque os tuviera que costar algún sacrificio y exigiros un poco de coraje. ¿Tenéis vosotros coraje? Hoy sí, y especialmente aquí. Pero ¿mañana?

Grabad este recuerdo, y terminemos.

Hoy se celebra la fiesta de San Marcos. ¿Sabéis quién era San Marcos? Era un niño que vivía con su madre en Jerusalén, de buena familia. El será el que, precisamente aquí en Roma, se dice, escribirá el segundo Evangelio, el Evangelio de San Marcos. Precisamente en este Evangelio cuenta un episodio en el que hay que incluirlo a él también. La noche en que Cristo fue apresado, en el monte de los olivos, entregado por Judas, y abandonado por los discípulos, un muchacho, debía ser San Marcos, se unió al triste cortejo que, a la luz de las antorchas, conducía a Cristo a Jerusalén, donde sería procesado, insultado y condenado, como sabéis. Marcos seguía a Jesús. Quizá le quería mucho. El hecho es que lo seguía, en aquella hora tremenda, mientras los demás habían huido. Pero sucedió que la tropa que llevaba preso a Jesús se dio cuenta de la presencia del muchacho; y entonces hubo alguno que trató de cogerlo, y lo cogió de hecho, agarrando la sábana con que el joven se había cubierto, que evidentemente se había levantado de la cama tapándose con aquella sábana. Y sucedió que Marcos, ágil y esbelto, se soltó y escapó, dejó la sábana en las manos de quien le había atrapado y también él huyó en la oscuridad de la noche, él también. ¿Sería, acaso, aquel muchacho animoso al principio y cobarde después, la imagen de algunos niños del pequeño clero, que primero siguen, buenos, muy buenos, a Cristo, pero cuando llega el día de serle fieles con constancia y sacrificio, abandonan la túnica en el camino —y no sólo la exterior— del niño puro, bueno y devoto, alumno del pequeño clero, y se van más lejos y son más cobardes, quizá, que los demás? ¿Seréis así también vosotros? Ciertamente que no, porque sois precisamente niños de una pieza, inteligentes y animosos.

También porque, como sabéis, aquel muchacho, Marcos, más tarde, después de la resurrección del Señor, volvió; más aún: fue uno de los más destacados de la primera comunidad cristiana; acompañó a San Pablo en la primera parte de su primer viaje misionero; luego siguió a San Pedro, y recogió las memorias de San Pedro y escribió, como decíamos, el segundo Evangelio, el Evangelio de San Marcos.

Que este santo evangelista os enseñe a querer bien siempre al Señor; y para ser siempre fieles, recordad: haced siempre como San Marcos, estad en la escuela y a la vera de San Pedro, y seréis también vosotros un poco evangelistas de Jesús (cf. 1 P 5, 13).



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