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CANONIZACIÓN DE LOS MÁRTIRES DE UGANDA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD PABLO VI

Basílica de San Pedro
Domingo 18 de octubre de 1964

 

«Estos que están cubiertos de vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?» (Ap 7, 13).

Nos viene al pensamiento esta frase bíblica mientras inscribimos en la lista gloriosa de los santos victoriosos en el cielo a estos veintidós hijos de África, cuyo singular mérito había ya reconocido nuestro predecesor, de venerada memoria, el Papa Benedicto XV, el 6 de junio de 1920, al declararlos Beatos y autorizar así su culto particular.

¿Quiénes son? Son africanos, verdaderos africanos, de color, de raza y de cultura, dignos exponentes de los fabulosos pueblos Bantúes y Nilóticos explorados en el siglo pasado por la audacia de Stanley y Livingstone, establecidos en las regiones del África oriental, que se llama de los Grandes Lagos, en el ecuador, en el terrible clima ecuatorial, sólo atenuado por la elevación de los altiplanos y por las grandes lluvias estacionales. Su patria, en el tiempo en que vivían, era un protectorado británico, pero desde 1962 ha logrado, como tantas otras naciones de aquel continente, su propia independencia, que afirma actualmente con rápidos y espléndidos progresos de civilización moderna. La capital es Kampala, pero la circunscripción eclesiástica principal tiene su centro en Rubaga, sede del primer Vicariato apostólico local, erigido en 1878 y elevada ahora a la dignidad de archidiócesis con siete diócesis sufragáneas. Es este un campo de apostolado misional que acogió primeramente a los ministros de confesión anglicana, ingleses, a los cuales se sumaron dos años después los misioneros católicos de lengua francesa llamados Padres Blancos, misioneros de África, hijos del célebre y valeroso cardenal Lavigerie (1825-1892), a quien no sólo África, sino la civilización misma debe recordar entre los hombres providenciales más insignes, y fueron los Padres Blancos los que introdujeron el catolicismo en Uganda, predicando el Evangelio en amigable competencia con los misioneros anglicanos y los que tuvieron la dicha —ganada con riesgos y fatigas incalculables— de formar a estos mártires para Cristo, a estos a quienes hoy nosotros honramos cómo héroes y hermanos en la fe e invocamos como protectores en el cielo. Sí, son africanos y son mártires. «Son —prosigue la Sagrada Escritura— los que han venido de la gran tribulación y lavaron sus vestidos y los blanquearon en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios» (Ib. 14-15).

Todas las veces que pronunciamos la palabra “mártires” en el sentido que tiene en la hagiografía cristiana, debería presentársenos a la mente un drama horrible y maravilloso: horrible por la injusticia, armada de autoridad y de crueldad, que es la que provoca el drama; horrible también por la sangre que corre y por el dolor de la carne que sufre sometida despiadadamente a la muerte; maravilloso por la inocencia que, sin defenderse, físicamente se rinde dócil al suplicio, feliz y orgullosa de poder testimoniar la invencible verdad de una fe que se ha fundido con la vida humana; la vida muere, la fe vive. La fuerza contra la fortaleza; la primera, venciendo, queda derrotada; ésta, perdiendo, triunfa. El martirio es un drama; un drama tremendo y sugestivo, cuya violencia injusta y depravada, casi desaparece del recuerdo allí mismo donde se produjo mientras permanece en la memoria de los siglos siempre fúlgida y amable la mansedumbre que supo hacer de su propia oblación un sacrificio, un holocausto; un acto supremo de amor y de fidelidad a Cristo; un ejemplo, un testimonio, un mensaje perenne a los hombres presentes y futuros. Esto es el martirio.

Esta es la gloria de la Iglesia a través de los siglos. Y es un acontecimiento tan grande que la Iglesia se apresuró a recoger las narraciones de la «pasión de los mártires» y hacer de ellas el libro de oro de sus hijos más ilustres, el martirologio. Y fue tal la irradiación de belleza y grandeza que emanaron de ese libro que pudo ofrecer a la leyenda y al arte nuevas amplificaciones legendarias y fantásticas; pero la historia verdadera, que todavía halla su documentación en este libro, merece una admiración sin límites, es una alabanza a Dios, que obra grandes cosas en hombres frágiles, y es testimonio de honor para los héroes, que con su sangre han escrito las páginas de ese libro incomparable.

