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FESTIVIDAD DE SAN JOSÉ OBRERO

HOMILÍA DE SU SANTIDAD PABLO VI

Basílica de San Pedro
Viernes 1 de mayo de 1964

 

Entre los diversos grupos presentes debemos distinguir particularmente y saludar al de los aclistas de Roma y de Milán, que fueron los primeros en pedirnos que celebráramos este encuentro, al que vemos con gusto unirse otras peregrinaciones de trabajadores; los de Mondoví, guiados por su obispo; los de Melzo; los de Castilglione delle Stivieri; los de la Sociedad Electrotécnica Palazoli, de Bresia, y con otros muchos, los artesanos cristianos de Milán. Debemos por ello notar que esta celebración se caracteriza por la variada presencia, numerosa y muy significativa, de los trabajadores y artesanos cristianos, buenos y muy queridos todos. No podíamos celebrar mejor la fiesta del trabajo cristiano.

Nos sentimos dichosos al saber aquí presentes a estos hombres del trabajo, de tenerlos cerca de Nos en este día que el calendario moderno dedica al trabajo y que el eclesiástico lo hace propio para tributar al trabajo el honor que le es debido y para santificarlo con el ejemplo y la protección del querido y santo obrero José de Nazaret. Este encuentro, queridos hijos, nos recuerda los que le han precedido, precisamente en esta jornada que pone en movimiento las masas y no menos las conciencias del mundo obrero; y hoy, una vez más, os manifestamos nuestro afecto, nuestra estima, nuestra confianza, nuestro deseo de ayudaros en todas vuestras buenas aspiraciones. Queridos trabajadores cristianos, estad seguros, vosotros y todos los que aquí representáis, que el Papa os quiere, que la Iglesia os aprecia y os asiste. Quisiéramos que también en esta hora de diálogo y de oración común os persuadieseis, más aún de lo que estáis, de que la Iglesia os comprende. ¿Qué os dice, a la postre. esta elevación del primero de mayo a fiesta religiosa? Que la Iglesia os tiene una comprensión especial. Nada más contrario a la verdad que dudar de la comprensión de la Iglesia para el mundo del trabajo. Y si surgiera la duda (y todavía surge en muchos de nuestros colegas, alejados de la Iglesia, y prevenidos desgraciadamente en sus opiniones) de que la Iglesia no os conoce, que la Iglesia se ocupa de otras cosas y no de vuestra vida, que la Iglesia prefiere otras amistades a las vuestras, que la fiesta que aquí estamos ceebrando, en honor de San José Obrero, y sobre la tumba de San Pedro el pescador —también un trabajador—, baste para demostrar lo cerca que está la Iglesia de vosotros, y no sólo con sus solemnes enseñanzas, sino también con la acogida afectuosa y respetuosa de vuestra visita, de vuestro diálogo, de vuestra experiencia.

Este encuentro, como los demás, nos proporciona un inmenso consuelo; y aún nos alegra más que por el gozo de vuestra presencia, por la ocasión que nos ofrece de deciros y ofreceros algo de nosotros. ¿Que podemos deciros y qué podemos ofreceros? Nos lo preguntamos con frecuencia ante el Señor: tan grande es nuestro deseo de dar prueba de la sinceridad y de la eficacia de nuestros sentimientos. Nos preguntamos con frecuencia en las reflexiones sobre nuestros deberes pastorales: ¿Qué quieren, qué esperan nuestros trabajadores de Nos, de la Iglesia? Vosotros que habéis venido hoy a visitarnos, demostrándonos así vuestra fidelidad y devoción, ¿qué es lo que queréis de nosotros?

Veamos. Vosotros queréis ante todo unas palabras religiosas. Quizá una nueva palabra religiosa; casi una revelación. Vosotros sois cristianos, conserváis vuestra fe, frecuentáis también vuestras iglesias. Bienaventurados vosotros. Sed perseverantes. Sed fuertes. Pero creemos entrever en vuestro espíritu cierta dificultad en la religión, una cierta tirantez. No es tan sencillo como antes el estar en la iglesia. No haremos ahora el análisis de este estado de ánimo, es decir, del cansancio interior que hoy siente el hombre del trabajo de creer, de orar, de profesar su fe, de practicar su religión. Sería demasiado largo. Enumeraremos las objeciones, de conjunto y vulgares algunas, sutiles y seductoras otras, que turban con frecuencia el espíritu del obrero, y del joven de forma especial, con relación a la concepción cristiana de la vida, y con respecto a la Iglesia en particular. Notemos solamente dos conclusiones o, mejor, dos impresiones, a las que llega hoy fácilmente el trabajador moderno en este campo: una es la impresión de ceguedad, de oscuridad, al menos de miopía, en todo lo que se refiere a la religión; de aquí la tentación, que con frecuencia se convierte en la práctica en regla, de no interesarse por la religión; la otra impresión es de desconsuelo, de pesimismo, de desesperación, que permanece en el fondo del corazón, un poco sobre todo, sobre los hombres, sobre la vida, sobre el mundo. La primera impresión se tiene a gala y se manifiesta sobre todo, decíamos, en el desinterés por las cosas de Dios y del alma; la otra impresión, en cambio, pesada como el plomo, permanece casi siempre silenciosa y secreta y se deposita en el fondo de la conciencia, triste y amarga.

Y he aquí que vosotros, que todavía apreciáis y conserváis los valores espirituales, venís a Nos, al Papa y a la Iglesia —Madre y Maestra— a pedirle (hoy vuestra presencia en la basílica es ya una petición) una nueva palabra, una palabra viva, una palabra, sí, reveladora. ¿Se puede todavía hoy decir al mundo del trabajo, es decir, al mundo científico, industrial, técnico y social, una palabra de fe cristiana, que vaya dirigida a su corazón? ¿Es todavía, si la hay, esta palabra útil verdadera y regeneradora?

