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CARTA DE SU SANTIDAD PABLO VI,
FIRMADA POR EL CARDENAL AMLETO CICOGNANI,
A LA XIII SEMANA NACIONAL DE ORIENTACIÓN PASTORAL DE ORVIETO
[ORVIETO, 2-6 DE SEPTIEMBRE DE 1963]

 

Ilustrísimo y reverendísimo señor:

La comunicación que vuestra ilustrísima y reverendísima señoría ha enviado al Padre Santo, sobre la celebración de la XIII Semana Nacional de Pastoral, que tendrá lugar en Orvieto el próximo mes de septiembre por iniciativa de ese benemérito Centro, ha sido acogida por Su Santidad con especial complacencia, porque tan laudable manifestación de piedad y de estudio, se encuentra también en el marco de los actos conmemorativos del Centenario del milagro de Bolsena y de la publicación de la bula Transiturus, con la cual el Papa Urbano IV instituía la fiesta del Corpus Christi.

Aceptando gustoso el deseo expresado por vuestra señoría de recibir unas palabras de orientación sobre el tema general del Congreso: “El Sacramento Eucarístico en la comunidad cristiana”, el augusto Pontífice cree sumamente oportuno reclamar la atención de los participantes en la Semana, sobre una verdad que es fundamental en la vida cristiana, es decir, sobre el íntimo e imprescindible nexo que hay entre la consolidación y el desarrollo del Cuerpo Místico de Cristo y la Santísima Eucaristía, en la cual está el Cuerpo real del Redentor Divino, con su Sangre Preciosísima, siendo a la vez víctima del perenne e incruento Sacrificio, objeto de adoración y fuente de todas las gracias, Y verdaderamente cuando lo leemos en los Hechos de los Apóstoles que: “Los primeros fieles perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la distribución del pan y en la oración” (Hch 2, 42) y “que la multitud de los creyentes era un solo corazón y una sola alma” (ib. 4, 32), no podemos dejar de admirar en tan conmovedora armonía de culto litúrgico, de convite eucarístico y de unión de las mentes y de los corazones, la primera y estupenda realización de la oración que Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, había dirigida al Padre, después de haber distribuido en alimento y bebida a sus predilectos su Propio Cuerpo y Sangre, que Él inmolaría sobre la cruz en remisión de los pecados. El Señor había pedido para sus discípulos y para todos cuantos creyeran en Él: “Que sean todos una sola cosa; como Tú Padre, eres en Mí, y Yo soy en Ti, también ellos sean una sola cosa en nosotros” (Jn 17, 21).

Esa misma íntima relación entre la Comunión Eucarística y la unidad espiritual de la Iglesia naciente fue sacada a la luz por el Apóstol de las Gentes, que escribía a los cristianos de Corinto: “Ya que no hay más que un solo pan, seamos nosotros, aunque numerosos, un solo cuerpo; ya que todos nosotros comemos un único Pan” (1Co10, 27). Verdad muy consoladora, pero al mismo tiempo digna de la más atenta consideración, puesto que jamás habrá una perfecta y segura unión espiritual entre los hombres, si no se acercan, también corporalmente, al Salvador Divino, que es Camino, Verdad y Vida (Jn 14); y que proclamado Príncipe de la paz (Is 9, 6) es el único que puede dar a los hombres la paz de Dios: paz sincera, profunda duradera, bien diferente de la paz que da el mundo.

Es precisamente esta paz cristiana, fruto del sacramento Eucarístico, la que el llorado Sumo Pontífice Juan XXX pretendió principalmente promover con su encíclica Pacem in terris, describiendo e inculcando la paz que es tranquilidad en el orden, en el respeto y en la observancia de los mutuos deberes y derechos. Pero, es evidente que es misión, en prima lugar, de los miembros de la Iglesia hacer triunfar en el mundo la paz cristiana, fundada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad, pues a ellos se les concede el inestimable don de ensimismarse espiritualmente en Cristo, que en la divina Eucaristía hace crecer el fuego de la divina caridad que Él trajo a la tierra (cfr. Lc 12,49).

¿Y no es en la comunión del Cuerpo y la Sangre del Redentor donde los cristianos reciben con abundancia los dones del Espíritu de Cristo, de amor y libertad? Con razón San Agustín exhortaba a sus oyentes: “Que (los fieles) se conviertan en Cuerpo de Cristo, si quieren vivir el espíritu de Cristo. El Espíritu de Cristo no lo vive, sino el Cuerpo de Cristo... ¡Sacramento de la piedad! ¡Signo de la unidad! ¡Vínculo de la caridad!” (In Ioann. evang. Tract., 26, 13: 35, 1612).

Es, por tanto, cosa muy saludable el tener presente que la Sagrada Eucaristía, lejos de ser simple memorial de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, es la renovación perenne, aunque incruenta de su sacrificio en el Gólgota. Participen, por tanto, los fieles con mayor fervor en la santa misa, viendo en ella el centro y el vértice del culto cristiano; multipliquen sus actos de adoración y alabanza a Cristo que se digna habitar entre los hijos de los hombres, escondido en el santo tabernáculo o expuesto solemnemente sobre el altar, y que también se acerquen con frecuencia y viva devoción a la mesa eucarística, para recibir con abundancia la vida divina y esos “dones de unidad y de paz” (Secreta de la misa del Corpus Christi), que el Señor les dispensa con largueza,

Estén todos convencidos de que el Sacramento Eucarístico no es solamente símbolo y factor de unidad externa y cultural, sino que, especialmente, es signo y fuente de concordia espiritual, según el dicho del gran Agustín: “El Banquete del Señor, es unidad del Cuerpo de Cristo, no sólo en el sacramento del altar, sino también en el vínculo de paz” (Ep., 185, 8; PL, 33, 804).

Animado por el mismo celo de sus predecesores en el incremento del culto hacia la Santísima Eucaristía y la frecuencia de los cristianos a la Sagrada Mesa, el Padre Santo espera que la XIII Semana de Pastoral contribuya eficazmente, gracias a su programa de trabajos, al florecimiento de la piedad cristiana, que está indudablemente comprendido entre los fines principales del Concilio Vaticano cuyas solemnes sesiones tienen en la celebración del Santo Sacrificio, luz, ardor, potente estimulo para colaborar, en fraterna concordia, por el mayor bien de la Santa Madre Iglesia. Y para que los votos comunes queden coronados por el éxito más lisonjero, el Augusto Pontífice imparte de corazón a los eminentísimos señores cardenales presidentes honorarios, a los excelentísimos presidentes efectivos, a los organizadores y oradores de la Semana, y a cuantos en ella participen, la implorada bendición apostólica.

Aprovecho gustoso esta oportunidad para manifestarle los sentimientos de distinguido afecto.

De vuestra señoría ilustrísima devotísimo en el Señor.

Amleto Giovanni Card. CICOGNANI
Secretario de Estado

 



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