Ahora estos mártires africanos vienen a añadir a ese catálogo de vencedores que es el martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellas maravillosas de la antigua África, que nosotros, modernos, hombres de poca fe, creíamos que no podrían tener jamás adecuada continuación. ¿Quién podía suponer, por ejemplo, que a las emocionantísimas historias de los mártires escilitanos, de los mártires cartagineses, de los mártires de la “Masa Cándida” de Útica —de quienes San Agustín (cf. PL 36,571 y 38, 1405) y Prudencio nos han dejado el recuerdo—, de los mártires de Egipto —cuyo elogio trazó San Juan Crisóstomo (cf, PG 50, 693 ss) —, de los mártires de la persecución vandálica, hubieran venido a añadirse nuevos episodios no menos heroicos, no menos espléndidos, en nuestros días? ¿Quién podía prever que a las grandes figuras históricas de los Santos Mártires y Confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y al gran Agustín, habríamos asociado un día los nombres queridos de Carlos Lwanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros Y no queremos olvidar tampoco a aquellos otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, han afrontado la muerte por el nombre de Cristo.

Estos mártires africanos abren una nueva época, no queremos decir ciertamente de persecuciones y de luchas religiosas, sino de regeneración cristiana y civilizada. El África, bañada por la sangre de estos mártires, primicias de la nueva era —y Dios quiera que sean los últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto—, resurge libre y redimida. La tragedia que los devoró fue tan inaudita y expresiva que ofrece elementos representativos suficientes para la formación moral de un pueblo nuevo, para la fundación de una nueva tradición espiritual, para simbolizar y promover el paso desde una civilización primitiva —no desprovista de magníficos valores humanos, pero contaminada y enferma, como esclava de sí misma— hacia una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la vida social.

No pretendáis que os narremos aquí la historia de los mártires que estamos honrando. Es demasiado larga y compleja: se refiere a veintidós hombres, en su mayor parte muy jóvenes, cada uno de los cuales merecería un elogio particular; a ellos, además, debería añadirse una doble y larga lista de otras víctimas de esa feroz persecución: una de católicos —neófitos y catecúmenos— y otra de anglicanos, como se refiere también ellos, sacrificados por el nombre de Cristo. Y sería una historia demasiado cruda; el suplicio de la carne y la arbitraria tiranía de la autoridad son ahí tan fáciles y tan despiadados, que conturban profundamente nuestra sensibilidad. Sería una historia casi inverosímil; no es fácil darse cuenta de las condiciones bárbaras, para nosotros paradójicas e intolerables, en las que se mantiene y desenvuelve la vida de muchas comunidades tribales del África casi hasta nuestros días. Sería historia digna de meditarse largamente, ya que los motivos morales que constituyen su sentido y su valor, es decir, los motivos simplicísimos y altísimos de la religión y del pudor, aparecen con tan impresionante y edificante evidencia. Leed más bien esta conmovedora historia, la tenéis en las manos. Pocas narraciones de las actas de los mártires se hallan tan documentadas como ésta. Aquí no hay leyenda, sino la crónica de una «Passio martyrum» fielmente descrita. El que la lee, contempla; el que contempla, se estremece, y el que se estremece, llora. Hay que concluir finalmente: ¡Sí, son mártires; «son aquellos —decíamos con el autor del Apocalipsis— que vienen de la gran tribulación, y que han lavado y purificado sus vestiduras en la sangre del Cordero»!

Permítasenos hacer algunas sencillas consideraciones.

