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JORNADA DEL EMIGRANTE 1977

MENSAJE DEL PAPA PABLO VI,
FIRMADO POR EL CARDENAL JEAN VILLOT,
AL CARDENAL SEBASTIANO BAGGIO
PRESIDENTE DE LA COMISIÓN PONTIFICIA PARA LA PASTORAL
DE LAS MIGRACIONES Y DEL TURISMO

 

Señor cardenal:

Como en años anteriores, el Santo Padre desea hacerse presente en la "Jornada del Emigrante" que se celebra en las diversas regiones del mundo por iniciativa de las Conferencias Episcopales, e impulsada por la competente Comisión Pontificia.

En los comienzos del Adviento que inaugura el ciclo litúrgico anual, el Soberano Pontífice se complace en expresar de nuevo su recuerdo especial lleno de afecto y solicitud paternal a todos los emigrantes repartidos por los cinco continentes.

Este interés del Padre común proviene del conocimiento de las condiciones reales en que siguen desenvolviéndose las migraciones, que no cesan de poner de relieve carencias y desequilibrios preocupantes en el campo de los derechos del hombre, así como en el de la buena organización de las relaciones internacionales. Es verdad que los progresos realizados ofrecen motivo de aliento. Pero es de desear que se difundan más y se orienten hacia un arreglo radical del fenómeno de la migración partiendo de sus mismas raíces.

Esto se podría conseguir organizando la economía mundial según lo ha indicado Su Santidad en la Carta Apostólica Octogesima adveniens (cf. AAS 63, 1971, págs. 413-414; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 16 de mayo de 1971, pág. 6).

Se lograría obtener así un marco en el que quedase asegurada la promoción del emigrante, según el verdadero derecho del hombre, entendido en sus fundamentos objetivos y en su alcance más vasto.

Esta solicitud es parte integrante de la misión pastoral de la Iglesia (cf. De pastorali migratorum cura, 1-9; Evangelii nuntiandi, 30-39). El Santo Padre ha insistido con frecuencia en los esfuerzos concretos a realizar para mejorar la condición de vida de los emigrantes, sin disociarlos de la ayuda espiritual que se les debe dar. Este año quiere atraer la atención hacia este último aspecto y, más concretamente, hacia un tema que acaba de ser objeto de profunda reflexión de la Iglesia universal en las deliberaciones del reciente Sínodo, o sea, la catequesis de los niños y de los jóvenes.

¿Qué decir sobre este tema en el mundo de la emigración? La preocupación doble de la Iglesia de salvaguardar por una parte la integridad del mensaje cristiano y, por otra, la transmisión eficaz del mismo según métodos y formas adaptados a la capacidad receptiva de los destinatarios, se constata especialmente en el modo de garantizar la catequesis a los emigrantes y de aprovechar las oportunidades especiales que presenta la emigración.

En efecto, surge una serie de interrogantes que ciertamente no son sencillos: ¿Cómo tener en cuenta convenientemente la mentalidad de los emigrantes y de sus hijos, la lengua, el grado de cultura, el nivel de formación religiosa, el comportamiento sicológico, la situación familiar y el ambiente, el trabajo, el tiempo libre y las diversiones y, resumiendo, todo el contexto social y eclesial en que viven? El principio general que la Santa Sede ha señalado a las organizaciones pastorales para los emigrantes es válido sobre todo en este terreno de la catequesis de jóvenes: organizar servicios adaptados a su mentalidad y a su lengua.

El papel principal corresponde a la familia. Pero ésta tiene necesidad de ayuda y apoyo, ya que la inestabilidad de los emigrantes desintegra frecuentemente el grupo familiar. A este propósito, el Soberano Pontífice, a la vez que manifiesta de nuevo estima hacia las instituciones públicas y privadas que trabajan por la unidad y prosperidad de la familia afectada por la emigración, desea vivamente que sean abolidas o al menos sustancialmente rectificadas las medidas que no protegen suficientemente o incluso interfieren en el bien de la familia y su misión educadora.

En esta perspectiva familiar encuentran su lugar propio los problemas de la catequesis de los hijos de los emigrantes, sobre todo de los niños. La Iglesia es profundamente sensible a los penosos dramas de los que ellos son frecuentemente las primeras víctimas y que provocan devastaciones y "desgarramientos" avalados incluso por el derecho; dramas que les hacen encontrarse entre diferentes lenguas, culturas, mentalidades y costumbres, y les obligan a vivir en ambientes faltos del clima y de los medios indispensables de educación. Las situaciones varían según que los niños permanezcan en su tierra con algunos familiares, o vivan en el extranjero las vicisitudes de la emigración, sin hablar de la situación de los padres mismos. No se pueden silenciar las dificultades especiales que experimentan 1os emigrantes jóvenes a causa de situaciones que agudizan al traumatismo entre generaciones y el impacto de ideas y costumbres nuevas.

La acción de la Iglesia, de los sacerdotes, de los religiosos y religiosas, de los catequistas laicos, está destinada a alcanzar dimensiones múltiples a fin de poner en práctica una catequesis que sea auténtica, integral y realmente adaptada al mundo de los emigrantes y a sus aspectos varios. Es una tarea inmensa que supone y exige seria preparación.

El Soberano Pontífice tiene gran interés en que los sacerdotes misioneros se esfuercen por mejorar constantemente el cumplimiento de las obligaciones catequéticas, en el contexto total de su misión sacerdotal; sin olvidar los valores humanos y sociales, deben conceder prioridad a lo espiritual, a la catequesis y a la predicación, a la vida litúrgica y a la administración de los sacramentos.

A la vez, el Santo Padre quiere expresar su estima paterna por las iniciativas varias que el celo de los obispos y de los misioneros ha ido llevando a la práctica con espíritu creativo en los campos escolar y educativo; recuerda especialmente los programas escolares concebidos y realizados a fin de dar formación pedagógica y científica a los hijos de emigrantes, teniendo en cuenta sus proyectos para el porvenir, tanto si se establecen definitivamente en el país de inmigración, como si piensan volver a su tierra de origen.

El Soberano Pontífice bendice complacido estas instituciones y desea que las autoridades públicas comprendan sus intenciones y finalidades, y les presten ayuda adecuada.

Finalmente, el Santo Padre, conmovido ante la manifestación de amor filial de los muchos mensajes de emigrantes del mundo entero que le llegaron con ocasión de su 80 cumpleaños, los agradece vivamente y envía a todos la bendición apostólica.

Contento de transmitir este mensaje, os ruego que aceptéis también, señor cardenal, la expresión de mis sentimientos fraternos en Cristo.

Cardenal Jean Villot

 

 



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