¡Hijos carísimos! Sí. Esta palabra existe, está viva, es verdadera, es para vosotros. Y la Iglesia la conserva, la ofrece. Y, repito, es nueva porque es verdadera y porque está viva, aunque substancialmente sea siempre la misma: es eterna. ¿Cuál es la palabra que me pedís? Yo os respondo: Es el Evangelio, la luz del mundo, ciencia de Dios y del hombre, código de la vida. Ese Evangelio que en su primera página se abre con el mudo lenguaje de San José, custodio y casi portaestandarte de ese reino de Dios, que Cristo trajo al mundo; él os dice: Se entra así, la entrada es la vida humilde, fuerte y sagrada del trabajo. Es decir, en la comprensión cristiana del trabajo tenemos la puerta, tenéis la llave para entrar, vosotros los trabajadores, en el mundo del espíritu, de la fe, de la luz religiosa que da a la vida su sentido, su dignidad y su destino. Para otros, el trabajo es la introducción, en el mundo de la materia; para vosotros, cristianos, es una iniciación en la vida superior del alma.

Carísimos: vosotros sabéis ya estas cosas, y venís hasta Nos para escucharlas de nuevo y para estar seguros de que, siguiendo la concepción cristiana de la vida, no estáis errados. No, no estáis errados tampoco cuando la concepción cristiana de la vida se convierte en costumbre, programa concreto de vida, se hace empeño. Esto es lo, que queréis de Nos: después de la palabra religiosa, un impulso moral. Queréis un chorro de energías para ser coherentes con vuestra ideología, para ser gente de carácter, capaces de dar testimonio, para que no haya contradicción entre vuestro modo de vivir y vuestra fe. Pues bien, hijos queridos, también os puede dar esto la Iglesia, no para ataros con un cúmulo de prohibiciones, sino para despertar en vosotros mismos esa fuerza espiritual que se llama virtud, y que engendra al hombre, al hombre verdadero, fuerte y libre. La Iglesia os puede dar esta formación humana auténtica y completa; si vais a su escuela, os dará palabra y gracia; y será tanta la belleza de esta experiencia, que no os hartaréis fácilmente con ella; pedid más, pedid más todavía, con gran consuelo, aunque con un esfuerzo sobreabundante, a quien sabe administrar la palabra y la gracia, a vuestros bravos sacerdotes.

¿Es esto todo? ¿La Iglesia no os puede dar otra cosa más?

Vosotros ya sabéis que la Iglesia os puede dar algo más, y esto es lo que más atormenta vuestros ánimos, ansiosos en estos momentos de obtener desde aquí también una respuesta a vuestros problemas prácticos, que tanto os angustian y se abaten sobre vuestra vida, no sólo en sus exigencias económicas, sino también en su concreta realidad personal, familiar y profesional, y precisamente en orden a lo que socialmente os define, es decir, el trabajo. Pues bien, la Iglesia, lo sabéis muy bien, se cree en el deber y en el derecho de ofreceros a vosotros, trabajadores cristianos, y también a toda la masa de vuestros colegas, su palabra, que podemos definir como de «apoyo social». Sabe que tenéis necesidad y derecho también a ello. Sabe que en estos momentos han surgido nuevas dificultades en el campo económico y social, y que todos las sufren, y que no pocos de los vuestros las sufren en e1 pan, en la elemental suficiencia para la vida, en la indispensable seguridad de sus condiciones materiales y morales. Sabe cómo os es todavía difícil la tranquilidad de espíritu: por un lado, la lucha por la tutela de vuestros intereses económicos, exasperada por las fluctuaciones de la coyuntura presente; por otro, la diversidad ideológica, que os separa de vuestros mismos colegas de trabajo. Sabe que la transformación de la sociedad debe resolverse también en vuestro favor, y que no debe herir, antes al contrario, garantizar y promover la libertad y la justicia en favor de todos. Sabe que todo el progreso actual requiere principios morales que lo conserven humano, y fuerzas espirituales que lo encaminen hacia el fin superior de nuestra vida, que es su destino inmortal, que Cristo nos ha revelado y hecho posible, y que la religión tiene hoy más que nunca que realizar su función iluminadora y elevadora como guía y sostén de los grandes fenómenos humanos, en los que está estrechamente interesada vuestra vida,

Por ello la Iglesia no os niega su «apoyo social», sino que os lo proporciona con asiduidad y abundancia de doctrinas, de afirmaciones, de exhortaciones, que deben ser para vosotros motivo de orgullo y confianza. Hoy también os renueva este apoyo, asegurándoos su asistencia e invitándoos a que aparezcáis cada vez más lo que sois: trabajadores cristianos, es decir, a encontrar en vuestra adhesión a Cristo vuestra originalidad, vuestra razón de ser, vuestra fuerza, vuestro estilo y la seguridad y el entusiasmo de vuestras actividades sociales. Que el Maestro os enseñe a buscar en su doctrina los principios de vuestra concepción de la vida, que os enseñe la dignidad y la honradez de vuestro esfuerzo, que os enseñe a inmunizaros de los muchos errores y tentaciones que acechan vuestra condición de trabajadores, que os enseñe cómo se puede ser fuertes sin odiar, más aún: amando y sirviendo los propios intereses en armonía con el bien común; que os enseñe a ser amigos y apóstoles entre vuestros compañeros, que os enseñe a suavizar y ennoblecer vuestro trabajo con la fe y la oración,

Que nuestra bendición apostólica confirme estos votos en vosotros, en todos vuestros colegas, en vuestras asociaciones libres y cristianas, en vuestras familias y en vuestros ambientes de trabajo.



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