Este martirio colectivo que tenemos delante nos presenta un fenómeno cristiano estupendo. Nos demuestra muchas, cosas: ¿qué era el África antes que el mensaje evangélico le fuera anunciado? Nos ofrece uno de los cuadros más interesantes y genuinos de aquella sociedad humana primitiva, que tanto ha apasionado a los estudiosos modernos. Es como una prueba, o una muestra de la vida africana, antes de la colonización del siglo pasado: una vida mísera y heroica, en la cual la naturaleza humana, todavía casi en estado instintivo, pone delante sus debilidades y dolencias en forma y medida impresionantes, pero manifiesta al mismo tiempo ciertas fundamentales virtudes reveladoras del divino modelo de donde proviene el hombre. Dentro de este cuadro, un día llega el mensaje cristiano; nada parece más diverso, nada más extraño. Sin embargo, he aquí que inmediatamente encuentra acogida, encuentra simpatía, asimilación. El terreno, que parecía árido y estéril, estaba en realidad por cultivar; la semilla evangélica lo encuentra fecundo. Más todavía: se diría que lo encuentra ávido de aquella nueva vegetación; como si la estuviera esperando, como si le fuese connatural. Los tallos de la nueva mies son bellos, crecen rectilíneos, vigorosos; hablan de una espléndida primavera. El cristianismo encuentra en África: una predisposición particular que no dudamos en considerar como un arcano de Dios, una vocación indígena, una promesa histórica. África es tierra de Evangelio, África es patria nueva de Cristo. La sencillez recta y lógica y la inflexible fidelidad de estos jóvenes cristianos de África nos lo aseguran y nos lo prueban; por una parte la fe, don de Dios, y la capacidad humana de progreso; por otra, se unen con prodigiosa correspondencia. Que la semilla evangélica encuentre obstáculo en las espinas de un terreno tan selvático, causa dolor, no extrañeza; pero que la semilla eche inmediatamente raíces y brote pujante y llena de flores por la bondad del suelo, causa alegría y admiración al mismo tiempo: es la gloria espiritual del continente de los rostros negros y de las almas blancas, que anuncia una nueva civilización: la civilización cristiana de África.

Este fenómeno es tan bello y está de tal modo representado en la trágica y gloriosa historia de los mártires de Uganda que sugiere el parangón entre la evangelización cristiana y el colonialismo, del que hoy tanto se habla. Estas dos importaciones de la civilización en territorios de antiguas culturas respetables bajo muchos aspectos, pero rudimentarias e inmóviles, introducen briosos factores de desarrollo y traban relaciones revolucionarias. Pero mientras la evangelización introduce un principio —la religión cristiana— que tiende a hacer brotar las energías propias, las virtudes innatas, las capacidades latentes de la población indígena, o, lo que es lo mismo, tiende a libertarla, a hacerla autónoma y adulta, a capacitarla para expresarse de manera más amplia y mejor en las formas de cultura y de arte propios de su genio; la colonización, en cambio, si tan sólo se guía por criterios utilitarios y temporales, pretende otras finalidades no siempre conformes al honor y a la utilidad de los indígenas. El cristianismo educa, liberta, ennoblece, humaniza en el sentido más alto de la palabra; abre los caminos a las riquezas interiores del espíritu y a las mejores organizaciones comunitarias. El cristianismo es la verdadera vocación de la humanidad; y estos mártires nos lo confirman.

Su testimonio, para quien lo escucha atentamente en esta hora decisiva de la historia de África, se hace voz que llama: voz que parece repetir, como un eco potente, la invitación misteriosa, oída durante una noche en una visión por San Pablo: «Adiuva nos», ven a ayudarnos (Hch 16,9). Estos mártires imploran ayuda. África tiene necesidad de misioneros: de sacerdotes especialmente, de médicos, de maestros, de hermanas y de enfermeras, de almas generosas, que ayuden a la joven y floreciente, pero tan necesitada comunidad católica a crecer en número y calidad para hacerse pueblo: pueblo africano de la Iglesia de Dios. Nos hemos recibido, precisamente en estos días, una carta firmada por muchos obispos de países de África Central, en la: que se implora el envío de sacerdotes, de nuevas escuadras de sacerdotes, muchos y pronto. Hoy, no mañana. África tiene gran necesidad de ellos. África hoy les abre la puerta y el corazón; es éste quizá el momento de gracia que podría pasar y no repetirse. Por nuestra parte lanzamos a la Iglesia la invitación del África y esperamos que las diócesis y las familias religiosas de Europa y de América, de la misma manera que han acogido la invitación de Roma para la América latina, ofreciendo ayudas tan dignas de encomio y todavía necesarias de hombres y de medios, querrán también unir a este esfuerzo generoso otro no menos próvido y meritorio a beneficio del África cristiana. ¿Nuevos sacrificios? ¡Sí!, pero esta es ley del Evangelio, hecha hoy extraordinariamente imperiosa; la caridad se enciende como fuego, a fin de que la fe resplandezca en el mundo.

Este pensamiento, que llena de certeza y de vigor la conciencia de la Iglesia ya desde sus primeros días, se hace urgente en nuestro espíritu en estos años en que el mundo entero parece despertar y buscar el camino de su porvenir. Pueblos nuevos, que hasta ahora habían permanecido estáticos e inertes y que no aspiraban a otra forma de vida sino a aquella que habían ya alcanzado con una lenta elaboración secular, ahora se despiertan y se levantan. El progreso científico y técnico de nuestros días los ha vuelto capaces de nuevos ideales y de nuevas empresas, les ha dado un ansia de lograr para sí una fórmula plena y nueva de vida que, interpretando sus virtudes nativas, los habilite para conquistar y gozar los beneficios de la civilización presente y venidera.

Pues bien, frente a este despertar de los pueblos nuevos, sentimos que en Nos crece la persuasión de que es un deber nuestro, un deber de amor, de acercarnos con un diálogo más fraternal a estos mismos pueblos, de darles muestra de nuestra estima y de nuestro afecto, de manifestarles cómo la Iglesia católica comprende sus legítimas aspiraciones, de ayudar su libre y justo desarrollo por los caminos pacíficos de la fraternidad humana y de hacerles así más fácil el acceso, cuando libremente lo quieran, al conocimiento de aquel Cristo que nosotros creemos que constituye para todos la verdadera salvación y el intérprete original y maravilloso de sus mismas aspiraciones más profundas.

Tal es la fuerza de esta persuasión que nos parece que no debemos rehusar la ocasión, mejor dicho, la invitación que insistentemente se nos dirige de ir a encontrarnos con un gran pueblo, en el cual nos complacemos en ver simbolizada la inmensa población de un entero continente para llevarle nuestro sincero mensaje de fe cristiana. Así, pues, os comunicamos, hermanos, que hemos decidido intervenir en el próximo Congreso Eucarístico Internacional de Bombay.

Es la segunda vez que anunciamos en esta basílica un viaje nuestro, hasta ahora del todo extraño a las costumbres de nuestro ministerio apostólico pontificio. Pero creemos que de la misma manera que el primer viaje a Tierra Santa, éste a las puertas del Asia inmensa, del mundo nuevo moderno, no es ajeno a la índole, más aún, al mandato de nuestro ministerio apostólico. Oímos en nuestro interior solemnes y apremiantes, las palabras siempre vivas de Jesucristo: “Id y anunciad a todas las gentes” (Mt 28,19).

En verdad, no es el deseo de novedad o de viajar el que nos mueve a esta decisión, sino sólo el celo apostólico de lanzar nuestro saludo evangélico a los inmensos horizontes humanos que los nuevos tiempos abren ante nuestros pasos y el sólo propósito de ofrecer a Cristo Señor un testimonio de fe y de amor más amplio, más vivo y más humilde.

El Papa se hace misionero, diréis. Sí, el Papa se hace misionero, que quiere decir testigo, pastor, apóstol en camino. Nos alegramos de repetirlo en este día mundial de las misiones. Nuestro viaje, aunque brevísimo y sencillísimo, limitado a una sola estación, en la que se le rinde a Cristo presente en la Eucaristía solemne homenaje, quiere ser un testimonio de reconocimiento para todos los misioneros de ayer y de hoy que han consagrado su vida a la causa del Evangelio y para aquellos especialmente que, siguiendo las huellas de San Francisco Javier, han «establecido la Iglesia» con tanta entrega y tanto fruto en Asia y particularmente en la India; quiere ser además una simbólica adhesión, exhortación y aliento a todo el esfuerzo misionero de la Santa Iglesia católica; quiere ser una primera y diligente respuesta a la invitación misionera que el Concilio ecuménico en curso lanza a la Iglesia misma para que cada uno, miembro fiel, acoja en sí mismo el ansia de la dilatación del reino de Cristo; quiere ser un estímulo y un aplauso a todos nuestros misioneros esparcidos por el mundo entero y a los que los sostienen y ayudan; quiere ser señal de amor y de confianza para todos los pueblos de la tierra,

Y sean benditos los mártires declarados hoy ciudadanos del cielo que abren nuestro espíritu a tales propósitos; y que sean ellos los que os infundan valor, gozo y esperanza, in nomine Domini.

 



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